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Antiguo 29-08-2011 , 10:38:23   #65
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

—Poneos sobre vuestras manos y rodillas, niña mía. ¡Y, por supuesto, hacedlo muy, muy rápido!
Lady Juliana esparció al instante los pequeños capullos rosas de tallos encerados por toda la habitación.
Bella se dobló hacia delante para atrapar con los dientes la flor más próxima cuando se dio cuenta de que la dama estaba justo detrás de ella. El mango de la pala ovalada era tan largo que lady Juliana ni siquiera tuvo que inclinarse cuando le pegó a Bella quien, con un respingo, dejó caer la flor.
—¡Recogedla inmediatamente! —gritó lady Juliana—. Los labios de Bella rozaron la alfombra antes de conseguir atrapar la flor.
La pala se abalanzó con un terrorífico zumbido y golpeó sonoramente sus ronchas irritadas mientras ella se precipitaba a cuatro patas para llegar junto a la reina. Lady Juliana ya le había propinado otros siete u ocho palazos antes de que Bella pudiera dejar la flor obedientemente en el regazo de la reina.
—Ahora, daos la vuelta inmediatamente —ordenó la dama— e id a por otra.
Volvía a zurrar furiosamente a Bella, que corría en busca de otra flor. En cuanto la tuvo en sus labios, se precipitó hasta la reina, pero los golpes la perseguían. Bella quería gritar pidiendo paciencia mientras iba a por otra.
Recogió la cuarta, la quinta, la sexta, depositándolas una a una en el regazo de la reina, aunque no había forma de escapar de la pala, de su persistencia, ni de la voz de lady Juliana que la apremiaba de muy mal humor.
—Deprisa, mi niña, rápido, ponéosla entre los labios y volved a por otra una vez más.
Su ondeante falda rosa daba la impresión de estar en todas partes. Bella parecía rodeada por el destello de sus pequeñas pantuflas con tacón de plata, y a pesar de que las rodillas le abrasaban debido al roce con la áspera lana de la alfombra, ante sus ojos continuó la búsqueda, sin aliento, de las pequeñas rosas rosadas que había por todas partes, esparcidas ante sus ojos.
No obstante, no importaba cómo jadeara intentando cobrar aliento, ni lo húmedos que estuvieran su rostro y sus extremidades. No podía alejar de su mente el pensamiento de lo que estaba haciendo. Se imaginaba sus propias nalgas manchadas de ronchas blancas, los muslos enrojecidos y los pechos colgando entre los brazos mientras se arrastraba por el suelo como un animal despreciable. No había piedad para ella, y lo peor era que no podía complacer a lady Juliana, quien la incitaba e incluso en aquel instante la estaba pateando con la punta de su pantufla. Los llantos de Bella eran súplicas mudas, pero el tono de lady Juliana resonaba furioso, lleno de insatisfacción.
Era horroroso que la golpearan con tal rabia.
—¡Deprisa! ¿Me oís? —La voz de lady Juliana sonaba casi con desdén. La zurraba con toda su fuerza, y ahora soltaba pequeños chasquidos de impaciencia. Bella se raspaba los pezones en la alfombra cada vez que se inclinaba para obedecer y, de pronto, con un sobresalto, sintió la punta de la pantufla de lady Juliana en su pubis. Profirió un grito asustado y volvió con la rosa hasta la reina con la impresión de que alrededor de ella no cesaba la risa muda de los pajes y la más aguda carcajada de la reina. Pero lady Juliana había encontrado otra vez aquel punto tierno y metió a la fuerza la larga pantufla puntiaguda de satén justamente por la vagina de Bella.
De pronto, mientras Bella se daba la vuelta para encontrarse aún más rosas esparcidas en el suelo, sus sollozos se convirtieron en gemidos amortiguados. Se volvió hacia lady Juliana aun cuando la pala le azotaba los muslos y las pantorrillas, y besó y rebesó aquellas pantuflas de satén rosa.
—¿Qué? —exclamó lady Juliana con verdadera indignación—. ¿Os atrevéis a pedirme clemencia delante de la reina? ¡Condenada, condenada niña! —Dio una manotada a las nalgas de Bella, la agarró por el pelo con la mano izquierda y la levantó de un tirón, que forzó repentinamente la cabeza de la princesa hacia atrás, lo que la obligó a separar las rodillas para mantener el equilibrio.
Los sollozos de Bella sonaban ahora sofocados y desiguales. Lady Juliana le entregó la pala a uno de los pajes y éste le ofreció al instante un ancho y pesado cinturón de cuero.
Lady Juliana golpeó con éste el trasero de Bella y un ruido sordo resonó en la estancia. Volvió a golpearla de nuevo.
—¡Coged otra rosa, otra, dos, tres, cuatro, todas en la boca, sin más tardanza, y llevádselas a la reina inmediatamente!
Bella obedecía a toda prisa. Estaba tan desesperada por obedecer, por alejar la furia de lady Juliana que no sentía nada en absoluto. Sin duda, este juego era más feroz, y frenético que los peores momentos del sendero para caballos. Mientras Bella se volvía para recoger más rosas pequeñas, sintió que la reina le cogía la cara entre ambas manos y la inmovilizaba quieta para que lady Juliana pudiera pegarle.
No importaba. Si no era capaz de contentarlas, se merecía que la golpearan. Temblaba con cada azote de la correa, y aun así, bañada en lágrimas, levantaba el trasero para recibir nuevos castigos.
Pero la reina todavía no estaba satisfecha. En aquel instante la tenía cogida por el cabello, la mano tiraba hacia atrás de su cabeza, e hizo que se diera la vuelta mientras lady Juliana abofeteaba los pechos y el vientre de Bella y la azotaba con la ancha correa de cuero en el pubis.
La reina mantenía sujeta firmemente la melena de Bella.
—¡Abrid las piernas! —ordenó lady Juliana.
—Oooooh... —exclamó Bella que sollozaba a voz en grito, pero obedeció e impulsó desesperadamente las caderas hacia delante para recibir el furioso castigo. Debía complacer a lady Juliana, tenía que demostrarle que lo había intentado. Sus sollozos se volvieron más roncos y acongojados.
La correa alcanzó sonoramente sus labios púbicos una y otra vez. Bella no sabía qué era peor, si el pequeño estallido de dolor o la violación que este acto representaba.
La reina tiraba tanto de su cabeza que en aquel instante reposaba ya en su regazo. Bella sentía surgir sus propios sollozos de su pecho y de sus labios, casi lánguidamente.
«Estoy indefensa, no soy nada», pensaba, al igual que lo hizo en el sendero para caballos, en el instante de mayor agotamiento. El cinturón le golpeó los senos. Ya no podía soportarlo más, pero aunque su pubis quemada de dolor, ni siquiera se le ocurrió protegerse con los brazos. Sus propios sollozos le producían un delicioso alivio.
Paulatinamente, sintió cómo se debilitaba, cómo cedía. Notó que la mano de la reina le acariciaba la barbilla y a continuación se percató de que lady Juliana se dejaba caer en un frenesí de seda rosa y le besaba la garganta y los hombros.
—Así, así —dijo la reina—, mi valiente y pequeña esclava.
—Eso es, mi muchacha, mi virtuosa y encantadora muchacha —reafirmó inmediatamente lady Juliana como si le hubieran dado permiso. Los golpes habían cesado. Sólo los gritos de Bella llenaban la habitación—. Lo habéis hecho muy bien, muy bien; lo intentasteis con todas vuestras fuerzas, y cómo os esforzabais por conservar la gracia.

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