PROCESIÓN PENITENCIAL
Cuando Bella se despertó ya era última hora de la tarde y estaba sola en la cama del
capitán.
Desde la plaza llegaba un sonoro clamor acompa ñado del lento y estremecedor redoble
de un tambor. A pesar de la alarma que provocó en su alma, pensó en las tareas que
debía hacer. Se incorporó invadida por el pánico.
Pero el príncipe Roger la calmó de inmediato con un sutil ademán.
El capitán ha dicho que durmáis hasta tarde le explicó. Aunque tenía la escoba en la
mano, estaba mirando por la ventana.
¿Qué sucede? preguntó Bella. Sentía la reverberación del tambor en el pecho. El ritmo
ininterrumpido la llenaba de temor. Al compro bar que no había nadie más en la
habitación se le vantó y se acercó al príncipe Roger.
Tan sólo se trata del príncipe fugitivo, Laurent explicó. Rodeó a Bella con el brazo y la
acercó a los gruesos cristales de la ventana. Lo están paseando en carro por el pueblo.
Bella apretó la frente contra el cristal. Abajo, entre la multitudinaria y disgregada
muchedum bre de lugareños, vio una enorme carreta de dos ruedas, tirada por esclavos
en vez de caballos, con sus embocaduras y arreos, que rodeaba el pozo.
El rostro enrojecido del príncipe Laurent, atado a la cruz con las piernas estiradas y su
promi nente sexo más endurecido que nunca, alzó la vista y miró fijamente a Bella. La
princesa vio aquellos inmensos y al parecer serenos ojos, la boca temblorosa detrás de la
gruesa tira de cuero que mantenía la cabeza sujeta a lo alto del madero, y las piernas
amarradas, estremecidas por el movi miento irregular de la carreta.
Desde esta nueva perspectiva, la imagen del príncipe maniatado cautivó a la muchacha
con más intensidad que la noche anterior. Observó la lenta progresión de la carreta y
escrutó la expresión singular del rostro del príncipe, totalmente exenta de pánico. El
griterío de la multitud era tan estridente como el de la subasta. Mientras la carre ta
rodeaba el pozo y reemprendía la marcha en di rección al Signo del León, Bella apreció
a la víctima completamente de frente. Dio un respingo al comprobar las erupciones de la
piel y las marcas enrojecidas que cubrían la zona interior de las piernas, el pecho y el
vientre. Ya había recibido dos palizas más, y le habían prometido otra.
Pero otra visión aún más inquietante captó su atención; uno de los seis esclavos
enjaezados a la carreta era Tristán. En ese momento pasaban otra vez justo bajo la
posada y no cabía la menor duda de que se trataba de él, con la espesa melena dora da
brillando tenuemente al sol y la cabeza estirada hacia atrás por la embocadura que
llevaba entre los dientes, mientras marcaba el paso levantando las rodillas. De la
hendidura de su atractivo trasero brotaba una cola de caballo de pelo negro, liso y
brillante. No hacía falta que nadie le explicara cómo se mantenía en su sitio. Adivinó el
falo que le habían introducido.
Bella se cubrió el rostro con las manoS pero, entre sus piernas, notó aquella conocida
secreción, el primer clarín de los tormentos y éxtasis del día.
No os aflijáis, tontina dijo el príncipe Roger. El príncipe fugitivo se lo merece. Además,
el castigo no ha hecho más que empezar. La reina se ha negado a verlo y lo ha
sentenciado a cuatro años en el pueblo.
Bella estaba pensando en Tristán. Imaginó su verga dentro de ella y experimentó una
fascina ción demencial al verlo allí atado, tirando de la ca rreta y, sobre todo, con
aquella pasmosa cola de caballo que colgaba de su ano. La visión la confundió y le
provocó un sentimiento de culpa, como si le hubiera traicionado.
Bien, tal vez eso es lo que deseaba el fugitivo dijo Bella con un suspiro, refiriéndose a
Laurent. No obstante, anoche se había arrepen tido suficientemente.
O quizás es lo que creía que deseaba añadió Roger. Ahora tendrá que sufrir en la
plataforma giratoria, luego lo pasearán una vez más por la plaza, para volver a la
plataforma giratoria antes de que lo entreguen al capitán.
La procesión seguía dando vueltas alrededor del pozo sin que el tambor dejara de sonar,
cris pando los nervios de Bella. Otra vez veía a Tristán marchando casi orgulloso a la
cabeza del tiro. La visión de sus genitales, los pesos que colgaban de sus pezones y su
hermoso rostro levantado por la embocadura de cuero provocó un pequeño to rrente de
pasión en su interior.
Normalmente los soldados abren y cierran la marcha le explicó el príncipe Roger, que
vol vió a coger la escoba. Me pregunto dónde esta rán hoy.
«Buscando invasores ocultos», pensó ella, aun que no dijo nada. Estaba a solas con
Roger y podía preguntarle sobre esas cosas, pero la procesión la había dejado demasiado
hechizada.