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Antiguo 30-08-2011 , 11:07:22   #77
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

»"¿Os divierte servir a los brutos nobles y damas de la cocina? —me preguntó en tono jocoso—, ¿o preferiríais servir a vuestra reina?"
»"Quiero serviros únicamente a vos, majestad, o según vuestros deseos", contesté apresuradamente. Mi propia voz me sonó extraña. Era mía... pero no la había oído en tanto tiempo... Cuando pronuncié estas palabras serviles fue como si la acabara de descubrir. Más bien la redescubrí, lo que produjo una extraordinaria emoción en mí. Lloriqueé y abrigué la esperanza de que aquello no ara a la soberana.
»Luego se levantó, y se quedó de pie muy cerca de mí, me acarició los ojos y los labios y dijo: "Todo esto me pertenece", y acarició los pezones de mi pecho que los mozos de las cocinas habían toqueteado sin tregua, y pasó la mano por la barriga y también por el ombligo. "Y esto —continuó—, esto también, me pertenece —dijo mientras sostenía mi órgano en su mano y sus largas uñas arañaban la punta suavemente. Soltó un poco de flujo; ella retiró los dedos, cogió el escroto en sus manos y también reivindicó la propiedad sobre él. "Separad las piernas —ordenó mientras me hacía girar sobre la cadena que me sujetaba—. Esto también es mío", dijo, tocándome el ano.
»Me sorprendí contestándole: "Sí, majestad." A continuación me explicó que reservaba para mí castigos peores que los de la cocina si volvía a intentar escapar de ella, si me rebelaba o la aba de cualquier manera. Pero, por el momento, se sentía más que satisfecha conmigo, de eso estaba segura, e iba a prepararme a fondo, a su gusto. Dijo que yo mostraba una gran capacidad para sus diversiones, habilidad de la que carecía el príncipe Gerald, y que la pondría a prueba hasta el límite. »A partir de entonces, cada mañana me azotaba en el camino para caballos. A mediodía la acompañaba en sus paseos por el jardín. A última hora de la tarde, participaba en distintos juegos en los que tenía que recoger cosas para ella. Al atardecer, me azotaban para su diversión durante la cena. Yo debía adoptar muchas y variadas posiciones. Le gustaba verme en cuclillas con las piernas muy separadas, pero la reina escogía actitudes incluso mejores para estudiarme. Me apretaba las nalgas y decía que esta parte de mi anatomía era la que le pertenecía más que ninguna puesto que su mayor deleite era castigarlas. Le gustaban más que cualquier otra cosa. Pero para finalizar lo que iba a ser en el futuro el programa diario, debía desvestirla antes de irse a la cama y luego dormir en su alcoba.
»A todo esto, yo respondía: "Sí, majestad." Hubiera hecho cualquier cosa con tal de disfrutar de su favor. También me dijo que mi trasero sería sometido a las pruebas más minuciosas para comprobar sus límites.
»En cierta ocasión, después de ordenar que me desataran, ella misma me guió con el falo a través del jardín hasta el interior del castillo, y entramos en su alcoba. Yo sabía que entonces ella pretendía colocarme sobre su regazo y azotarme con la misma intimidad que exhibía con el príncipe Gerald, pero la expectación que yo sentía me llenaba de confusión. No sabía cómo conseguiría evitar que mi pene se aliviara, aunque ella también había pensado en esto. Tras la oportuna inspección, me dijo que había que vaciar la copa en aquel mismo instante para que pudiera volver a llenarse. No se trataba en absoluto de una recompensa. No obstante, mandó buscar a una estupenda princesita. La muchacha puso inmediatamente mi órgano en su boca y, en cuanto empezó a chuparlo, mi pasión explotó en ella. La reina lo observaba todo mientras me acariciaba la cara y me examinaba los ojos y los labios, y luego mandó a la princesa que volviera a despertar mi sexo a toda prisa.
»Esto era en sí mismo una forma de tortura. Pronto volví a estar tan insatisfecho como antes, y a punto para que la reina empezara su prueba de aguante. Me colocó sobre su regazo, exactamente como sospechaba que iba a suceder.
»"El escudero Félix os ha azotado con fuerza —me dijo—, así como los mozos de los establos y los cocineros. ¿Creéis que una mujer puede azotar con tanta fuerza como un hombre?" Yo ya había empezado a lloriquear. No puedo describir la emoción que sentí. Quizá vos también la experimentasteis la primera vez que estuvisteis sobre su regazo en la misma posición. No es peor que estar tirado sobre la rodilla de un paje, o atado con las manos sobre la cabeza, ni tan siquiera se está peor que tendido boca abajo sobre una cama o una mesa. No puedo explicarlo, pero uno se siente mucho más impotente tumbado sobre el regazo de su amo o señora.
Bella asintió con la cabeza. Era cierto; lo había experimentado cuando la echaron sobre el regazo de la reina: en aquel momento perdió toda compostura.
—Utilizando únicamente esta posición se puede enseñar toda la obediencia y el sometimiento, creo yo —dijo el príncipe Alexi—. Bueno, así sucedió conmigo. Estaba allí echado, con la cabeza colgando y las piernas estiradas por detrás, ligeramente separadas, como ella quería. Por supuesto, tenía que arquear la espalda y mantener las manos enlazadas por detrás de la cintura del mismo modo que os han enseñado a vos. Procuré que mi pene no tocara la tela de su vestido, aunque yo lo deseaba con todas mis fuerzas, y luego ella empezó a azotarme. Me enseñó cada una de las palas y me explicó sus defectos y virtudes. Había una que era ligera: me escocería y era rápida; una más pesada, igual de delgada: provocaba más dolor y había que utilizarla con cuidado.
»Comenzó a azotarme con bastante fuerza. También como a vos, me friccionaba las nalgas y las pellizcaba a su antojo. Era constante en su labor. Me azotó con dureza durante largo tiempo; al cabo de un rato, yo padecía un dolor terrible y sentía una impotencia que jamás había experimentado antes en mi vida.
»Me parecía sentir el impacto de cada golpe diseminado por todas mis extremidades. Por supuesto, mi trasero era el primero en absorberlo. Se convertía en el centro de mí mismo, con su escozor y sensibilidad. Pero el dolor pasaba por él y luego entraba en mí, y lo único que podía hacer era temblar a cada golpe, estremecerme con cada uno de los sonoros azotes y gemir cada vez más ruidosamente, aunque sin dar nunca la impresión de pedir clemencia.
»La reina se sentía encantada con esta exhibición de sufrimiento. Como os he dicho antes, ella lo alentaba. Me levantaba a menudo la cara, me enjugaba las lágrimas y me recompensaba con besos. A veces me obligaba a arrodillarme bien erguido, en el suelo. Me inspeccionaba el pene y me preguntaba si no era suyo. Yo contestaba: "Sí, majestad, soy todo vuestro. Soy vuestro obediente esclavo." Ella elogiaba este comentario y decía que no debía dudar en darle respuestas largas y leales.
»Pero seguía actuando con firmeza. Al cabo de poco rato cogió de nuevo la pala, me empujó otra vez contra su regazo y retomó la tanda de sonoros y fuertes azotes. De nuevo gemía a viva voz, a pesar de que mantenía mis dientes- apretados. Carecía de orgullo; ni un ápice de esa dignidad que vos aún exhibís, a menos que yo no me diera cuenta. Finalmente, dijo que mi trasero había conseguido un color perfecto, pero como la prueba consistía en conocer cuál era mi límite, decidió seguir castigándome, a pesar de que decía que odiaba tener que hacerlo.

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