Pasamos de largo, pero el capitán alzó la vista y, como si se tratara de una pesadilla, oí
que mi amo hacía detener los corceles. Yo me quedé quieto, con el pene constreñido
contra el cuero. Aquello era ineludible. Mi amo y el capitán se estaban saludando e
intercambiaban comentarios jocosos.
El capitán admiró los corceles. Tiró con rudeza de la cola de caballo del que estaba a la
derecha, levantó y acarició el lustroso pelo negro y luego pellizcó el muslo enrojecido
del esclavo que sacudió la cabeza y transmitió un tiritón por los arneses.
El capitán se rió.
¡Ah, ya veo que tiene buen humor! dijo y se volvió al corcel con ambas manos,
provocado al parecer por aquel gesto. Levantó la barbilla del es clavo y luego empujó el
falo hacia arriba con va rias sacudidas violentas hasta que el caballo pataleó moviendo
las piernas fogosamente. Luego recibió una suave palmada en el trasero y el corcel se
apaciguó.
Sabéis, Nicolás dijo con aquella voz fa miliar y grave, capaz de provocar miedo con una
sola sílaba, le he dicho en varias ocasiones a su majestad que debería prescindir de sus
caballos en los trayectos cortos y confiar en los corceles escla vos. Podríamos equipar
un gran establo para ella con bastante rapidez y creo que disfrutaría enormemente. Pero
lo considera un pasatiempo del pueblo y no lo toma verdaderamente en cuenta.
Tiene un gusto muy particular, capitán di jo mi amo. Pero decidme, ¿habéis visto antes
a este esclavo?
Para horror mío tiró de mi cabeza hacia atrás con las correas del arnés.
Sentí los ojos del capitán sobre mí pese a que yo no miraba. Podía imaginar mi boca
cruelmente estirada, con las correas del arnés segándome la piel.
El capitán se acercó un poco más. Se quedó a poco más de un palmo de mí y entonces
oí su gra ve voz que sonó aún más profunda.
¡Tristán! Su gran mano se cerró en torno a mi pene. Lo apretó con fuerza, cerró la punta
de un pellizco y luego lo soltó, dejando un nudo de sensaciones en mí. Me acarició los
testículos y pellizcó con la punta de los dedos la protección de piel que las ligaduras
estiraban tan extremadamente.
Yo estaba como la grana, era incapaz de en contrar su mirada. y mis dientes parecían
querer acabar con el enorme falo, como si pudiera devo rarlo. Sentía moverse mis
mandíbulas y la lengua que lamía el cuero como si me viera forzado a hacerlo. El
capitán pasó la mano por mi pecho y hombros.
Me vino a la mente una imagen relampaguean te del campamento, en la que yo estaba
atado a
una gran cruz de madera en un círculo formado por más cruces, mientras los soldados se
paseaban ociosos a mi alrededor, importunando y educan do mi pene, y yo esperaba
hora tras hora los lati gazos de la noche; la sonrisa sigilosa del capitán cuando pasaba a
grandes zancadas, su capa dorada echada sobre un hombro.
De modo que es así como se llama dijo mi amo con una voz que sonaba más joven y
refinada que el profundo murmullo del capitán, Tristán.
Oírle pronunciar mi nombre aumentó mi tor mento.
Por supuesto que lo conozco dijo el capitán. Su grande y misteriosa figura se desplazó
un poco para dejar pasar a un grupo de mujeres jóve nes que reían y hablaban en voz
alta. Lo traje al castillo hace tan sólo seis meses. Era uno de los es clavos más
desmandados, se escapó y huyó por el bosque cuando le ordenaron desnudarse. Pero
cuando lo puse de nuevo a los pies de su majestad estaba perfectamente domesticado.
Se había con vertido en el capricho de dos de mis soldados, que se encargaban de
fustigarlo a diario por todo el campamento. Cuando lo devolvimos al castillo, lo habían
echado de menos más que a ningún otro esclavo que hubieran disciplinado antes. Me
estremecí en silencio, reprimiendo todo sonido, aunque la mordaza, inexplicablemente,
lo hacía aún más difícil.
Una pasión dijo la suave y retumbante voz. No era la severidad de los latigazos lo que le
hacía comer de mi mano sino el ritual diario.