Yo estaba sentado con las piernas cruzadas, contemplando las torres y edificios altos del
pueblo.
Desde nuestra posición alcanzaba a ver el fulgor brillante del lugar de castigo público.
El vino me estaba dejando adormilado y mi amo se había esti rado con las manos en la
nuca y los ojos completa mente abiertos, fijos en el cielo azul oscuro ilumi nado por la
luz de la luna y en la gran extensión de las constelaciones, que brillaban sobre nosotros.
Nunca he querido a ningún esclavo como a vos dijo con calma.
Intenté dominarme. Durante un momento, quise oír únicamente mi corazón en la
quietud de la noche. Pero me apresuré a preguntar:
¿Me compraréis a la reina para que me que de en el pueblo?
¿Sabéis lo que decís? replicó él. No habéis aguantado aquí más que dos días.
¿Serviría de algo que os suplicara de rodillas, que besara vuestras botas y que me
postrara?
No es preciso contestó. A finales de semana iré a ver a la reina para presentarle mi infor
me habitual de las actividades de invierno del pue blo. Tan seguro como me llamo
Nicolás que haré una oferta a la reina para compraros, para quedar me con vos
definitivamente y defenderé mi peti ción con todo empeño.
Pero lord Stefan...
Dejad a lord Stefan para mí. Voy a haceros una predicción sobre lord Stefan: cada año,
la noche del solsticio de verano tiene lugar un extraño ritual. Todos los habitantes del
pueblo que desean convertirse en esclavos durante los siguientes doce meses se
presentan aun examen en privado. Con este motivo, se instalan tiendas en las que desnu
dan a los lugareños que quieren ser esclavos para realizarles una exploración cuidadosa
y minucio sa. Lo mismo sucede entre los nobles y damas del castillo. Nadie está del
todo seguro de quién se ha ofrecido a pasar el examen.
Pero a medianoche, el día del solsticio de ve rano, tanto en el castillo como desde lo alto
del es trado del mercado del pueblo, se anuncian los nombres de todos los que han sido
aceptados. Na turalmente, sólo son una pequeña proporción del total que se ha
presentado, los más hermosos, los de aspecto más aristocrático, los más fuertes.
Cada vez que se anuncia un nombre a gritos desde el estrado, la multitud se vuelve a
buscar al elegi do; aquí todo el mundo se conoce, como es natu ral, y el nuevo esclavo
es encontrado de inmediato para subirlo a toda prisa a la plataforma, donde lo desnudan.
Sin duda hay escenas de terror, arre pentimiento y un miedo nada despreciable en el
momento en que se cumple su deseo de un modo tan violento, despojados de toda la
ropa y con el pelo suelto, mientras la multitud disfruta tanto como en la subasta. Los
príncipes y princesas esclavos, y especialmente los que han recibido algún castigo del
nuevo esclavo del pueblo, gritan de jú bilo para manifestar su aprobación.
»Luego envían al castillo a las víctimas del pueblo, donde servirán en las tareas más
humildes durante un año glorioso, casi como los príncipes y princesas.
»Y en el pueblo recibimos a los nobles y da mas del castillo que se han ofrecido de
forma simi lar, a los que sus iguales han desnudado en los jar dines del placer del
castillo. A veces son tan pocos que no llegan más que tres. No podéis imaginar la
excitación que se vive esa noche cuando los traen para la subasta. Nobles y damas son
llevados a la plataforma de subastas, y los precios alcanzan cantidades desorbitadas. El
alcalde casi siempre compra uno, pues cada año tiene que renunciar de mala gana a la
adquisición del año anterior; A ve ces mi hermana, Julia, compra otro. Una vez lle garon
hasta cinco, el año pasado tuvimos tan sólo dos, y de vez en cuando hay que
conformarse con uno. El capitán de la guardia me ha dicho que este año todo el mundo
apuesta a que entre el grupo de exiliados del castillo estará lord Stefan.
Yo estaba demasiado encandilado y sorpren dido para contestar.
Por lo que habéis dicho, lord Stefan no sabe imponerse, y la reina está al corriente de
ello. Si se ofrece, será elegido.
Me reí para mis adentros.
¡No se puede ni imaginar lo que le espera! comenté con toda tranquilidad. Sacudí la
cabe za. y volví a reírme en voz baja, intentando repri mirme.
Nicolás volvió la cabeza para sonreírme.
Pronto seréis mío, mío para tres, quizá cua tro años y cuando se incorporó y se apoyó en
el codo yo me tendí a su lado y lo abracé. Sentía re nacer la pasión en mí pero él me
ordenaba estar tranquilo, así que permanecí quieto, intentando obedecer, con la cabeza
apoyada sobre su pecho y su mano sobre mi frente.
Después de un largo intervalo, pregunté:
Amo, ¿se otorga alguna vez una petición a un esclavo?
Casi nunca susurró, porque aun esclavo nunca se le permite pedir. Pero hacedlo. Permi
tiré al menos eso.