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El partido se pensaba también como un duelo de goleadores, un Fernando Torres que ha venido recuperando su forma tanto en el Chelsea como en la selección española, de la cantera del Atlético, querido y respetado por la afición, y un Falcao inmenso que ha respondido a los grandes retos en los momentos cruciales.
Para infortunio de Torres, Falcao picó primero y luego se convirtió en una pesadilla en los primeros 45 minutos. El "Niño", en cambio lució apagado, como su equipo, sin alma, sin nervio, un pálido reflejo de lo que se esperaba de él. El duelo lo gano "el tigre", pero a Torres no lo olvida la afición colchonera. Al final del partido fue ovacionado por las muchas alegrías que les proporcionó en el pasado.
El presente puede con la nostalgia
Falcao, beneficiado por el plan a la contra de Simeone, se impuso a un melancólico Fernando Torres
J. Q. Montecarlo 1 SEP 2012 - 00:32 CET
[IMG]Falcao celebra el tercer gol al Chelsea. / ERIC GAILLARD (REUTERS)[/IMG]
“Falcao solo hay uno y está con nosotros”, expresó orgulloso Migue Ángel Gil, dueño del Atlético, recalcando que su goleador no había cambiado de aires pese a que al final de temporada pasada se antojaba complicado. Mientras hablaba su expresidente, Fernando Torres lucía una media sonrisa, entre la decepción y la alegría de ver ganar al equipo en el que se formó y le lanzó al estrellato.
El presente se impuso a la nostalgia por aplastamiento. Falcao llenó la noche de Mónaco y Torres pululó por ella. A veces, cabizbajo, melancólico, a veces pura protesta por la impotencia de la tunda que recibió su equipo. El ruido y la emoción corrieron de parte del goleador colombiano, que volvió a ser capital en otra conquista europea del Atlético. Las diferencias entre uno y nueve otro se establecieron desde el principio. El protagonismo de Torres empezó y acabó en las recíprocas muestras de cariño con la que fue su afición. La omnipresencia de Falcao fue la culminación del plan ofensivo de Simeone. El Tigre se benefició de ese despliegue ofensivo que rememoró al mejor Atlético de toda la vida, a aquel que en los años 70 se hizo grande en el continente con el contragolpe como seña de identidad. Cada robo era una bala para su delantero. A cada salida flechada de su equipo, Falcao estuvo presto para culminarla. A su primera cita real con el gol llegó un poco forzado a un centro desde la izquierda y estrelló la pelota en el larguero. A la segunda ya no perdonó. Corrió a un pase filtrado de Adrián a la carrera y con la cabeza levantada picó la pelota cruzada para evitar a Cech y el intento desesperado de David Luiz de intentar sacar la pelota bajo la raya de gol.
El rostro de incredulidad de Torres, en el centro del campo, esperando para poner la pelota, describió su noche. Las veces que con más comodidad tocó el balón fue cuando sacó de centro. El resto del partido se lo pasó tratando de ganarle la espalda a Miranda y a Godín.
Si Falcao fue el gran beneficiado de la pizarra de Simeone, Torres fue el gran perjudicado. El planteamiento del técnico argentino cortó todas las vías de comunicación con él. Ni Mata ni Hazard pudieron lanzarle a la carrera. No hubo huella alguna de esas galopadas que hicieron de Torres uno de los mejores delanteros de Europa. Tanto Miranda como Godín le aprisionaron y no le dejaron recibir. Acabó desesperado por la anticipación de los dos centrales rojiblancos, y solo disparó una vez a puerta.
En el otro campo, las correrías de Falcao sí dejaron una estela de delantero imparable. Volvió a correr un contragolpe para culminarlo con una rosca a la escuadra. No habían pasado 20 minutos y ya había marcado diferencias abismales con Torres. Ya envalentonado, con ese punto de más que se apodera de los goleadores enrachados, estrelló un cabezazo al palo tras una pifia de Adrián cuando estaba solo ante Cech.
El colombiano culminó su noche histórica con un tercer gol (los tres con la zurda) que fue otro acompañamiento de manual de un contragolpe guiado por Arda Turan. Esta vez fue menos estético que en los dos primeros goles, pero igual de contundente. Con sus tres goles en 45 minutos, El Tigre igualó a Puskas, hasta ahora el único jugador que había conseguido tres goles en la primera parte de una final. “Soñaba con hacer esos tres goles en esta final”, decía Falcao ya envuelto con la bandera de Colombia. “Es una bestia, el mejor delantero centro del mundo”, le elogió entusiasmado Mario Suárez.
Radamel Falcao celebra uno de los goles logrados en la final. | Reuters
Ignacio Ruiz Escobar
Actualizado sábado 01/09/2012
Hay que echar la vista muy atrás para recordar una actuación tan memorable de un jugador en una final europea. Radamel Falcao García, colombiano de Santa Marta, dejó en evidencia a la defensa del actual campeón de Europa con una exhibición portentosa, digna de las mejores hazañas narradas jamás. En 45 minutos, hizo tres goles de fábula y remató dos veces al palo. Hoy por hoy, no hay discusión en catalogarle como el mejor delantero centro del mundo.
Falcao mantiene un idilio con las finales europeas en las que está implicado. En todas ellas ha sido el héroe, llevando a su equipo a conquistar la gloria continental. Hace un año, siendo el 'panzer' del Oporto, logró el único tanto de la final de la Europa League entre su entonces equipo y el Sporting de Braga. En la misma final de la siguiente temporada, ya de rojiblanco y ante el Athletic, martilleó a los bilbaínos con dos zarpazos de genio.
En su tercera presencia en una final tenía enfrente a un rival de enjundia, el todopoderoso Chelsea de Abramovich. Le dio igual. Avisó a los tres minutos con un balón al larguero y, tres minutos después, no perdonó. Desmarque, pausa ante Cech y toque sutil al balón, mimándolo, para ponerlo al palo contrario y evitar el despeje de David Luiz. No había hecho nada más que comenzar el espectáculo.
A los veinte minutos dinamitó el encuentro con un gol majestuoso. Controló en el área, miró la portería, disparó, superó la cabeza de David Luiz y la estirada de Cech, balón a la escuadra. Sin palabras. Su equipo elaboraba, él ejecutaba. Dos goles de clase suprema. Faltaba su gol pleno de potencia. Arda Turan se pausó esperando la llegada a su izquierda del '9', le entregó el cuero y el colombiano hizo el resto. Control orientado burlando a Ramires y disparo raso. Segundo hat-trick en cuatro días.
"Marcar tres goles en este partido no era imposible, muchas veces lo pensaba y gracias a Dios se me dio", comentó Radamel al finalizar el partido. Y es que el 'Tigre' llegaba a Mónaco con ganas de hacer sangre. En esta misma semana ya avisó de sus intenciones destrozando al Athletic en un Vicente Calderón entregado a su figura. Curiosamente, ninguno de los seis goles marcados han sido con su principal arma, ese portentoso remate de cabeza.
Las citadas finales en las que Falcao ha sido el indiscutible protagonista arrastran otro hecho anecdótico. En teoría, la pierna buena de Falcao a la hora de disparar a la derecha pero cualquiera lo diría viendo que, excepto el gol de cabeza al Braga, todos los ha logrado con la pierna zurda. Hecho que refleja a un jugador de una exquisita calidad técnica y un jugador inmerso entre los actuales colosos de este deporte.
Falcao tiene claro que es muy feliz en Madrid y es uno de los jugadores más implicados en el proyecto rojiblanco. A pesar de los rumores de traspaso que le han acompañado durante el verano, Radamel desea permanecer en un equipo donde es el más querido. "Hay que disfrutar de esta afición, que nos sigan acompañando a todas partes porque son muy importantes para nosotros", expresó el ariete. Desde luego, el colombiano promete seguir ofreciendo grandes tardes de gloria a la fiel parroquia rojiblanca.
Tres goles del colombiano en la primera mitad otorgan a los madrileños su cuarto título europeo en dos temporadas
Eduardo J. Castelao (Enviado especial) | Montecarlo
Actualizado viernes 31/08/2012
El Atlético es supercampeón de Europa. Por tantas y tantas cosas, claro está, pero sobre todo por Radamel Falcao. "Es una bestia, el mejor delantero centro del mundo", decía Mario Suárez justo al finalizar el partido y, aunque pueda sonar a exageración, amor de vestuario, tenía toda la razón. La definición representada en un futbolista capaz de finalizar frío, de celebrar caliente, de brillar con la zurda siendo diestro. Una maravilla, una barbaridad. En 45 minutos que pasarán a la historia colchonera, en un estadio Luis II de Mónaco, asombrado, boquiabierto, el colombiano marcó tres goles y estrelló dos balones al palo. Una de las mayores exhibiciones de un futbolista sobre un campo de fútbol. En 45 minutos el Atlético logró su cuarto título europeo en dos años, el quinto de su historia, y logró olvidarse del asombro inicial por la victoria, de esa pesimista tradición que le frenó al inicio y le desató al final.
En esos 45 minutos nació y murió el partido. Así lo quiso Falcao, dueño de un espacio, el área, donde los mortales se ahogan por falta de oxígeno, donde escasea la luz en el instante definitivo de definir. En ese espacio angustioso para casi todos enseña Radamel su precisión de cirujano, su mente despejada para buscar el hueco, por arriba de un portero en el suelo como en el primero, por arriba de un portero -enorme además- de pie como en el segundo, por debajo de las piernas de ese mismo portero como en el tercero, ya al borde del descanso, con el trofeo resuelto gracias a la grandeza de un animal futbolístico, uno de esos hombres que aparecen muy de vez en cuando y que el Atlético agradecerá eternamente haberlo tenido, dure el tiempo que dure.
Porque los esfuerzos del verano, encaminados a mantenerlo en la plantilla, hallaron ayer su razón de ser. Ayudado por manos externas, el Atlético lo situó el verano pasado como el fichaje más caro de su historia. Doce meses más tarde, tiene ante sí al quinto goleador europeo de su historia (15) igualado con Forlán y a tres de Agüero, al que le costó cinco cursos alcanzar sus números. Tiene ante sí el Atlético, su hinchada, a un tipo que ha firmado 42 goles en 53 partidos con esta camiseta, y que destrozó al Chelsea en cada aparición. No sería justo olvidar al resto del equipo y al banquillo, pero cuando una noche contempla un desparrame de fútbol como el de Falcao es de ley dejarle a él todos los honores.
Salió el Atlético más convencido, más suelto, con más facilidad en el toque, resuelto a jugar la final cómo y dónde quería jugarla, en su propio campo, donde esperaban todos para ir haciendo cada vez más grande la desesperación del Chelsea, plano, ficticio, mentiroso, y desde ahí tirar de velocidad y dejarle el resto a Falcao. A los tres minutos el colombiano ya había tirado al larguero e Ivanovic había cometido penalti sobre Koke.
La difícil posición de Torres
Destartalado, el equipo de Di Matteo comprobó la escasa utilidad de mezclar a gente como Mikel y Lampard, futbolistas de paso lento y pase horizontal, incapaces de mezclar con el talento de Mata o Hazard, dejando a Torres en una posición incomodísima, la del delantero que vive siempre en inferioridad, de espaldas a la portería y viendo cómo las cámaras se cebaban con él cada vez que Falcao profanaba la otra portería.
A los seis minutos, el dueño absoluto de la noche se topó por vez primera con la red después de picarle un balón precioso a Cech, que en ese momento no podía imaginar lo que se le venía encima. Porque Falcao, dicho está, culminó como los grandes un ejercicio colectivo impecable. Simeone, definitivamente también en el altar de los colchoneros para siempre, metió a Koke en el lugar de Rodríguez para ayudar a los dos mediocentros y tejer un lío en el centro del campo. El único liberado de cualquier tarea de ayuda era, cómo no, Falcao, cuestión que resultó muy evidente en distintas fases del partido. Al fin y al cabo, él está para hacer goles, y de eso no hay dudas.
Llegó el segundo en un recuerdo maravilloso de su primer gol ante el Athletic en Bucarest, parando el tiempo, levantando la cabeza, con el interior de la zurda, dulce el toque, precioso, divina parábola a la escuadra contraria. Seguía el Atlético nadando plácido en su superioridad, con las ideas más claras que nunca, brutal en el despliegue, y si no había robo, y si había superioridad, falta y al sitio. Un plan de entrenador, cuya mano se nota en todo menos en la resolución de las jugadas, donde su mano ya no llega, pero resulta que en este equipo da igual, eso es cosa de uno. Y llegó el tercero en otra contra, robar y salir, robar y salir de este Atlético de Simeone. La condujo Arda de campo a campo y se la entregó a quien sabía no le iba a fallar. Fue en ese instante cuando el mundo pareció pararse en las botas de Radamel Falcao. ¿La segunda parte? Bien, gracias.
De hecho el papá es colombiano, es el ex-futbolista Radamel García; le pusieron Falcao en honor a Paulo Roberto Falcao; destacado jugador brasilero de los 80s.
Como leí por ahí: Sin galácticos, sin shampoo, sin abdominales; Falcao se ha hecho de un nombre a punta de talento, humildad y pelotas.