Las plantas de mis pies reposaban sobre el suelo encerado, lo que me permitía descansar
el peso de mi cuerpo sobre ellos y reclinarme contra el yeso de la pared. Si mi pene
durmiera, pensé, hubiera podido descansar.
Las doncellas iban y venían con sus escobas y fregasuelos, discutían sobre la cena, si
asar la carne de vaca con vino blanco o negro, y si añadir la cebolla entonces o más
tarde. No me prestaban atención excepto para tocarme suavemente al pa sar, mientras
seguían quitando el polvo con aspa vientos e iban de aquí para allá.
Yo sonreía al escuchar su cháchara. Pero cuan do empecé a amodorrarme, abrí los ojos
y al en contrarme con el encantador rostro y la figura de mi ama de cabello oscuro me
sobresalté.
Me tocó el pene y, al doblarlo hacia abajo, mi miembro cobró vida violentamente. La
señora te nía en las manos varios pesos pequeños de cuero negro con abrazaderas, como
los que yo había llevado el día anterior en los pezones, y, mientras las doncellas
continuaban hablando detrás de una puerta cerrada, me los aplicó a la piel colgante del
escroto. Di un respingo. No podía quedarme quieto, pues los pesos eran lo
suficientemente pe sados como para hacerme adquirir conciencia de cada centímetro de
la sensible carne y del más leve movimiento de mis testículos; y al parecer era ine
vitable que se movieran sin cesar. Siguió colocán domelos concienzudamente, punzando
la carne como el capitán había hecho antes con sus dedos.
Aunque yo me encogiera de dolor, ella no se in mutaba.
Luego colgó de la base de mi pene un pesado colgante, y cuando mi órgano se encorvó
con el peso sentí la frialdad del hierro contra mis testícu los. El contacto de esas cosas y
sus movimientos eran recordatorios insoportables de mis abultados órganos y su
degradante exposición.
La pequeña habitación se sumió en un am biente más mortecino, pareció empequeñecer.
La figura de mi ama apareció grande y amenazante ante mí. Apreté con fuerza los
dientes para no suplicar y evitar que algún grito mortificante saliera de mi garganta,
pero entonces volvió a invadirme la sensación de derrota y rogué silenciosamente, con
suspiros y suaves gemidos. Había sido un es túpido al pensar que me dejarían allí
asolas.
Los llevaréis puestos me dijo hasta que vuestro amo mande a buscaros. En el caso de
que el peso de vuestro pene se caiga, sólo puede existir un motivo: que vuestro miembro
se haya quedado flácido y haya soltado el grillete. En tal circunstancia, debéis saber que
vuestro pene recibirá una azotaina, Tristán.
Asentí al ver que ella se mantenía expectante, pero no fui capaz de encontrar su mirada.
¿Acaso necesitáis ahora esa azotaina? me preguntó.
No fui tan tonto como para contestar. Si res pondía que no, se reiría y lo tomaría como
una impertinencia. Si respondía que sí, estaba seguro de que ella se violentaría y yo me
llevaría una bue na paliza.
Pero la señora ya había levantado una peque ña y delicada correa blanca que sacó de
debajo de su delantal azul oscuro. Yo solté una serie de suspiros entrecortados pero ella
me azotó el pene desde uno y otro lado, provocando en mí descar gas de dolor que se
propagaban por toda mi pel vis, mientras las caderas se levantaban en direc ción a ella.
Todos aquellos pesos pequeños tiraban de mí, como dedos que estiraran mi pene y mi
piel. Mi miembro mostraba un color rojo púrpu ra, y sobresalía directamente hacia
delante, como el asta de una bandera.
Esto no es más que un ejemplo dijo.
Cada vez que piséis esta casa, debéis estar correctamente arreglado.
De nuevo asentí con un gesto. Incliné la cabeza y sentí mis lágrimas en las comisuras de
los ojos. Ella me peinó con cuidado y delicadeza, me arregló los rizos con esmero por
detrás de las ore jas y los retiró de mi frente.
Tengo que decir susurró que sois con diferencia el príncipe más hermoso del pueblo. Os
advierto, jovencito, corréis el peligro de que os compren definitivamente. Pero no sé qué
podéis hacer para evitarlo. Si os portáis mal, el pueblo será aún más necesario para
enmendaros... y sacudir vuestras preciosas caderas de ese modo tan su miso y
encantador sólo os servirá para resultar más seductor. Posiblemente ya no hay esperanza
para vos. Nicolás es suficientemente rico para compraros por tres años, si así lo desea.
Me encan taría ver los músculos de esas pantorrillas después de tres años de tirar de mi
carruaje, o después de los paseítos de Nicolás por el pueblo.