Pasamos por una calle estrecha en la que había esclavos de alquiler colgados de una
pared, atados de pies y manos, con el reluciente vello púbico lu brificado y los precios
marcados en el yeso que te nían encima. En una pequeña tienda, una costure ra desnuda
ponía alfileres aun dobladillo, y en un pequeño espacio abierto un grupo de príncipes
desnudos hacía girar una rueda. Por todas partes, príncipes y princesas se arrodillaban
por igual con bandejas que ofrecían a la venta pasteles recién hechos, que sin duda
procedían del horno de sus dueños o señoras. y recibían humildemente las monedas de
los compradores en los cestillos que colgaban de sus bocas.
La vida ordinaria del pueblo transcurría como si mi miseria no existiera, y continuaba
sin tanta lamentación.
Una pobre princesa encadenada a una pared forcejeaba mientras tres muchachas del
pueblo la
toqueteaban ociosamente, entre risas, e importu naban su pubis.
Aunque no se apreciaba de ningún modo la fe rocidad teatral del lugar de castigo
público de la noche anterior, la vida cotidiana del pueblo impo nía, era espeluznante.
En la entrada de una casa, una rolliza matrona sentada en un taburete azotaba sonora y
furiosamente con su amplia mano a un príncipe desnudo que estaba apoyado en su
rodilla. Una princesa que sujetaba con ambas manos una jarra de agua sobre su cabeza
esperaba sumisamente a que su amo insertara entre sus rojos labios púbicos un gran
falo, con una traílla sujeta al extremo, por medio de la cual obligaba a la muchacha a
que le siguiera.
En ese momento nos encontrábamos en unas calles más tranquilas, donde habitaban
hombres de posición y propietarios y, por lo tanto, pasábamos ante puertas
resplandecientes con aldabas de bronce. Desde los altos puntales de hierro ubicados más
arriba colgaban esclavos como si fueran motivos decorativos.
Un silencio descendió sobre nosotros, y el ruido de las herraduras de los corceles que
resonaba por las paredes destacó de modo más penetran te, así como mi gimoteo, que
cada vez oía con más claridad.
No podía imaginarme lo que me depararían los días siguientes. Todo parecía tan
establecido, la población tan acostumbrada a nuestras quejas. Nuestra servidumbre
sustentaba el lugar tanto como el alimento, la bebida y la luz del sol. Y yo sería
conducido a través de todo aquello por una ola de deseo y entrega.
Había regresado de nuevo a la vivienda de mi amo. Mi casa. Cruzamos la entrada
principal, tan ornada como las que habíamos visto por el cami no, con grandes y
costosas ventanas de vidrio em plomado, y doblamos por la pequeña calleja que llevaba
a la calzada posterior de la casa, la que transcurría a lo largo de la muralla.
Me despojaron de las correas y falos con gran celeridad, se llevaron a los corceles y yo
me desplomé en el suelo, cubriendo de besos los pies de mi amo. Besé el empeine de las
botas de suave cue ro, los tacones y los cordones. Mis sollozos agonizantes surgían cada
vez con más emoción.
¿Qué era lo que rogaba? Sí, convertidme en vuestro abyecto esclavo, tened piedad. Pero
tengo miedo, tengo miedo.
En un momento de demencia absoluta deseé que me llevara de nuevo al lugar de castigo
públi co. Hubiera corrido con todas mis fuerzas hasta la plataforma giratoria.
Pero mi amo se limitó a dar media vuelta y en tró en la casa. Yo lo seguí a cuatro patas,
lamiendo y besando sus botas mientras caminábamos, y continué tras él por el pasillo
hasta que me dejó en la pequeña cocina.
Los jóvenes criados me bañaron y me dieron de comer. En esta casa no había esclavos.
Al parecer, yo era el único al que mantenían para el tormento. Tranquilamente, sin la
menor explicación, me llevaron a un pequeño comedor. Con destreza y rapidez, me
sostuvieron de pie contra una pared, me encadenaron formando una cruz con las pier
nas y los brazos abiertos, y así me dejaron. La habitación estaba reluciente y ordenada.
Desde mi posición podía verla por entero. Era una estancia de una pequeña casa de
pueblo, pero de corada con un lujo como nunca había conocido en el castillo en el que
nací y me crié, ni tampoco en el castillo de la reina. Las vigas del bajo techo estaban
pintadas y decoradas con flores. Volví a experimentar lo mismo que la primera vez que
entré en la casa, me sentí enorme y vergonzosamente des nudo en ella, un verdadero
esclavo atado en medio de estantes de reluciente peltre, sillas de roble de alto respaldo y
una chimenea pulcramente limpia.