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Antiguo 05-10-2011 , 11:37:15   #177
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Pero la ardiente y delicada lengua de la señora
Lockley había arremetido inmediatamente contra Bella. Chupaba con lametazos largos
y pronun ciados sus labios púbicos, obligándola a jadear ante la increíble dulzura de la
penetrante sensación.
Bella dio un brinco. Temía a aquella lengua mojada, a pesar del vehemente deseo que
sentía.
Los dientes de la señora Lockley habían atrapado su clítoris y lo mordisqueaban,
chupándolo y la miéndolo con un ardor que la asombró. La lengua la perforaba y la
llenaba, y los dientes la corroían.
Richard aguantaba todo el peso de Bella en sus brazos, alargados y poderosos, mientras
con sus embestidas sacudía la cama con un ritmo continuo y acompasado. «¡Oh, sabe
cómo hacerlo!», se dijo la muchacha, aunque pronto perdió el hilo de sus pensamientos.
Respiraba con exhalaciones pro longadas y graves, mientras las manos de Richard
masajeaban sus doloridos pechos y, por debajo, el rostro de la mujer continuaba metido
en su vagi na, invadiéndola con la lengua y adhiriendo los la bios a su boca inferior para
chuparla en una orgía de lametazos que hizo que un orgasmo abrasador se propagara por
todo su cuerpo.
El clímax se dispersó en oleadas radiantes que casi la obligaron a postrarse, mientras las
contundentes embestidas del príncipe continuaban cada vez más rápidas. La señora
Lockley gemía contra el pubis de Bella y Richard, desde detrás, soltaba los mismos
gritos profundos y guturales.
Bella se quedó colgando entre los fuertes brazos, totalmente extenuada.
Cuando quedó liberada, cayó lánguidamente A un lado y permaneció echada durante
largo rato acurrucada al lado de su señora. Richard también se había desplomado
formando un bulto sobre la cama. Bella estaba tumbada, medio dormida. Oía los
sonidos indistintos del piso inferior, las voces que llegaban del bar, los gritos
ocasionales de la plaza, los sonidos de la noche que descendía sobre el pueblo.
Cuando la princesa abrió los ojos, Richard estaba de rodillas, atando los lazos del
delantal de su ama, mientras la señora Lockley acariciaba ellargo pelo oscuro de su
esclavo.
En cuanto el ama chasqueó los dedos para indicar a Bella que se levantara, la muchacha
bajó apresuradamente de la cama y alisó rápidamente la colcha.
Se volvió y alzó la vista hacia su señora. Richard también se había arrodillado ante el
delantal blanco como la nieve de su dueña, Bella ocupó su lugar junto a él y la mesonera
les sonrió.
Durante unos instantes observó a sus dos esclavos, luego estiró la mano y estrechó el
sexo de Bella. Dejó allí su cálida mano hasta que poco a poco, los labios púbicos
aumentaron de tamaño, y la penetrante palpitación volvió a comenzar. Con la otra
mano, la mesonera despertó la verga del príncipe, le pellizcó la punta y apretó
juguetonamente, con suavidad, los testículos, al tiempo que le susurraba:
Venid aquí, joven, nada de descansar.
El príncipe soltó un débil gemido, pero su miembro era obediente. Los cálidos dedos de
la mujer también comprobaron la humedad de los labios congestionados de Bella.
Veis, esta buena muchachita ya está preparada para el servicio.
Entonces alzó las barbillas de ambos y les son rió. Bella sintió náuseas y debilidad.
Había perdido toda resistencia.
Se quedó mirando fija y sumisamente los en cantadores ojos oscuros de su señora. «y
por la mañana me azotará con la pala, so bre la barra del bar pensó Bella, como hace
con los demás.» Pero la debilidad aumentaba to davía más. La breve historia de Richard
se disolvía en ella con una claridad sensacional: el local de castigos, la plataforma
giratoria. El pueblo llameaba en su mente. Se sentía afligida y ofuscada, incapaz de
discernir si era buena o mala, o quizás ambas cosas.
Levantaos dijo la señora en voz baja con tono suave y marchad a toda prisa. Ya está os
curo y aún no os habéis lavado.
Bella se levantó, al igual que el príncipe, y soltó un gritito al notar que la pala de madera
alcan zaba sus nalgas con un chasquido.
Las rodillas altas dijo en un amable susu rroJovencito otro chasquido, ¿me oís?
Les azotó con fiereza mientras se apresuraban escalones abajo. Bella estaba temblando,
con el rostro enrojecido, estremecida por la pasión que la inflamaba de nuevo. Ambos
fueron conducidos hasta el patio donde ya estaba listo el barreño de madera en el que
iban a lavarles las muchachas de la cocina, quienes rápidamente se pusieron manos a la
obra ejerciendo rudos restregones con el cepillo y frotándolos después con la toalla.

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