Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de complacer a esta ama aterradora, fría e
intransigente; lo que fuera para hacerle saber que iba a ser buena, que no sería una chica
mala, que se había equivocado. Tristán la ha bía advertido. La azotaina continuaba,
castigándola severamente.
¿Está bastante caliente, está en su punto? inquirió la mesonera que esgrimía la pala cada
vez con más rapidez. Se detuvo y apoyó su fría palma sobre la piel llena de ampollas.
¡Pues sí, creo que nuestra princesa ya está bien asada! Pero continuó azotando. Los
sollozos de Bella surgían como si los extrajeran de ella con un purgante.
La idea de que tendría que esperar hasta el anochecer ya su capitán para que su sexo
atormentado sintiera cierto alivio la hizo sollozar su mida en un desenfreno casi sensual.
Se acabó. Los estallidos todavía resonaban en sus oídos. Aún podía sentir la pala como
en un sueño. Su sexo parecía una cámara hueca en la que todos los placeres que había
conocido dejaban su eco sonoro y reverberante. Pasarían horas hasta que llegara el
capitán, largas horas...
Levantaos y poneos de rodillas acababa de decirle la mesonera. ¿Por qué vacilaba?
Se dejó caer al suelo y apretó frenéticamente sus labios contra las botas de la señora
Lockley.
Besó el extremo del calzado puntiagudo, los tobi llos bien formados que aparecían por
debajo de la delicada funda de cuero.
Bella notó las enaguas de la señora Lockley sobre su húmeda frente y los besos de la
princesa se tornaron más fervientes.
Ahora, limpiaréis esta posada de arriba abajo ordenó la señora Lockley y mientras lo ha
céis seguiréis con las piernas bien separadas.
Bella asintió.
La señora Lockley se apartó y se encaminó a la entrada del mesón.
¿Dónde están mis demás preciosidades? mur muró malhumorada en voz baja. En el
estable cimiento de castigos no acaban nunca. Bella estaba arrodillada observando la
excelente figura de la señora Lockley que se recortaba a la luz de la entrada, su menuda
cintura resaltada por el fajín blanco y el cinturón del mandil.
Bella respiró ruidosamente. «Tristán, teníais razón pensó. Es duro ser mala a todas
horas.» y se limpió silenciosamente la nariz en el dorso de la mano.
El grande y provocador gato blanco volvió a hacer acto de presencia. Apareció
silenciosamen te, a tan sólo unos centímetros de Bella. Ésta se encogió mordiéndose el
labio y luego se tapó la cabeza con los brazos pues la señora Lockley continuaba
apoyada ociosamente en la puerta del me són mientras el gran gato peludo se acercaba
cada vez más.
CONVERSACIÓN CON EL PRÍNCIPE RICHARD
A última hora de la tarde, Bella estaba echada sobre la fresca hierba del patio junto con
los demás esclavos.
La vara punzante de alguna de las muchachas de la cocina la importunaba de vez en
cuando for zándola a separar las piernas. Sí, no debo juntar las piernas, pensó
amodorrada.
El trabajo de la jornada la había dejado exhausta. Durante una hora estuvo encadenada a
la pared de la cocina, cabeza abajo, porque se le habían caído al suelo un puñado de
cucharillas de peltre. Luego, a cuatro patas, cargó los pesados cestos de la colada sobre
su espalda hasta llevarlos a los tendederos de ropa donde tuvo que perma necer inmóvil
de rodillas mientras, a su alrededor, las muchachas del pueblo colgaban las sábanas
charlando alegremente. Había restregado, limpia do y lustrado, y cada muestra de
torpeza o vacilación había sido castigada con una azotaina.
Finalmente, de rodillas y sin utilizar las manos, compartió la cena que sirvieron en una
gran ban deja para todos los esclavos y agradeció en silencio el agua fresca de la fuente
con que calmaron su sed.
Por fin había llegado la hora de dormir. Hacía ya más de una hora que medio dormitaba
sobre el césped.