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Antiguo 03-10-2011 , 12:14:20   #157
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Yo podría estar como ellos, pensé, en cuclillas bajo el tórrido y polvoriento sol mientras
la gente paseaba. ¿Era aquello peor que trotar con la respi ración entrecortada, la cabeza
y las caderas estira das inexorablemente hacia delante, la carne escocida reanimada
constantemente por los sonoros y profundos azotes que venían desde detrás ? Aunque
no alcanzaba a ver bien a mi señor, con cada flagelación, lo recordaba como la noche
anterior, y me quedaba atónito ante la facilidad con que me atormentaba. No es que
hubiera soñado que fuera a detenerse por los abrazos del día anterior, pero que los
intensificara de este modo... De repente, comprendí la profundidad pavorosa del
concepto de sumisión que esperaba de mí.
Los corceles se abrían paso con orgullo entre la numerosa multitud, provocando que
más de una cabeza se volviera entre los lugareños que se arremolinaban por doquier con
cestas para comprar o junto a esclavos amarrados. Una y otra vez, los observadores
desplazaban la vista de los corceles tan espléndidamente adiestrados al esclavo que se
movía tras ellos. Yo esperaba miradas de desdén y me desilusionó encontrar
simplemente un di vertimento silencioso en sus rostros. Estas gentes estaban
acostumbradas a encontrar allí donde mi raban, para su deleite, algún delicioso pedazo
de carne desnuda, castigado, enjaezado o colocado en alguna grotesca postura.
A medida que doblábamos una esquina tras otra, apresurándonos a través de estrechas
callejuelas, me sentí mucho más perdido que en la pla taforma giratoria.
Cada día me depararía sorpresas devastado ras, tendría un atroz derrotero. A pesar de
que es tos pensamientos me hacían lloriquear con más desesperación, hinchaban mi
pene entre las liga duras y me forzaban a marchar con más brío in tentando esquivar la
chasqueante fusta, todo ello dotaba a mi entorno de un extraño lustre. Sentí el impulso
irreprimible de arrojarme a los pies de mi amo, decirle silenciosamente que entendía mi
suerte, que lo comprendía con más claridad con cada una de las penosas pruebas, y que
se lo agra decía desde lo más profundo de mi ser por estimar conveniente vencer mi
resistencia de manera tan absoluta. ¿No había hablado él de aquello el día anterior, de
que el nuevo esclavo cediera? ¿No había dicho que el falo era bueno para ello? El falo
me hendía ampliamente otra vez, y el que me esti raba la boca hacía que mis gritos
sonaran roncos e ingobernables.
Quizás él comprendiera mis sentimientos a través de los gritos. Si al menos se dignara a
con solarme tan sólo con el roce de sus labios... Me di cuenta casi con un sobresalto de
que ninguno de los rigores del castillo me había vuelto tan manso y servil.
Habíamos llegado a una gran plaza. Por todas partes se veían signos distintivos de
posadas, calles de doble calzada y altas ventanas. Los meso nes de esta parte del pueblo
eran suntuosos y elegantes, con las ventanas tan ornamentadas como Ilas de una casa
solariega. Mientras rodeábamos ampliamente el pozo situado en medio de la plaza,
abriéndonos paso entre la multitud que se aparta ba afablemente, descubrí con gran
sorpresa al ca pitán de la guardia de la reina ganduleando tran quilamente ante la
entrada de una de las posadas.
Se trataba, sin lugar a dudas, del capitán.
Recordaba su cabello rubio, la barba de dos días y aquellos melancólicos ojos verdes.
No era fácil de olvidar. Fue él quien me trajo de mi tierra natal, me capturó cuando
intentaba escaparme del campamento y me llevó de regreso al castillo, ata do de manos
y tobillos a un palo transportado en tre dos de sus jinetes. Aún podía recordar aquel
grueso falo que me empalaba y la sonrisa silencio sa con la que él ordenaba noche tras
noche que me azotaran por el campamento, hasta que llegába mos al castillo. Tampoco
había olvidado aquel ex traño e inexplicable momento en el que nos sepa ramos y nos
miramos el uno al otro.
Adiós, Tristán había dicho con voz sumamente cordial. Yo le había besado la bota es
pontáneamente, en silencio y con la mirada aún fija en la suya.
Mi pene también lo reconoció. A medida que me llevaban cada vez más cerca de él,
sentí un repentino terror de que me viera.
Me pareció una deshonra que sería incapaz de soportar. Por un instante, todas las
extrañas normas del reino parecían justas e inmutables, y yo mientras tanto seguía
atado, penitente, condena do al pueblo. El capitán se enteraría de que me ha bían
expulsado del castillo para sufrir un trato más severo incluso que el que él me había
conce dido.
Pero él estaba mirando algo a través de la puerta abierta del Signo del León. Eché una
ojeada al pequeño espectáculo. Una encantadora mujer con una vistosa falda roja y una
blusa blanca con volantes azotaba diligentemente a su esclava, colocada sobre un
mostrador de madera. y el pre cioso rostro que se asomaba surcado de lágrimas no era
otro que el de Bella. Forcejeaba y se retorcía bajo la pala pero descubrí que no estaba
atada, exactamente como yo la noche anterior en la pla taforma pública.

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