| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Con un pro fundo suspiro, abrazó a la señora Lockley, con fuerza. Bella era vagamente
consciente de que Richard se había puesto de pie detrás de la mujer y deslizaba los
brazos bajo la mesonera para soste nerla. Las manos de Richard, posadas sobre los
pechos de su ama, apretaban sus pezones.
Pero Bella estaba perdida en lo que tenía delante. La cálida seda del vello, los rollizos
labios mojados, la humedad que rezumaba hasta su len gua, provocaron el frenesí en la
muchacha.
Los suaves suspiros que llegaban de la mujer, aquellos jadeos de indefensión,
encendieron una nueva chispa en Bella. Empezó a lamer como una loca, lanzando
puñaladas con la lengua, como si la deliciosa carne salada fuera su único alimento.
Atrapó el duro y redondo clítoris con la punta de la lengua y lo chupó con toda la
presión que podía ejercer, bajo el húmedo vello que tapaba su boca y nariz,
empapándolas de la dulce fragancia almiz cleña, mientras jadeaba aún con más fuerza
que su ama. El diminuto tamaño del nódulo le impedía parar; era tan diferente a una
verga y no obstante tan parecido al pene, aquella pequeña almendra que Bella sabía que
era la fuente del arrebato de la mesonera. La princesa, entregada únicamente a aquel
rapto, chupó, lamió y mordisqueó hasta que la señora se quedó con las piernas
separadas, gi miendo intensamente y moviendo las caderas con rápidas fluctuaciones.
Todas las imágenes de la tortura en la cocina pasaron como un rayo por la mente de
Bella aquélla era la mujer que le había golpeado los pechos y devoró la vulva cada vez
con más vigor, casi mordiéndola, sorbiendo y ahondando en el sexo con la lengua y
balanceando sus propias caderas al compás del movimiento. Fi nalmente, la señora
Lockley gritó a pleno pulmón y sus caderas se congelaron en el aire a la vez que todo su
cuerpo se paralizó.
¡No! ¡Más, no! casi chilló la señora. Agarró la cabeza de Bella, luego la soltó poco a
poco y volvió a hundirse en los brazos del príncipe con la respiración entrecortada.
Bella se echó hacia atrás para sentarse de nuevo sobre sus talones. Cerró los ojos e
intentó no esperar ninguna satisfacción, no imaginarse otra vez el pubis oscuro y
reluciente, ni pensar en su suculento sabor. Pero no podía evitar tocarse el paladar con la
lengua, una y otra vez, como si aún estuviera lamiendo a la señora Lockley.
Finalmente, la mesonera se puso en pie y se dio la vuelta para rodear a Richard con los
brazos.
Lo besó y se restregó contra él agitando las caderas.
A Bella le resultaba doloroso observar pero no podía apartar la vista de las dos figuras
que se elevaban sobre ella. Richard tenía el rojo pelo caí do sobre la frente y con su
musculoso brazo acer caba hacia él la estrecha espalda de la mesonera.
Pero entonces la mujer se volvió y, cogiendo a
Bella por la mano, la acercó a la cama.
Poneos de rodillas sobre la cama y quedaos de cara a la pared ordenó, con las mejillas
en cendidas de un exquisito color. y separad bien esa preciosidad de piernas añadió. A
estas alturas no tendría que hacer falta que os dijeran esto.
Bella obedeció al instante y se desplazó a rastras hasta quedarse de cara a la pared en el
otro extremo de la cama, como le habían ordenado. Sen tía una pasión tan feroz que le
resultaba imposible detener sus caderas. Una vez más, las imágenes de las torturas que
había sufrido en la cocina aparecieron como un rayo en su mente: aquel rostro sonriente
y la pequeña lengua blanca de la correa que descargaba sus golpes sobre su pezón.
«Oh, perverso amor pensó, cuántos com ponentes inexpresables encierra.»
Pero la señora Lockley se estaba tumbando sobre la cama, colocada entre las piernas
estiradas de Bella, con el rostro vuelto hacia arriba. Entrelazó los muslos de su esclava
con los brazos e hizo que Bella descendiera hasta quedarse ahorcajadas encima de ella.
Bella fijó la vista en los ojos de la mesonera mientras estiraba las piernas para separarlas
aún más, hasta que su sexo quedó justo sobre el rostro de la señora Lockley. De pronto,
la boca roja que veía debajo le inspiró tanto miedo como la del gato blanco de la cocina.
Los ojos, grandes y vidriosos, eran como los del gato.
«Va a devorarme pensó. ¡Me va a comer viva! » Entretanto, su sexo se abría con
silenciosas y voraces convulsiones.
Richard, desde detrás, sostuvo a Bella con sus manos y tomó sus irritados pechos igual
que ha bía cogido los de la señora Lockley. Al mismo tiempo, la princesa notó un fuerte
impacto en la estructura de la cama y vio que la señora Lockley se ponía rígida y
cerraba los ojos.
Richard había penetrado a su ama. El príncipe estaba de pie junto a la cama, entre las
piernas separadas de la mesonera, y Bella sentía las convul siones del rápido e impactante ritmo. |