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Antiguo 31-07-2009 , 18:34:57   #13
-Damphir-
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Predeterminado Vagabundo IV

-IV-

Y ahí, en medio del paradero, un hombre viejo con la felicidad irradiada por todo su cuerpo, se aferraba a una figura escondida en medio de una negra gabardina. Ella rodeó con sus brazos la cansada figura de aquel minotauro vencido, y besando su cuello le dijo dulcemente al oído con una voz que anteriormente ya había escuchado: – la calle es larga y triste vagabundo, ningún dios la ha creado y a nadie pertenece pequeño bufón de los días en el mundo no te afanes que ya vienen las horas por cada uno de nosotros y el viejo mirándola pensó en años pasados, en como se parecía esa figura a otra que con antelación y locura también con frenesí había amado. Entonces el viejo dijo en voz alta que le parecía que estaba en un sueño, que ella era irreal y sin cavilarlo merecía todos los adjetivos que de la belleza inefable pudieran surgir. Y ella le dijo -tal vez estas en un sueño querido vagabundo. El viejo reaccionó de estremecimiento, se le retorció el estomago y sintió profanado el amor que surgía de un vientre solitario, pero ella seguía ahí, no se había desvanecido en medio del vapor que la lluvia producía, su voz le hablaba, y era esa la voz que aparecía en la penumbra de los días como un coro dulce, eran sus silabas la representación de la naturaleza, como notas desde su hipotálamo hasta la neurona más lejana de sí, ella se presentaba como el coro, alivio y sosiego, ansia y desdicha, deseo y rechazo, era tan dual que no lo comprendía y no necesitaba de ello, era como si ya no reconociera la realidad que ante sus ojos se cruzaba, transfigurando su masa, fundiéndose como amalgama firme a ella y su regazo. Tan sólo un pequeño instante y no podía hacer nada por liberarse de su encanto, de ese todo-tan-sin-tu de esa nada-repleta-de-yo, de la emoción de sus labios, de un beso. Esa mujer llenaba la orilla incandescente de días repletos de energías malgastadas, ella era eso sin nombre, la palabra que falta para completar la frase rota, el olor del sudor entre Afrodita y Eros, mujer inigualable como su nariz dulce bordeada por la órbita de sus ojos y sus orejas arropadas en el caudal negro de su cabello, que como Saturno, el tiempo en silencio se tragaba y no devolvía ni en los más angustiosos sueños.
Tras el beso y el meditar descuidado de sus palabras, el vagabundo cayó rendido sobre la banca extasiado, anhelando encontrar como siempre en ella algo más, ese algo-de-por-ahí que le daba vida como el alimento, la sonrisa colmada de vivo pero no me jodan que yo también dejo vivir, la conciencia inagotable de quien es simple como ella la de siempre y ya. Pero ella no estaba en la banca del paradero, era una estela de un sin nombre lejano cercano a la palabra olvido, se había marchado como el relente de la mañana que se apoderaba de las estructuras metálicas. Al cabo de unas horas el hombre viejo despertó sobresaltado, anhelante y cada vez más vacío, la voz que venia era la de ella pero ella no estaba, confundido como la primera vez, lo único para él fue escuchar el lamento de su alma con voz de impensable dama…


Róbaseme la dicha que tenía, róbaseme mi paz y mi sosiego,
Y en mi tirana te erigiste luego, y yo te amo y siempre te amaré.
Más no cual tú, que tienes quien te admire, Quien te prodigue incienso prosternado;
Yo sólo tengo un corazón llagado, sólo amar sé y amando moriré”

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