Bella y todas las muchachas habían llegado a una gran habitación desde la que a través de pequeñas ventanas repartidas a lo largo de una pared, Bella pudo ver el jardín.
Varias antorchas colgadas de los árboles oscuros, ardían con un fulgor irregular sobre las ramas frondosas que se extendían sobre ellas. Justo al lado de estas ventanas se formó la hilera de muchachas, lo que permitió a Bella observar un poco más lo que había allí debajo.
Se oía un enorme clamor, como si una gran multitud estuviera conversando y riéndose. Luego, para su asombro, Bella vio que numerosos esclavos estaban distribuidos por todo el jardín, colocados en diversas posiciones para sufrir distintos tormentos.
Sobre altas estacas repartidas aquí y allá habían atado con correas a príncipes y princesas retorcidos en penosas posturas, los tobillos ligados a las estacas y los hombros doblados en lo alto de éstas. Parecían meros ornamentos a la luz de las antorchas, que hacían relucir sus miembros torcidos, el cabello de las princesas a merced del viento. Seguramente, lo único que podrían ver sería el cielo por encima de ellos, mientras todo el mundo contemplaba sus miserables torsiones.
Debajo de ellos había nobles y damas por doquier. La luz caía sobre un largo manto bordado, más allá iluminaba un sombrero puntiagudo con un velo que colgaba diáfanamente. Había cientos de personas en el jardín. Las mesas estaban un poco apartadas, colocadas entre los árboles, dispuestas por todas partes hasta donde la vista de Bella alcanzaba.
Esclavos y esclavas hermosamente engalanados se movían en todas direcciones llevando jarras en las manos. Ellas lucían pequeñas cadenas de oro sujetas a los pechos, los príncipes anillos de oro que adornaban los órganos erectos. Unos y otros se apresuraban a llenar las copas, pasaban las bandejas de comida y, al igual que en el gran salón, aquí también había música.
Entre la hilera de muchachas que había delante de Bella crecía la inquietud. La princesa oía llorar a una mientras el criado intentaba consolarla, pero la mayoría se comportaban obedientemente. Aquí y allá un criado frotaba más ungüento sobre unas nalgas rollizas o susurraba palabras de aliento a la oreja de una princesa. Bella se mostraba cada vez más aprensiva.
No quería mirar al patio, de tanto como le asustaba, pero no podía evitarlo. Cada vez descubría algún nuevo horror. A la izquierda había un gran muro decorado con esclavos cuyas extremidades eran estiradas, y sobre una gran carreta para servir descubrió varios esclavos sujetos a las ruedas gigantes, que rodaban cabezaabajo una y otra vez a medida que la carreta avanzaba.
—Pero ¿qué nos va a suceder? —susurró Bella. La muchacha que estaba delante de ella en la hilera, la que no podía ser acallada, en aquel instante colgaba de los tobillos, boca abajo, sostenida por un fuerte paje que la castigaba con presteza. Bella se quedó boquiabierta al ver que la azotaban, con sus trenzas caídas por el suelo.
—Chsss, es mejor para ella—dijo León—. Purgará su miedo y la agotará un poco. Así estará mucho más suelta en el sendero para caballos.
—Pero, decidme...
—Tranquilizaos. Primero veréis a los demás y de este modo comprenderéis. Cuando llegue vuestro turno, yo os instruiré. Recordad que se trata de una noche especial, de una gran festividad. Pero la reina estará observando, y el príncipe se enfurecerá si lo defraudáis.
Los ojos de Bella volvieron al jardín. La gran carreta con comida humeante había avanzado, y le permitió ver por primera vez las fuentes situadas a lo lejos. Allí también había esclavos atados, con los brazos enlazados entre sí, hundidos de rodillas en el agua alrededor del pilar central cuyo chorro centelleante se derramaba sobre ellos. Sus cuerpos relucían bajo el agua.
El criado que permanecía junto a la muchacha que estaba delante de Bella se rió entre dientes y dijo que sabía de alguien que se sentiría muy desdichado por perderse la noche de fiesta, pero que ella misma se lo había buscado.
—Desde luego que sí —asintió León cuando el criado se volvió y le dirigió una mirada—. Hablan de la princesa Lizetta —le explicó a Bella—, que sigue en la sala de castigos y que, sin duda, estará maldiciéndose por no poder asistir a toda esta excitación.
¡Perderse la excitación! Sin embargo, pese al temor que la dominaba, Bella asintió con un gesto, como si lo que oía fuera perfectamente natural. Se tranquilizó y pudo oír su propio corazón y sentir su cuerpo como si dispusiera de tiempo ilimitado para conocerlo. Notó el forro de las botas de cuero, el golpecito de las herraduras al chocar contra las piedras, el aire en su cuello y en su vientre. «Sí, esto es lo que soy, así que yo tampoco debería desear perdérmelo. Pero aun así, mi alma se rebela; ¿por qué me rebelo?», se preguntó.
—Oh, cómo desprecio a ese miserable lord Gerhardt, ¿por qué tiene que ser él quien me guíe? —Preguntó en voz baja la muchacha que se encontraba ante ella. El criado le contestó con algún comentario que la hizo reír—. Pero es tan lento —replicó—, saborea cada momento. ¡Y a mí lo que me gusta es correr! —El criado se rió de ella, que continuó—: ¿Y qué es lo que consigo?, los azotes más mezquinos. Soportaría los azotes si al menos pudiera apartarme y correr...
—¡Lo queréis todo! —dijo el criado.
—¿Y qué es lo que vos queréis? ¡No me digáis que no os gusta verme cubierta de moratones y casi llena de ampollas!
El mozo volvió a reír. Era jovial, de complexión pequeña, mantenía las manos entrelazadas a la espalda, y el cabello castaño le caía ligeramente sobre los ojos.
—Querida mía, lo amo todo en vos —respondió—, igual que lord Gerhardt. Ahora decid algo para animar a la pequeña mascota de León. ¡Está tan asustada!
La muchacha se giró y Bella vio su rostro impertinente, sus ojos que se volvían oblicuos en los extremos, un poco como los de la reina, aunque eran más pequeños y carecían de crueldad. Sus pequeños labios rojos dibujaron una amplia sonrisa:
—No os asustéis, Bella —dijo—, aunque no necesitáis ningún consuelo de mí. Vos tenéis al príncipe, yo sólo tengo a lord Gerhardt.
Una gran risotada recorrió el jardín. La música sonaba muy fuerte. Los músicos rasgaban laúdes y mandolinas, pero Bella pudo oír con bastante claridad el estruendo de los cascos de caballos que se aproximaban. Un jinete pasó lanzado por delante de las ventanas, con la capa volando tras él y su caballo engalanado con bridas de plata y oro que formaban un rayo de luz mientras avanzaba a toda velocidad.
—Oh, por fin, por fin —dijo la muchacha que estaba delante de Bella. Llegaron más jinetes y formaron una hilera a lo largo del muro, que casi bloqueó la vista del jardín. Bella no podía soportar mirarlos, pero lo hizo y vio que se trataba de damas y nobles de espléndido aspecto, cada uno con las riendas del caballo sujetas con su mano izquierda y una larga pala negra rectangular en la derecha.
—Vamos, a la otra sala —dijo lord Gregory, y los esclavos que habían esperado en la larga fila fueron conducidos a la siguiente estancia en donde permanecieron de pie mirando directamente hacia la puerta arqueada que daba al jardín. Bella descubrió entonces que la fila de esclavos la encabezaba un príncipe; también vio al lord montado a caballo que estaba preparado, mientras su corcel escarbaba la tierra ante el pasaje abovedado.
León desplazó un poco a Bella a un lado:
—Así podréis ver mejor —dijo.
El príncipe enlazaba sus manos detrás del cuello y avanzaba unos pasos.