| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Pero cuando él siguió todavía con más fuerza, con lametones más violentos, sujeté
firmemente con ambas manos su cabeza y vertí el potente chorro en él.
Aquella succión que parecía querer vaciarme me hizo gritar con ritmo entrecortado, a
ráfagas.
Cuando ya no pude aguantar más e intenté libe rarme suavemente de su cabeza, él se
incorporó y me echó boca abajo sobre la cama, levantó y sepa ró mis muslos de un
empujón y me aplastó contra las sábanas con las palma de la mano sobre el tra sero,
para echarse despues sobre mi e mtroducir me el pene con fuerza. Debajo de él, yo
parecía una rana. Los músculos de mis muslos ardieron con aquel delicioso dolor. Su
peso me comprimía contra la cama. Su boca se abría ligeramente sobre mi nuca. Luego
engancho mis rodillas retorcidas con sus manos para forzarlas a elevarse aún más.
Mi verga, exhausta, palpitaba doblada bajo mi cuerpo.
Mis nalgas se agitaban con ligeras convulsiones y la tensión me hacía gemir. Pero su
miembro, que estaba atravesando mi trasero completamente abierto, parecía un
instrumento inhumano. Me agrandaba, se apropiaba de mi núcleo, me vaciaba.
Eyaculé de nuevo con una serie de chorros re pentinos. Era incapaz de permanecer
pegado a la cama. Continué brincando debajo de él, y él me penetró aún más, hasta que
soltó ruidosamente el gemido grave del clímax.
Me quedé tumbado jadeando, sin atreverme a destrabar mis piernas dobladas y
aplastadas. Lue go noté que él me bajaba las rodillas y se echaba a mi lado. Me obligó a
volverme de cara a él y en ese intenso y exaltado momento de agotamiento, co menzó a
besarme.
Intenté desprenderme de la languidez del sue ño. Mi verga suplicaba un momento de
respiro, pero él había acercado de nuevo su mano a mi pelvis. Me estaba levantando, me
obligaba a arrodi llarme, y dirigía mis manos hasta un mango de madera que había
encima de nuestras cabezas colgado del techo artesonado de la cama. Mientras tanto,
palmoteaba mi miembro con las manos y se sentaba con las piernas cruzadas ante mí.
Observé cómo mi pene se congestionaba por los golpes, con un placer cada vez más
lento, pleno y atroz. Gemí en voz alta y, sin poder domi narme, me retorcí para escapar.
Pero él tiró de mí hacia delante, me envolvió los testículos con la mano izquierda,
pegándolos a mi verga y, con la otra mano, continuó con los crueles cachetes.
Mi cuerpo estaba en el caballete de torturas. y también mi mente. En ese instante me di
cuenta, mientras él me pellizcaba la punta del miembro, de que tenía la intención de
conseguirlo una vez más, aunque tuviera que utilizar todas las tretas que fueran
necesarias. La pellizcó, la acarició con sus dedos envolventes y luego la chupó con la
len gua, dejándome completamente frenético. Tomó el lubrificante del tarro que había
usado la noche anterior y se embadurnó la mano derecha. Acercó los dedos a mi verga y
la apretó como si fuera a acabar con ella. Yo gruñía con los dientes apretados,
balanceaba las caderas y, luego, una vez más, mi pene descargó hacia delante, con
violentos y repetidos chorros. Me quedé colgado del mango de madera, ofuscado y
verdaderamente vacío.
Aún había una vela encendida.
Al abrir los ojos, no supe cuánto tiempo había pasado. Pero debía de ser temprano. Los
carruajes aún rodaban por la calzada al otro lado de la ventana.
Caí en la cuenta de que mi amo ya se había vestido y andaba de un lado a otro con las
manos entrelazadas detrás de la espalda y el pelo enmara ñado. Llevaba el jubón de
terciopelo azul y la camisa blanca de lino, de largas mangas abombadas, ambos
desabrochados. De tanto en tanto giraba sobre sus talones, se detenía bruscamente, se
me saba el pelo y luego continuaba recorriendo la ha bitación a paso regular.
Cuando me incorporé sobre el codo, temien do que me ordenara marcharme, indicó con
un gesto la copa y dijo:
Podéis beber si os apetece.
Levanté la copa de inmediato y me recosté contra el artesonado de la cama,
observándole.
Mi señor contmuaba recornendo el cuarto de un lado a otro, luego se volvió y, con la
mirada fija en mí, dijo:
¡Estoy enamorado de vos! Se acercó un poco más para escudriñar mi mirada. ¡Enamo
rado de vos! No simplemente por el placer de castigaros, que por supuesto es lo que voy
a seguir haciendo, o por vuestro servilismo, que adoro y deseo vehementemente,
también. Estoy enamo rado de vos, de vuestra alma secreta, que es tan vulnerable como
vuestra carne enrojecida por la correa, y de toda la fuerza que acumuláis bajo nuestro
ejercicio conjunto del poder.
Yo me había quedado sin habla. Únicamente era capaz de mirarlo, perdido en la
vehemencia de su voz y la mirada de sus ojos. Pero mi alma se rea nimó de golpe.
Se apartó de la cama y, lanzándome miradas penetrantes, continuó paseando arriba y
abajo por la habitación.
Desde que la reina comenzó a importar es clavos desnudos para el placer dijo mirando
la alfombra que tenía bajo los pies, siempre me ha desconcertado qué es lo que lleva aun
príncipe fuerte, de ilustre cuna, a obedecer con una sumisión tan absoluta. Me he
devanado los sesos para comprenderlo. Hizo una pausa y luego conti nuó con los brazos en jarras, levantando las ma nos de vez en cuando con naturalidad. |