| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Se me empañó la vista. Empecé a subir de nue vo la mano para protegerme la cara pero
al darme cuenta la bajé.
Así que lo necesitabais dijo él. Necesitabais estar bien enjaezado, con la embocadura y
las herraduras, y arreado con firmeza.
Hice un gesto de asentimiento. Tenía la voz tan velada que no podía hablar.
¿Y queríais complacerme? dijo. ¿Por qué?
¡No lo sé!
¡Sí lo sabéis!
Porque... sois mi señor, mi dueño. Sois mi única esperanza.
¿Esperanza de qué? ¿De recibir el máximo castigo?
No lo sé.
¡Sí lo sabéis!
Mi única esperanza de un amor profundo, de entregarme perdidamente a alguien, no sim
plemente de perderme en todas esas batallas por romper mi resistencia y rehacerme,
sino de perderme ante alguien de una crueldad sublime, de una excelencia sublime a la
hora de imponerse.
Alguien que, de algún modo, sea capaz de ver, en tre el fuego vivo de mi sufrimiento, la
profundi dad de la sumisión, y de amarme también. Era admitir demasiado. Me detuve,
abrumado y segu ro de no poder seguir hablando.
Pero continué, lentamente.
Podría haber amado a muchos amos y seño ras, quizá, pero vos estáis dotado de una
belleza misteriosa que me debilita y me cautiva. Ilumináis los castigos. No..., no lo
entiendo.
¿Qué sentisteis cuando os percatasteis de que os encontrabais en la fila de la plataforma
gi ratoria, ¿cuando me implorasteis con todos aque llos besos en las botas y la multitud
se rió de vos ? Aquellas palabras me hirieron. Aquello también era demasiado real para
recordarlo. Tragué con fuerza.
Sentí pánico. Lloré, por ser castigado tan pronto y de esa manera después de haberme es
forzado con tanto esmero. Pensé que no podía ser castigado para espectáculo de una
multitud de gente vulgar; y vaya multitud, todos estaban allí para presidir mi penitencia.
Cuando me recrimi nasteis por suplicar, sentí... sentí tal vergüenza que creí que no
podría superarlo. Recordaba que no había hecho nada para recibir ese castigo. Me lo
había ganado por el hecho de estar aquí, por ser lo que soy. Luego sentí remordimientos
por haberos implorado. No volveré a hacerlo. Lo juro.
¿Y después? preguntó él. ¿Cuando os llevaron sobre el estrado y os subieron a la
plataforma sin grilletes? ¿Aprendisteis algo de aquello?
Sí, muchísimo solté otra risita grave y ronca, no más de una sílaba. Fue devastador.
Primero, cuando dijisteis al guardia que no utili zara grilletes conmigo, experimenté ese
miedo te rrible a perder el control.
Pero ¿por qué? ¿Qué habría sucedido si hubierais forcejeado?
Que me habrían atado a la plataforma. Esta noche he visto a un esclavo atado de ese
modo.
Anoche, sencillamente, asumí que sucedería de ese modo, y hubiera opuesto resistencia
con todo mi cuerpo, igual que el príncipe de esta noche, de batiéndome salvajemente,
despedazado por el te rror, inundado y luego vaciado por el pánico.
Hice una pausa. Era absorbente, sí, me había sumergido en ello.
Pero permanecí quieto dije. y cuando me di cuenta ya no intentaba zafarme bajo los gol
pes. Me liberé de toda tensión. Experimenté ese alborozo tan singular. Me ofrecían a la
muche dumbre y yo me sometía a ello. Acumulé en mí todo el frenesí de la multitud, y
la multitud au mentaba el castigo con su disfrute. Yo pertenecía a la multitud, a cientos
y cientos de amos y señoras.
Me rendía a su lascivia. No retenía nada, no me re sistía en absoluto.
Me detuve. Él asentía lentamente con la cabeza, sin hablar. El calor pulsaba
silenciosamente en mis sienes. Tragué el vino pensando en mis pro pias palabras.
Fue igual, en pequeña escala continué,cuando el capitán me azotó. Él me castigaba por
haber fallado después de su adiestramiento. Pero también me estaba poniendo aprueba,
para ver si estaba diciendo la verdad en lo referente a Stefan, para confirmar si lo que
necesitaba era subyuga ción. Intentaba desenmascararme. En realidad, decía: « yo os
voy a enseñar, ya veremos si podéis soportarlo.» y yo me ofrecí a su fusta, o al menos
eso pareció. Nunca pensé, ni en el campamento ni siquiera en el castillo, bajo la mirada
de los nobles y las damas, que podría danzar de ese modo bajo el látigo de un soldado
en una plaza de pueblo llena de viandantes, a plena luz del día. Los soldados
disciplinaron mi pene, me adiestraron, pero nunca lograron eso de mí. Pese a que me
aterroriza lo que queda por venir y temo incluso los arneses de corcel, ahora siento que
me entrego a todos los castigos en vez de intentar vencerlos con orgullo como en el
castillo. Estoy volviendo mi interior hacia fuera. Pertenezco al capitán, ya vos, a todos
los que observáis. Me estoy convirtiendo en mis castigos.
El se movió silenciosamente hacia mí, cogió la copa y la dejó a un lado. Luego me tomó
entre sus brazos y me besó.
Abrí la boca ampliamente y respondí con avi dez, pero él me puso de rodillas y se
inclinó para llevar su boca ami pene y envolverme las nalgas con los brazos. Lamió toda
la longitud de mi miembro de un modo casi salvaje, cubriéndolo con la ardorosa presión
húmeda de su lengua, mientras con los dedos me separaba las nalgas y me abría el ano.
Su cabeza continuaba moviéndo se adelante y atrás, absorbía toda mi verga, los labios
se apretaban en torno a ella y luego la solta ban para rodear la punta con la lengua.
Después reanudó los rápidos y casi enloquecidos lameta zs, mientras sus dedos
dilataban completamente mi ano. Por un momento se me aclaró la mente y susurré: No puedo contenerme. |