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Antiguo 26-08-2011 , 09:15:42   #60
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

A continuación, y de espaldas a Bella, el príncipe Alexi, que de nuevo estaba arrodillado, procedió a atar una docena de pequeños lazos de cinta blanca que cerraban la parte delantera del camisón hasta llegar al dobladillo, justo por encima de los empeines desnudos de la soberana.
Mientras él ataba el último de los lazos, las manos de la reina juguetearon ociosamente con el cabello caoba de Alexi, y Bella se descubrió a sí misma observando aquellas nalgas enrojecidas que, por supuesto, habían recibido un castigo recientemente. Sus muslos, las pantorrillas largas y duras, todo él encendía la pasión de Bella.
—Descorred los doseles de la cama —dijo la reina— y traed a la muchacha a mi lado.
A Bella la ensordecía su propio pulso. La fuerte presión en sus oídos y en su garganta parecía aumentar. De todos modos, oyó los tapices al descorrerse, y también vio a la reina sobre la colcha reclinada en medio de un nido de cojines de seda. Parecía más joven con el pelo suelto. Su rostro no delataba ningún indicio del paso de los años. Observaba a Bella con aquellos ojos tan apacibles que parecían pintados con esmalte en su rostro.
Bella sufrió una inoportuna sacudida de placer cuando vio al príncipe Alexi ante ella. Su imagen borró la visión de la amenazadora reina. Él se inclinó para desatarle los tobillos y Bella pudo apreciar que sus dedos la acariciaban deliberadamente. Cuando volvió a ponerse de pie ante ella, con las manos levantadas para soltarle las muñecas, Bella olió el perfume de su cabello y de su piel, y tuvo la impresión de que había algo absolutamente lascivo en él. Pese a su constitución cuadrada y compacta, el príncipe le parecía una exquisita delicia aromática, y se sorprendió a sí misma mirándole directamente a los ojos. Él sonrió y dejó que sus labios le tocaran la frente, donde permanecieron apretados en secreto hasta que las muñecas quedaron enteramente libres, sólo sujetas en sus manos.
A continuación la empujó delicadamente hacia abajo para que se pusiera de rodillas y con un gesto le indicó la cama.
—No, simplemente traedla —dijo la reina.
El príncipe Alexi levantó a Bella y se la echó sobre el hombro con tanta facilidad como podría haberlo hecho un paje, o el propio príncipe de la Corona cuando se la llevó del castillo de su padre.
Bajo ella, la carne de Alexi le pareció caliente y, desde su posición, colgando de su espalda, besó descaradamente sus nalgas.
Luego él la tumbó sobre la cama y Bella se halló junto a la reina, mirándola a los ojos, del mismo modo que la propia soberana la contemplaba desde su altura, apoyada en el codo.
El aliento de Bella salía entrecortado en rápidos jadeos. La reina le parecía ciertamente enorme. Bella percibió en aquel instante un gran parecido con el príncipe; la única diferencia, como siempre, era que la reina parecía infinitamente más fría. Aun así, había en su roja boca algo que en algún momento pudo haber sido un atisbo de dulzura. Tenía unas pestañas espesas, una barbilla firme, y al sonreír le aparecieron hoyuelos en las mejillas. Su cara tenía forma de corazón.
Bella, aturdida, cerró los ojos y se mordió el labio con tanta fuerza que podría habérselo cortado.
—Miradme —dijo la reina—. Quiero veros los ojos, con naturalidad. No mostréis ninguna modestia, ¿me entendéis?
—Sí, majestad —contestó Bella. Se preguntaba si la reina podría oír los latidos de su corazón. La cama parecía blanda, las almohadas suaves, y se sorprendió observando los grandes pechos de su majestad, el círculo oscuro de un pezón debajo del camisón, antes de volver a mirar obedientemente a los ojos de la reina.
Bella sintió una sacudida por todo su cuerpo, que finalmente se concentró formando un nudo en su estómago.
La reina se limitaba a estudiarla muy absorta. Entre sus labios aparecían los dientes perfectamente blancos, y esos ojos, oblicuos, alargados, tan profundamente negros que no revelaban nada.
—Sentaos aquí, Alexi —dijo la reina sin apartar la vista de ella.
Bella vio que el esclavo de la reina ocupaba su posición al pie de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada en el poste.
—Pequeño juguete —dijo la reina a Bella en voz baja—. Quizás ahora entienda por qué lady Juliana está tan embelesada con vos.
Recorrió con su mano el rostro de la princesa, sus mejillas, sus pestañas. Le pellizcó la boca. Le alisó el pelo hacia atrás y a continuación le meneó los pechos a derecha e izquierda repetidas veces.
La boca de Bella temblaba pero no profirió ningún sonido. Sus manos estaban pegadas a los lados. La reina era como una luz que amenazaba con cegarla.
Si hubiera pensado en ello, allí tumbada tan cerca de la soberana, el pánico se habría apoderado de Bella.
La mano de la reina continuó acariciando su vientre, pellizcó la carne de los muslos y luego la parte posterior de las piernas, a la altura de las pantorrillas. Allí donde la tocaba, Bella sentía un hormigueo inintencionado, como si la propia mano tuviera algún poder espantoso. De repente odiaba a aquella mujer con mucha más violencia que la que nunca sintió por lady Juliana.
Entonces la reina empezó a examinar lentamente los pezones de Bella. Los dedos de su mano derecha torcían cada pezón, primero a un lado y luego a otro, y palpaban el suave círculo de piel que lo rodeaba. El aliento de Bella se volvió irregular; su sexo estaba empapado como si alguien hubiera exprimido una uva allí.
La reina era enormemente grande a su lado, y tan fuerte como un hombre. O, ¿simplemente se lo parecía porque enfrentarse a ella era algo impensable? Bella intentó recuperar la calma; trataba de pensar en la sensación de liberación que la invadió en el sendero para caballos, pero no lo conseguía. Fue una impresión frágil desde el principio, y ahora ni siquiera existía.
—Miradme —le ordenó la reina de nuevo con tono apacible. Bella estaba llorando cuando levantó la vista.
—Separad las piernas —ordenó la soberana.
Bella obedeció al instante. «Ahora se dará cuenta —pensó Bella— y será tan desagradable como cuando lo descubrió lord Gregory. El príncipe Alexi también lo presenciará.»
La reina se rió.
—He dicho que separéis las piernas —repitió, y le propinó unas palmetadas violentas y punzantes en los muslos. Bella estiró las piernas separándolas todo lo que pudo y al instante fue consciente de su poca gracia. Cuando se quedó con las rodillas pegadas a la colcha pensó que sería incapaz de soportar aquella deshonra. Miró el artesonado que había en lo alto de la cama y se percató de que la reina le estaba abriendo el sexo igual que lo hizo León. Bella intentó tragarse sus propias lágrimas. El príncipe Alexi lo presenciaba todo. Ella recordó sus besos, sus sonrisas. Las luces de la habitación tremolaban, cuando notó su propio estremecimiento mientras los dedos de la reina palpaban la humedad de su punto secreto, al descubierto, jugaban con sus labios púbicos, alisaban el vello y cogían finalmente un mechón para estirarlo y manosearlo distraídamente.

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