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Las aventuras de Bella

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Antiguo 18-10-2011 , 09:19:29   #181
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Los mejores licores
SECRETOS EN LA ALCOBA
INTERIOR
Tristán:
Cuando entré, el dormitorio de mi señor esta ba inmaculado, como la noche anterior. La
cama forrada de satén verde resplandecía a la luz de las velas.
Al ver a mi amo sentado al escritorio, con la pluma en la mano, atravesé el suelo de
roble puli mentado lo más silenciosamente que pude y besé sus botas, no de un modo
respetuoso, como hice antes, sino con gran cariño.
Temí que fuera a detenerme mientras yo lamía sus tobillos y me atrevía luego incluso a
besar el cuero liso que enfundaba sus pantorrillas, pero no fue así. Ni siquiera parecía
percatarse de mi pre sencla.
Me dolía el pene. La princesita de la tienda pública no había sido más que el entremés, y
el mero acto de entrar en la habitación de mi dueño inten sificó mi hambre. Pero, como
me había sucedido antes, no me atreví a rogar con ningún tipo de mo vimiento vulgar o
suplicante. Por nada del mundo hubiera contrariado a mi señor.
Lancé miradas furtivas hacia arriba, en direc ción a su rostro concentrado y envuelto de
pelo blanco que brillaba tenuemente. Entonces él se volvió, me miró y yo aparté
tímidamente la vista, aunque tuve que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo.
¿Os han lavado bien? preguntó.
Asentí y volví a besarle las botas.
Subíos al lecho y sentaos al pie de la cama, en la esquina más próxima a la pared
ordenó.
Yo estaba embelesado. Intenté controlarme.
Al sentir la colcha de satén contra las erupciones de mi piel me pareció tan calmante
como el hielo.
Los dos días de azotes constantes habían conseguido que incluso la contracción de un
único músculo produjera interminables reverberaciones de dolor.
Supe que mi amo se estaba desvistiendo, aun que no me atreví a mirar. Luego apagó
todas las velas excepto las de la cabecera de la cama, donde había también una botella
de vino junto a dos co pas de metal con joyas incrustadas.
Pensé que debía de ser el hombre más rico del pueblo para disfrutar de tanto lujo. y
sentí el más puro orgullo que pueda experimentar un es clavo por tener un amo tan rico.
Cualquier atisbo del príncipe que fui en mi propia tierra había desa parecido de mi
mente.
Mi amo se encaramó a la cama y se acomodó contra los almohadones, con una rodilla
levantada y el brazo izquierdo apoyado en ella. Se estiró para llenar las dos copas y
luego me tendió una a mí.
Yo estaba desconcertado. ¿Acaso quería que bebiera de la copa igual que él? La cogí de
inmedia to y me recosté hacia atrás con la copa entre las manos. Entonces miré a mi
dueño sin ningún pudor; no me había ordenado no hacerlo. Vi su tórax duro y delgado,
con fragmentos de vello blanco rizado alrededor de los pezones, y mi mirada descendió
por el centro del pecho hasta su vientre, que captaba con primor la luz de las velas. Su
pene no estaba tan duro como el mío y quise remediarlo.
Podéis beber el vino igual que yo dijo como si me leyera el pensamiento. Completamen
te atónito, bebí como un hombre por primera vez en medio año y al hacerlo sentí cierta
torpeza.
Tragué demasiada cantidad y me vi obligado a de tenerme. Pero era un borgoña de
crianza como no recordaba haber degustado.
Tristán dijo mi amo en tono amistoso.
Le miré directamente a los ojos y bajé lenta mente la copa.
Ahora hablaréis para contestarme dijo.
Mi asombro era indescriptible.
Sí, amo repuse en voz baja.
¿Me odiasteis anoche cuando hice que os azotaran en la plataforma giratoria? preguntó.
Me sobresalté.
Dio otro trago de vino sin apartar la vista de mí. De pronto parecía siniestro, aunque yo
no sa bía por qué.
No, amo susurré.
Más alto me indicó. No os oigo.
No, amo respondí. Me ruboricé con más intensidad que nunca. No hacía ninguna falta
que me recordara la plataforma giratoria. En realidad no había dejado de pensar en ella
en ningún instante.
Además de «amo», también me podéis lla mar «señor» dijo. Me gustan ambos. ¿Odias
teis a Julia cuando os dilató el ano con el falo de la cola de caballo?
No, señor contesté. El rubor ardía cada vez más en mi rostro.
¿Me odiasteis cuando os enganché al tiro con el resto de corceles y os obligué a arrastrar
el carruaje hasta la casa solariega? No me refiero a hoy, que tan bien os habéis
comportado, sino a ayer cuando observasteis horrorizado los arneses.
No, señorprotesté.
Entonces, ¿qué fue lo que sentisteis cuando sucedieron todas esas cosas?
Yo estaba demasiado estupefacto para poder responder.
¿Qué quería hoy de vos cuando os até tras otro par de corceles, cuando taponé vuestra
boca y vuestro ano y os hice marchar con los pies des calzos? ,
Sumisión dije con la boca seca. Mi voz no me resultaba nada familiar.

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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Y... ¿con más precisión?
Que... que marchara con brío. Que recorriera el pueblo... de aquella manera... yo estaba
temblando. Quise sostener la copa con la otra mano intentando que pareciera un gesto
despreo cupado.
¿De que manera? insistió.
Enjaezado, amordazado.
¿Sí...?
Atravesado por un falo y descalzo tragué saliva pero sin apartar la mirada de él.
¿Y qué es lo que quiero de vos ahora? preguntó.
Tuve que reflexionar por un momento.
No sé. Yo... Que conteste a vuestras preguntas.
Exactamente. Así que las contestaréis, completamente añadió en tono amable,
levantando ligeramente las cejas y con pasajes profunda mente descriptivos, sin ocultar
nada y sin engatu samientos. Me daréis respuestas largas. De hecho, prolongaréis las
respuestas hasta que yo plantee otra pregunta
Se estiró para alcanzar la botella y me llenó la copa.
Bebed todo el vino que os apetezca dijo, hay de sobras.
Gracias, señor murmuré yo, con la vista fija en la copa.
¡Eso está un poco mejor! dijo tomando nota de mi respuesta. Ahora, volvamos a em
pezar. Cuando visteis por primera vez el tiro de corceles y os disteis cuenta de que ibais
a formar parte de él, ¿qué se cruzó por vuestra mente? Per mitidme que os recuerde:
llevabais un grueso falo en el trasero con una buena cola de caballo sujeta a él. Luego
estaban las botas y el arnés. Os estáis sonrojando. ¿Qué pensasteis?
Que no podría soportarlo expliqué, sin atreverme a hacer una pausa, con voz trémula.
Que no podían obligarme a aquello. Que no lo conseguiría, que fallaría de algún modo.
Que no podían enjaezarme a un carruaje y obligarme a ti rar de él como un animal. y la
cola, parecía un adorno espantoso, un estigma. Me ardía el ros tro. Sorbí el vino pero él
continuaba en silencio, lo cual quería decir que yo tenía que seguir con la respuesta.
Creo que fue mejor cuando apreta ron los arneses y no pude escapar. Pero no hicisteis
ningún movimiento para escaparos antes de esto. Cuando os llevé a casa azotándoos por
la calle con la correa, estaba yo solo con vos, y entonces tampoco intentasteis sa lir
corriendo, ni siquiera cuando los rufianes del pueblo os fustigaron.
Oh, ¿de qué hubiera servido correr? pregunté consternado. ¡Me han enseñado ano
echarme a correr! Sólo hubiera servido para atar me con cuerdas a cualquier sitio y
golpearme, tal vez para azotarme la verga me detuve al oír mis propias palabras. O
quizá, sólo me hubieran atrapado para enjaezarme de nuevo y volver a trotar arrastrado
por los otros caballos. La mortifica ción hubiera sido mayor porque todos estarían al
corriente de mi miedo, sabrían que había perdido el control y que me encontraba allí a la
fuerza bebí de la copa y me aparté el pelo de los ojos.
No, ya que había que hacerlo, era mejor someterse; era algo ineludible, o sea que tenía
que aceptarlo.
Durante un segundo cerré los ojos con fuerza.
La vehemencia y el torrente de mis palabras me tenían asombrado.
Pero también os habían enseñado a somete ros a lord Stefan y sin embargo no lo
hicisteis replicó mi dueño.
¡Lo intenté! exploté. Pero lord Stefan...
¿Sí...?
El capitán lo describió correctamente balbucí. Mi voz sonaba frágil entonces. Las
palabras brotaban con demasiada precipitación. Antes había sido mi amante y en vez de
usar nuestra re lación íntima a su favor, como amo, permitió que ésta lo debilitara.
Qué exposición tan interesante. ¿Habló él con vos como estoy haciendo yo ahora
mismo?
¡No! ¡Nadie lo ha hecho nunca! me reí breve y secamente. Es decir, nunca me han per
mitido responder. Él me daba órdenes como cual quier noble del castillo. Me mandaba
ceremo niosamente pero no podía disimular su terrible estado de turbación. No se puede
expresar con palabras la excitación que le provocaba verme con una erección y
sometiéndome a sus deseos, pero aun así no era capaz de aguantarlo. Creo, bueno, a
veces creo que si el destino hubiera invertido nuestras posiciones, tal vez yo le hubiera
enseñado a hacerlo.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 18-10-2011 , 09:21:10   #183
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Mi amo se rió, con una risa espontánea y rela jada. Bebió de su copa. Tenía el rostro
animado y un poco más afable.
Mi alma intuyó una terrible sensación de peli gro mientras lo miraba.
Probablemente tengáis mucha razón co mentó. A veces los mejores esclavos esconden a
los mejores señores. Pero posiblemente nunca ten dréis oportunidad de demostrarlo.
Esta tarde ha blé de vos con el capitán. He hecho todo tipo de indagaciones. Cuando
erais libre, años atrás, superabais a lord Stefan en todos los aspectos, ¿no es cierto?
Mejor jinete, mejor espadachín, arquero. y él os amaba y os admiraba.
Yo intenté destacar como esclavo suyo continué. Sufría jornadas interminables de
humillaciones extremas. El sendero para caballos, y los demás juegos de la noche de
fiesta en los jar dines de su majestad. En algunas ocasiones me convertía en el juguete
de la reina; lord Gregory, el señor de los esclavos, me inspiraba el más hondo temor.
Pero nunca complací a lord Stefan porque él mismo no sabía cómo quería que lo
complacie ran. No sabía llevar el mando. Eran siempre otros nobles los que atraían mi
atención.
Las palabras se me atascaron en la garganta.
¿Por qué tenía que contar estos secretos? ¿Por qué tenía que sacarlo todo a la luz y
ampliar las re velaciones que ya había hecho el capitán? Sin em bargo,mi dueño seguía
sin abrir la boca. De nue vo reinaba aquel silencio, y era yo quien debía llenarlo.
No dejo de pensar en el campamento de soldados continué, con el silencio palpitando en
mis oídos. No sentía ningún amor por lord Stefan. Miré a los ojos de mi amo. El azul no
era más que un matiz de azul, los oscuros centros pa recían enormes, casi fulgurantes.
»Uno tiene que amar a sus señores dije.
Incluso los esclavos de las casas más humildes del pueblo pueden llegar a amar a sus
rudos y trabaja dores amos, ¿o no? , como yo amaba... a los solda dos del campamento
que me azotaban a diario.
Como amé por un momento...
¿Sí? inquirió.
Como incluso amé al maestro de azotes la otra noche en la plataforma giratoria. Aquella
ma no que me levantaba la barbilla, que apretaba mis mejillas, aquella sonrisa
amenazadora sobre mí. El poder de aquel grueso brazo...
Yo temblaba tanto como la noche pasada.
Pero aquel silencio continuaba...
Incluso aquellos rufianes, como vos loS ha héis llamado, que me azotaron en la calle
bajo vuestra mirada dije alejándome de la imagen de la plataforma giratoria tenían su
forma de ruin encanto.
El rubor de antes no era nada comparado con el que sentía ahora. Me refresqué con el
vino y aclaré la voz, pero el silencio volvía a dilatarse mientras bebía.
Levanté la mano izquierda para protegerme los ojos.
Bajad la mano dijo él y decid me qué sentisteis antes de iniciar la marcha, cuando estu
visteis enjaezado correctamente.
La palabra «Correctamente» me perturbó.
Era lo que yo necesitaba repuse. Intentaha dejar de mirarlo, sin conseguirlo. Él tenía los
ojos muy abiertos y su rostro a la luz de la vela era casi demasiado perfecto para ser el
de un hombre, demasiado delicado. Sentí que un nudo se soltaba en mi pecho, se
desataba. Ya que..., bueno, ya que tenía que ser un esclavo, eso era lo que necesitaba. y
esta noche, cuando he vuelto a hacerlo, lo he hecho con orgullo. Sentía una vergüenza
extrema. El rostro me palpitaba.
¡Me gustó! susurré. Es decir, esta noche, cuando fuimos a la casa solariega, me gustó.
La temprana carrera descalzo por el pueblo me había enseñado que uno puede sentir
orgullo por trotar enjaezado de ese modo, en vez del otro. y quería satisfaceros. Me
complací en satisfaceros.
Apuré la copa y la bajé. Me sirvió más vino, y volvió a dejar la botella sobre la mesilla
sin apartar la vista.
Experimenté una sensación de caída libre. Me estaba abriendo con mis propias
confesiones co mo antes me habían abierto los falos.
Pero quizás ésa no sea toda la verdad seguí confesando, mirándolo con atención. Aun
que no hubiera dado ese paseo descalzo por el pueblo, seguramente me habrían gustado
de todos modos las guarniciones del tiro. y tal vez, a pesar de todo el dolor y miseria del
paseo descalzo por el pueblo, me gustó porque vos me conducíais y vos me observabais.
Sentí lástima por los esclavos que encontré a mi paso, a los que nadie parecía mirar.
En el pueblo siempre hay alguien mirando repuso él. Si os amarro a una pared en la
calle, y lo haré, siempre habrá quienes adviertan vuestra presencia. Los rufianes del
pueblo vendrán a atormentaros otra vez, agradecidos de encontrar un esclavo
desatendido al que poder torturar sin pagar por ello. Os azotarán y en menos de media
hora os dejarán en carne viva. Cuando un esclavo se queda solo siempre se entera
alguien, y viene a castigarlo. Y, como habéis dicho, es una forma de ruin encanto. Para
un esclavo bien adaptado, la más ordinaria fregona o el más miserable desholli nador
pueden tener un encanto demoledor si se dejan absorber por la disciplina.
«Absorber», repetí en mi mente. La palabra era perfecta.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 18-10-2011 , 09:22:07   #184
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Se me empañó la vista. Empecé a subir de nue vo la mano para protegerme la cara pero
al darme cuenta la bajé.
Así que lo necesitabais dijo él. Necesitabais estar bien enjaezado, con la embocadura y
las herraduras, y arreado con firmeza.
Hice un gesto de asentimiento. Tenía la voz tan velada que no podía hablar.
¿Y queríais complacerme? dijo. ¿Por qué?
¡No lo sé!
¡Sí lo sabéis!
Porque... sois mi señor, mi dueño. Sois mi única esperanza.
¿Esperanza de qué? ¿De recibir el máximo castigo?
No lo sé.
¡Sí lo sabéis!
Mi única esperanza de un amor profundo, de entregarme perdidamente a alguien, no sim
plemente de perderme en todas esas batallas por romper mi resistencia y rehacerme,
sino de perderme ante alguien de una crueldad sublime, de una excelencia sublime a la
hora de imponerse.
Alguien que, de algún modo, sea capaz de ver, en tre el fuego vivo de mi sufrimiento, la
profundi dad de la sumisión, y de amarme también. Era admitir demasiado. Me detuve,
abrumado y segu ro de no poder seguir hablando.
Pero continué, lentamente.
Podría haber amado a muchos amos y seño ras, quizá, pero vos estáis dotado de una
belleza misteriosa que me debilita y me cautiva. Ilumináis los castigos. No..., no lo
entiendo.
¿Qué sentisteis cuando os percatasteis de que os encontrabais en la fila de la plataforma
gi ratoria, ¿cuando me implorasteis con todos aque llos besos en las botas y la multitud
se rió de vos ? Aquellas palabras me hirieron. Aquello también era demasiado real para
recordarlo. Tragué con fuerza.
Sentí pánico. Lloré, por ser castigado tan pronto y de esa manera después de haberme es
forzado con tanto esmero. Pensé que no podía ser castigado para espectáculo de una
multitud de gente vulgar; y vaya multitud, todos estaban allí para presidir mi penitencia.
Cuando me recrimi nasteis por suplicar, sentí... sentí tal vergüenza que creí que no
podría superarlo. Recordaba que no había hecho nada para recibir ese castigo. Me lo
había ganado por el hecho de estar aquí, por ser lo que soy. Luego sentí remordimientos
por haberos implorado. No volveré a hacerlo. Lo juro.
¿Y después? preguntó él. ¿Cuando os llevaron sobre el estrado y os subieron a la
plataforma sin grilletes? ¿Aprendisteis algo de aquello?
Sí, muchísimo solté otra risita grave y ronca, no más de una sílaba. Fue devastador.
Primero, cuando dijisteis al guardia que no utili zara grilletes conmigo, experimenté ese
miedo te rrible a perder el control.
Pero ¿por qué? ¿Qué habría sucedido si hubierais forcejeado?
Que me habrían atado a la plataforma. Esta noche he visto a un esclavo atado de ese
modo.
Anoche, sencillamente, asumí que sucedería de ese modo, y hubiera opuesto resistencia
con todo mi cuerpo, igual que el príncipe de esta noche, de batiéndome salvajemente,
despedazado por el te rror, inundado y luego vaciado por el pánico.
Hice una pausa. Era absorbente, sí, me había sumergido en ello.
Pero permanecí quieto dije. y cuando me di cuenta ya no intentaba zafarme bajo los gol
pes. Me liberé de toda tensión. Experimenté ese alborozo tan singular. Me ofrecían a la
muche dumbre y yo me sometía a ello. Acumulé en mí todo el frenesí de la multitud, y
la multitud au mentaba el castigo con su disfrute. Yo pertenecía a la multitud, a cientos
y cientos de amos y señoras.
Me rendía a su lascivia. No retenía nada, no me re sistía en absoluto.
Me detuve. Él asentía lentamente con la cabeza, sin hablar. El calor pulsaba
silenciosamente en mis sienes. Tragué el vino pensando en mis pro pias palabras.
Fue igual, en pequeña escala continué,cuando el capitán me azotó. Él me castigaba por
haber fallado después de su adiestramiento. Pero también me estaba poniendo aprueba,
para ver si estaba diciendo la verdad en lo referente a Stefan, para confirmar si lo que
necesitaba era subyuga ción. Intentaba desenmascararme. En realidad, decía: « yo os
voy a enseñar, ya veremos si podéis soportarlo.» y yo me ofrecí a su fusta, o al menos
eso pareció. Nunca pensé, ni en el campamento ni siquiera en el castillo, bajo la mirada
de los nobles y las damas, que podría danzar de ese modo bajo el látigo de un soldado
en una plaza de pueblo llena de viandantes, a plena luz del día. Los soldados
disciplinaron mi pene, me adiestraron, pero nunca lograron eso de mí. Pese a que me
aterroriza lo que queda por venir y temo incluso los arneses de corcel, ahora siento que
me entrego a todos los castigos en vez de intentar vencerlos con orgullo como en el
castillo. Estoy volviendo mi interior hacia fuera. Pertenezco al capitán, ya vos, a todos
los que observáis. Me estoy convirtiendo en mis castigos.
El se movió silenciosamente hacia mí, cogió la copa y la dejó a un lado. Luego me tomó
entre sus brazos y me besó.
Abrí la boca ampliamente y respondí con avi dez, pero él me puso de rodillas y se
inclinó para llevar su boca ami pene y envolverme las nalgas con los brazos. Lamió toda
la longitud de mi miembro de un modo casi salvaje, cubriéndolo con la ardorosa presión
húmeda de su lengua, mientras con los dedos me separaba las nalgas y me abría el ano.
Su cabeza continuaba moviéndo se adelante y atrás, absorbía toda mi verga, los labios
se apretaban en torno a ella y luego la solta ban para rodear la punta con la lengua.
Después reanudó los rápidos y casi enloquecidos lameta zs, mientras sus dedos
dilataban completamente mi ano. Por un momento se me aclaró la mente y susurré:
No puedo contenerme.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 18-10-2011 , 09:23:06   #185
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Pero cuando él siguió todavía con más fuerza, con lametones más violentos, sujeté
firmemente con ambas manos su cabeza y vertí el potente chorro en él.
Aquella succión que parecía querer vaciarme me hizo gritar con ritmo entrecortado, a
ráfagas.
Cuando ya no pude aguantar más e intenté libe rarme suavemente de su cabeza, él se
incorporó y me echó boca abajo sobre la cama, levantó y sepa ró mis muslos de un
empujón y me aplastó contra las sábanas con las palma de la mano sobre el tra sero,
para echarse despues sobre mi e mtroducir me el pene con fuerza. Debajo de él, yo
parecía una rana. Los músculos de mis muslos ardieron con aquel delicioso dolor. Su
peso me comprimía contra la cama. Su boca se abría ligeramente sobre mi nuca. Luego
engancho mis rodillas retorcidas con sus manos para forzarlas a elevarse aún más.
Mi verga, exhausta, palpitaba doblada bajo mi cuerpo.
Mis nalgas se agitaban con ligeras convulsiones y la tensión me hacía gemir. Pero su
miembro, que estaba atravesando mi trasero completamente abierto, parecía un
instrumento inhumano. Me agrandaba, se apropiaba de mi núcleo, me vaciaba.
Eyaculé de nuevo con una serie de chorros re pentinos. Era incapaz de permanecer
pegado a la cama. Continué brincando debajo de él, y él me penetró aún más, hasta que
soltó ruidosamente el gemido grave del clímax.
Me quedé tumbado jadeando, sin atreverme a destrabar mis piernas dobladas y
aplastadas. Lue go noté que él me bajaba las rodillas y se echaba a mi lado. Me obligó a
volverme de cara a él y en ese intenso y exaltado momento de agotamiento, co menzó a
besarme.
Intenté desprenderme de la languidez del sue ño. Mi verga suplicaba un momento de
respiro, pero él había acercado de nuevo su mano a mi pelvis. Me estaba levantando, me
obligaba a arrodi llarme, y dirigía mis manos hasta un mango de madera que había
encima de nuestras cabezas colgado del techo artesonado de la cama. Mientras tanto,
palmoteaba mi miembro con las manos y se sentaba con las piernas cruzadas ante mí.
Observé cómo mi pene se congestionaba por los golpes, con un placer cada vez más
lento, pleno y atroz. Gemí en voz alta y, sin poder domi narme, me retorcí para escapar.
Pero él tiró de mí hacia delante, me envolvió los testículos con la mano izquierda,
pegándolos a mi verga y, con la otra mano, continuó con los crueles cachetes.
Mi cuerpo estaba en el caballete de torturas. y también mi mente. En ese instante me di
cuenta, mientras él me pellizcaba la punta del miembro, de que tenía la intención de
conseguirlo una vez más, aunque tuviera que utilizar todas las tretas que fueran
necesarias. La pellizcó, la acarició con sus dedos envolventes y luego la chupó con la
len gua, dejándome completamente frenético. Tomó el lubrificante del tarro que había
usado la noche anterior y se embadurnó la mano derecha. Acercó los dedos a mi verga y
la apretó como si fuera a acabar con ella. Yo gruñía con los dientes apretados,
balanceaba las caderas y, luego, una vez más, mi pene descargó hacia delante, con
violentos y repetidos chorros. Me quedé colgado del mango de madera, ofuscado y
verdaderamente vacío.
Aún había una vela encendida.
Al abrir los ojos, no supe cuánto tiempo había pasado. Pero debía de ser temprano. Los
carruajes aún rodaban por la calzada al otro lado de la ventana.
Caí en la cuenta de que mi amo ya se había vestido y andaba de un lado a otro con las
manos entrelazadas detrás de la espalda y el pelo enmara ñado. Llevaba el jubón de
terciopelo azul y la camisa blanca de lino, de largas mangas abombadas, ambos
desabrochados. De tanto en tanto giraba sobre sus talones, se detenía bruscamente, se
me saba el pelo y luego continuaba recorriendo la ha bitación a paso regular.
Cuando me incorporé sobre el codo, temien do que me ordenara marcharme, indicó con
un gesto la copa y dijo:
Podéis beber si os apetece.
Levanté la copa de inmediato y me recosté contra el artesonado de la cama,
observándole.
Mi señor contmuaba recornendo el cuarto de un lado a otro, luego se volvió y, con la
mirada fija en mí, dijo:
¡Estoy enamorado de vos! Se acercó un poco más para escudriñar mi mirada. ¡Enamo
rado de vos! No simplemente por el placer de castigaros, que por supuesto es lo que voy
a seguir haciendo, o por vuestro servilismo, que adoro y deseo vehementemente,
también. Estoy enamo rado de vos, de vuestra alma secreta, que es tan vulnerable como
vuestra carne enrojecida por la correa, y de toda la fuerza que acumuláis bajo nuestro
ejercicio conjunto del poder.
Yo me había quedado sin habla. Únicamente era capaz de mirarlo, perdido en la
vehemencia de su voz y la mirada de sus ojos. Pero mi alma se rea nimó de golpe.
Se apartó de la cama y, lanzándome miradas penetrantes, continuó paseando arriba y
abajo por la habitación.
Desde que la reina comenzó a importar es clavos desnudos para el placer dijo mirando
la alfombra que tenía bajo los pies, siempre me ha desconcertado qué es lo que lleva aun
príncipe fuerte, de ilustre cuna, a obedecer con una sumisión tan absoluta. Me he
devanado los sesos para comprenderlo. Hizo una pausa y luego conti nuó con los brazos
en jarras, levantando las ma nos de vez en cuando con naturalidad.

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Antiguo 18-10-2011 , 09:23:55   #186
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Todos los que han contestado en el pasado me han dado respuestas tímidas,
avergonzadas. Vos habéis hablado de corazón y he comprendido que aceptáis vuestra
esclavitud con la misma facilidad que ellos. Por supuesto, la reina me ha expli cado que
todos los esclavos pasan un examen an tes de su selección. Sólo escogen los más aptos y
hermosos.
Me miró. No me había percatado antes de que había pasado un examen. Pero
inmediatamente recordé a los emisarios de la reina con los que tuve que reunirme en
una estancia del castillo de mi pa dre. Recordé que me ordenaron quitarme la ropa y me
habían tocado y observado mientras yo me quedaba quieto permitiendo que aquellos
dedos sondeadores actuaran. Yo no había exhibido ninguna pasión repentina pero quizá
sus ejercitadas miradas habían visto más de lo que yo mismo era capaz de ver. También
me habían friccionado la carne y luego me interrogaron y estudiaron mi rostro mientras
yo intentaba contestar con repen tino sonrojo.
Son raras las ocasiones, si se dan, en las que un esclavo se escapa continuó mi dueño. y
la mayoría de los que huyen lo hace con el deseo de ser atrapados. Eso es obvio. Lo que
les motiva es la provocación; su incentivo es el aburrimiento.
Los pocos fugitivos que se toman la molestia de robar alguna ropa a sus señores
culminan la huida con éxito.
Pero ¿la reina no monta en cólera contra los reinos de origen de los evadidos ? pregunté.
Mi propio padre me advirtió de que la reina era to dopoderosa y temible, que no era
posible negarse a su petición de ofrecer tributos de esclavitud.
Tonterías replicó él. La reina no va a enviar a la guerra a sus ejércitos por un esclavo
desnudo. Lo único que sucede es que el esclavo llega a su país natal deshonrado. Sus
padres reciben la petición de devolverlo y, si no lo hacen, el esclavo no obtiene ni un
penique de su nada des preciable retribución. Eso es todo. Se quedan sin la paga. Por
supuesto, a menudo los padres se avergüenzan de que su retoño se haya comporta do
como un blandengue y un inconstante. Una vez en casa, los hermanos y hermanas que
ya han prestado vasallaje se muestran agraviados por el desertor. Pero ¿qué es eso para
un joven y fuerte príncipe a quien el servicio le parece intolerable?
Se detuvo y me miró fijamente.
Ayer hubo una fuga dijo. Fue una princesa y, por lo visto, a estas horas casi han
abandonado la búsqueda. No han podido atraparla ni los campesinos leales ni en ningún
otro pueblo. Ha llegado al reino vecino del rey Lysius, donde los esclavos siempre
pueden cruzar la frontera sin riesgo.
¡Así que lo que había contado el esclavo corcel Jerard era cierto! Me senté, pasmado,
pensando en el poco efecto que tenían aquellas palabras sobre mí. Mi mente estaba
sumida en un caos.
Mi señor reanudó el recorrido por la habitación, lentamente, ensimismado en sus
pensamientos.
Por supuesto, hay esclavos que jamás se arriesgarían a correr ese peligro añadió de
repente. No pueden soportar la idea de los pelotones de persecución, la captura, la
humillación pública y otros castigos incluso peores. Una y otra vez, se estimula su
pasión, se alimenta, se estimula otra vez y se alimenta de tal manera que ya no pueden
distin guir el castigo del placer. Eso es lo que quiere la reina. y lo más probable es que
estos esclavos no pue dan aguantar la idea de llegar a su casa e intentar convencer a un
padre o una madre ignorantes de que el vasallaje en la corte de su majestad ha sido in
soportable. ¿Cómo describir lo que les han hecho? ¿Cómo explicar que aguantaron
tanto, o el placer que despertó inevitablemente en ellos? No obstan te, ¿por qué lo
aceptan con tan buena disposición? ¿Por qué hacen tal esfuerzo por complacer? ¿Por
qué están tan embelesados con la visión de la reina y las de sus amos y señoras?
La cabeza me daba vueltas. y no era el vino el causante.
Pero vos habéis arrojado mucha luz sobre los misterios de la mente del esclavo
continuó, mirándome otra vez, con el rostro serio, simple y hermoso a la luz de las
velas. Me habéis enseñado que para un esclavo de verdad, los rigores del castillo y del
pueblo se convierten en una gran aventura. En el verdadero esclavo hay algo innegable
que le hace adorar a los que ostentan incuestionablemente el poder. Ansía la perfección
incluso en su estado de esclavo, y ésta para un esclavo desnudo consiste en rendirse a
los castigos más extremos. El esclavo espiritualiza estas órdenes, no importa cuán
crudas y dolorosas sean. y todos los tormentos del pue blo, más incluso que las
humillaciones decorosas del castillo, van cayendo vertiginosamente uno so bre otro en
una corriente de excitación. Se acercó a la cama, y creo que detectó el temor en mi
rostro cuando alcé la vista.
¿Y quién entiende el poder y lo venera más que los que lo han poseído? inquirió. Vos
que lo habéis poseído lo entendisteis cuando os arrodillasteis a los pies de lord Stefan.
Me levanté y me cogió en sus brazos.
Tristán susurró, mi hermoso Tristán.
Aunque nos habíamos depurado de todo pla cer, nos besamos febrilmente,
abrazándonos con fuerza uno al otro, desbordantes de afecto.
Pero, hay más le susurré al oído mientras me besaba casi con ansiedad. En esta
pendiente descendente, es el señor quien crea el orden, el amo es quien saca al esclavo
del caos de abusos que le absorbe. Lo disciplina, lo refina, y continúa estimulándolo de
manera que los castigos aleato rios nunca podrían brindar. Es el señor, no los castigos,
quienes lo perfeccionan.
Entonces, no lo absorbe, sino que lo envuelve dijo, besándome con calma.
Nos encontramos perdidos, una vez tras otra dije yo y sólo nuestro amo nos puede
rescatar.
Pero incluso sin ese amor único y omnipo tente insistió, estáis atrapados en una matriz
de atención y placer implacables.
Sí convine. Asentí mientras le besaba la garganta y los labios. Pero es glorioso susurré
yo. Si uno adora a su amo, el misterio queda intensificado gracias a esa figura
irresistible que ocupa su centro.
Nuestro abrazo era rudo y dulce a la vez, no parecía posible superar tanta pasión.
Muy lentamente, con suavidad, retrocedió.
Levantaos ordenó. Sólo es medianoche y hace un cálido aire primaveral en el exterior.
Me apetece dar un paseo por el campo.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 30-10-2011 , 00:45:51   #187
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Seguimos con el relato!!!!
Esperando a ver que le pasa a bella!!!

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Antiguo 31-10-2011 , 09:18:11   #188
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

BAJO LAS ESTRELLAS
Tristán:
Se desabrochó los pantalones para meterse la camisa por dentro, ató las lazadas y luego
se anudó el jubón. Yo me apresuré a atarle las botas, pero él no hizo ningún gesto de
agradecimiento, sólo me indicó que volviera a levantarme y lo si gulera.
En cuestión de momentos estábamos en la ca lle. El aire nocturno era cálido y
caminamos silen ciosamente por el entramado de callejuelas, hacia el oeste, fuera del
pueblo.
Yo iba a su lado con las manos enlazadas a la espalda y, cada vez que nos cruzábamos
con otras figuras oscuras, la mayoría de ellas señores solita rios acompañados por un
único esclavo que mar chaba asolas, bajaba la vista, ya que parecía más respetuoso.
Había muchas luces encendidas en las apiña das casas de pequeñas ventanas y
encumbrados te jados. Al doblar por una amplia calle, vi a lo lejos, hacia el este, las
luces del mercado y oí el clamor de la multitud congregada en el lugar de castigo
público.
La sola visión del perfil de mi amo en la oscu ridad, la apagada luminosidad de su
cabello, me excitaba. Mi consumida verga estaba lista de nue vo para volver a la vida.
Un toque, incluso una orden, lo hubieran conseguido. Aquel estado de dis posición, en
la oscuridad, estimulaba todos mis sentidos.
En cuanto llegamos a la plaza de los mesones, de repente, una gran cantidad de luces
brillantes nos iluminaron. Las antorchas fulguraban por de bajo del elevado letrero
pintado del Signo del León ya través de la puerta abierta del local nos llegaba el clamor
de un numeroso gentío.
Seguí a mi amo hasta el umbral de la puerta.
Cuando entró hizo un gesto para que me pusiera de rodillas y esperara allí. Me apoyé
sobre mis talones y recorrí el lugar con la vista. Por todos lados había hombres que
reían, hablaban y bebían de sus jarras. Mi amo se había acercado al mostrador para
comprar un odre entero de vino que ya sostenía en sus manos mientras conversaba con
la hermosa mujer de cabello oscuro y falda ro ja que aquella mañana había visto
castigando a Bella.
Luego, en lo alto de la pared, detrás del mos trador, descubrí a Bella. Estaba atada, con
las ma nos amarradas por encima de la cabeza, el hermoso pelo dorado caído tras los
hombros y las piernas colocadas a horcajadas encima de un barril inmenso sobre el que
descansaba con los ojos ce rrados, sumida al parecer en un agradable sueño, con su
voluptuosa boca rosada medio abierta. A uno y otro lado había más esclavos, todos ellos
amodorrados como si estuvieran profundamente fatigados, en una actitud de resignación
desesperanzada.
Oh, si Bella y yo pudiéramos pasar a solas por lo menos un momento. Si pudiera hablar
con ella y explicarle lo que había aprendido y los sentimientos que se habían despertado
en mí.
Pero mi amo había vuelto y, tras ordenarme que me levantara, inició la marcha para
salir de la plaza. No tardamos en encontrarnos en las puertas occidentales del pueblo y
en cosa de nada andábamos por el camino que llevaba a la casa sola nega.
Me rodeó con el brazo y me ofreció el odre.
La sensación de tranquilidad era agradable bajo laalta bóveda de las estrellas.
Únicamente nos pasó un carruaje durante el paseo, como una visión a la luz de la luna.
Se trataba de un tiro de doce princesas que trotaba con brío ante el elegante coche.
Aquellas preciosidades iban enjaezadas en fila de a tres, con correas de cuero blanco
como la nieve, y el ca rruaje estaba bañado en oro. Para mi asombro, la que conducía el
carruaje junto aun hombre alto era mi señora Julia, y ambos saludaron a mi amo al pasar
junto a nosotros.
Éste es el alcalde del pueblo me indicó mi señor con voz pausada.
Torcimos antes de alcanzar la casa solariega pero yo ya intuía que nos encontrábamos
en las tierras de mi dueño. Caminamos sobre la hierba, entre los frutales, en dirección a
las cercanas colinas cubiertas por un denso bosque.
No sabía cuánto rato habíamos caminado, qui zás una hora. Finalmente nos
acomodamos en una alta ladera a medio camino de la cumbre de la coli na, con el valle
a nuestros pies. Estábamos en un claro lo bastante grande como para encender un fuego
y recostarnos sobre la hierba, con los altos árboles meciéndose sobre nosotros.
Mi señor se ocupó del fuego hasta que ardió con suficiente llama. Luego se tumbó de
espaldas.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 31-10-2011 , 09:18:46   #189
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Yo estaba sentado con las piernas cruzadas, contemplando las torres y edificios altos del
pueblo.
Desde nuestra posición alcanzaba a ver el fulgor brillante del lugar de castigo público.
El vino me estaba dejando adormilado y mi amo se había esti rado con las manos en la
nuca y los ojos completa mente abiertos, fijos en el cielo azul oscuro ilumi nado por la
luz de la luna y en la gran extensión de las constelaciones, que brillaban sobre nosotros.
Nunca he querido a ningún esclavo como a vos dijo con calma.
Intenté dominarme. Durante un momento, quise oír únicamente mi corazón en la
quietud de la noche. Pero me apresuré a preguntar:
¿Me compraréis a la reina para que me que de en el pueblo?
¿Sabéis lo que decís? replicó él. No habéis aguantado aquí más que dos días.
¿Serviría de algo que os suplicara de rodillas, que besara vuestras botas y que me
postrara?
No es preciso contestó. A finales de semana iré a ver a la reina para presentarle mi infor
me habitual de las actividades de invierno del pue blo. Tan seguro como me llamo
Nicolás que haré una oferta a la reina para compraros, para quedar me con vos
definitivamente y defenderé mi peti ción con todo empeño.
Pero lord Stefan...
Dejad a lord Stefan para mí. Voy a haceros una predicción sobre lord Stefan: cada año,
la noche del solsticio de verano tiene lugar un extraño ritual. Todos los habitantes del
pueblo que desean convertirse en esclavos durante los siguientes doce meses se
presentan aun examen en privado. Con este motivo, se instalan tiendas en las que desnu
dan a los lugareños que quieren ser esclavos para realizarles una exploración cuidadosa
y minucio sa. Lo mismo sucede entre los nobles y damas del castillo. Nadie está del
todo seguro de quién se ha ofrecido a pasar el examen.
Pero a medianoche, el día del solsticio de ve rano, tanto en el castillo como desde lo alto
del es trado del mercado del pueblo, se anuncian los nombres de todos los que han sido
aceptados. Na turalmente, sólo son una pequeña proporción del total que se ha
presentado, los más hermosos, los de aspecto más aristocrático, los más fuertes.
Cada vez que se anuncia un nombre a gritos desde el estrado, la multitud se vuelve a
buscar al elegi do; aquí todo el mundo se conoce, como es natu ral, y el nuevo esclavo
es encontrado de inmediato para subirlo a toda prisa a la plataforma, donde lo desnudan.
Sin duda hay escenas de terror, arre pentimiento y un miedo nada despreciable en el
momento en que se cumple su deseo de un modo tan violento, despojados de toda la
ropa y con el pelo suelto, mientras la multitud disfruta tanto como en la subasta. Los
príncipes y princesas esclavos, y especialmente los que han recibido algún castigo del
nuevo esclavo del pueblo, gritan de jú bilo para manifestar su aprobación.
»Luego envían al castillo a las víctimas del pueblo, donde servirán en las tareas más
humildes durante un año glorioso, casi como los príncipes y princesas.
»Y en el pueblo recibimos a los nobles y da mas del castillo que se han ofrecido de
forma simi lar, a los que sus iguales han desnudado en los jar dines del placer del
castillo. A veces son tan pocos que no llegan más que tres. No podéis imaginar la
excitación que se vive esa noche cuando los traen para la subasta. Nobles y damas son
llevados a la plataforma de subastas, y los precios alcanzan cantidades desorbitadas. El
alcalde casi siempre compra uno, pues cada año tiene que renunciar de mala gana a la
adquisición del año anterior; A ve ces mi hermana, Julia, compra otro. Una vez lle garon
hasta cinco, el año pasado tuvimos tan sólo dos, y de vez en cuando hay que
conformarse con uno. El capitán de la guardia me ha dicho que este año todo el mundo
apuesta a que entre el grupo de exiliados del castillo estará lord Stefan.
Yo estaba demasiado encandilado y sorpren dido para contestar.
Por lo que habéis dicho, lord Stefan no sabe imponerse, y la reina está al corriente de
ello. Si se ofrece, será elegido.
Me reí para mis adentros.
¡No se puede ni imaginar lo que le espera! comenté con toda tranquilidad. Sacudí la
cabe za. y volví a reírme en voz baja, intentando repri mirme.
Nicolás volvió la cabeza para sonreírme.
Pronto seréis mío, mío para tres, quizá cua tro años y cuando se incorporó y se apoyó en
el codo yo me tendí a su lado y lo abracé. Sentía re nacer la pasión en mí pero él me
ordenaba estar tranquilo, así que permanecí quieto, intentando obedecer, con la cabeza
apoyada sobre su pecho y su mano sobre mi frente.
Después de un largo intervalo, pregunté:
Amo, ¿se otorga alguna vez una petición a un esclavo?
Casi nunca susurró, porque aun esclavo nunca se le permite pedir. Pero hacedlo. Permi
tiré al menos eso.

esquimala no está en línea   Responder Citando
Antiguo 31-10-2011 , 09:19:24   #190
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

¿Sería posible que me enterara de cómo le va a otra esclava, si es obediente y resignada
o si la castigan por rebelde?
¿Por qué?
Vine en el carro con la esclava del príncipe de la Corona. Se llama Bella. Era muy
fogosa. En el castillo causaba sensación por sus pasiones e incapacidad para ocultar
incluso las emociones más momentáneas. Cuando bajábamos en la carreta me hizo la
misma pregunta que vos: ¿Por qué obedecemos? Ahora está en el Signo del León. Es la
esclava que mencionó ayer el capitán junto al po zo después de que me azotara. ¿Hay
alguna mane ra de enterarse si ha descubierto la misma aceptación que yo? Sólo
preguntar, quizá... Sentí su mano que tiraba con ternura de mi pelo y los labios que me
besaban la frente. Habló enyoz baja:
Si queréis, os permitiré verla mañana y po dréis preguntárselo vos mismo.
¡Amo! estaba demasiado agradecido y ma ravillado para expresar lo que sentía con otras
pa labras. Permitió que le besara los labios. Luego me atreví a besarle las mejillas e
incluso los párpa dos.
Me dedicó la más sutil de las sonrisas y me re costó de nuevo sobre su pecho. Ya sabéis
que os espera un arduo y duro día
antes de que la podáis ver advirtió. Sí, señor respondí. Y ahora, a dormir dijo. Mañana
tenéis
mucho trabajo en los huertos de la granja antes de volver al pueblo. Luego, enjaezado a
una carretilla con un buen cesto lleno de fruta, tendréis que tirar de él de vuelta a la casa
del pueblo, y quiero acabar para el mediodía, para que os castiguen con la pla za
abarrotada de público en la plataforma gira toria.
Durante un momento, se apoderó de mí una pequeña oleada de pánico. Me apreté a él
un poco más y sentí que sus labios me rozaban con ternura la frente.
Luego se separó con suavidad y se puso boca abajo para dormir, con el rostro aun lado y
el bra zo izquierdo enrollado debajo del cuerpo.
Pasaréis la tarde en las cuadras públicas para ser alquilado como corceldijo. Trotaréis
por el camino para corceles de las cuadras, enjaezado y preparado, y espero oír que
mostraseteis tanto brío que os alquilaron de inmediato.
Mire su elegante silueta bajo la luz de la luna
El blanco reluciente de sus mangas, la forma perfecta de sus pantorrillas enfundadas en
el cuero flexible. Le pertenecía. Le pertenecía por com pleto.
Sí, amo respondí con un susurro.
Me puse de rodillas y me doblé en silencio so bre él para besarle la mano derecha que
reposaba sobre la hierba.
Gracias, amo.
Por la noche hablaré con el capitán para que nos envíen a Bella añadió.
Debía de haber pasado una hora.
El fuego se había extinguido.
Él estaba profundamente dormido, podía de tectarlo por su respiración. No llevaba
armas, ni siquiera una daga escondida bajo la ropa. Yo sabíaque podía subyugarlo con
facilidad. Él no tenía ni mi peso ni mi fuerza; además, seis meses en el cas tillo habían
tonificado mis músculos. Podría ha berle quitado las ropas, dejarlo atado y amordaza do
y emprender la huida hacia la tierra del rey Lysius. Incluso llevaba dinero en los
bolsillos.
Pero, con toda seguridad, él ya había tenido en cuenta todo esto antes de que saliéramos
del pueblo.
O bien me ponía a prueba o estaba tan seguro de mí que ni siquiera se le pasaba por la
imagina ción. Allí echado y despierto, en la oscuridad, yo tenía que aprender por mí
mismo lo que él ya sa bía. ¿Sería capaz de escaparme entonces, que tenía la
oportunidad?
La decisión no fue difícil. Pero cada vez que me decía a mí mismo que, por supuesto, no
iba a hacerlo, me encontraba pensando en ello. Escapar, volver a casa, enfrentarme a mi
padre, decirle que desenmascarara a la reina, o ir a otra tierra en busca de aventura.
Supongo que no hubiera sido un ser humano si al menos no hubiera considerado la
posibilidad de hacerlo.
También imaginé que me atrapaban los cam pesinos. Que me llevaban de regreso al
castillo, atado y desnudo, sobre la silla del capitán de la guardia, para recibir alguna
penitencia indescrip tible por lo que había hecho, y perder tal vez para siempre a mi
señor.
Pensé en otras posibilidades. Las consideré exhaustivamente y luego me di media vuelta
y me arrimé a mi amo. Deslicé el brazo con suavidad en torno a su cintura y apreté el
rostro contra el terciopelo de su jubón. Tenía que dormir un poco.

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