Finalmente, Bella lanzó un gemido de alivio y sintió cómo él eyaculaba con un último y enérgico movimiento. Experimentó los fluidos calientes que la llenaban y se recostó jadeando.
Permaneció tumbada, contra el pecho de Alexi, y él la acunaba con su brazo, la mecía, sin dejar de besarla.
Cuando Bella besó sus pezones y los mordisqueó jugueteando con los dientes, el sexo de Alexi volvió a endurecerse y de nuevo se apretó contra ella.
Alexi se incorporó sobre sus rodillas, levantó a Bella y la puso sobre su órgano. Ella emitía susurros de aprobación mientras él la movía hacia delante y atrás, clavándola, con los dientes apretados.
—¡Alexi, mi príncipe! —gritó.
Su sexo húmedo, abierto sobre él, palpitó de nuevo con un ritmo frenético hasta que casi clamaba su alivio mientras él volvía a descargar en ella.
Hasta después de la tercera vez no descansaron tumbados sobre el lecho.
Sin embargo, ella seguía mordisqueando sus pezones y con las manos le palpaba el escroto, su pene. Él estaba apoyado sobre su codo y le sonreía. Le dejaba hacer todo cuanto quisiera, incluso cuando sus dedos sondearon su ano. Bella nunca antes había tocado a un hombre de esta manera. Se sentó e hizo que se diera la vuelta sobre la cama y entonces lo examinó de arriba abajo.
Después, abrumada por la timidez, se tumbó de nuevo a su lado, acurrucada en sus brazos, enterró la cabeza en su pelo cálido y perfumado y recibió plácidamente sus besos tiernos, profundos y cariñosos. Los labios de él jugaban con los suyos. El príncipe le susurró su nombre al oído y le colocó la mano entre las piernas para sellarla con la palma mientras se pegaba a ella.
—No podemos quedarnos dormidos —dijo él—, o mucho me temo que para vos el castigo podría ser demasiado terrible.
—¿Y para vos no? —preguntó Bella.
Pareció reflexionar y luego sonrió:
—Probablemente no —contestó—, pero vos aún sois una principiante.
—¿Y tan mal lo hago? —preguntó.
—No, sois incomparable en todos los sentidos —dijo—. No dejéis que vuestros crueles amos y amas os engañen. Están enamorados de vos.
—Ah, pero ¿cómo nos castigarían? —preguntó—. ¿Con el pueblo quizá? —bajó la voz al decirlo.
—¿Y quién os ha hablado del pueblo? —preguntó él, un poco sorprendido—. Podría ser el pueblo... —estaba pensando— aunque ningún favorito de la reina o del príncipe de la Corona ha sido nunca enviado allí. Pero no nos atraparán y, si sucediera, diré que os amordacé y os forcé. Como mucho sufriríais unos pocos días en la sala de castigos, y lo que a mí me suceda no tiene importancia. Debéis jurarme que me dejaréis asumir la culpa, o de verdad os amordazaré y os devolveré inmediatamente a vuestras cadenas.
Bella bajó la cabeza.
—Yo os traje aquí. Soy yo quien merece ser castigado si nos atrapan. Esto será un pacto entre nosotros. Y no quiero que discutáis.
—Sí, mi príncipe —susurró ella.
—No, a mí no me habléis así —le rogó—. No era mi intención daros órdenes. Para vos soy Alexi, y nada más que eso. Lo siento si he sido rudo, pero no puedo permitir que os sometan a un castigo tan terrible. Haced lo que yo os digo porque... porque...
—Porque os adoro, Alexi —dijo Bella.
—Ah, Bella, mi amor, mi amor —fue su respuesta. Volvió a besarla—. Y ahora, contadme en qué pensáis, ¿por qué sufrís tanto?
—¿Que por qué sufro? Pero ¿no lo veis con vuestros propios ojos? ¿Creéis que ni por un instante he olvidado que me estabais observando esta noche? Ya veis lo que me han hecho, lo que os hacen a vos, lo que...
—Por supuesto que os observaba y me habéis complacido —dijo—. ¿Acaso vos no disfrutasteis viendo cómo me azotaba el príncipe de la Corona? ¿No gozasteis al ver cómo me castigaban en el gran salón el primer día que os trajeron? ¿Qué haríais si os dijera que derramé el vino aposta aquel primer día para que repararais en mí?
Bella se quedó estupefacta.
—Os pregunto qué es lo que experimentáis —continuó el príncipe—. No me refiero a lo que os hace padecer la pala ni a los incesantes juegos de nuestros amos, sino a lo que experimentáis en vuestro corazón. ¿A qué se debe este conflicto? ¿Qué os impide rendiros?
—¿Os habéis rendido vos? —requirió Bella, ligeramente enfadada.
—Por supuesto —dijo él tranquilamente—. Adoro a la reina y me encanta contentarla. Adoro a todos los que me atormentan, porque debo hacerlo. Es profundamente simple.
—¿Y no sentís dolor, ni humillación?
—Siento un gran dolor y una gran humillación.
Eso es algo que nunca dejará de suceder. Si así fuera, incluso durante poco tiempo, el talento inagotable de nuestros amos discurriría alguna otra manera de hacérnoslo sentir. ¿ Creéis que no me sentí humillado en el gran salón cuando Félix me puso cabeza. abajo y me azotó ante toda la corte, tan de improviso y por tan poco? Soy un príncipe poderoso, mi padre es un rey poderoso. Nunca lo olvido. Y, desde luego, fue doloroso ser tratado con tanta rudeza por el príncipe de la corona en consideración a vos. ¡Y pensó que con eso me amaríais menos!
—¡Estaba equivocado, tan equivocado! —dijo Bella que se sentó y se llevó las manos a las mejillas, consternada. Amaba a los dos, ahí radicaba la desgracia del asunto. Incluso en aquel preciso momento podía imaginarse al príncipe de la corona, con su delgado rostro blanco, las manos inmaculadas y aquellos ojos oscuros tan llenos de turbulencia y descontento. Para ella fue una agonía que no se la llevara a su cama después de haber superado la prueba del sendero para caballos.
—Deseo ayudaros porque os amo —dijo Alexi—. Quiero orientaros, pero veo que oponéis resistencia.
—Sí, pero no siempre —admitió ella con un vago susurro, apartando la vista, como si de repente se avergonzara de reconocerlo—. Experimento... tantos sentimientos.
—Contadme —dijo Alexi con autoridad.
—Bueno, esta noche... la rosa, el último capullo rosa... ¿Por qué lo recogí con los dientes y se lo ofrecí a lady Juliana? ¿Por qué? Ha sido tan cruel conmigo.
—Queríais satisfacerla. Es vuestra ama. Sois una esclava. Lo más elevado que podéis hacer es complacer, y en consecuencia procurasteis hacerlo, no sólo como respuesta a sus azotes y a sus órdenes, sino que en aquel momento lo hicisteis por propia voluntad.
—Ah, sí—dijo Bella, de eso se trataba—. Y, en el sendero para caballos... no sé cómo confesarlo, sentí cierto alivio en mi interior, como si me hubiera liberado de mi lucha; era simplemente una esclava, una pobre y desesperada esclava cuyo deber es esforzarse, pura y llanamente, sólo eso.
—Sois elocuente —le contestó con cariño—. Habéis aprendido mucho.