| Staff Retirado Con Honores Denunciante Dorado
| Vagabundo V -v- El vagabundo estaba desnudo, asaltado como antes por su nebuloso recuerdo, no estaba a su lado y sin ella, la cándida armonía de sus labios danzando retozantes sobre los suyos, era una mentira oculta tras una esquina, la noche eterna detenida entre el tiempo de los sueños y el de los placeres se había ido, dueña de los cuerpos, sin despertar, sin prisa, tenía las medias mojadas y los gritos silenciosos de los sueños juntos en uno sólo. No había cuerpos, labios, pechos sin goce ni descanso, sin fin, llenos de instantes, demarcados por el deambular de la luna sobre su órbita, noche de sueños y de placer interminable. Lejos ella ya, quien sabe donde, todas las palabras atoradas en la garganta que no pudieron por él ser dichas se atrancaron en desorden obstruyéndole la respiración. El vagabundo se golpeó el pecho fuertemente, retumbaba como un eco entre sus vértebras, preso por la angustia de no respirar, moriría como un pez fuera del agua, abriendo y cerrando la boca hasta que se le paralizara el organismo por ausencia de oxigeno en el cerebro. El viejo se metió casi toda la mano izquierda en la garganta ansioso por arrancarse los versos y mandarlos con el viento hasta sus oídos, pero todo lo que salio fue aire comprimido de melancolía y la voz briosa declamando hipostasiada el vaticinio lejano de un espíritu quebrado… “Pero ay! Que si el cielo no ha querido de perfección hacer conmigo alarde, No por eso, mujer, soy yo cobarde, yo tengo honor aunque pujanza no… Si, tengo honor, el sentimiento excelso que asegura del alma poderío, Y un alma bulle aquí en el pecho mío, que digno de adorarte Dios creó” En la memoria contínua del vagabundo como una sombra hacia su destino, la calle pronunciaba un nombre sin nombre, la soledad cubría su cuerpo como un abrigo, percibía la orilla como un vacío y los árboles de pie en musgo y ramas sonreían despidiéndose, tierra colgada de un paisaje invisible borrado del idioma titubeante y retraído. Acostado sobre la banca del paradero, inerme, el vagabundo extrañaba el aroma concreto de la esencia de aquella mujer innombrable, su esencia en almizcle de roble y samán. El céfiro movía las hojas tiradas en el suelo como una fotografía vaga, anticipando lo que seria el fin de sus días, historia compartida de los seres humanos, penumbra en la que moran las horas por ella llenas, materia única ubicada al devenir de los jadeos continuos, el vagabundo sólo pensaba en verla llegar. Sabía que maravilla así no pasaría, descubierto en la orilla del universo crepuscular sin ser él mismo sonreía, gastándose bajo la luz que antes en felicidad junto a ella lo bañaba. Entonces, cuando las olas de la lluvia se habían batido como las alas de los pájaros y la creciente sensación de la muerte se acomodaba con sentido, la mano que escribe se detuvo como sus pulmones agotados sin aliento, sin motivo, aferrados junto al viento, ausentes del momento, idos en el eco de las sirenas que sin misterio, levantaban una vez más el cuerpo de un NN muerto. |