| Denunciante Novato
| Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente El distante castillo ya no era más que una gran sombra gris recortada contra el cielo
cada vez más claro, y los vastos jardines de placer quedaban ocultos tras las altas
murallas.
El jefe de patrulla acercó un poco más su caballo a la espesura de pantorrillas bien
formadas y pies de alto empeine que contenía el carro y son rió al comprobar que media
docena de desdicha dos estaban estrujados contra la barandilla delan tera, sin
posibilidad de escapar a los embates de los soldados, a causa de la presión que ejercían
sus compañeros. No podían hacer otra cosa que re torcerse bajo la mordedura de las
correas. Sus ca deras, traseros y vientres quedaban expuestos una y otra vez a la
agresión de las correas mientras intentaban ocultar sus rostros surcados de lágrimas.
Era una imagen sensual, que quizá resultaba aún más interesante por el hecho de que los
escla vos ignoraban por completo lo que les aguardaba a su llegada. Por mucho que les
previnieran en la corte sobre el pueblo, los esclavos nunca estaban preparados para la
conmoción que les esperaba. Si de verdad lo hubieran sabido, jamás se habrían
arriesgado a contrariar a la reina.
El jefe de patrulla no podía evitar anticiparse al final del verano e imaginar a estos
mismos jóve nes ahora quejosos y forcejeantes, en el momento de ser devueltos, tras
concienzudos castigos, con las cabezas inclinadas y las bocas selladas, en la más
completa sumisión. ¡Qué privilegio sería azo tarlos uno por uno para que posaran sus
labios sobre la pantufla de la reina!
Pues que protesten mientras puedan, se dijo el jefe reflexivamente. Dejemos que se
retuerzan y que gimoteen, pensó mientras el sol se alzaba sobre las verdes colinas
ondulantes y la carreta avanzaba cada vez más rápida y estruendosa por la ca rretera del
pueblo. Permitamos que la preciosa Bella y el majestuoso joven Tristán fundan sus
cuerpos en el mismo centro del tumulto, pues no tardarán en descubrir lo que se han
buscado.
Esta vez puede que hasta decidiera quedarse a la venta, pensó, o como mínimo
permanecería el tiempo suficiente para ver cómo separaban a Bella de Tristán y los
subían a la tarima como se mere cían, para ser subastados uno y otro sus nuevos
propietarios.
BELLA Y TRISTÁN
Pero, Bella, ¿por qué lo hicisteis? susurró el príncipe Tristán. ¿Por qué desobedecisteis
deliberadamente? ¿Acaso queríais que os enviaran al pueblo?
Alrededor de ellos, en el oscilante carro, los príncipes y princesas cautivos lloraban a
gritos y gemían desesperados.
Pero Tristán había conseguido soltarse la cruel embocadura de cuero que lo amordazaba
y la dejó caer al suelo. Bella hizo lo mismo al instante. Se li beró del mezquino
mecanismo con ayuda de la lengua y lo escupió con un delicioso y claro gesto de
desafío.
Al fin y al cabo, eran esclavos condenados, ¿o no? Así pues, ¿qué más daba? Sus padres
les ha bían entregado para prestar vasallaje a la reina y les habían ordenado que
obedecieran siempre durante los años de servicio. Pero ellos habían fracasado, y ahora
estaban condenados a trabajos forzados y a ser utilizados cruelmente por el pueblo
llano.
¿Por qué, Bella? insistió Tristán, aunque nada más pronunciar estas palabras cubrió la
boca abierta de la joven con la suya de tal manera que la princesa no tuvo más remedio
que recibir, de pun tillas, su beso al mismo tiempo que el miembro erecto del príncipe
penetraba en la húmeda y ávida vagina de ella. ¡Ojalá no tuvieran las manos atadas!
¡Ojalá pudieran abrazarse!
De repente, los pies de Bella dejaron de tocar el suelo de la carreta y su cuerpo cayó
contra el pecho de Tristán. La princesa se quedó apoyada sobre él, con aquella violenta
palpitación en su interior que borraba los gritos y los azotes de las correas, mientras
sentía cómo hasta su propio alien to era succionado y obligado a abandonar su bello
cuerpo.
Bella creyó flotar durante toda una eternidad, alejada del mundo real, del inmenso y
rechinante carro de madera de altas ruedas, los guardias inso lentes, el cielo que
palidecía formando un elevado arco sobre las onduladas y oscuras colinas, y la sombría
perspectiva del pueblo que se extendía a lo lejos, bajo una bruma azulada. El sol
naciente, el ruido de los cascos de los caballos y los blandos miembros de los demás
esclavos forcejeantes que se aplastaban contra las nalgas irritadas de Bella dejaron de
existir. Para ella sólo existía este órga no que la hendía, la levantaba y luego la llevaba
sin piedad hasta una explosión de placer, silenciosa y ensordecedora a la vez. Su espalda
se arqueaba con las piernas estiradas, y los pezones palpitaban contra la cálida carne del
príncipe mientras la len gua de Tristán le llenaba la boca.
En la confusión del éxtasis, Bella percibió el irresistible ritmo final que adoptaron las
caderas de Tristán. La princesa apenas lograba contenerse pero aun así, el placer se
fragmentaba, se multiplicaba y la inundaba implacable. En algún reino, más allá del
pensamiento, sentía que no era hu mana. El placer disolvía la humanidad que había
conocido hasta entonces. Ya no era la princesa Bella, la esclava que tenía que servir en
el castillo del príncipe de la Corona. No obstante, seguía en este mismo lugar, donde
había conocido el más fulminante de los placeres.
En este éxtasis, lo único que reconocía era la húmeda pulsación de su propio sexo y el
miembro que la levantaba y la mantenía sujeta.. Los besos de Tristán eran cada vez más
tiernos, dulces y prolongados. Un esclavo lloroso apretaba su carne caliente contra la
espalda de Bella, mientras otro cálido cuerpo se aplastaba contra su costado derecho y le rozaba el hombro con una sedosa melena. |