| Staff Retirado Con Honores Denunciante Dorado
| Vagabundo III -III- La voz ya aparecía como una situación cotidiana, podía recordar frases más largas, ¿qué era eso que en versos lo envolvía?, el capricho o virtud de una mujer el viejo se repetía, pero no había nada más que la ciudad perdida en una esquina solitaria, a mitad de la madrugada fría y turbulenta donde se suponía ella algún día con él se encontraría. Los días se iban lentos y constantes, el tiempo se los tragaba ausentes de aquí para allá, borrando palabras en distantes brazos, pasos perdidos de huellas en el asfalto. Aquel hombre viejo había olvidado su nombre, no representaba nada para él, carga dejada al lado como un traste inservible, sentimiento profundo a pesar de los eventos, lagrima gorda descendiendo hacia el suelo brillando en resplandor. Cercana ya la noche y pobladas las avenidas de faroles blancos y amarillos, un olor particular envolvió el cansado cuerpo del viejo impregnándolo todo de el, neblina de gustoso almíbar que dejo en él un rastro maravilloso de ambrosia, saciando su hambre con alucinaciones que sabían a cerveza negra fría como la noche hinojosa que en los huesos se le metía. El viejo miró hacia arriba y encontró un gastado techo de pasta, la misma estructura rutilante de hace unos meses, sospechó que estaba en el paradero donde por vez primera la había visto, sintió de repente que el brazo derecho se le encalambraba, sus músculos se contraían y la voz risueña se acercaba dulce a sus oídos… “Y con la mano trémula apártame, sustrajo a mi cabeza su regazo, huyendo de mi amor y de mi abrazo y de su propia tímida pasión. Y yo la vi de lejos reclinada, puesta la mano trémula en la frente, De un caduco deber llena la mente, y del amor presente el corazón.” El hombre sentado en el paradero gris y frío se había aferrado a las barandas esperando el momento para irse, ya la niebla desaparecía y la madrugada de un nuevo día, era el latir de la naturaleza preparaba para recibir el sol que no saldría. Fue entonces cuando ella apareció. Envuelta en la gabardina negra, con las manos metidas en los bolsillos se sentó junto a él mirando hacia el frente, los zapatos eran vivamente rojos, toda ella una aparición divina, belleza increíble que sobre la faz de la tierra pudiera andar. Se había quedado sin habla, la luna tragada por las nubes grises precipitaba la lluvia sobre la calle solitaria, no pasaba nada ni nadie, sólo estaba ella impávida sonriendo con cada gota que se estrellaba sobre el techo y era ella, y él no lo podía comprender, ¿Qué decirle? Meses esperando ese momento y ahora las palabras estaban colgadas del cielo opacado por la lluvia, el hombre viejo se miraba las manos, la miraba a ella, no se decidía, ella era la luz que guiar el camino podría, era su esperanza perdida desde tiempo inmemorable. Pero la voz sonora presagiando en do cantaba… “Pero sus ojos tímidos me veían sin osarme mirar: húmeda estaba su faz, donde la lagrima brillaba como el rocío en nacarada flor. Ahora arrepentida se mostraba de haberme rechazado: ora tendía la palma, y ordenarme parecía que respetase, amando, su pudor” La voz eran parte de su vida, las convulsiones habían desaparecido y el hastío de no saber que hacer lo levantó de la banca para acercarse a ella. Enredada en los trinos del vaho silente, su mirada estaba fija en cualquier parte, a lo lejos, bordeando el horizonte de donde venia y hacía donde se dirigía en larga procesión hasta la muerte. El hombre viejo no supo como presentarse, así que le dijo –hola soy cualquiera, hace tiempo era alguien, esperaba éste momento para no languidecer en el intento de recobrar la esperanza de vivir como melancólico en el silencio de una noche perdida y jamás recuperada. Entonces ella lo miró y él sintió que el corazón se le iba a salir de golpe por la boca pero aguantó hasta que ella empezó a hablar y le dijo –vagabundo me gusta tu barba blanca y sucia de días pasados, ven a mi regazo haz caso de las voces que te invaden y no te dejan dormir, acompáñame aquí cerquita que el frío de la lluvia y el viento me hela las orejas, se me mojan las medias y se me olvidó quién era. El vagabundo pensó en cómo ella sabia lo de las voces mudas. Se lo preguntó y ella dijo que también las escuchaba y él sintió como una carga se le caía de los hombros, se acercó a ella y sin pensarlo cruzó su brazo sobre el cuello de esa mujer que lo recibía sin predicar mucho. Se acomodaron en la banca larga del paradero mientras ella metía los dedos en la barba y la enroscaba minuciosamente. Al viejo le daban cosquillas, le gustaba ser tocado por alguien, especialmente por esa mujer que le había devuelto el habla en tan cruenta hora de la vida, cuando ya decae el ímpetu de sostener la rutina de los días, con la dignidad que sólo los fantasmas tienen para aparecer y marcharse en sonrisas irónicas. Ella llenaba el espacio, su rostro níveo estaba encendido por una mágica fuerza, jamás sus ojos mortales podrían observar una mujer igual, no era tan sólo una mujer, otra como ella no podría haber… “Mas préndame a sus labios deliciosos, como de abejas al dorado enjambre De virgen flor oscilante estambre que blando mueve el céfiro al pasar. Ay! Donde la vida hallar creía, cual colibrí la miel en la azucena, Sólo hallé en la copa de ponzoña llena que vino mi existencia a envenenar” |