Bella apretó los dientes para no chillar «¡no!».
Cerró los ojos con fuerza otra vez. Cuando los volvió a abrir vio la cara con forma de
corazón que se hundía con rápidos movimientos para que la lengua continuara
lamiendo. La fuerza de la lengua arenosa empujaba el pezón adelante y atrás con una
sensación sumamente exquisita, aterra dora, que hacía gritar a Bella con más fuerza que
la que nunca había mostrado bajo la pala.
Pero la señora Lockley levantó de nuevo al gato. Bella se meneaba de un lado a otro y
apreta ba los dientes con más fuerza para impedir que surgiera el «no» que no debía
pronunciar. Sintió la piel y las orejas sedosas del gato entre sus piernas, y la lengua que
se lanzaba como un relámpago a su clítoris dilatado.
«Oh, por favor, no, no», gritó en el santuario de su mente pese a que el placer se
propagaba como un surtidor por todo su cuerpo mezclándo se con la aversión que le
inspiraba el pequeño felino peludo y su horroroso y estúpido festín. Las caderas de
Bella se congelaron en el aire, unos centímetros por encima de la madera, mientras la
boca y la nariz rodeadas de pelo se adentraban cada vez más en ella. Ya no sentía la
lengua en el clítoris, sólo el enloquecedor frotar de la cabeza contra él, y eso no era
suficiente, no era suficiente.
¡Oh, vaya monstruo!
Para total vergüenza y derrota, la propia Bella se esforzaba en apretar el pubis contra la
criatura, intentando acercarse al pequeño cráneo y conseguir que le acariciara el clítoris
con la presión más leve posible. Pero la lengua continuó bajando, la mió la base de la
vagina y luego la hendidura entre las nalgas. El sexo de Bella anheló inútilmente el
placer que se evaporaba para dejarla sumida en un tormento más agudo.
A Bella le rechinaban los dientes y sacudía la cabeza de un lado a otro a la vez que la
lengua del felino chupaba su vello púbico y tomaba lo que buscaba, ignorando por
completo el deseo que atormentaba a la princesa. Cuando ya pensaba que no podría
soportarlo más, que se volvería loca, el gato volvió a levantar se y se quedó mirando a la
muchacha desde los brazos de la señora Lockley, que sonreía con la misma dulzura que
el gato, esa impresión daba, por encima de la víctima.
¡Bruja!, pensó Bella, pero no se atrevió a ha blar. Cerró los ojos, con el sexo tembloroso
del deseo que se había acumulado en ella como nunca antes lo había hecho.
La mesonera soltó el gato, que se alejó y desa pareció de su vista. Bella notó que sus
muñecas eran liberadas de las correas así como sus tobillos. Se quedó tendida,
estremecida, haciendo aco pio de toda su voluntad para resistir el deseo de cerrar las
piernas, de darse la vuelta sobre la made ra y acariciar sus pechos con una mano
mientras con la otra tocaba su ardiente sexo para provocar una orgía de placer íntimo.
No habría tanta clemencia para ella.
Poneos a cuatro patas ordenó la señora Lockley. Creo que por fin estáis preparada para
la pala.
Bella bajó como pudo al suelo.
Todavía confusa, se dio media vuelta y se apresuró a seguir las pequeñas botas de la
mujer que ya salían de la cocina con un resonante taco neo.
El movimiento de las piernas de Bella al arras trarse por el suelo sólo servía para
intensificar el ansia que padecía.
Cuando llegaron al mostrador de la sala prin cipal del mesón, se encaramó a él sólo con
oír el chasqueo de los dedos de la señora Lockley.
En la plaza, la gente iba y venía, y charlaba al borde del pozo. Llegaron las muchachas
que ayu daban en el mesón, saludaron jovialmente a la se ñora Lockley y pasaron a la
cocina.
Bella temblaba tumbada boca abajo sobre el mostrador. Sus grititos parecían
tartamudeos. Su barbilla estaba apoyada en la madera y su trasero esperaba la pala.
¿Recordaréis que os dije que para el desayuno tendríais las nalgas asadas? preguntó la
señora Lockley con aquella voz fría y carente de tono.
¡Sí, ama! respondió Bella entre sollozos.
No quiero que me respondáis ahora. ¡Sólo que contestéis con la cabeza!
Bella asintió con furor, pese a tener la cabeza pegada a la madera.
Sus pechos escocidos eran puro calor contra la
madera, y su sexo goteaba. La tensión era ina guantable.
Estáis bien condimentada por vuestros pro pios jugos, ¿verdad que sí? preguntó la
mesonera.
Bella soltó un sonoro gemido quejumbroso, ya que no sabía cómo responder.
La señora Lockley sobó con energía sus nalgas, dejándolas caer pesadamente como
había he cho anteriormente con los pechos.
Entonces llegaron los fuertes azotes de castigo. Bella botaba, culebreaba y gritaba con
los dientes apretados como si nunca hubiera sabido lo que era la resistencia, la dignidad.