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Antiguo 04-10-2011 , 10:21:18   #165
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

En un arranque de suaves gritos apremiantes, intentó suplicar a la señora Lockley. Pero
en el momento en que vio el rostro de la mesonera, que le sonría, la voz de Bella se
extinguió en su garganta y se mordió el labio con fuerza al tiempo que miraba los
luminosos ojos negros que bailaban con un atisbo de risa.
¿No es verdad que a los soldados les gustan estos pechos? preguntó la señora Lockley
mien tras estiraba ambas manos para pellizcar los pezones de Bella con el índice y el
pulgar. ¡Contestadme!
Sí, señora se lamentó Bella. Su alma se estremeció ante la sensación de vulnerabilidad
que le provocaban esos dedos, y la carne que rodeaba sus pezones se arrugó formando
pequeños nudos.
Un agudo dolor la llevó a intentar cerrar las piernas, pero eso era del todo imposible.
Señora, por favor, nunca volveré...
¡Chist! la señora Lockley sujetó firme mente la boca de Bella con la mano, obligándola
a arquear la espalda, mientras sollozaba contra la palma de la mesonera. Oh, aún era
peor estando atada, pues no conseguía estar quieta. Pero se quedó mirando a la señora
Lockley con los ojos como platos e intentó asentir, aunque la mano aún la agarraba por
la boca.
Los esclavos no tienen voz dijo la señora, hasta que el amo o la señora soliciten oírla.
Entonces contestaréis con el debido respeto.
Soltó la boca de Bella.
Sí, señora respondió la princesa.
Los firmes dedos volvieron a sus pezones.
Como iba diciendo continuó la señora Lockley, a los soldados les gustan estos pechos.
¡Sí, señora! respondió Bella con voz trémula.
Y esta avarienta boquita bajó la mano y cerró con un pellizco los labios púbicos. El sexo
de la muchacha rebosaba tanta humedad que ésta goteó por sus labios produciéndole
una comezón.
Sí, señora repitió con voz entrecortada.
La señora Lockley sacó un cinto de cuero blanco y se lo mostró a Bella. Era como una
len gua que se extendía desde su mano. Sujetando fir memente desde arriba el pecho
izquierdo de Bella, apretujó la carne y la dejó caer pesadamente mientras la princesa
sentía que el calor se difundía por su seno. No podía estarse quieta. La humedad de su
entrepierna goteaba hasta la hendidura de sus nalgas. Su cuerpo estirado se ponía tenso
en un intento inútil de bloquearse.
Los dedos de la mesonera estiraban y menea ban el pezón izquierdo de la esclava.
Luego la lengua blanca del cinturón de cuero golpeó el pecho con una serie de azotes
sonoros.
¡Oh! jadeó Bella en voz alta, incapaz de contenerse. La zurra que la gran mano del
capitán le había propinado en el pecho no era nada en comparación con esto. El deseo
de liberarse y taparse ambos senos era irresistible ya la vez impo sible. Sin embargo, su
pecho hervía de sensibili dad como nunca antes lo había hecho, y forzaba a Bella a
retorcer su cuerpo contra la madera sobre la que estaba tendida. La pequeña correa le
alcanzó aún con más fuerza el pezón y la carne abultada.
Bella estaba enloquecida cuando la señora Lockley centró su atención en el pecho
derecho, dejándolo caer y mortificándolo del mismo mo do. Los gritos de la princesa
eran cada vez más fuertes, el forcejeo más violento. El pezón estaba duro como una roca
bajo el aluvión de azotes.
Bella cerró la boca herméticamente, aunque hubiera gritado a pleno pulmón: «No, no
puedo soportarlo.» Los golpes se concentraban cada vez más seguidos. Todo el cuerpo
de la princesa se convirtió en sus pechos torturados, mientras los azotes avivaban su
deseo como si fuera la llama de una antorcha.
Bella volvía la cabeza de un lado a otro con tal impetuosidad que su cabello estaba
desparramado sobre su rostro. Pero la señora Lockley le retiró el pelo hacia atrás y se
inclinó para observar a Bella; la muchacha era incapaz de mirar a su ama.
¡Qué alborotada, y sin protección alguna! exclamó la mesonera sobándole el pecho dere
cho. La mujer volvió a levantarlo rápidamente para continuar zurrándolo. Bella soltó un
agudo y penetrante chillido pese a que apretaba los dientes con fuerza. Los dedos del
ama pellizcaban sus pezones, masajeaban su carne. La excltación avanza ba
estrepitosamente por todo su cuerpo y sus ca deras se iban hacia arriba con repentinas y
violentas convulsiones.

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