El
príncipe se ponía tenso y se agitaba con rápidos movimientos ascendentes y
descendentes, con el peso del hierro colgado de su miembro, que cada vez era más
enorme y casi de color púrpura.
Luego, el capitán se detuvo. Miró desde su altura a los ojos del esclavo y volvió a
apoyar la mano en su frente.
No ha estado tan mal esa zurra, ¿eh, Laurent? preguntó. El pecho del príncipe se
henchía, con evidente dificultad para respirar. Los hombres se reían en voz baja. Pero
tengo que deciros que volveréis a recibir otra igual al amane cer y otra más al mediodía
y también con el cre púsculo.
Sonó otra explosión de risas. El príncipe suspiró profundamente y las lágrimas le
cayeron por las mejillas.
Espero que la reina os entregue a mí aña dió en voz baja el capitán.
Chasqueó los dedos para que Bella le siguiera al interior de la tienda. Cuando la
muchacha se disponía a entrar arrastrándose a cuatro patas hacia la cálida luz que
llenaba el espacio bajo la lona blanca, un oficial la adelantó apresuradamente.
No quiero ver a nadie ahora le dijo el capitán al oficial.
Bella se hizo aun lado con gesto de sumisión.
Capitán dijo el oficial, bajando la voz.
No sé si esto podrá esperar. La última patrulla acaba de llegar hace un momento
mientras azotabais al fugitivo.
¿Sí?
Bien, no han encontrado a la princesa pero juran haber visto jinetes esta noche en el
bosque.
El capitán, que se había sentado frente aun pequeño escritorio con los codos apoyados
en la mesa, alzó la vista.
¿Qué? exclamó con incredulidad.
Señor, juran que los han visto y oído. Un grupo numeroso, según dicen. El soldado se
acercó un poco más a la mesa.
A través de la puerta, Bella vio las manos del príncipe cautivo que se retorcían bajo las
cuerdas en la parte posterior de la cruz y la agitación de sus nalgas que no dejaban de
moverse, como si no pudiera asimilar su castigo.
Señor añadió el oficial, el patrullero está casi seguro de que se trataba de incursores
enemigos.
Pero no se habrán atrevido a volver tan pronto. El capitán hizo un ademán de desdén. y
menos con luna llena. No puedo creerlo.
Pero, señor, sólo está en cuarto creciente, y el último ataque sorpresa fue hace dos años.
El centinela dice que también ha oído algo cerca del campamento hace un momento.
¿Habéis doblado la guardia?
Sí, señor, la he doblado al instante.
Los ojos del capitán se entrecerraron. Ladeó la cabeza.
Señor, guiaban los caballos por el bosque, según dicen los soldados, sin luz y sin hacer
ruido.
¡Tienen que ser ellos!
El capitán reflexionó.
De acuerdo, levantad el campamento. Subid al fugitivo al carro y dirigíos al pueblo.
Enviad mensajeros para que doblen la guardia en los to rreones. Pero no quiero que
cunda la alarma en el pueblo. Probablemente no será nada. Hizo una pausa, obviamente
considerando la situación. No tiene ningún sentido rastrear la costa esta noche añadió.
Sí, señor.
Casi es imposible rastrear todas esas ensenadas incluso a la luz del día. Pero saldremos
ma ñana.
Cuando el oficial se retiró, el capitán se puso en pie de mala gana. Chasqueó los dedos
para que Bella se acercara a él y, después de darle un apresurado beso, la cargó sobre su
hombro.
No hay tiempo para vos esta noche, hermo sa, al menos no aquí dijo y le estrujó la
cadera mientras se la llevaba.
Era medianoche cuando regresaron a la po sada cabalgando muy adelantados al resto
del grupo.
Bella pensaba en todo lo que había oído y visto, estimulada a su pesar por el sufrimiento
de
Laurent. Se moría de ganas de contar al príncipe Roger o a Richard lo que había oído
sobre los extraños jinetes nocturnos y quería preguntarles qué significaba todo aquello.
Pero no tuvo ocasión.