BAJO LAS ESTRELLAS
Tristán:
Se desabrochó los pantalones para meterse la camisa por dentro, ató las lazadas y luego
se anudó el jubón. Yo me apresuré a atarle las botas, pero él no hizo ningún gesto de
agradecimiento, sólo me indicó que volviera a levantarme y lo si gulera.
En cuestión de momentos estábamos en la ca lle. El aire nocturno era cálido y
caminamos silen ciosamente por el entramado de callejuelas, hacia el oeste, fuera del
pueblo.
Yo iba a su lado con las manos enlazadas a la espalda y, cada vez que nos cruzábamos
con otras figuras oscuras, la mayoría de ellas señores solita rios acompañados por un
único esclavo que mar chaba asolas, bajaba la vista, ya que parecía más respetuoso.
Había muchas luces encendidas en las apiña das casas de pequeñas ventanas y
encumbrados te jados. Al doblar por una amplia calle, vi a lo lejos, hacia el este, las
luces del mercado y oí el clamor de la multitud congregada en el lugar de castigo
público.
La sola visión del perfil de mi amo en la oscu ridad, la apagada luminosidad de su
cabello, me excitaba. Mi consumida verga estaba lista de nue vo para volver a la vida.
Un toque, incluso una orden, lo hubieran conseguido. Aquel estado de dis posición, en
la oscuridad, estimulaba todos mis sentidos.
En cuanto llegamos a la plaza de los mesones, de repente, una gran cantidad de luces
brillantes nos iluminaron. Las antorchas fulguraban por de bajo del elevado letrero
pintado del Signo del León ya través de la puerta abierta del local nos llegaba el clamor
de un numeroso gentío.
Seguí a mi amo hasta el umbral de la puerta.
Cuando entró hizo un gesto para que me pusiera de rodillas y esperara allí. Me apoyé
sobre mis talones y recorrí el lugar con la vista. Por todos lados había hombres que
reían, hablaban y bebían de sus jarras. Mi amo se había acercado al mostrador para
comprar un odre entero de vino que ya sostenía en sus manos mientras conversaba con
la hermosa mujer de cabello oscuro y falda ro ja que aquella mañana había visto
castigando a Bella.
Luego, en lo alto de la pared, detrás del mos trador, descubrí a Bella. Estaba atada, con
las ma nos amarradas por encima de la cabeza, el hermoso pelo dorado caído tras los
hombros y las piernas colocadas a horcajadas encima de un barril inmenso sobre el que
descansaba con los ojos ce rrados, sumida al parecer en un agradable sueño, con su
voluptuosa boca rosada medio abierta. A uno y otro lado había más esclavos, todos ellos
amodorrados como si estuvieran profundamente fatigados, en una actitud de resignación
desesperanzada.
Oh, si Bella y yo pudiéramos pasar a solas por lo menos un momento. Si pudiera hablar
con ella y explicarle lo que había aprendido y los sentimientos que se habían despertado
en mí.
Pero mi amo había vuelto y, tras ordenarme que me levantara, inició la marcha para
salir de la plaza. No tardamos en encontrarnos en las puertas occidentales del pueblo y
en cosa de nada andábamos por el camino que llevaba a la casa sola nega.
Me rodeó con el brazo y me ofreció el odre.
La sensación de tranquilidad era agradable bajo laalta bóveda de las estrellas.
Únicamente nos pasó un carruaje durante el paseo, como una visión a la luz de la luna.
Se trataba de un tiro de doce princesas que trotaba con brío ante el elegante coche.
Aquellas preciosidades iban enjaezadas en fila de a tres, con correas de cuero blanco
como la nieve, y el ca rruaje estaba bañado en oro. Para mi asombro, la que conducía el
carruaje junto aun hombre alto era mi señora Julia, y ambos saludaron a mi amo al pasar
junto a nosotros.
Éste es el alcalde del pueblo me indicó mi señor con voz pausada.
Torcimos antes de alcanzar la casa solariega pero yo ya intuía que nos encontrábamos
en las tierras de mi dueño. Caminamos sobre la hierba, entre los frutales, en dirección a
las cercanas colinas cubiertas por un denso bosque.
No sabía cuánto rato habíamos caminado, qui zás una hora. Finalmente nos
acomodamos en una alta ladera a medio camino de la cumbre de la coli na, con el valle
a nuestros pies. Estábamos en un claro lo bastante grande como para encender un fuego
y recostarnos sobre la hierba, con los altos árboles meciéndose sobre nosotros.
Mi señor se ocupó del fuego hasta que ardió con suficiente llama. Luego se tumbó de
espaldas.