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Antiguo 29-09-2011 , 17:26:50   #152
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

A continuación se volvió hacia mí y compro bé que su sexo estaba tan vivo y duro como
el mío.
Era un poco más grueso pero no más largo, y tenía el vello púbico del mismo blanco
puro que el pelo de la cabeza, que casi parecía etéreo a la luz de las lámparas de aceite.
Retiró la colcha verde que cubría la cama y me indicó que me metiera en ella.
Yo estaba tan aturdido que por un momento ni me moví, mirando atónito la espléndida
tejedu ría de las sábanas de lino. Antes de llegar al pue blo, había pasado tres noches y
dos días en la burda empalizada del castillo. Una vez allí, había esperado dormir en
algún rincón miserable, sobre maderas desnudas. Pero esto era lo menos impor tante.
Aquí, la luz jugueteaba en el pecho de tensa musculatura, los brazos y el pene de mi
amo, que parecía crecer mientras yo los contemplaba. Alcé la mirada directamente a sus
ojos azul oscuro y me dirigí de rodillas a la cama para subirme a ella.
Mi señor se arrodilló a su vez sobre la colcha de cara a mí. Mi espalda daba a los
almohadones y él me rodeó suavemente con sus brazos para vol ver a besarme. Los
fuertes y audaces lametazos de su boca provocaron una enorme reacción en mí; no pude
evitar derramar lágrimas que surcaron mis mejillas, ni un sollozo que me atragantó al in
tentar reprimirlo.
Me instó con delicadeza a retroceder y, con su mano izquierda, me levantó los testículos
y el miembro erecto. Inmediatamente, yo me dejé caer para besarle los testículos. Los
recorrí con mi len gua como me habían enseñado a hacerlo con los corceles humanos
del establo, abarcándolos con la boca y tironeándolos tiernamente con los dientes.
Luego tomé la verga entre mis labios y la estiré con fuerza, un poco sorprendido por su
grosor.
No era más grande que el falo mayor que me ha bían introducido horas antes, pero el
grosor debía de ser parecido. Entonces se me ocurrió la turba dora idea de que mi señor
me había preparado para él; y sólo con pensar en él penetrándome de aquella forma me
excité de un modo incontrola ble. Relamí y chupé su miembro, lo saboreé pen sando
que se trataba de mi dueño y no de un escla vo; éste era el hombre que silenciosamente
me había dado órdenes durante todo el día, me había subyugado y derrotado. Noté cómo
poco a poco se separaban mis piernas, mi vientre se hundía ha cia abajo y mis posaderas
se levantaban con movimientos espontáneos mientras yo seguía lamien do y gruñendo
suavemente.
Casi estaba llorando cuando él me levantó el rostro y señaló un pequeño tarro que había
sobre un estante en la pared artesonada. Me acerqué y lo abrí de inmediato. La crema
que había en su interior era espesa y absolutamente blanca. Luego señaló su pene e
inmediatamente yo tomé un poco de crema entre mis dedos. Pero antes de aplicarla,
besé la punta de su miembro y saboreé un vestigio de humedad. Mojé ligeramente la
lengua en el pe
queño agujero para recoger todo lo que quedaba del claro fluido.
Luego apliqué a conciencia la crema, frotando incluso los testículos, alisando el espeso
y rizado vello blanco hasta que quedó reluciente. El falo estaba entonces de color rojo
oscuro y pulsaba cimbreante.
Mi señor tendió sus manos hacia mí. Yo, vaci lante, le unté los dedos con más crema. Él
me indi có con un gesto que quería más y yo se la apliqué.
Daos la vuelta dijo, y así lo hice, con el corazón embalado. Noté la crema en mi ano. La
aplicó profundamente y en buena cantidad, y lue go sus manos me rodearon. Con la
izquierda re cogió mis testículos hacia arriba, unió la carne col gante a mi pene de tal
manera que los testículos fueron impelidos hacia delante. Solté un breve y desesperado
grito implorante cuando sentí que me penetraba lentamente.
No encontró resistencia. Fui alanceado otra vez, con igual ahínco que con el falo y, con
fuertes y sonoras embestidas, sentí que se clavaba cada vez más. La mano que rodeaba
mi verga enderezó el miembro hacia delante y sentí que con la mano derecha envolvía
la punta y la crema se escurría en torno a la carne torturada. Luego apretó la mano e
impulsó la verga arriba y abajo siguiendo el ritmo de las embestidas que me penetraban
por detrás.
Mis sonoros gruñidos reverberaban por toda la habitación. Toda mi pasión contenida
brotó a chorros.

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