LADY JULIANA EN LA ALCOBA DE LA REINA
Lady Juliana entró en la habitación del mismo modo que había entrado en la sala de castigos, con su paso ligero y saltarín y su redondo rostro lleno de hermosura y animación. Lucía un vestido rosa y en sus largas y gruesas trenzas llevaba rosas ensartadas con cinta del mismo color.
Parecía radiante y llena de regocijo, en contraste con la oscuridad de la vasta alcoba, cuyas antorchas arrojaban enormes sombras desiguales sobre el alto techo arqueado. La reina estaba en un rincón, sentada en una gran silla parecida a un trono, con los pies apoyados en un voluminoso cojín de terciopelo verde. Sus brazos descansaban sobre los de la silla y, cuando lady Juliana le hizo una reverencia, sonrió levemente. El príncipe Alexi, sentado sobre sus talones a los pies de la reina, besó con gran cortesía las pantuflas de la dama.
Bella se arrodilló en el centro de la alfombra floreada, aún bastante temblorosa, con el rostro humedecido por las lágrimas, y en cuanto lady Juliana se le acercó también le besó las pantuflas, aunque quizá con un poco más de fervor.
Bella estaba sorprendida de su propia acción. Se había sentido consternada al oír su nombre y, sin embargo, la recibió casi con beneplácito. Sentía que existía cierto vínculo entre ambas. Después de todo, ella la había colmado de atenciones cariñosas. Casi tenía la impresión de que lady Juliana estaba de su parte, aunque en ningún momento había dudado de que sería ella quien la castigaría a continuación. Sin duda la pala de lady Juliana había sido extremadamente diligente en el sendero para caballos. Aun así, sentía casi como si se tratara de una amiga de juventud que venía a abrazarla y por la que sentía una gran confianza y apego.
Lady Juliana le sonreía alborozada. —Ah, dulce Bella, ¿está la reina satisfecha? —Mientras pasaba suavemente la mano por su cabello y la empujaba para que se sentara sobre sus talones, dirigió una mirada cortés a la soberana.
—Es tal y como dijisteis que sería —respondió la reina—. Pero quiero ver más de ella para poder juzgarla debidamente. Utilizad vuestra imaginación, encanto. Haced lo que os plazca con ella, para mí.
Inmediatamente, lady Juliana hizo un gesto al paje, que abrió la puerta para dar paso a otro joven que llevaba un gran cesto repleto de rosas de color rosáceo.
Lady Juliana tomó la cesta del brazo y los dos pajes se retiraron a las sombras, donde permanecieron de pie, quietos como estatuas. A Bella le intrigó el hecho de que su presencia ya no le importara. Si por ella fuera, podría haber habido toda una fila de pajes allí mismo.
—Alzad la vista, preciosa. Mostrad esos hermosos ojos azules vuestros —dijo lady Juliana— y observad lo que he preparado para entretener a la reina y para demostrar vuestro encanto. —Cogió una rosa de tallo bastante corto, no más de veinte centímetros—. Sin espinas, mi cielo. Os lo muestro para que de este modo temáis únicamente lo que verdaderamente es motivo de temor. Aquí no hay descuidos ni patochadas.
Bella pudo ver la cesta atestada de flores que estaban dispuestas con sumo cuidado.
La reina soltó una risa alegre y cambió de posición en su silla:
—Vino, Alexi —dijo—, vino dulce, pues esta habitación está ciertamente impregnada de dulzura.
Lady Juliana soltó una risa delicada, como si acabara de recibir un maravilloso cumplido, y empezó a bailar por la estancia, haciendo girar los faldones de color rosa y balanceando las largas trenzas.
Bella, pese a que su visión seguía enturbiada por el llanto, la observó admirada. La mujer le pareció, como la reina, inmensa y poderosa. El rostro sonriente de lady Juliana se volvió hacia Bella como una luz, y el brillo de las antorchas centelleó en el broche rojo oscuro que llevaba en la garganta, así como en las joyas que estaban cosidas tan diestramente a su amplia faja. Sus pantuflas de satén rosa, con tacones de plata, bailaban con ella hasta que llegó junto a la princesa, a quien besó con afecto en lo alto de la cabeza.
—Parecéis muy desdichada, y eso no está bien. Ahora incorporaos sobre vuestras rodillas, doblad los brazos hacia atrás para exhibir vuestros exquisitos pechos, eso es, y arquead la espalda con más gracia. Félix, cepillad su cabello.
Mientras el paje se apresuraba a obedecer y desenredaba cuidadosamente los largos mechones de Bella que caían por su espalda, la princesa vio que lady Juliana sacaba de un cofre próximo una larga pala ovalada.
Era blanca, lisa y elástica, muy parecida a la que utilizó en el sendero para caballos, pero más pequeña y liviana. De hecho, era tan flexible que lady Juliana, tras dejar el cesto de flores, podía hacerla vibrar empujando el extremo de la misma con el pulgar.
«El dolor será punzante pero no tanto como la mano de la reina, ni como el arma utilizada en el sendero para caballos», supuso Bella, aunque era consciente de que tenía tantas ronchas en las nalgas que cualquier golpe, por más ligero que fuera, le provocaría cierto dolor.
Lady Juliana, que se reía y le susurraba algo a la reina, como si fuera una niña, se volvió en cuanto Félix hubo acabado. Bella permanecía de rodillas, esperando.
—Así que nuestra graciosa soberana os ha zurrado sobre su regazo, ¿no es cierto? También habéis conocido el sendero para caballos, sabéis hacer de sirvienta y, además, habéis soportado la irritación y las exigencias de vuestro amo y señor, e incluso de vez en cuando alguna ruidosa manotada rutinaria de vuestro criado o de lord Gregory.
«Mi criado no me ha pegado nunca», pensó Bella enfadada, pero se limitó a responder como se esperaba de ella:
—Sí, milady...
—Pues ahora deberíais aprender un poco de verdadera disciplina, ya que en este jueguecito que he preparado se pone a prueba vuestra voluntad por complacer. Pero no creáis que no os beneficiará. Y bien... —cogió un manojo de rosas del cesto—, las esparciré por la estancia. ¿Sabéis lo que tenéis que hacer, preciosa mía? Correréis muy deprisa para recoger cada una de las flores con los dientes y las dejaréis en el regazo de vuestra soberana. Cuando ella haya acabado con vos, deberéis ir a coger otra, y otra, y una más. Lo haréis todo lo rápido que podáis, ¿sabéis por qué? Porque se os ordena que así lo hagáis, y porque el castigo será mayor si no os apresuráis a obedecer.
Levantó las cejas y le sonrió a Bella.
—Sí, milady —contestó Bella, incapaz de pensar, aunque la idea de tener que obedecer a toda prisa descubrió un nuevo y extraño matiz de recelo en ella. No le hacía ninguna gracia. La aterrorizaba. En el sendero para caballos se recordó sin ninguna gracia mientras corría rápidamente y sin aliento. Oh, pero no debía pensar en nada más que en obedecer.