| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Sí, precisamente dijo. No porque no sea capaz de obedecer y complacer. De eso estoy
convencido. Pero... es diferente.
Lo sé dijo Bella. Su mente bullía de ideas.
De modo que su cruel dueña la quería, ¿era eso? ¿Y por qué aquello la satisfacía tanto?
Cuando estaba en el castillo nunca le había importado verda deramente si lady Juliana la
adoraba o no, pero aquella perversa y orgullosa mesonera y el apues to y remoto capitán
de la guardia le llegaban al co razón de un modo singular.
Necesito sufrir castigos duros seguía explicando el príncipe Richard. Necesito órdenes
directas y saber cuál es mi lugar, sin vacilaciones. Ya no me complacen los tiernos
arrumacos ni tanta adulación. Prefiero que me arrojen sobre la gru pa del caballo del
capitán y me lleven al campa mento para acabar atado a la estaca y que se aprovechen
de mí tal como han hecho hasta ahora.
Una fulgurante imagen centelleó en el pensa miento de la princesa.
¿Os ha poseído el capitán de la guardia? preguntó Bella con timidez.
Oh, sí, por supuesto contestó. Pero no temáis. Anoche le vi y él también está absoluta
mente enamorado de vos. En lo que a príncipes se refiere, le gustan un poco más
robustos que yo, aunque de vez en cuando... sonrió.
¿Y tenéis que regresar al castillo? inquirió Bella.
No sé. La señora Lockley disfruta del favor de la reina ya que buena parte de la
guarnición de su majestad se aloja aquí. Mi señora podría que darse conmigo, creo yo,
si pagara el precio de mi compra. Soy de gran provecho para la posada. y cada vez que
me envían al establecimiento de cas tigos, los clientes pagan por presenciar mi peni
tencia. En el local se reúne siempre gente, toman café, hablan, las mujeres cosen... y
observan cómo zurran uno a uno a los esclavos. y aunque el servicio lo pagan los
dueños y las amas de los esclavos, los clientes pueden aportar, si lo desean, diez
peniques para presenciar otra buena tanda de azotes.
Casi siempre que voy, me zurran tres veces, y ese dinero se reparte entre el local y mi
señora. De modo que a estas alturas ya he recuperado con creces el precio pagado por
mí en la subasta, y podría doblarlo si la señora Lockley me quisiera con ella.
¡Oh, yo también tengo que hacer eso! su surró Bella. ¡Quizás haya sido demasiado obe
diente, demasiado pronto! torció la boca llena de inquietud.
No, no os preocupéis, eso no es cierto. Lo que debéis hacer es congraciaros con la
señora Lockley. Y eso no se consigue siendo desobediente sino con buenas muestras de
sumisión. Cuando acudáis al local de castigos, al que seguro iréis pronto porque nuestra
ama no tiene tiempo pa ra azotarnos a todos cada día como es debido, de béis ofrecer el
mejor espectáculo posible, por muy duro que sea. En cierta manera, ese lugar resulta
más duro que la plataforma pública.
Pero ¿por qué? Vi la plataforma giratoria y me pareció atroz.
El local para castigos es más íntimo, menos teatral explicó el príncipe. Siempre está
muy concurrido. En un repecho de poca altura situado en la pared de la izquierda se
alinean los esclavos, que esperan como yo he esperado esta mañana. Luego, en un
pequeño estrado que apenas sobresale un metro por encima del suelo, se encuentran el
encargado y su asistente, y las mesas de los clientes están pegadas al repecho y al
escenario. El público se ríe y habla entre sí, no hace ni caso de gran parte de lo que pasa,
y únicamente comenta algún hecho a la ligera.
»Pero si les gusta el esclavo, dejan de hablar y observan con atención. Se les puede ver
por el ra billo del ojo, con los codos apoyados sobre el borde del escenario, y luego se
oyen los gritos de "diez peniques" y vuelta a empezar. El encargado es un hombre
grande y tosco. En cuanto llega vuestro turno, sois arrojado directamente sobre su
rodilla. Lleva puesto un mandil de cuero y, an tes de empezar, os embadurna con grasa,
y lo cier to es que se agradece. los azotes escuecen más pero, por otro lado, la grasa
protege la piel, de veras. El mozo que le ayuda os sostiene la barbilla y espera el
momento de sacaros fuera del escenario.
Entre ellos intercambian comentarios y risas. El encargado me estruja siempre con
fuerza y me pregunta si estoy siendo buen chico. Lo hace del mismo modo en que le
hablaría a un perro, con idéntica voz. Luego me coge bruscamente del pelo e importuna
sin piedad mi pene, advirtiéndo me que mantenga bien levantadas las caderas para que
mi verga no se deshonre sobre su delantal.
»Recuerdo una mañana en la que un príncipe se corrió sobre el regazo del encargado. y
no he olvidado el castigo que se llevó. La zurra fue despiadada. Luego le hicieron andar
en cuclillas por toda la taberna, obligándole a tocar con la punta de su verga todas las botas que había en el local para pedir perdón, siempre con las manos detrás de la nuca. |