Nada más entrar en el alegre alboroto del bar, el capitán la entregó a los soldados
instalados en la mesa más próxima a la puerta. y antes de que pu diera darse cuenta, se
encontró sentada y abierta de piernas sobre el regazo de un encantador y musculoso
joven de cabello cobrizo; sus caderas rebotaban sobre una atrayente verga de gran
grosor mientras un par de manos friccionaban los pe zones desde detrás.
Transcurrían las horas y el capitán mantenía la mirada atenta sobre ella, aunque a
menudo parti cipaba en alguna acalorada conversación con sus soldados. Las idas y
venidas de los numerosos hom bres se sucedían apresuradamente.
Cuando a Bella le entró sueño, el capitán la recogió para llevársela. La subió a lo alto de
un tonel situado ,contra la pared, y allí se quedó sentada, con el sexo comprimido contra
la áspera madera y las manos atadas por encima de la cabeza. Cuando volvió la cabeza
aun lado para dormir, su visión estaba empañada y el gentío brillaba tenuemente a sus
pies.
Bella pensó una y otra vez en los fugitivos. ¿Quién era la princesa Lynette que había
alcanzado la frontera? ¿La misma alta princesa rubia que años antes había atormentado
a su querido prínci pe Alexi durante la pequeña demostración circen se que realizó para
la corte del castillo? ¿y dónde estaría ahora? ¿Vestida ya salvo en otro reino?
Tendría que envidiarla, pensó, pero no podía. Ni siquiera era capaz de pensar en ello
con la suficiente concentración. Su mente regresaba una y otra vez, sin temor ni
prejuicio, sin pensar siquie ra, a la magnífica imagen del príncipe Laurent montado
sobre la cruz, con su imponente torso palpitante bajo los golpes de la correa y las nalgas
cabalgando sobre el falo de madera.
Se quedó dormida.
Sí, al parecer, algún momento antes de la ma ñana había visto a Tristán. Pero debió de
ser un sueño. El hermoso Tristán, de rodillas ante la puerta de la posada, estaba
observándola. El cabello dorado le caía casi hasta los hombros y sus grandes ojos azul
violeta la contemplaban con ab soluto cariño.
Tenía muchas ganas de hablar con él y contar le la extraña satisfacción que sentía. Pero
luego, la visión de Tristán se desvaneció, tal y como había llegado. Debía de haberlo
soñado.
A través de sus sueños le llegó la voz de la señora Lockley que hablaba en voz baja con
el capitán.
Lo siento por esa pobre princesa dijo si les que están ahí fuera. Pero tan pronto, casi no
puedo creer que se atrevan a intentarlo.
Lo sé respondió el capitán. Pero pueden venir en cualquier momento y caer sobre las
granjas y las casas solariegas y largarse antes de que el pueblo se entere. Eso es lo que
hicieron hace dos años. Por eso he doblado la guardia, y vigilaremos hasta que la
situación esté despejada.
Bella abrió los ojos, pero ellos se habían apartado del tonel y no pudo oírlos.