Bella sintió un nudo en la garganta al mirar fi jamente la cruz bajo la tétrica e
inconstante luz del fuego y rápidamente bajó la vista en dirección a la bota del capitán.
Bien, ¿han vuelto ya los patrulleros? le preguntaba el capitán a uno de sus hombres.
Bella vio los pies del soldado plantados ante ella. y vosotros, ¿no habéis tenido suerte?
Han regresado todos menos uno, señor di jo el hombre y hemos tenido suerte pero no
como esperábamos. La princesa no aparece por ningún lado. Es posible que haya
alcanzado la frontera.
El capitán soltó una imprecación de

o.
Pero a éste dijo el hombre lo cazamos al anochecer en el bosque, al otro lado de la
montaña.
Tímidamente, Bella alzó la vista y distinguió a un príncipe desnudo, alto y fornido, al
que empu jaron hacia la luz del fuego. Tenía el cuerpo lleno de polvo y los testículos
atados a su pene erecto con un par de pesos de hierro que colgaban de las correas.
La alargada y amplia maraña de pelo castaño estaba llena de trozos de hojas y tierra.
Sus piernas y su imponente torso exudaban poderío. Era uno de los esclayos más
grandes que había visto jamás. y miraba directamente al capitán con unos ojos marrones
que mostraban una mezcla de temor re sentido y excitación.
Laurent dijo el capitán en voz baja. El castillo aún no ha avisado de su desaparición.
No, señor. Ha recibido dos azotainas; tiene las nalgas en carne viva. Los hombres
también lo han castigado. Creí que era lo que querríais, nada de dejarlo tranquilo. Pero
esperamos vuestra or den para copular con él.
El capitán asintió con un gesto. Estaba estudiando al esclavo con evidente enfado.
El esclavo personal de lady Elvira dijo.
El soldado que sujetaba al príncipe por los brazos tiró de su cabellera hacia atrás y la luz
alcanzó el rostro del evadido, cuyos ojos se entrecerraron sin dejar de mantener la
mirada fija en el capitán.
¿Cuándo os escapasteis? preguntó el capitán. Dio dos largas zancadas hacia el príncipe
y le retorció la cabeza hacia atrás con más crueldad aún. Bella veía claramente a ambos
hombres re cortados contra la luz del fuego. El príncipe era más grande que el capitán y
su cuerpo temblaba bajo la mirada escudriñadora de éste.
Perdonad me; señor susurró el esclavo.
Ha sido a última hora de hoy cuando he escapado. Perdonad me.
¿No habéis ido muy lejos, eh, mi guapo príncipe? preguntó el capitán. Luego se volvió
al oficial: ¿Así que los hombres se han divertido con él?
Dos y tres veces cada uno, señor. Le han hecho correr y lo han flagelado a conciencia.
Está listo.
El capitán sacudió la cabeza lentamente y cogió al esclavo por el brazo.
El corazón de Bella se estremeció. Continuaba arrodillada en el suelo e intentaba
mantener las piernas separadas y disimular las miradas furtivas que lanzaba al príncipe
¿Planeasteis esta intentona con la princesa Lynette? inquirió el capitán empujando al es
clavo hacia la cruz.
No, señor, lo juro respondió el príncipe tropezando. Ni siquiera sabía que se hubiera
escapado. Mantenía las manos enlazadas tras la nuca pese a que estaba apunto de caerse.
Bella lo vio entonces de espaldas por primera vez, era una perfecta malla de marcas de
color rosado y erup ciones blancas que bajaban hasta sus tobillos.
Cuando le dieron la vuelta para que se queda ra de espaldas a la cruz, su pene se
convulsionó bajo las ataduras. Era enorme y rojo, con la punta húmeda. Su rostro estaba
cada vez más rubori zado.
Un excitado murmullo surgió de la compañía.