Así es como hay que castigar a una niña ma la le dijo la mesonera.
Sí, señora corroboró Bella de inmediato con un sollozo.
Gracias a Dios los dedos se retiraron. Bella sintió sus pechos enormes, pesados, un
derroche de dolor caliente y colosales sensaciones. Sus sollozos graves y roncos no
salían de su garganta.
Aunque sí soltó un quejido cuando se percató de lo que le esperaba. Notó los dedos de
la señora Lockley entre las piernas, que le separaban los la bios púbicos pese a sus
vanos esfuerzos por evitarlo. La princesa trataba de cerrar las piernas, golpeaba
ruidosamente la madera con los talones y únicamente conseguía que las correas de
cuero le cortaran la carne del empeine. Una vez más, perdió todo control y forcejeó
violentamente en vuelta en un torrente de lágrimas. Pero entonces la correa que la
flagelaba pasó a azotar su clítoris.
Bella volvió a chillar ante la intensidad abrasadora de aquella mezcla de placer y dolor,
mientras su clítoris parecía endurecerse como nunca antes, sin que la señora Lockley
quisiera soltarlo.
Bella sentía la hinchazón de los labios, la hu medad que rezumaba a chorros y los azotes
que sonaban cada vez más húmedos. Su cabeza giraba frenéticamente de un lado a otro
sobre la madera.
Lloraba cada vez con más fuerza mientras sus ca deras se agitaban hacia arriba para
encontrar la co rrea y todo su sexo estallaba por dentro en una explosión de fuego
interior.
La correa se detuvo. Pero eso fue todavía peor, sentir el calor que ascendía, aquel
hormigueo que era como una comezón, que de alguna manera de bía encontrar la divina
fricción. Bella respiraba entrecortadamente, con jadeos cortos e implorantes que seguían
el compás de sus gemidos. A tra vés de las lágrimas vio a la señora Lockley obser
vándola.
Entonces, ¿sois mi esclava impertinente? le preguntó.
Vuestra devota esclava respondió Bella atragantada por los sollozos, señora. Vuestra
devota esclava y se mordió el labio haciendo una mueca, suplicando haber dado la
respuesta correcta.
Sus pechos y su sexo hervían de calor. Oyó los golpes de sus propias caderas contra la
madera, aunque no era consciente de que las estaba mo viendo. A través de sus lágrimas
vio los bonitos ojos negros de su ama, el pelo oscuro con la capri chosa trenza que
adornaba la coronilla de su cabeza y los pechos que se henchían con sumo encanto bajo
la blusa de lino blanca como la nieve. Pero la señora sujetaba algo entre las manos. ¿De
qué se trataba? Lo que fuera se estaba moviendo.
Bella distinguió un bonito y gran gato que la observaba con azules ojos almendrados,
con esa mirada amplia e inquisitiva que tienen los felinos, mientras la lengua rosa se
chupaba la negra nariz en un rápido gesto.
Una oleada de la más absoluta vergüenza se apoderó de Bella. Se retorció sobre la
madera como una indefensa y sufrida criatura, sintiéndose incluso inferior a aquella
pequeña bestia orgullo sa y desdeñosa que la escudriñaba con ojos centelleantes desde
los brazos de la mesonera. Pero la señora se había agachado, aparentemente para coger
algo.
Bella vio que volvía a incorporarse con una cantidad de espesa crema amarilla entre los
dedos. La mesonera untó la crema en los pezones palpi tantes de Bella y luego le mojó
ligeramente la en trepierna hasta que goteó y se escurrió en pequeñas cantidades hacia la
vagina.
Es sólo mantequilla, cariño mío, mantequi lla fresca le dijo la mesonera. Nada de un
güentos perfumados. y de pronto dejó caer el gato a cuatro patas sobre el tierno vientre
y el pecho de Bella, que sintió las suaves patas almohadi lladas del felino moviéndose
por su pecho con una rapidez enloquecedora.
Bella se revolvió, tiró de las correas, pero la pequeña bestia había hundido la cabeza y
devoraba su pezón con la áspera y pequeña lengua are nosa, consumiendo la
mantequilla que lo cubría. Algún temor muy profundo, desconocido hasta entonces para
ella, se reveló provocando forcejeos más descontrolados.
Entretanto, el pequeño monstruo indiferente, con su primorosa cara blanca, continuaba
co miendo. El pezón de la princesa explotaba bajo los lametazos del gato. Todo el
cuerpo de Bella se puso tenso, levantándose de la madera y volvien do a caer con golpes
sordos, rítmicamente.
La señora Lockley alzó a la criatura para trasladarla al pecho derecho. Bella tiró con
todas sus fuerzas de las correas, mientras sus sollozos surgían temblorosos, las pequeñas
patas traseras se hundían suavemente en su vientre y el pelo suave del estómago del
gato la rozaba mientras la lengua volvía a lamer ya limpiar completamente el pe zón.