Luego la mesonera se sentó como si tratara de pensar. Bella tuvo entonces la impresión
de que los esclavos intentaban atraer la atención de su ama de distintas formas sutiles.
La princesa de pelo castaño incluso llegó a encorvarse y besar la punta del zapato de la
señora Lockley que asoma ba debajo de las enaguas de volantes blancos.
Pero una de las muchachas de la cocina se acercaba en ese momento con una gran
fuente pla na que depositó sobre la hierba. En cuanto la señora Lockley hizo chasquear
sus dedos, todo el mundo empezó a sorber a lametazos el delicioso vino tinto de aquel
recipiente. Bella nunca había saboreado algo tan dulce yexquisito.
Al vino siguió un denso caldo con pedazos de carne tierna fuertemente condimentados.
Luego, los esclavos volvieron a reunirse en corro. La señora Lockley señaló al príncipe
Richard ya Bella y les indicó la puerta de la posada.
Los otros les dirigieron miradas penetrantes, lle nas de hostilidad. «Pero ¿qué es lo que
sucede? », se preguntó Bella. Richard avanzó a cuatro patas, todo lo rápido que pudo,
aunque sin perder en ningún instante su ágil porte. Bella lo siguió pero se sintió torpe en
comparación con él.
La señora Lockley encabezó la ascensión por los estrechos escalones que subían por
detrás de la chimenea y seguidamente recorrió el pasillo, pasó de largo ante la puerta del
cuarto del capitán y siguió andando hasta otro dormitorio.
En cuanto se cerró la puerta y la señora encendió las velas, Bella se percató de que se
trataba de la alcoba de una mujer. La cama artesonada estaba guarnecida con coquetos
bordados de lino y de los colgadores de la pared pendían vestidos de mujer. También
había un gran espejo colocado en cima del hogar.
Richard besó los pies de su señora y alzó la vista hacia ella.
Sí, podéis quitármelas dijo, y mientras el príncipe empezaba a desatarle las botas, la
señora Lockley se soltó el corpiño y se lo pasó a Bella ordenándole que lo doblara
cuidadosamente y lo dejara sobre la mesa. Ante la visión de la blusa suelta de su ama,
sin la contención del pequeño jubón y la marca de los lazos que aún estrujaban el lino
arrugado, dentro de Bella se desató una tempestad. Los pechos le dolían como si aún la
estu vieran azotando sobre el tajo de la cocina. Bella ejecutó la orden de rodillas,
doblando el tejido con manos temblorosas.
Cuando se dio media vuelta, la señora Lo ckley se había quitado también la blanca blusa
de volantes. La visión de sus pechos era asombrosa.
Desató la pala de madera de su falda y luego se la desabrochó, sacándosela por los pies.
A continuación cayeron las enaguas, que Bella recogió, con el rostro encendido por un
nuevo sonrojo al vislum brar el suave y rizado vello negro del pubis y los grandes
pechos con oscuros y duros pezones apuntando hacia arriba.
Bella dobló las enaguas, las dejó sobre la mesa y se volvió tímidamente. La señora
Lockley, des nuda y probablemente tan hermosa como una es clava, con el pelo suelto
como un velo negro que le cubría la espalda, indicó con un gesto a sus dos esclavos que
se acercaran a ella.
La mesonera estiró la mano para alcanzar la cabeza de Bella y la atrajo lentamente hacia
sí. La respiración de la muchacha surgía ronca y ansiosa.
Su vista estaba fija en el triángulo de pelo que tenía ante ella, bajo el cual apenas eran
visibles los la bios de color rosado oscuro. Había visto cientos de princesas desnudas, en
todas las posiciones, pero aun así, la contemplación de esta señora des provista de ropas
la deslumbraba.
El rostro de Bella estaba empapado. Apretó espontáneamente la boca contra el brillante
vello y los labios púbicos que despuntaban en el centro, pero no pudo evitar retraerse,
como si se acercara a unas brasas ardiendo, y se llevó las manos a su enrojecido rostro,
con gesto de incertidumbre.
Luego se aproximó al sexo de su señora con la boca abierta, sintió los espesos rizos
pegados a su cara y los labios púbicos tan suaves y flexibles como nunca había sentido
antes otros.
La señora Lockley adelantó las caderas y cogió las manos de Bella para llevarlas a su
cintura, de modo que, de pronto, la muchacha tuvo a la mesonera entre sus brazos. Los
pechos de Bella palpitaban violentamente, como si fueran a reven tar por los pezones, y
su propio sexo sufría convulsiones incontenibles. La princesa abrió am pliamente la
boca, pasó la lengua bajo el grueso abombamiento de pliegues rojos y la introdujo
súbitamente entre los labios púbicos para sabo rear los fluidos almizcleños, salados.