SECRETOS EN LA ALCOBA
INTERIOR
Tristán:
Cuando entré, el dormitorio de mi señor esta ba inmaculado, como la noche anterior. La
cama forrada de satén verde resplandecía a la luz de las velas.
Al ver a mi amo sentado al escritorio, con la pluma en la mano, atravesé el suelo de
roble puli mentado lo más silenciosamente que pude y besé sus botas, no de un modo
respetuoso, como hice antes, sino con gran cariño.
Temí que fuera a detenerme mientras yo lamía sus tobillos y me atrevía luego incluso a
besar el cuero liso que enfundaba sus pantorrillas, pero no fue así. Ni siquiera parecía
percatarse de mi pre sencla.
Me dolía el pene. La princesita de la tienda pública no había sido más que el entremés, y
el mero acto de entrar en la habitación de mi dueño inten sificó mi hambre. Pero, como
me había sucedido antes, no me atreví a rogar con ningún tipo de mo vimiento vulgar o
suplicante. Por nada del mundo hubiera contrariado a mi señor.
Lancé miradas furtivas hacia arriba, en direc ción a su rostro concentrado y envuelto de
pelo blanco que brillaba tenuemente. Entonces él se volvió, me miró y yo aparté
tímidamente la vista, aunque tuve que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo.
¿Os han lavado bien? preguntó.
Asentí y volví a besarle las botas.
Subíos al lecho y sentaos al pie de la cama, en la esquina más próxima a la pared
ordenó.
Yo estaba embelesado. Intenté controlarme.
Al sentir la colcha de satén contra las erupciones de mi piel me pareció tan calmante
como el hielo.
Los dos días de azotes constantes habían conseguido que incluso la contracción de un
único músculo produjera interminables reverberaciones de dolor.
Supe que mi amo se estaba desvistiendo, aun que no me atreví a mirar. Luego apagó
todas las velas excepto las de la cabecera de la cama, donde había también una botella
de vino junto a dos co pas de metal con joyas incrustadas.
Pensé que debía de ser el hombre más rico del pueblo para disfrutar de tanto lujo. y
sentí el más puro orgullo que pueda experimentar un es clavo por tener un amo tan rico.
Cualquier atisbo del príncipe que fui en mi propia tierra había desa parecido de mi
mente.
Mi amo se encaramó a la cama y se acomodó contra los almohadones, con una rodilla
levantada y el brazo izquierdo apoyado en ella. Se estiró para llenar las dos copas y
luego me tendió una a mí.
Yo estaba desconcertado. ¿Acaso quería que bebiera de la copa igual que él? La cogí de
inmedia to y me recosté hacia atrás con la copa entre las manos. Entonces miré a mi
dueño sin ningún pudor; no me había ordenado no hacerlo. Vi su tórax duro y delgado,
con fragmentos de vello blanco rizado alrededor de los pezones, y mi mirada descendió
por el centro del pecho hasta su vientre, que captaba con primor la luz de las velas. Su
pene no estaba tan duro como el mío y quise remediarlo.
Podéis beber el vino igual que yo dijo como si me leyera el pensamiento. Completamen
te atónito, bebí como un hombre por primera vez en medio año y al hacerlo sentí cierta
torpeza.
Tragué demasiada cantidad y me vi obligado a de tenerme. Pero era un borgoña de
crianza como no recordaba haber degustado.
Tristán dijo mi amo en tono amistoso.
Le miré directamente a los ojos y bajé lenta mente la copa.
Ahora hablaréis para contestarme dijo.
Mi asombro era indescriptible.
Sí, amo repuse en voz baja.
¿Me odiasteis anoche cuando hice que os azotaran en la plataforma giratoria? preguntó.
Me sobresalté.
Dio otro trago de vino sin apartar la vista de mí. De pronto parecía siniestro, aunque yo
no sa bía por qué.
No, amo susurré.
Más alto me indicó. No os oigo.
No, amo respondí. Me ruboricé con más intensidad que nunca. No hacía ninguna falta
que me recordara la plataforma giratoria. En realidad no había dejado de pensar en ella
en ningún instante.
Además de «amo», también me podéis lla mar «señor» dijo. Me gustan ambos. ¿Odias
teis a Julia cuando os dilató el ano con el falo de la cola de caballo?
No, señor contesté. El rubor ardía cada vez más en mi rostro.
¿Me odiasteis cuando os enganché al tiro con el resto de corceles y os obligué a arrastrar
el carruaje hasta la casa solariega? No me refiero a hoy, que tan bien os habéis
comportado, sino a ayer cuando observasteis horrorizado los arneses.
No, señorprotesté.
Entonces, ¿qué fue lo que sentisteis cuando sucedieron todas esas cosas?
Yo estaba demasiado estupefacto para poder responder.
¿Qué quería hoy de vos cuando os até tras otro par de corceles, cuando taponé vuestra
boca y vuestro ano y os hice marchar con los pies des calzos? ,
Sumisión dije con la boca seca. Mi voz no me resultaba nada familiar.