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esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

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Parecía que la reina estaba utilizando ambos pulgares para abrir brutalmente a Bella, quien a su vez intentaba mantener inmóviles las caderas. Ansiaba incorporarse y escapar, como una princesa miserable en la sala de adiestramiento que fuera incapaz de soportar que la examinaran de este modo. Sin embargo, no protestó; sus gimoteos sonaban débiles e imprecisos.
La reina le ordenó que se diera la vuelta.
¡Oh, bendito escondrijo!; podría esconder la cara entre las almohadas.
Pero aquellas manos frías, dominantes, estaban jugando en aquel instante con sus nalgas, abriéndolas, y tocándole el ano. «Oh, por favor —rogó en silencio, con desesperación. Sus hombros se agitaban con aquel llanto silencioso—. ¡Oh, esto es espantoso, espantoso!»
Cuando estaba con el príncipe al menos sabía qué quería de ella. Incluso en el sendero para caballos le habían dicho finalmente cuál era su cometido. Pero ¿qué pretendía esta malvada reina: que sufriera y que se rebajara ofreciéndose a sí misma, o simplemente que aguantara? ¡Y aquella mujer la despreciaba!
La reina friccionó la carne, la pinchó, como si comprobara su grosor, su suavidad, su elasticidad. Inspeccionó los muslos de Bella con los mismos movimientos precisos y luego le separó a la fuerza las rodillas y las levantó. También se elevaron sus caderas y Bella se quedó en cuclillas sobre la colcha, tendida boca abajo, con el sexo que sobresalía, colgando, y las nalgas separadas de manera que parecerían una fruta madura.
La mano de la reina reposaba debajo de su sexo como si lo sopesara, palpando la redondez y el volumen de los labios mientras los pellizcaba.
—Arquead la espalda —dijo la reina— y levantad el trasero, gatita, pequeña gatita en celo.
Bella obedeció. Los ojos se le llenaron de lágrimas de vergüenza. Temblaba violentamente, respirando a pleno pulmón. Sintió, muy a su pesar, que los dedos de la reina dominaban su pasión, apretaban la llama para que ardiera con más fuerza. Bella estaba segura de que sus labios púbicos se estaban hinchando y sus jugos fluían. No importaba cuán penosamente oponía su voluntad.
No quería darle nada a esa mujer malvada, a esa bruja de reina.
Estaba dispuesta a entregarse al príncipe, a lord Gregory, e incluso a nobles y damas sin nombre y sin rostro que la colmaran de lisonjas, pero ¡a esta mujer que la despreciaba...!
La reina se había sentado en la cama al lado de Bella.
La recogió con presteza como si se tratara de una blanda muñeca y la echó sobre su regazo, con el rostro alejado del príncipe Alexi, y las nalgas todavía expuestas, con toda seguridad, a la mirada escrutadora del hermoso esclavo.
Bella soltó un gemido boquiabierta. Sus pechos se restregaban contra la colcha y el sexo palpitaba contra el muslo de la reina. Era una especie de juguete en sus manos.
Sí, parecía exactamente un juguete, sólo que ella estaba viva, respiraba y sufría. Podía imaginarse qué debía de parecer ante los ojos del príncipe Alexi.
La reina le levantó el pelo y recorrió la espalda con el dedo hasta el extremo de la espina dorsal.
—Todos los rituales —dijo la reina con voz baja—, el sendero para caballos, las estacas en el jardín, las cacerías en el laberinto, así como los demás juegos ingeniosos son concebidos para mi diversión. Pero ¿he conocido alguna vez a un esclavo sin tener esta familiaridad con el siervo, la intimidad del esclavo sobre mi regazo listo para el castigo? Decidme, Alexi, ¿debo azotarla sólo con la mano para estar al nivel de esta familiaridad, sentir así su carne escocida, su calor, mientras observo cómo cambia de color? ¿O debo usar el espejo de fondo de plata, o una de las doce palas, todas ellas tan excelentes para este propósito? ¿Qué preferís, Alexi, cuando vos os encontráis sobre mi regazo? ¿Qué es lo que anheláis cuando no podéis contener las lágrimas?
—Si la azotaseis de ese modo podríais lastimaros la mano —fue la respuesta serena del príncipe Alexi—. ¿Queréis que os traiga el espejo de plata?
—Ah, pero no respondéis a mi pregunta —dijo la reina—. Traedme el espejo. No la azotaré con él. Más bien lo utilizaré para ver su rostro mientras la castigo.
Con los ojos llorosos, Bella vio cómo el príncipe Alexi se dirigía al tocador.
Luego, ante ella, apoyado en un cojín de seda, apareció el espejo, ladeado de tal forma que podía ver reflejado claramente en él el fino rostro blanco de la reina, cuyos ojos oscuros y su sonrisa la aterrorizaron.
«No debo revelarle nada», se dijo Bella con desesperación, cerrando los ojos mientras las lágrimas caían inevitablemente por sus mejillas.
—Ciertamente, la palma de la mano tiene algo superior —decía la reina, friccionando con la mano izquierda su cuello. Deslizó la mano bajo los pechos de Bella, los apretó entre sí y tocó los dos pezones con sus largos dedos—. ¿No es cierto que os he azotado con la mano con tanta fuerza como cualquier hombre, Alexi?
—Desde luego, majestad —respondió serenamente. Se encontraba otra vez detrás de Bella. Quizás había vuelto a su lugar, apoyado en el poste de la cama, pensó la princesa.
—Ahora enlazad las manos a la espalda, por la cintura, y mantenedlas así —dijo la reina. Entonces cubrió sus nalgas con la mano como lo había hecho anteriormente con sus pechos—. Contestad a mis preguntas, princesa.
—Sí, majestad —Bella respondió con un esfuerzo aunque, para mayor humillación, su voz rompió en sollozos y se estremeció al intentar reprimirlos.
—Y guardad silencio —ordenó la reina con tono severo.
Empezó a azotarla.
Sus nalgas recibieron un gran palmetazo seguido de otro. Si alguna vez una pala había sido más dolorosa, lo había olvidado. Bella intentó permanecer quieta, callada, sin que se le notara nada en absoluto, repitiéndose mentalmente aquella palabra una y otra vez, aunque sentía sus propios retortijones.
El proceso era idéntico al que le explicó León acerca del sendero de caballos: forcejeaba como si pudiera escapar a la pala; se escabullía para intentar evitarla. Y, de pronto, oía sus propios gritos jadeantes mientras los azotes la requemaban. La mano de la reina parecía inmensa, dura, y más pesada que la pala; se adaptaba a Bella mientras la zurraba. Bella estaba como loca, lloraba a lágrima viva, a gritos, y todo aquello para que la reina lo viera en su maldito espejo. Sin embargo no podía pararlo.
La otra mano de la reina le estrujaba los pechos, estiraba sus pezones una y otra vez, los soltaba y volvía a tirar de ellos, mientras continuaba azotándola y Bella sollozaba ininterrumpidamente.
Hubiera preferido cualquier otra cosa: precipitarse ante la pala de lord Gregory por el pasillo, el sendero para caballos; incluso el sendero para caballos era mejor, ya que el movimiento ofrecía cierta escapatoria. Aquí no había nada más que dolor, las nalgas inflamadas y desnudas para disfrute de la reina, que ahora buscaba nuevos puntos de ataque. Azotaba la nalga izquierda, y luego la derecha, y a continuación cubría los muslos de Bella con resonantes manotadas mientras las nalgas parecían hincharse y palpitar de modo insoportable.
«La reina tendrá que cansarse, deberá parar», se decía Bella.

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