Tenéis que bajar al patio y descansar sobre la hierba le dijo el príncipe.
¿Otra vez?
El capitán no os hará trabajar hoy, y por la noche os va a alquilar a Nicolás, el cronista
de la rema.
¡El amo de Tristán! exclamó Bella en un susurro. ¿Ha requerido mi presencia?
Ha pagado por vos con buenas monedas del reino añadió Roger, que había reanudado su
ta rea. Bajad ahora le recordó. Con el corazón desbocado, Bella observó el lento avance
de la procesión que tomaba la amplia calleja en dirección al otro extremo del pueblo.
TRISTÁN Y BELLA
Bella no podía esperar a que fuera de noche.
Las horas se le hacían interminables mientras la bañaban, peinaban y embadurnaban
completa mente con aceites, aunque sin tanto miramiento como en el castillo. Por
supuesto, cabía la posibi lidad de que no pudiera ver a Tristán aquella noche. ¡Pero iba a
ir al lugar donde vivía! No podía dominar su emoción.
Finalmente, llegó la noche.
El príncipe Richard, el «buen chico», pensó Bella con una sonrisa, recibió órdenes de
llevarla a casa de Nicolás, el cronista.
El mesón estaba curiosamente vacío aunque, por lo demás, todo parecía normal bajo el
cada vez más oscuro crepúsculo. Las luces vacilaban en las pequeñas y bonitas ventanas
que se sucedían a lo largo de las estrechas callejuelas. El aire primaveral era fragante y
dulce. El príncipe Richard le permitía marchar con cierta lentitud, únicamente le
indicaba de vez en cuando que mostrara más brío, pues si no ambos se llevarían una
zurra. Él caminaba tras Bella con la correa en la mano, y la azotaba alguna que otra vez.
A través de las bajas ventanas, Bella vio esposas y maridos sentados a las mesas y
esclavos des nudos que se levantaban con movimientos apre surados de su posición
arrodillada para dejar fuentes o jarras ante sus señores.
Los esclavos amarrados a las paredes gemían mientras se retorcían con inútiles
movimientos ascendentes y descendentes.
Algo ha cambiado dijo Bella en voz alta cuando entraron en una calle más ancha llena
de elegantes casas, casi todas con su esclavo maniatado, colgado de algún puntal de
hierro en la fachada.
Algunos de ellos estaban fuertemente amor dazados y amarrados, otros simplemente
perma necían quietos en una actitud de absoluta sumi sión.
No hay soldados susurró Richard. Por favor, guardad silencio. A vos no os corresponde
hablar. Vamos a acabar los dos en el establecimiento de castigo.
Pero, ¿dónde están? preguntó Bella.
¿Queréis recibir una azotaina? la amenazó el príncipe. Han salido a rastrear la costa y el
bosque. en busca de algún supuesto destacamento incursor. No sé qué quiere decir eso
exactamente pero no se os ocurra abrir la boca. Es secreto.
Ya habían llegado ante la puerta de la casa de Nicolás. Richard la dejó allí. Una
doncella la recibió y le ordenó que se pusiera a cuatro patas. Excitada por la
expectación, Bella fue conducida a través de una elegante casita y por un estrecho
corredor lateral.
Abrieron una puerta ante ella y la doncella le ordenó que entrara, cerró la puerta y la
dejó allí.
Bella casi no pudo creer lo que veía cuando al alzar la vista descubrió a Tristán ante
ella. El príncipe alzó los brazos y la levantó del suelo. A su lado estaba la alta figura de
su amo, Nicolás, a quien Bella recordaba de la subasta.
El rostro de la muchacha se puso como la gra na al mirar al hombre ya que ella y Tristán
se esta ban abrazando de pie en medio de la habitación.
Calmaos, princesa dijo con voz casi acariciadora. Podéis estar con mi esclavo cuanto
queráis, y mientras permanezcáis en los confines de esta habitación, seréis libres de
gozar a vuestras anchas. Regresaréis a vuestra servidumbre habitual cuando abandonéis
mi casa.
Oh, mi señor susurró Bella y se dejó caer de rodillas para besarle las botas.
El cronista de la reina permitió aquella corte sía ya continuación los dejó a solas. Bella
se levantó y voló a los brazos de Tristán, cuya boca abierta empezó a devorar los besos
de ella con vo racidad.
Dulce tesoro, preciosa mía decía Tristán, que recorría con sus labios la garganta y el
rostro de la muchacha mientras empujaba su miembro contra el vientre desnudo de ella.
A la luz mortecina de las velas, el cuerpo del príncipe parecía casi pulido y su pelo
relucía radiante. Bella alzó la vista para mirar aquellos ojos de un azul violáceo y
seguidamente se puso de puntillas para montarse sobre el miembro del príncipe, como
había hecho en el carretón de es clavos.