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Antiguo 31-08-2011 , 08:42:48   #79
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

CONTINÚA LA EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE ALEXI



—No voy a relataros los detalles de mi formación junto a la reina, cómo aprendí a ser su criado, ni mis esfuerzos por evitar su enfado. Aprenderéis todo esto de la instrucción que recibáis del príncipe, pues en su amor por vos es evidente que pretende convertiros en su sirvienta. Pero estas cosas son insignificantes cuando uno vive dedicado a su amo o a su señora.
»Tuve que aprender a mantenerme sereno al ser sometido a las humillaciones de otros, y eso no fue nada fácil.
»Mis primeros días con la reina se centraron principalmente en mi formación en su alcoba. Me sorprendió verme precipitándome con la misma diligencia con la que el príncipe Gerald tenía que obedecer a sus más pequeños caprichos, y como resulté ser muy torpe a la hora de manejar sus ropajes, recibía frecuentes y severos castigos.
»Pero la reina no me quería simplemente para estas tareas serviles que otros esclavos podían desempeñar a la perfección. Quería estudiarme, analizarme y hacer de mí un juguete para su completa diversión.
—Un juguete —susurró Bella. En las manos de la reina, ella se había sentido exactamente así.
—En las primeras semanas le divertía enormemente verme servir a otros príncipes y princesas para su propio deleite. Al primero que tuve que servir fue al príncipe Gerald. Su período de servidumbre estaba a punto de finalizar, aunque él no lo sabía, y sufría de celos por mi nueva formación. No obstante, a la reina siempre se le ocurrían ideas espléndidas para premiarlo y consolarlo, sin dejar de contribuir por ello a mi propio desarrollo, como era su deseo.
»A diario, Gerald era llamado a la alcoba real, donde lo ataban con las manos por encima de la cabeza, apoyado en la pared para que observara mis esfuerzos al ejecutar las tareas. Esto era un verdadero tormento para él, hasta que comprendió que una de mis tareas también sería la de complacerlo. »Para entonces yo me estaba volviendo loco con la pala de la reina, la palma de su mano y todos los esfuerzos que tenía que hacer para mantener la gracia y la habilidad.
Durante todo el día no paraba de recoger objetos, atar zapatos, abrochar fajas, cepillar cabellos, abrillantar joyas y desempeñar cualquier otra tarea doméstica que a la reina le viniera en gana. Las nalgas me escocían continuamente, tenía los muslos y las pantorrillas marcadas por la pala y la cara surcada de lágrimas como cualquier otro esclavo del castillo.
»Cuando la reina comprobó que los celos del príncipe Gerald habían endurecido su pene hasta el extremo, cuando estuvo absolutamente a punto para descargar su pasión sin ayuda de ningún estímulo, entonces me encargó que le lavara y le diera satisfacción.
»No puedo explicaros lo degradante que fue esto para mí. Su cuerpo representaba únicamente a mi enemigo y, sin embargo, tuve que buscar un cuenco de agua caliente, una esponja y, sujetando su miembro sólo con los dientes, le lavé los genitales.
»Con este fin, colocaron a Gerald sobre una mesa baja, donde se arrodilló obedientemente mientras yo le limpiaba las nalgas, mojaba de nuevo la esponja, le lavaba el escroto y finalmente el pene. Pero la reina no se conformaba con esto, y tuve que utilizar la lengua para aclararle. Estaba horrorizado y me deshice en lágrimas como cualquier princesita. Sin embargo, ella se mostraba inexorable. Con la lengua, le lamí el pene, los testículos, y luego ahondé en la hendidura de sus nalgas, llegando a entrar en su ano, que tenía un sabor amargo, casi salado.
»En todo momento, él dio muestras de evidente placer y un prolongado anhelo.
»Tenía las nalgas irritadas, naturalmente. A mí me había producido una gran satisfacción que la reina hubiese dejado prácticamente de azotarlo personalmente, puesto que prefería que lo hiciera su criado antes de que lo llevaran a su presencia. De modo que él ya no sufría para ella, sino que padecía en la sala de esclavos, sin que nadie a su alrededor le hiciera caso. No obstante, a mí me mortificaba el hecho de que fuese mi propia lengua, al lamer sus ronchas y marcas rojas, la que le proporcionara placer.
»Finalmente, la reina le ordenó que se incorporara sobre sus rodillas, con las manos a la espalda, y a mí me dijo que debía premiarlo hasta alcanzar el éxtasis. Aunque yo sabía lo que esto quería decir, fingí desconocerlo. Pero entonces ella me explicó que debía meter su pene en mi boca y aligerarlo.
»Soy incapaz de explicar cómo me sentí entonces. Tuve la impresión de que no podría hacerlo, y sin embargo, en cuestión de segundos, allí estaba, obedeciendo, tal era el miedo que me provocaba contrariarla. Su grueso pene presionaba la parte posterior de mi garganta, los labios y las mandíbulas me dolían mientras intentaba chuparlo correctamente. La reina me dio instrucciones para que las fricciones fueran más largas, para que utilizara la lengua adecuadamente, y me ordenó que lo hiciera cada vez más deprisa. Mientras obedecía me azotaba sin piedad. Sus golpes ruidosos seguían perfectamente el ritmo de mis lametazos. Por fin su simiente me llenó la boca y se me ordenó tragarla.
»Pero la reina no se había quedado muy complacida con mi reticencia. Me dijo que no debía mostrar aversión a nada.
Bella hizo un gesto de asentimiento al recordar las palabras que el príncipe de la corona le dijo en la posada: debía servir a los humildes para complacerle.
—Así que su majestad tuvo la idea de mandar buscar a todos los príncipes que habían sido torturados durante un día entero en la sala de castigos y a mí me condujo hasta una gran sala anexa.
»Cuando los seis jóvenes entraron en la estancia de rodillas, imploré clemencia a la reina del único modo que podía: con gemidos y besos. No tengo palabras para explicar cómo me afectó su presencia. Había sido maltratado por campesinos en la cocina, había obedecido humildemente, con avidez, a un rudo mozo de cuadra, pero aquello parecía aún más bajo que las otras humillaciones, y más digno al mismo tiempo. Eran príncipes de mi mismo rango, altivos y orgullosos en sus propias tierras, en el mundo al que pertenecían y en aquel momento eran esclavos tan abyectos y humildes como yo mismo.
»No era capaz de entender mi propia miseria. Entonces supe que conocería infinitas variaciones de la humillación. No me enfrentaba simplemente a una jerarquía de castigos, sino que más bien se trataba de una serie de cambios interminables.
»De todos modos, estaba demasiado asustado ante la posibilidad de fallarle a la reina, así que no tuve oportunidad de pensar demasiado. Una vez más, el pasado y el futuro estaban fuera de mi perspectiva.
»Mientras me arrodillaba a sus pies y lloraba en silencio, la reina ordenó a todos estos príncipes, que estaban rendidos después de la tortura de la sala de castigos, con el cuerpo dolorido e irritado, que cogieran palas del cofre que ella tenía para este propósito.
«Formaron una hilera de seis a mi derecha, cada uno de ellos de rodillas, con el pene endurecido, tanto por la visión de mi sufrimiento como por la posibilidad de que les proporcionara al cabo de un rato algún tipo de placer.
»Se me ordenó incorporarme sobre las rodillas, con las manos a la espalda. Mientras me maltrataran no se me permitiría adoptar la posición a cuatro patas, más fácil y protectora, sino que debería hacer el esfuerzo con la espalda tiesa, las rodillas separadas, y mi propio órgano expuesto, avanzando lentamente mientras intentaba escapar a sus palas. Además, podrían verme el rostro. Me sentía más al descubierto que cuando me tuvieron atado en la cocina.

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