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Antiguo 30-08-2011 , 10:54:07   #70
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

EL PRÍNCIPE ALEXI CUENTA SU CAPTURA Y ESCLAVITUD



—Cuando llegó el momento de prestar vasallaje a la reina —explicó el príncipe Alexi—, yo no me resignaba en absoluto a ser uno de los escogidos, aunque otros príncipes habían sido seleccionados para ir conmigo. A todos nos dijeron que nuestro tributo no duraría más de cinco años, como mucho, y que cuando volviéramos habríamos mejorado enormemente en sabiduría, paciencia, autocontrol y todo tipo de virtudes. Naturalmente, conocía a otros que habían prestado vasallaje y, aunque a todos les prohíben hablar de lo que aquí sucede, sabía que era una prueba severa y yo estimaba mi libertad. De modo que, cuando mi padre me dijo que mi obligación era ir, me escapé del castillo y vagué de pueblo en pueblo.
»La verdad, no sé cómo se lo tomó mi padre cuando se enteró. El hecho es que un destacamento de soldados de la reina hizo una batida en el pueblo donde yo me encontraba y se me llevaron junto con unos cuantos muchachos y muchachas plebeyos que iban a prestar otras formas de vasallaje. A ellos los entregaban a nobles y damas de menor rango para servir en sus mansiones particulares. Los príncipes y princesas como nosotros servimos sólo en la corte, como ya habréis observado.
»El día era soleado, resplandeciente. Yo caminaba solo por un campo al sur del pueblo e iba componiendo poesías mentalmente cuando descubrí a los soldados. Llevaba mi espadón, por supuesto, pero al instante me vi rodeado por unos seis jinetes. Supe que pertenecían a la reina en cuanto me percaté de que su intención era llevarme como esclavo. Arrojaron una red sobre mí y de inmediato me desarmaron, me desnudaron y me tiraron sobre la silla del capitán.
«Aquello bastó por sí solo para indignarme y hacerme pelear por mi libertad. Imagináoslo: los tobillos atados con una basta cuerda, el trasero al aire, desnudo, la cabeza colgando. Con cierta frecuencia, el capitán no dudaba en ponerme la mano encima cuando no tenía otra cosa que hacer. Me pellizcaba y me pinchaba según le venía en gana, y parecía disfrutar de su superioridad.
Bella dio un respingo al oír todo esto. No le costó demasiado imaginarse la escena.
—El viaje hasta la corte de la reina era largo. Me trataban rudamente, como a casi todo el equipaje. Por la noche me ataban a un palo en el exterior de la tienda del capitán y, aunque no permitían que nadie me violara, los soldados no paraban de atormentarme. Cogían cañas y palos y me punzaban los órganos, me tocaban la cara, los brazos, las piernas y todo lo que podían. Tenía las manos atadas por encima de la cabeza, y todos esos ratos permanecía derecho. Dormía de pie. No hacía frío por las noches, pero aquello era una verdadera tortura.
»No obstante, todo esto respondía a algo. Me habían prometido como esclavo de la propia reina, en virtud del tratado que acordó con mi padre. Yo, por supuesto, estaba impaciente por librarme de aquellos rudos soldados. El trayecto durante el día era siempre igual: tumbado encima de la silla del capitán. A menudo me azotaba con sus guantes de cuero sólo para divertirse. Permitía que los lugareños se acercaran al camino cuando nosotros paseábamos y entonces me ridiculizaba, me revolvía el pelo y se dirigía a mí utilizando apodos cariñosos. Pero en realidad no podía usarme.
—¿Pensabais en escapar? —preguntó Bella.
—Siempre —dijo el príncipe—. Pero en todo momento me encontraba entre soldados y completamente desnudo. Aunque hubiera conseguido llegar a la casa de algún lugareño o a la cabaña de algún siervo, me habrían apresado y entregado para hacerse con el dinero del rescate. Sólo hubiera conseguido padecer nuevas humillaciones y más degradaciones. Así que me dejé llevar, atado de pies y manos y arrojado ignominiosamente sobre el caballo, corroído por la furia.
»Pero finalmente llegamos al castillo. Una vez allí, me lavaron a fondo, luego me pusieron ungüentos y me llevaron ante su majestad. La suya era una belleza fría. Me impresionó desde el primer momento. Nunca había visto unos ojos tan preciosos, ni tan distantes. Cuando me negué a permanecer en silencio y a obedecer, ella se rió. Ordenó que me amordazaran con una embocadura de cuero. Estoy seguro de que ahora ya sabéis de qué os hablo. Pues bien, la mía la colocaron muy ajustada para que no pudiera deshacerme de ella, y luego me pusieron grilletes con abrazaderas de cuero para que no pudiera levantarme de la posición a cuatro patas que me habían obligado a adoptar. Podía desplazarme sólo si me lo ordenaban, pero estaba firmemente amarrado por las cadenas a los grilletes de cuero colocados en mis muñecas, y éstos a los que llevaba en las piernas, por encima de las rodillas. Los tobillos estaban ligados de tal forma que apenas podía separar las piernas. No era un mal sistema —dijo con ironía.
»A continuación la reina tomó su largo bastón de guía, como ella lo llama, para llevarme de un lado a otro. Era una vara con un largo falo forrado de cuero en el extremo. Nunca olvidaré lo que sentí cuando por primera vez lo introdujo en mi ano. Lo impulsó hacia delante y, a pesar mío, avancé delante de ella como un animalito obediente, tal como me ordenaba. Una vez que me eché al suelo y me negué a obedecer, se limitó a reírse de mí, y entonces empezó su faena con la pala.
»La verdad, me rebelaba con una gran furia. Cuanto más me zurraba ella, más refunfuñaba yo y más me negaba a obedecer. Así que ordenó que me colocaran boca abajo y que me azotaran con la pala durante horas. Podéis imaginaros todo lo que sufrí. Pero fijaos, había otros esclavos que me observaban confusos y atónitos. Para ellos, estar desnudo y con grilletes, y ser apaleado, era suficiente para obligarlos a obedecer, ya que además sabían que no podían escapar, que debían servir durante varios años y que estaban indefensos.
»De todos modos, esa magia no funcionaba conmigo. Cuando me soltaron tenía las nalgas y las piernas totalmente irritadas por la pala, pero no me importaba. Todos los intentos para estimular mi órgano habían fallado. Era demasiado testarudo.
»Lord Gregory me sermoneó a fondo. Me dijo que era mucho más fácil aguantar la pala con el órgano erecto, que si la pasión recorría mis venas, comprendería el sentido de satisfacer a mi señora. Yo ni le prestaba atención.
»La reina seguía encontrándome fascinante. Me dijo que superaba en belleza a cualquier otro esclavo que le hubieran enviado antes, y me tenía amarrado a la pared en sus aposentos, día y noche, para poder observarme. Aunque, para ser más precisos, en realidad era para que yo pudiera observarla a ella y acabara deseándola.

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