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Discusiones Generales » A veces, cuando en alta nocheParticipa en el tema A veces, cuando en alta noche en el foro Discusiones Generales. |
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| | #11 | |
| Staff Retirado Con Honores |
-II- La voz se desvanecía, dentro de sí la calma caía como una hoja en un lago, su espíritu estaba aplacado, pero era necesario entender lo que la voz como un canto decían. Haciendo un esfuerzo, lo único que recordaba era “Una pálida estrella solitaria”. Y esa pálida estrella se parecía a la mujer del paradero, la quería volver a ver, inmutable, afrontada a los ditirambos que la invadían, transfigurada a su vez en la realidad común que lo incumbía. Encontró en esa mujer anónima inspiración para caminar las calles nuevamente, imagen de su vida sin ventura, espectro aparente, flor de perfume y oro sin causa, espíritu que paz le podría dar. Pensaba también en aquella “voz” que lo estremecía, ¿de dónde venia? No podía crearla, ni forzarla, ni imitarla, llegaba autentica, enviada por la pasión y el renacer sigiloso de la sangre en los versos, alma bajo la tierra, oculta de la luz que penetrar en ella no alcanza. El hambre le iba pegando la piel a los huesos, la frase cada vez más difusa en su mente que repetía Una pálida estrella solitaria fue creciendo hasta convertirse en el coro que lo alivió como si empezase a necesitarlo, era él parte de ellas y era la mujer del paradero parte de su frenesí. Las voz riendo empezaró su canto: “¡Cuan horrible es vivir de la tristeza, agobiada la sien de pesadumbre, y no sentir jamás la dulcedumbre, que la fe sólo y la esperanza dan! ¡Cuan horrible es amar sin ser oído, que el suspiro entre lágrimas enviado no halle jamás el eco deseado que respondiendo, alivie nuestro afán!.” El hombre se abalanzó sobre las calles solitarias, ¿Qué voz me invade noche y día? -se preguntó, ¿es acaso el fantasma de la locura? Y como pretendiendohallar en la solitaria noche lo que ahuyentara su prudencia, desbocado por su cuerpo, el hombre viejo corría como un ser anónimo, cayéndose en las esquinas orinadas por los perros, buscando en todos los ojos el iris que lo sosegara, sujeto sin nombre al que no veían los demás. Reconoció paradójicamente su falta de cordura y deambuló en medio del olor a diesel, de las paredes rayadas e inconformes, de las cámaras colocadas en los postes de la luz que atravesaban las avenidas principales como torrentes sanguíneos de un animal siempre latente, vivo y lleno de soledad, de voces inexistentes por deseos no satisfechos en ningún cuerpo, como si los besos dejaran de importar por un cigarrillo o una cerveza. Él extrañaba esa mujer de la que no sabía nada y anhelaba que no hubiera muerto victima de la luna inclemente, se preocupaba demasiado por una sombra lánguida y triste que se volvía constantemente un recuerdo agotador, vivido y olvidado. Era pensar en un lugar para hallarla, pensar en donde dormir… “¡Cuan horrible es pensar que yo sucumba al peso irresistible del destino, y divertir con mi clamor continuo el capricho o virtud de una mujer! ¡Cuan horrible es contar mis tristes horas por las horas acerbas de mis penas, y sentir la ponzoña entre mis venas sin probar nunca el cáliz del placer!” Última edición por -Damphir-; 31-07-2009 a las 18:32:45 | |
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| | #1.5 |
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| | #12 |
| Staff Retirado Con Honores | -III- La voz ya aparecía como una situación cotidiana, podía recordar frases más largas, ¿qué era eso que en versos lo envolvía?, el capricho o virtud de una mujer el viejo se repetía, pero no había nada más que la ciudad perdida en una esquina solitaria, a mitad de la madrugada fría y turbulenta donde se suponía ella algún día con él se encontraría. Los días se iban lentos y constantes, el tiempo se los tragaba ausentes de aquí para allá, borrando palabras en distantes brazos, pasos perdidos de huellas en el asfalto. Aquel hombre viejo había olvidado su nombre, no representaba nada para él, carga dejada al lado como un traste inservible, sentimiento profundo a pesar de los eventos, lagrima gorda descendiendo hacia el suelo brillando en resplandor. Cercana ya la noche y pobladas las avenidas de faroles blancos y amarillos, un olor particular envolvió el cansado cuerpo del viejo impregnándolo todo de el, neblina de gustoso almíbar que dejo en él un rastro maravilloso de ambrosia, saciando su hambre con alucinaciones que sabían a cerveza negra fría como la noche hinojosa que en los huesos se le metía. El viejo miró hacia arriba y encontró un gastado techo de pasta, la misma estructura rutilante de hace unos meses, sospechó que estaba en el paradero donde por vez primera la había visto, sintió de repente que el brazo derecho se le encalambraba, sus músculos se contraían y la voz risueña se acercaba dulce a sus oídos… “Y con la mano trémula apártame, sustrajo a mi cabeza su regazo, huyendo de mi amor y de mi abrazo y de su propia tímida pasión. Y yo la vi de lejos reclinada, puesta la mano trémula en la frente, De un caduco deber llena la mente, y del amor presente el corazón.” El hombre sentado en el paradero gris y frío se había aferrado a las barandas esperando el momento para irse, ya la niebla desaparecía y la madrugada de un nuevo día, era el latir de la naturaleza preparaba para recibir el sol que no saldría. Fue entonces cuando ella apareció. Envuelta en la gabardina negra, con las manos metidas en los bolsillos se sentó junto a él mirando hacia el frente, los zapatos eran vivamente rojos, toda ella una aparición divina, belleza increíble que sobre la faz de la tierra pudiera andar. Se había quedado sin habla, la luna tragada por las nubes grises precipitaba la lluvia sobre la calle solitaria, no pasaba nada ni nadie, sólo estaba ella impávida sonriendo con cada gota que se estrellaba sobre el techo y era ella, y él no lo podía comprender, ¿Qué decirle? Meses esperando ese momento y ahora las palabras estaban colgadas del cielo opacado por la lluvia, el hombre viejo se miraba las manos, la miraba a ella, no se decidía, ella era la luz que guiar el camino podría, era su esperanza perdida desde tiempo inmemorable. Pero la voz sonora presagiando en do cantaba… “Pero sus ojos tímidos me veían sin osarme mirar: húmeda estaba su faz, donde la lagrima brillaba como el rocío en nacarada flor. Ahora arrepentida se mostraba de haberme rechazado: ora tendía la palma, y ordenarme parecía que respetase, amando, su pudor” La voz eran parte de su vida, las convulsiones habían desaparecido y el hastío de no saber que hacer lo levantó de la banca para acercarse a ella. Enredada en los trinos del vaho silente, su mirada estaba fija en cualquier parte, a lo lejos, bordeando el horizonte de donde venia y hacía donde se dirigía en larga procesión hasta la muerte. El hombre viejo no supo como presentarse, así que le dijo –hola soy cualquiera, hace tiempo era alguien, esperaba éste momento para no languidecer en el intento de recobrar la esperanza de vivir como melancólico en el silencio de una noche perdida y jamás recuperada. Entonces ella lo miró y él sintió que el corazón se le iba a salir de golpe por la boca pero aguantó hasta que ella empezó a hablar y le dijo –vagabundo me gusta tu barba blanca y sucia de días pasados, ven a mi regazo haz caso de las voces que te invaden y no te dejan dormir, acompáñame aquí cerquita que el frío de la lluvia y el viento me hela las orejas, se me mojan las medias y se me olvidó quién era. El vagabundo pensó en cómo ella sabia lo de las voces mudas. Se lo preguntó y ella dijo que también las escuchaba y él sintió como una carga se le caía de los hombros, se acercó a ella y sin pensarlo cruzó su brazo sobre el cuello de esa mujer que lo recibía sin predicar mucho. Se acomodaron en la banca larga del paradero mientras ella metía los dedos en la barba y la enroscaba minuciosamente. Al viejo le daban cosquillas, le gustaba ser tocado por alguien, especialmente por esa mujer que le había devuelto el habla en tan cruenta hora de la vida, cuando ya decae el ímpetu de sostener la rutina de los días, con la dignidad que sólo los fantasmas tienen para aparecer y marcharse en sonrisas irónicas. Ella llenaba el espacio, su rostro níveo estaba encendido por una mágica fuerza, jamás sus ojos mortales podrían observar una mujer igual, no era tan sólo una mujer, otra como ella no podría haber… “Mas préndame a sus labios deliciosos, como de abejas al dorado enjambre De virgen flor oscilante estambre que blando mueve el céfiro al pasar. Ay! Donde la vida hallar creía, cual colibrí la miel en la azucena, Sólo hallé en la copa de ponzoña llena que vino mi existencia a envenenar” |
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| | #13 |
| Staff Retirado Con Honores | -IV- Y ahí, en medio del paradero, un hombre viejo con la felicidad irradiada por todo su cuerpo, se aferraba a una figura escondida en medio de una negra gabardina. Ella rodeó con sus brazos la cansada figura de aquel minotauro vencido, y besando su cuello le dijo dulcemente al oído con una voz que anteriormente ya había escuchado: – la calle es larga y triste vagabundo, ningún dios la ha creado y a nadie pertenece pequeño bufón de los días en el mundo no te afanes que ya vienen las horas por cada uno de nosotros y el viejo mirándola pensó en años pasados, en como se parecía esa figura a otra que con antelación y locura también con frenesí había amado. Entonces el viejo dijo en voz alta que le parecía que estaba en un sueño, que ella era irreal y sin cavilarlo merecía todos los adjetivos que de la belleza inefable pudieran surgir. Y ella le dijo -tal vez estas en un sueño querido vagabundo. El viejo reaccionó de estremecimiento, se le retorció el estomago y sintió profanado el amor que surgía de un vientre solitario, pero ella seguía ahí, no se había desvanecido en medio del vapor que la lluvia producía, su voz le hablaba, y era esa la voz que aparecía en la penumbra de los días como un coro dulce, eran sus silabas la representación de la naturaleza, como notas desde su hipotálamo hasta la neurona más lejana de sí, ella se presentaba como el coro, alivio y sosiego, ansia y desdicha, deseo y rechazo, era tan dual que no lo comprendía y no necesitaba de ello, era como si ya no reconociera la realidad que ante sus ojos se cruzaba, transfigurando su masa, fundiéndose como amalgama firme a ella y su regazo. Tan sólo un pequeño instante y no podía hacer nada por liberarse de su encanto, de ese todo-tan-sin-tu de esa nada-repleta-de-yo, de la emoción de sus labios, de un beso. Esa mujer llenaba la orilla incandescente de días repletos de energías malgastadas, ella era eso sin nombre, la palabra que falta para completar la frase rota, el olor del sudor entre Afrodita y Eros, mujer inigualable como su nariz dulce bordeada por la órbita de sus ojos y sus orejas arropadas en el caudal negro de su cabello, que como Saturno, el tiempo en silencio se tragaba y no devolvía ni en los más angustiosos sueños. Tras el beso y el meditar descuidado de sus palabras, el vagabundo cayó rendido sobre la banca extasiado, anhelando encontrar como siempre en ella algo más, ese algo-de-por-ahí que le daba vida como el alimento, la sonrisa colmada de vivo pero no me jodan que yo también dejo vivir, la conciencia inagotable de quien es simple como ella la de siempre y ya. Pero ella no estaba en la banca del paradero, era una estela de un sin nombre lejano cercano a la palabra olvido, se había marchado como el relente de la mañana que se apoderaba de las estructuras metálicas. Al cabo de unas horas el hombre viejo despertó sobresaltado, anhelante y cada vez más vacío, la voz que venia era la de ella pero ella no estaba, confundido como la primera vez, lo único para él fue escuchar el lamento de su alma con voz de impensable dama… “Róbaseme la dicha que tenía, róbaseme mi paz y mi sosiego, Y en mi tirana te erigiste luego, y yo te amo y siempre te amaré. Más no cual tú, que tienes quien te admire, Quien te prodigue incienso prosternado; Yo sólo tengo un corazón llagado, sólo amar sé y amando moriré” |
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| | #14 |
| Staff Retirado Con Honores | -v- El vagabundo estaba desnudo, asaltado como antes por su nebuloso recuerdo, no estaba a su lado y sin ella, la cándida armonía de sus labios danzando retozantes sobre los suyos, era una mentira oculta tras una esquina, la noche eterna detenida entre el tiempo de los sueños y el de los placeres se había ido, dueña de los cuerpos, sin despertar, sin prisa, tenía las medias mojadas y los gritos silenciosos de los sueños juntos en uno sólo. No había cuerpos, labios, pechos sin goce ni descanso, sin fin, llenos de instantes, demarcados por el deambular de la luna sobre su órbita, noche de sueños y de placer interminable. Lejos ella ya, quien sabe donde, todas las palabras atoradas en la garganta que no pudieron por él ser dichas se atrancaron en desorden obstruyéndole la respiración. El vagabundo se golpeó el pecho fuertemente, retumbaba como un eco entre sus vértebras, preso por la angustia de no respirar, moriría como un pez fuera del agua, abriendo y cerrando la boca hasta que se le paralizara el organismo por ausencia de oxigeno en el cerebro. El viejo se metió casi toda la mano izquierda en la garganta ansioso por arrancarse los versos y mandarlos con el viento hasta sus oídos, pero todo lo que salio fue aire comprimido de melancolía y la voz briosa declamando hipostasiada el vaticinio lejano de un espíritu quebrado… “Pero ay! Que si el cielo no ha querido de perfección hacer conmigo alarde, No por eso, mujer, soy yo cobarde, yo tengo honor aunque pujanza no… Si, tengo honor, el sentimiento excelso que asegura del alma poderío, Y un alma bulle aquí en el pecho mío, que digno de adorarte Dios creó” En la memoria contínua del vagabundo como una sombra hacia su destino, la calle pronunciaba un nombre sin nombre, la soledad cubría su cuerpo como un abrigo, percibía la orilla como un vacío y los árboles de pie en musgo y ramas sonreían despidiéndose, tierra colgada de un paisaje invisible borrado del idioma titubeante y retraído. Acostado sobre la banca del paradero, inerme, el vagabundo extrañaba el aroma concreto de la esencia de aquella mujer innombrable, su esencia en almizcle de roble y samán. El céfiro movía las hojas tiradas en el suelo como una fotografía vaga, anticipando lo que seria el fin de sus días, historia compartida de los seres humanos, penumbra en la que moran las horas por ella llenas, materia única ubicada al devenir de los jadeos continuos, el vagabundo sólo pensaba en verla llegar. Sabía que maravilla así no pasaría, descubierto en la orilla del universo crepuscular sin ser él mismo sonreía, gastándose bajo la luz que antes en felicidad junto a ella lo bañaba. Entonces, cuando las olas de la lluvia se habían batido como las alas de los pájaros y la creciente sensación de la muerte se acomodaba con sentido, la mano que escribe se detuvo como sus pulmones agotados sin aliento, sin motivo, aferrados junto al viento, ausentes del momento, idos en el eco de las sirenas que sin misterio, levantaban una vez más el cuerpo de un NN muerto. |
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| | #15 | |
| Staff Retirado Con Honores |
Isn't it a lovely day, Mr. Bukowski ..... | |
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| | #16 | |
| Staff Retirado Con Honores |
"El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él. El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos, y se extendía bajo el firmamento en todas direcciones en una distancia de tal vez varios parsecs. Blanco, cegador, reseco, desprovisto de cualquier rasgo distintivo salvo por la tenue silueta brumosa de las montañas recortadas en el horizonte y por la hierba del diablo, que producía dulces sueños, pesadillas y muerte. Alguna que otra lápida señalaba el camino, pues el borroso sendero que serpenteaba sobre la gruesa corteza alcalina otrora había sido una pista recorrida por diligencias. Desde entonces, el mundo había avanzado. El mundo se había vaciado." | |
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| | #17 | |
| Staff Retirado Con Honores |
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| alta, noche, veces |
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