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Antiguo 29-08-2011 , 10:41:18   #67
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

CON EL PRÍNCIPE ALEXI



Sin duda, la reina dormía, quizá con lady Juliana entre sus brazos. Todos en el castillo dormían, y también más allá, en las aldeas y ciudades, los campesinos en su casitas y chozas.
A través de la alta y estrecha ventana del vestidor, el cielo proyectaba la luz blanca de la luna sobre la pared en la que Bella estaba encadenada, con los tobillos separados y las muñecas estiradas por encima de su cuerpo. Bella apoyó la cabeza a un lado y se quedó mirando fijamente la larga fila de magníficos vestidos, los mantos en los colgadores, las diademas de oro y adornos, las hermosas y ornadas cadenas, pilas y pilas de preciosas zapatillas.
Allí estaba ella, entre estos objetos, como si no fuera más que un mero adorno, una posesión, guardada junto con otras pertenencias valiosas.
Suspiró y se frotó deliberadamente el trasero contra la pared de piedra con la intención de castigarlo todavía más para sentir cierto alivio al dejar de hacerlo al cabo de pocos segundos.
Su sexo no dejaba de palpitar. Estaba pegajoso a causa de su propia flujo. ¿Sufriría todavía más que ella la pobre princesa Lizetta, encerrada en la sala de castigos? Ella al menos no estaba sola en la oscuridad. De pronto, hasta las personas que debían de pasar junto a la princesa Lizetta, burlándose de ella, importunándola y pasándole la mano por el sexo hinchado, le parecieron a Bella una compañía deseable. Estiró las caderas y las retorció todo lo que pudo. No encontraba ningún consuelo y no entendía por qué sentía aquel anhelo cuando tan sólo hacía un instante que el dolor había sido tan enorme que incluso besó implorante las pantuflas de lady Juliana. Se ruborizó al pensar en las palabras coléricas que le lanzó, aquellos azotes de censura que en cierta forma le habían dolido más que los otros.
Cómo se habrían de haber reído los pajes, puesto que probablemente una docena de princesas habrían jugado antes que ella a este jueguecito de la recogida de rosas, y seguramente lo habrían hecho mucho mejor.
Pero ¿por qué, por qué, justo al final, Bella había recogido el último capullo de rosa y había sentido cómo sus pechos se hinchaban de calor cuando lady Juliana se la cogió de los labios? En aquel momento tuvo la sensación de que sus pezones eran pequeños tapones que impedían que el placer se desatara. Extraño pensamiento. Entonces le parecieron demasiado ajustados para sus pezones, mientras su sexo se abría cada vez más, víctima de un anhelo terrible, y la humedad goteaba por el interior de sus muslos. Cuando pensó en la sonrisa del príncipe Alexi, en los ojos marrones de lady Juliana, y en el hermoso rostro de su príncipe, e incluso en la reina, sí, incluso en los labios rojos de la reina, sintió que se quemaba de agonía.
El sexo del príncipe Alexi era voluminoso y oscuro, como todo en él, y sus pezones también eran oscuros, de un rosado oscuro.
Bella movió la cabeza, la hizo girar apoyada en la pared. Pero ¿por qué había recogido la rosa y se la había ofrecido a la hermosa lady Juliana?
Se quedó ensimismada, observando la oscuridad, y al oír un crujido muy cerca de ella, pensó que era fruto de su imaginación.
Pero en la oscuridad del muro más próximo apareció una rendija de luz que fue ensanchándose poco a poco. Alguien había abierto una puerta y de pronto se deslizaba en el vestidor. Desatado y libre, el príncipe Alexi estaba de pie ante ella, y procedió a cerrar la puerta, muy cuidadosamente, tras él.
Bella contuvo el aliento.
Él se quedó inmóvil, como si necesitara acostumbrarse a la oscuridad y, luego, se adelantó y soltó las muñecas y los tobillos de Bella.
Ella siguió allí, de pie, temblando, pero enseguida lo rodeó con sus brazos. Él la sostenía contra su pecho, y su órgano erecto le estimulaba los muslos. Sintió la piel sedosa de su rostro y a continuación su boca se abrió sobre la suya, muy cerca, saboreándola.
—Bella —él suspiró profundamente y ella comprendió que él sonreía.
Bella alzó la mano para tocarle las pestañas. A la luz de la luna, vio su rostro, sus dientes blancos. Tocó todo su cuerpo llena de ansia, desesperada, y luego lo bañó de besos sonoros.
—Esperad, esperad, mi amor, estoy tan ansioso como vos —susurró él. Pero ella no podía apartar sus manos de los hombros de él, de su cuello, de su piel satinada.
—Venid conmigo —dijo Alexi y, haciendo un esfuerzo por separarse, abrió otra puerta y la llevó por un largo pasillo de techo bajo.
La luna entraba por ventanas que no eran más que estrechas aberturas en la pared. Entonces, ante una de las numerosas y pesadas puertas, él se detuvo y Bella empezó a bajar por una escalera de caracol.
Estaba cada vez más asustada. —Pero ¿adónde vamos? Nos atraparán, y ¿que será entonces de nosotros? —susurró.
Él abrió una puerta y la hizo pasar a un pequeño dormitorio.
Un minúsculo cuadrado de ventana les alumbraba. Bella atisbó una cama con abundante paja cubierta por una manta blanca. En la pared había un gancho del que colgaba la vestimenta de un sirviente, pero todo estaba descuidado como si el cuarto llevara mucho tiempo abandonado. Alexi echó el cerrojo. Nadie podría entrar. —Pensaba que queríais escapar —suspiró Bella con alivio—. Pero ¿no nos encontrarán aquí?
Alexi la miraba. La luna iluminaba la cara del príncipe y resaltaba la extraña serenidad que reflejaban sus ojos.
—Todas las noches, sin excepción, la reina duerme hasta el amanecer. Ha mandado retirarse a Félix, y si yo estoy al pie de su cama al amanecer, no nos descubrirán. Aunque siempre existe una posibilidad, y entonces nos castigarían.
—Oh, no me importa, no me importa —dijo Bella desesperadamente.
—A mí tampoco —empezó a decir él, pero su boca ya se había hundido en el cuello de Bella mientras ésta lo rodeaba con sus brazos.
Al instante estaban en la cama, sobre la suave manta. Las nalgas de Bella sentían las punzadas de la paja, pero no significaban nada comparadas con los besos húmedos e intensos de Alexi. Ella apretó sus senos contra su pecho, le rodeó la cadera con las piernas y se pegó a él.
Todas las molestias y tormentos de la larga noche la habían hecho enloquecer. Pero aún enloqueció más cuando él le introdujo aquel grueso sexo que ella había deseado desde el primer instante en que lo vio. Sus embestidas eran brutales, fuertes, como si él también estuviera dominado por una pasión reprimida. El sexo dolorido de Bella se quedó lleno, sus tiesos pezones palpitaban, y sacudió sus caderas, levantando a Alexi como lo hizo con el príncipe. Sintió cómo él la llenaba y la tenía firmemente amarrada.

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