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Respuesta: Las aventuras de Bella Pasamos por una calle estrecha en la que había esclavos de alquiler colgados de una una chimenea pulcramente limpia.pared, atados de pies y manos, con el reluciente vello púbico lu brificado y los precios marcados en el yeso que te nían encima. En una pequeña tienda, una costure ra desnuda ponía alfileres aun dobladillo, y en un pequeño espacio abierto un grupo de príncipes desnudos hacía girar una rueda. Por todas partes, príncipes y princesas se arrodillaban por igual con bandejas que ofrecían a la venta pasteles recién hechos, que sin duda procedían del horno de sus dueños o señoras. y recibían humildemente las monedas de los compradores en los cestillos que colgaban de sus bocas. La vida ordinaria del pueblo transcurría como si mi miseria no existiera, y continuaba sin tanta lamentación. Una pobre princesa encadenada a una pared forcejeaba mientras tres muchachas del pueblo la toqueteaban ociosamente, entre risas, e importu naban su pubis. Aunque no se apreciaba de ningún modo la fe rocidad teatral del lugar de castigo público de la noche anterior, la vida cotidiana del pueblo impo nía, era espeluznante. En la entrada de una casa, una rolliza matrona sentada en un taburete azotaba sonora y furiosamente con su amplia mano a un príncipe desnudo que estaba apoyado en su rodilla. Una princesa que sujetaba con ambas manos una jarra de agua sobre su cabeza esperaba sumisamente a que su amo insertara entre sus rojos labios púbicos un gran falo, con una traílla sujeta al extremo, por medio de la cual obligaba a la muchacha a que le siguiera. En ese momento nos encontrábamos en unas calles más tranquilas, donde habitaban hombres de posición y propietarios y, por lo tanto, pasábamos ante puertas resplandecientes con aldabas de bronce. Desde los altos puntales de hierro ubicados más arriba colgaban esclavos como si fueran motivos decorativos. Un silencio descendió sobre nosotros, y el ruido de las herraduras de los corceles que resonaba por las paredes destacó de modo más penetran te, así como mi gimoteo, que cada vez oía con más claridad. No podía imaginarme lo que me depararían los días siguientes. Todo parecía tan establecido, la población tan acostumbrada a nuestras quejas. Nuestra servidumbre sustentaba el lugar tanto como el alimento, la bebida y la luz del sol. Y yo sería conducido a través de todo aquello por una ola de deseo y entrega. Había regresado de nuevo a la vivienda de mi amo. Mi casa. Cruzamos la entrada principal, tan ornada como las que habíamos visto por el cami no, con grandes y costosas ventanas de vidrio em plomado, y doblamos por la pequeña calleja que llevaba a la calzada posterior de la casa, la que transcurría a lo largo de la muralla. Me despojaron de las correas y falos con gran celeridad, se llevaron a los corceles y yo me desplomé en el suelo, cubriendo de besos los pies de mi amo. Besé el empeine de las botas de suave cue ro, los tacones y los cordones. Mis sollozos agonizantes surgían cada vez con más emoción. ¿Qué era lo que rogaba? Sí, convertidme en vuestro abyecto esclavo, tened piedad. Pero tengo miedo, tengo miedo. En un momento de demencia absoluta deseé que me llevara de nuevo al lugar de castigo públi co. Hubiera corrido con todas mis fuerzas hasta la plataforma giratoria. Pero mi amo se limitó a dar media vuelta y en tró en la casa. Yo lo seguí a cuatro patas, lamiendo y besando sus botas mientras caminábamos, y continué tras él por el pasillo hasta que me dejó en la pequeña cocina. Los jóvenes criados me bañaron y me dieron de comer. En esta casa no había esclavos. Al parecer, yo era el único al que mantenían para el tormento. Tranquilamente, sin la menor explicación, me llevaron a un pequeño comedor. Con destreza y rapidez, me sostuvieron de pie contra una pared, me encadenaron formando una cruz con las pier nas y los brazos abiertos, y así me dejaron. La habitación estaba reluciente y ordenada. Desde mi posición podía verla por entero. Era una estancia de una pequeña casa de pueblo, pero de corada con un lujo como nunca había conocido en el castillo en el que nací y me crié, ni tampoco en el castillo de la reina. Las vigas del bajo techo estaban pintadas y decoradas con flores. Volví a experimentar lo mismo que la primera vez que entré en la casa, me sentí enorme y vergonzosamente des nudo en ella, un verdadero esclavo atado en medio de estantes de reluciente peltre, sillas de roble de alto respaldo y |
Respuesta: Las aventuras de Bella Las plantas de mis pies reposaban sobre el suelo encerado, lo que me permitía descansar carruaje, o después de los paseítos de Nicolás por el pueblo.el peso de mi cuerpo sobre ellos y reclinarme contra el yeso de la pared. Si mi pene durmiera, pensé, hubiera podido descansar. Las doncellas iban y venían con sus escobas y fregasuelos, discutían sobre la cena, si asar la carne de vaca con vino blanco o negro, y si añadir la cebolla entonces o más tarde. No me prestaban atención excepto para tocarme suavemente al pa sar, mientras seguían quitando el polvo con aspa vientos e iban de aquí para allá. Yo sonreía al escuchar su cháchara. Pero cuan do empecé a amodorrarme, abrí los ojos y al en contrarme con el encantador rostro y la figura de mi ama de cabello oscuro me sobresalté. Me tocó el pene y, al doblarlo hacia abajo, mi miembro cobró vida violentamente. La señora te nía en las manos varios pesos pequeños de cuero negro con abrazaderas, como los que yo había llevado el día anterior en los pezones, y, mientras las doncellas continuaban hablando detrás de una puerta cerrada, me los aplicó a la piel colgante del escroto. Di un respingo. No podía quedarme quieto, pues los pesos eran lo suficientemente pe sados como para hacerme adquirir conciencia de cada centímetro de la sensible carne y del más leve movimiento de mis testículos; y al parecer era ine vitable que se movieran sin cesar. Siguió colocán domelos concienzudamente, punzando la carne como el capitán había hecho antes con sus dedos. Aunque yo me encogiera de dolor, ella no se in mutaba. Luego colgó de la base de mi pene un pesado colgante, y cuando mi órgano se encorvó con el peso sentí la frialdad del hierro contra mis testícu los. El contacto de esas cosas y sus movimientos eran recordatorios insoportables de mis abultados órganos y su degradante exposición. La pequeña habitación se sumió en un am biente más mortecino, pareció empequeñecer. La figura de mi ama apareció grande y amenazante ante mí. Apreté con fuerza los dientes para no suplicar y evitar que algún grito mortificante saliera de mi garganta, pero entonces volvió a invadirme la sensación de derrota y rogué silenciosamente, con suspiros y suaves gemidos. Había sido un es túpido al pensar que me dejarían allí asolas. Los llevaréis puestos me dijo hasta que vuestro amo mande a buscaros. En el caso de que el peso de vuestro pene se caiga, sólo puede existir un motivo: que vuestro miembro se haya quedado flácido y haya soltado el grillete. En tal circunstancia, debéis saber que vuestro pene recibirá una azotaina, Tristán. Asentí al ver que ella se mantenía expectante, pero no fui capaz de encontrar su mirada. ¿Acaso necesitáis ahora esa azotaina? me preguntó. No fui tan tonto como para contestar. Si res pondía que no, se reiría y lo tomaría como una impertinencia. Si respondía que sí, estaba seguro de que ella se violentaría y yo me llevaría una bue na paliza. Pero la señora ya había levantado una peque ña y delicada correa blanca que sacó de debajo de su delantal azul oscuro. Yo solté una serie de suspiros entrecortados pero ella me azotó el pene desde uno y otro lado, provocando en mí descar gas de dolor que se propagaban por toda mi pel vis, mientras las caderas se levantaban en direc ción a ella. Todos aquellos pesos pequeños tiraban de mí, como dedos que estiraran mi pene y mi piel. Mi miembro mostraba un color rojo púrpu ra, y sobresalía directamente hacia delante, como el asta de una bandera. Esto no es más que un ejemplo dijo. Cada vez que piséis esta casa, debéis estar correctamente arreglado. De nuevo asentí con un gesto. Incliné la cabeza y sentí mis lágrimas en las comisuras de los ojos. Ella me peinó con cuidado y delicadeza, me arregló los rizos con esmero por detrás de las ore jas y los retiró de mi frente. Tengo que decir susurró que sois con diferencia el príncipe más hermoso del pueblo. Os advierto, jovencito, corréis el peligro de que os compren definitivamente. Pero no sé qué podéis hacer para evitarlo. Si os portáis mal, el pueblo será aún más necesario para enmendaros... y sacudir vuestras preciosas caderas de ese modo tan su miso y encantador sólo os servirá para resultar más seductor. Posiblemente ya no hay esperanza para vos. Nicolás es suficientemente rico para compraros por tres años, si así lo desea. Me encan taría ver los músculos de esas pantorrillas después de tres años de tirar de mi |
Respuesta: Las aventuras de Bella Yo había levantado la cabeza y observaba aquellos ojos azules. Seguro que ella podía la falda borgoña reluciente que pude atisbar entre las sombras tan sólo por un instante.detectar mi perplejidad. ¿Era posible que nos hicieran quedarnos aquí? Oh, él puede buscar alguna buena excusa para conservaros explicó. Que necesitáis la disciplina del pueblo, o quizá sólo baste con decir que por fin ha encontrado al esclavo que deseaba. No es un lord pero es el cronista de la reina. Yo sentía un ardor creciente en mi pecho, que palpitaba con la misma intensidad que el fuego que ardía lentamente en mi verga. Pero Stefan nunca... ¡Aunque quizá Nicolás gozara de más apoyo que Stefan! «Por fin ha encontrado al esclavo que deseaba.» Las palabras se estrellaban en el interior de mi cabeza. Mi señora me dejó a solas en la pequeña estan cia con mis vertiginosos y sugestivos pensamien tos y salió al estrecho y sombrío corredor. De sapareció escaleras arriba, con |
Respuesta: Las aventuras de Bella LA DISCIPLINA DE LA SEÑORA superficie al darse cuenta de que no podía soltarse.LOCKLEY Bella casi había concluido las tareas matinales en el dormitorio del capitán cuando al percibir el débil sonido de pasos que se acercaban desde la escalera hacia la puerta del capitán recordó con repentino sobresalto su impertinencia con la señora Lockley. Sintió un repentino terror. Oh, ¿por qué había sido tan insolente ? Toda su determinación para ser mala, una niña mala, la abandonó de in mediato. La puerta se abrió y apareció la figura imper térrita de la señora Lockley, toda ella lino limpio y preciosas cintas azules, con una blusa tan escotada sobre sus altos pechos que Bella casi podía ver los pezones. El delicado rostro de la señora Lockley exhibía una sonrisa sumamente maliciosa cuando se dirigió hasta Bella. La princesa dejó caer la escoba y se acurrucó en un rincón. Una risa grave brotó de la mesonera e inme diatamente cogió a Bella por el pelo, enrollándolo en su mano izquierda, mientt:as con la derecha le vantaba la escoba para atizarle el sexo con las pun zantes pajas, obligando a la princesa a gritar mien tras intentaba juntar las piernas con todas sus fuerzas. ¡Mi pequeña esclava contestona! exclamó, y Bella empezó a sollozar. Era imposible li brarse para besar las botas de la señora Lockley. Tampoco se atrevía a hablar. Sólo podía pensar en Tristán cuando le decía que hacía falta mucho va lor para ser malo a todas horas. La señora Lockley la obligó a adelantarse y ponerse a cuatro patas. Bella sintió la escoba entre sus piernas, que la conducía fuera de la pequeña alcoba. ¡Bajad por esas escaleras! dijo la señora en voz alta. La ferocidad de la mujer causaba es tragos en el alma de Bella, que rompió a sollozar mientras se escurría hacia la escalera. Tuvo que ponerse de pie para descender las escaleras pero la escoba la impulsó virulentamente, precipitándose contra ella, raspándole las tiernas partes inferiores con un terrible picazón mientras la señora Lo ckley continuaba bajando sin despegarse de su espalda. La posada estaba vacía y tranquila. He enviado a mis niños malos al estableci miento de castigos para que reciban su azote ma tutino y ¡así poder atenderos! resonó la voz de la señora, que surgía entre sus mandíbulas apreta das. Vamos a disfrutar de una buena sesión so bre cómo usar correctamente esa lengua, cuando así se os requiera. ¡Y ahora, a la cocina! Bella se echó de nuevo a cuatro patas, desespe rada por obedecer. Las furibundas órdenes le provocaban pánico. Nadie antes la había dirigido con tanta saña y desdén. y para empeorar las cosas, su sexo ya rebosaba de sensaciones. La luz del sol llenaba la gran estancia inmacu lada, entraba a raudales por las dos puertas abiertas que daban al patio trasero, iluminando de ple no loS finos y elaborados pucheros y sartenes de cobre que colgaban de elevados ganchos y bañando las puertas de hierro del horno insertado entre ladrillos en el gigante tajo rectangular que estaba situado en medio del suelo de baldosas, tan alto y grande como el mostrador exterior del bar en el que Bella había sido castigada la primera vez. La señora Lockley la puso de pie y clavó la escoba Con fuerza entre las piernas de Bella, de tal manera que las rígidas pajas la levantaron y obli garon a la muchacha a retroceder hasta chocar con el tajo. Entonces la mesonera le alzó las piernas, con lo que Bella se quedó enseguida encaramada sobre la madera, que estaba cubierta por un fino tamiz de harina. Lo que Bella esperaba era la pala. Estaba convencida de que sería peor que nunca. Lo sabía por el tono furioso de la voz que le daba órdenes. Pero la señora Lockley hizo que Bella se tumbara de espaldas, le llevó las manos a la nuca y las ató rápida mente al borde de la madera, tras lo cual mandó a la muchacha separar las piernas, con la adverten cia de que, si no lo hacía, sería ella quien se las separaría. Bella se abrió de piernas con esfuerzo. La harina que cubría la lisa madera resultaba sumamente sedosa bajo su trasero. Pero la meso nera también le ató los tobillos a la madera, y su cuerpo quedó completamente estirado. Bella vol vió a sentir pánico y forcejeó inútilmente sobre la lisa y rígida |
Respuesta: Las aventuras de Bella En un arranque de suaves gritos apremiantes, intentó suplicar a la señora Lockley. Pero violentas convulsiones.en el momento en que vio el rostro de la mesonera, que le sonría, la voz de Bella se extinguió en su garganta y se mordió el labio con fuerza al tiempo que miraba los luminosos ojos negros que bailaban con un atisbo de risa. ¿No es verdad que a los soldados les gustan estos pechos? preguntó la señora Lockley mien tras estiraba ambas manos para pellizcar los pezones de Bella con el índice y el pulgar. ¡Contestadme! Sí, señora se lamentó Bella. Su alma se estremeció ante la sensación de vulnerabilidad que le provocaban esos dedos, y la carne que rodeaba sus pezones se arrugó formando pequeños nudos. Un agudo dolor la llevó a intentar cerrar las piernas, pero eso era del todo imposible. Señora, por favor, nunca volveré... ¡Chist! la señora Lockley sujetó firme mente la boca de Bella con la mano, obligándola a arquear la espalda, mientras sollozaba contra la palma de la mesonera. Oh, aún era peor estando atada, pues no conseguía estar quieta. Pero se quedó mirando a la señora Lockley con los ojos como platos e intentó asentir, aunque la mano aún la agarraba por la boca. Los esclavos no tienen voz dijo la señora, hasta que el amo o la señora soliciten oírla. Entonces contestaréis con el debido respeto. Soltó la boca de Bella. Sí, señora respondió la princesa. Los firmes dedos volvieron a sus pezones. Como iba diciendo continuó la señora Lockley, a los soldados les gustan estos pechos. ¡Sí, señora! respondió Bella con voz trémula. Y esta avarienta boquita bajó la mano y cerró con un pellizco los labios púbicos. El sexo de la muchacha rebosaba tanta humedad que ésta goteó por sus labios produciéndole una comezón. Sí, señora repitió con voz entrecortada. La señora Lockley sacó un cinto de cuero blanco y se lo mostró a Bella. Era como una len gua que se extendía desde su mano. Sujetando fir memente desde arriba el pecho izquierdo de Bella, apretujó la carne y la dejó caer pesadamente mientras la princesa sentía que el calor se difundía por su seno. No podía estarse quieta. La humedad de su entrepierna goteaba hasta la hendidura de sus nalgas. Su cuerpo estirado se ponía tenso en un intento inútil de bloquearse. Los dedos de la mesonera estiraban y menea ban el pezón izquierdo de la esclava. Luego la lengua blanca del cinturón de cuero golpeó el pecho con una serie de azotes sonoros. ¡Oh! jadeó Bella en voz alta, incapaz de contenerse. La zurra que la gran mano del capitán le había propinado en el pecho no era nada en comparación con esto. El deseo de liberarse y taparse ambos senos era irresistible ya la vez impo sible. Sin embargo, su pecho hervía de sensibili dad como nunca antes lo había hecho, y forzaba a Bella a retorcer su cuerpo contra la madera sobre la que estaba tendida. La pequeña correa le alcanzó aún con más fuerza el pezón y la carne abultada. Bella estaba enloquecida cuando la señora Lockley centró su atención en el pecho derecho, dejándolo caer y mortificándolo del mismo mo do. Los gritos de la princesa eran cada vez más fuertes, el forcejeo más violento. El pezón estaba duro como una roca bajo el aluvión de azotes. Bella cerró la boca herméticamente, aunque hubiera gritado a pleno pulmón: «No, no puedo soportarlo.» Los golpes se concentraban cada vez más seguidos. Todo el cuerpo de la princesa se convirtió en sus pechos torturados, mientras los azotes avivaban su deseo como si fuera la llama de una antorcha. Bella volvía la cabeza de un lado a otro con tal impetuosidad que su cabello estaba desparramado sobre su rostro. Pero la señora Lockley le retiró el pelo hacia atrás y se inclinó para observar a Bella; la muchacha era incapaz de mirar a su ama. ¡Qué alborotada, y sin protección alguna! exclamó la mesonera sobándole el pecho dere cho. La mujer volvió a levantarlo rápidamente para continuar zurrándolo. Bella soltó un agudo y penetrante chillido pese a que apretaba los dientes con fuerza. Los dedos del ama pellizcaban sus pezones, masajeaban su carne. La excltación avanza ba estrepitosamente por todo su cuerpo y sus ca deras se iban hacia arriba con repentinas y |
Respuesta: Las aventuras de Bella Así es como hay que castigar a una niña ma la le dijo la mesonera. gato la rozaba mientras la lengua volvía a lamer ya limpiar completamente el pe zón.Sí, señora corroboró Bella de inmediato con un sollozo. Gracias a Dios los dedos se retiraron. Bella sintió sus pechos enormes, pesados, un derroche de dolor caliente y colosales sensaciones. Sus sollozos graves y roncos no salían de su garganta. Aunque sí soltó un quejido cuando se percató de lo que le esperaba. Notó los dedos de la señora Lockley entre las piernas, que le separaban los la bios púbicos pese a sus vanos esfuerzos por evitarlo. La princesa trataba de cerrar las piernas, golpeaba ruidosamente la madera con los talones y únicamente conseguía que las correas de cuero le cortaran la carne del empeine. Una vez más, perdió todo control y forcejeó violentamente en vuelta en un torrente de lágrimas. Pero entonces la correa que la flagelaba pasó a azotar su clítoris. Bella volvió a chillar ante la intensidad abrasadora de aquella mezcla de placer y dolor, mientras su clítoris parecía endurecerse como nunca antes, sin que la señora Lockley quisiera soltarlo. Bella sentía la hinchazón de los labios, la hu medad que rezumaba a chorros y los azotes que sonaban cada vez más húmedos. Su cabeza giraba frenéticamente de un lado a otro sobre la madera. Lloraba cada vez con más fuerza mientras sus ca deras se agitaban hacia arriba para encontrar la co rrea y todo su sexo estallaba por dentro en una explosión de fuego interior. La correa se detuvo. Pero eso fue todavía peor, sentir el calor que ascendía, aquel hormigueo que era como una comezón, que de alguna manera de bía encontrar la divina fricción. Bella respiraba entrecortadamente, con jadeos cortos e implorantes que seguían el compás de sus gemidos. A tra vés de las lágrimas vio a la señora Lockley obser vándola. Entonces, ¿sois mi esclava impertinente? le preguntó. Vuestra devota esclava respondió Bella atragantada por los sollozos, señora. Vuestra devota esclava y se mordió el labio haciendo una mueca, suplicando haber dado la respuesta correcta. Sus pechos y su sexo hervían de calor. Oyó los golpes de sus propias caderas contra la madera, aunque no era consciente de que las estaba mo viendo. A través de sus lágrimas vio los bonitos ojos negros de su ama, el pelo oscuro con la capri chosa trenza que adornaba la coronilla de su cabeza y los pechos que se henchían con sumo encanto bajo la blusa de lino blanca como la nieve. Pero la señora sujetaba algo entre las manos. ¿De qué se trataba? Lo que fuera se estaba moviendo. Bella distinguió un bonito y gran gato que la observaba con azules ojos almendrados, con esa mirada amplia e inquisitiva que tienen los felinos, mientras la lengua rosa se chupaba la negra nariz en un rápido gesto. Una oleada de la más absoluta vergüenza se apoderó de Bella. Se retorció sobre la madera como una indefensa y sufrida criatura, sintiéndose incluso inferior a aquella pequeña bestia orgullo sa y desdeñosa que la escudriñaba con ojos centelleantes desde los brazos de la mesonera. Pero la señora se había agachado, aparentemente para coger algo. Bella vio que volvía a incorporarse con una cantidad de espesa crema amarilla entre los dedos. La mesonera untó la crema en los pezones palpi tantes de Bella y luego le mojó ligeramente la en trepierna hasta que goteó y se escurrió en pequeñas cantidades hacia la vagina. Es sólo mantequilla, cariño mío, mantequi lla fresca le dijo la mesonera. Nada de un güentos perfumados. y de pronto dejó caer el gato a cuatro patas sobre el tierno vientre y el pecho de Bella, que sintió las suaves patas almohadi lladas del felino moviéndose por su pecho con una rapidez enloquecedora. Bella se revolvió, tiró de las correas, pero la pequeña bestia había hundido la cabeza y devoraba su pezón con la áspera y pequeña lengua are nosa, consumiendo la mantequilla que lo cubría. Algún temor muy profundo, desconocido hasta entonces para ella, se reveló provocando forcejeos más descontrolados. Entretanto, el pequeño monstruo indiferente, con su primorosa cara blanca, continuaba co miendo. El pezón de la princesa explotaba bajo los lametazos del gato. Todo el cuerpo de Bella se puso tenso, levantándose de la madera y volvien do a caer con golpes sordos, rítmicamente. La señora Lockley alzó a la criatura para trasladarla al pecho derecho. Bella tiró con todas sus fuerzas de las correas, mientras sus sollozos surgían temblorosos, las pequeñas patas traseras se hundían suavemente en su vientre y el pelo suave del estómago del |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella apretó los dientes para no chillar «¡no!». los dientes apretados como si nunca hubiera sabido lo que era la resistencia, la dignidad.Cerró los ojos con fuerza otra vez. Cuando los volvió a abrir vio la cara con forma de corazón que se hundía con rápidos movimientos para que la lengua continuara lamiendo. La fuerza de la lengua arenosa empujaba el pezón adelante y atrás con una sensación sumamente exquisita, aterra dora, que hacía gritar a Bella con más fuerza que la que nunca había mostrado bajo la pala. Pero la señora Lockley levantó de nuevo al gato. Bella se meneaba de un lado a otro y apreta ba los dientes con más fuerza para impedir que surgiera el «no» que no debía pronunciar. Sintió la piel y las orejas sedosas del gato entre sus piernas, y la lengua que se lanzaba como un relámpago a su clítoris dilatado. «Oh, por favor, no, no», gritó en el santuario de su mente pese a que el placer se propagaba como un surtidor por todo su cuerpo mezclándo se con la aversión que le inspiraba el pequeño felino peludo y su horroroso y estúpido festín. Las caderas de Bella se congelaron en el aire, unos centímetros por encima de la madera, mientras la boca y la nariz rodeadas de pelo se adentraban cada vez más en ella. Ya no sentía la lengua en el clítoris, sólo el enloquecedor frotar de la cabeza contra él, y eso no era suficiente, no era suficiente. ¡Oh, vaya monstruo! Para total vergüenza y derrota, la propia Bella se esforzaba en apretar el pubis contra la criatura, intentando acercarse al pequeño cráneo y conseguir que le acariciara el clítoris con la presión más leve posible. Pero la lengua continuó bajando, la mió la base de la vagina y luego la hendidura entre las nalgas. El sexo de Bella anheló inútilmente el placer que se evaporaba para dejarla sumida en un tormento más agudo. A Bella le rechinaban los dientes y sacudía la cabeza de un lado a otro a la vez que la lengua del felino chupaba su vello púbico y tomaba lo que buscaba, ignorando por completo el deseo que atormentaba a la princesa. Cuando ya pensaba que no podría soportarlo más, que se volvería loca, el gato volvió a levantar se y se quedó mirando a la muchacha desde los brazos de la señora Lockley, que sonreía con la misma dulzura que el gato, esa impresión daba, por encima de la víctima. ¡Bruja!, pensó Bella, pero no se atrevió a ha blar. Cerró los ojos, con el sexo tembloroso del deseo que se había acumulado en ella como nunca antes lo había hecho. La mesonera soltó el gato, que se alejó y desa pareció de su vista. Bella notó que sus muñecas eran liberadas de las correas así como sus tobillos. Se quedó tendida, estremecida, haciendo aco pio de toda su voluntad para resistir el deseo de cerrar las piernas, de darse la vuelta sobre la made ra y acariciar sus pechos con una mano mientras con la otra tocaba su ardiente sexo para provocar una orgía de placer íntimo. No habría tanta clemencia para ella. Poneos a cuatro patas ordenó la señora Lockley. Creo que por fin estáis preparada para la pala. Bella bajó como pudo al suelo. Todavía confusa, se dio media vuelta y se apresuró a seguir las pequeñas botas de la mujer que ya salían de la cocina con un resonante taco neo. El movimiento de las piernas de Bella al arras trarse por el suelo sólo servía para intensificar el ansia que padecía. Cuando llegaron al mostrador de la sala prin cipal del mesón, se encaramó a él sólo con oír el chasqueo de los dedos de la señora Lockley. En la plaza, la gente iba y venía, y charlaba al borde del pozo. Llegaron las muchachas que ayu daban en el mesón, saludaron jovialmente a la se ñora Lockley y pasaron a la cocina. Bella temblaba tumbada boca abajo sobre el mostrador. Sus grititos parecían tartamudeos. Su barbilla estaba apoyada en la madera y su trasero esperaba la pala. ¿Recordaréis que os dije que para el desayuno tendríais las nalgas asadas? preguntó la señora Lockley con aquella voz fría y carente de tono. ¡Sí, ama! respondió Bella entre sollozos. No quiero que me respondáis ahora. ¡Sólo que contestéis con la cabeza! Bella asintió con furor, pese a tener la cabeza pegada a la madera. Sus pechos escocidos eran puro calor contra la madera, y su sexo goteaba. La tensión era ina guantable. Estáis bien condimentada por vuestros pro pios jugos, ¿verdad que sí? preguntó la mesonera. Bella soltó un sonoro gemido quejumbroso, ya que no sabía cómo responder. La señora Lockley sobó con energía sus nalgas, dejándolas caer pesadamente como había he cho anteriormente con los pechos. Entonces llegaron los fuertes azotes de castigo. Bella botaba, culebreaba y gritaba con |
Respuesta: Las aventuras de Bella Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de complacer a esta ama aterradora, fría e sobre el césped.intransigente; lo que fuera para hacerle saber que iba a ser buena, que no sería una chica mala, que se había equivocado. Tristán la ha bía advertido. La azotaina continuaba, castigándola severamente. ¿Está bastante caliente, está en su punto? inquirió la mesonera que esgrimía la pala cada vez con más rapidez. Se detuvo y apoyó su fría palma sobre la piel llena de ampollas. ¡Pues sí, creo que nuestra princesa ya está bien asada! Pero continuó azotando. Los sollozos de Bella surgían como si los extrajeran de ella con un purgante. La idea de que tendría que esperar hasta el anochecer ya su capitán para que su sexo atormentado sintiera cierto alivio la hizo sollozar su mida en un desenfreno casi sensual. Se acabó. Los estallidos todavía resonaban en sus oídos. Aún podía sentir la pala como en un sueño. Su sexo parecía una cámara hueca en la que todos los placeres que había conocido dejaban su eco sonoro y reverberante. Pasarían horas hasta que llegara el capitán, largas horas... Levantaos y poneos de rodillas acababa de decirle la mesonera. ¿Por qué vacilaba? Se dejó caer al suelo y apretó frenéticamente sus labios contra las botas de la señora Lockley. Besó el extremo del calzado puntiagudo, los tobi llos bien formados que aparecían por debajo de la delicada funda de cuero. Bella notó las enaguas de la señora Lockley sobre su húmeda frente y los besos de la princesa se tornaron más fervientes. Ahora, limpiaréis esta posada de arriba abajo ordenó la señora Lockley y mientras lo ha céis seguiréis con las piernas bien separadas. Bella asintió. La señora Lockley se apartó y se encaminó a la entrada del mesón. ¿Dónde están mis demás preciosidades? mur muró malhumorada en voz baja. En el estable cimiento de castigos no acaban nunca. Bella estaba arrodillada observando la excelente figura de la señora Lockley que se recortaba a la luz de la entrada, su menuda cintura resaltada por el fajín blanco y el cinturón del mandil. Bella respiró ruidosamente. «Tristán, teníais razón pensó. Es duro ser mala a todas horas.» y se limpió silenciosamente la nariz en el dorso de la mano. El grande y provocador gato blanco volvió a hacer acto de presencia. Apareció silenciosamen te, a tan sólo unos centímetros de Bella. Ésta se encogió mordiéndose el labio y luego se tapó la cabeza con los brazos pues la señora Lockley continuaba apoyada ociosamente en la puerta del me són mientras el gran gato peludo se acercaba cada vez más. CONVERSACIÓN CON EL PRÍNCIPE RICHARD A última hora de la tarde, Bella estaba echada sobre la fresca hierba del patio junto con los demás esclavos. La vara punzante de alguna de las muchachas de la cocina la importunaba de vez en cuando for zándola a separar las piernas. Sí, no debo juntar las piernas, pensó amodorrada. El trabajo de la jornada la había dejado exhausta. Durante una hora estuvo encadenada a la pared de la cocina, cabeza abajo, porque se le habían caído al suelo un puñado de cucharillas de peltre. Luego, a cuatro patas, cargó los pesados cestos de la colada sobre su espalda hasta llevarlos a los tendederos de ropa donde tuvo que perma necer inmóvil de rodillas mientras, a su alrededor, las muchachas del pueblo colgaban las sábanas charlando alegremente. Había restregado, limpia do y lustrado, y cada muestra de torpeza o vacilación había sido castigada con una azotaina. Finalmente, de rodillas y sin utilizar las manos, compartió la cena que sirvieron en una gran ban deja para todos los esclavos y agradeció en silencio el agua fresca de la fuente con que calmaron su sed. Por fin había llegado la hora de dormir. Hacía ya más de una hora que medio dormitaba |
Respuesta: Las aventuras de Bella Pero, poco a poco, cayó en la cuenta de que no había nadie rondando por los castillo.alrededores. Estaba a solas con los esclavos que dormían, y frente a ella vio tumbado a un apuesto príncipe pelirrojo que la miraba con la mano en la mejilla. Era el príncipe que había visto la noche anterior sentado sobre el regazo del soldado, besándolo. Él le sonrió y le lanzó un beso con la mano de recha. ¿Qué os ha hecho la señora Lockley esta mañana susurró el esclavo. Bella se sonrojó. El príncipe estiró el brazo para cubrirle la mano. Tranquila, no pasa nada le susurró. Nos encanta ir al establecimiento de castigos le comentó, riéndose entre dientes. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? preguntó Bella. Era más guapo incluso que el príncipe Ro ger. En el castillo no había visto a ningún esclavo tan aristocrático. Los rasgos de su rostro eran fuertes, como los de Tristán, aunque su constitu ción era más menuda y juvenil. Me mandaron del castillo hace un año. Soy el príncipe Richard. Estuve allí seis meses, hasta que me declararon incorregible. Pero ¿por qué erais tan malo? preguntó Bella. ¿Lo hacíais intencionadamente? En absoluto respondió. Intentaba obedecer pero el pánico se apoderaba de mí y me es capaba corriendo a un rincón. A veces no podía realizar las tareas, debido a la vergüenza y la humillación que sentía. Era incapaz de dominarme, y apasionado, como vos. Cada vez que me tocaba una pala, un pene o la mano de alguna dama en cantadora, se desataba en mí una exhibición mor tificante de incontrolable placer. Pero no era capaz de obedecer, así que me vendieron en la subasta para que mi estancia durante todo un año aquí, en el pueblo, lograra disciplinarme. ¿Y ahora? preguntó Bella. He avanzado mucho respondió él. He aprendido. y se lo debo a la señora Lockley. Si no hubiera sido por ella, no sé qué hubiera sido de mí. La señora Lockley me maniató y castigó, me enjaezó y sometió a una docena de trabajos forza dos antes de esperar algo de mi voluntad. Una no che sí, otra no era azotado con la pala en el lugar de castigo publico o me hacian correr en circulo alrededor del mayo. Me llevaban a alguna de las tiendas públicas, donde me ataban y tenía que chupar todas las vergas que venían. Las jovencitas se burlaban de mí y me perseguían. Normalmente pasaba el día colgado debajo del signo del mesón y luego me ataban de pies y manos para recibir la tanda de azotes diarios. Sólo después de cuatro semanas completas, me desataron y me ordenaron encender el fuego y poner la mesa. Os aseguro que cubrí de besos las botas de la señora. Comía de la palma de su mano y lamía literalmente la co mida de sus dedos. Bella asintió lentamente. Le sorprendió que el príncipe hubiera tardado tanto tiempo. La adoro continuó él. Me estremece pen sar qué hubiera sido de mí si me hubiera compra do alguien más indulgente. Sí admitió Bella. La sangre afluyó de nue vo a su rostro, y la notaba también en las nalgas. Nunca pensé que podría permanecer quieto sobre de la barra del bar para recibir mis azotes matinales explicaba él. Nunca creí que llegaría a ir desatado por las calles del pueblo hasta el lugar de castigo público, o que ascendería los peldaños y me arrodillaría sobre la plataforma gira toria sin necesidad de llevar grilletes. O que podrían enviarme solo al cercano local de castigos al que hemos acudido esta mañana. Tampoco pensa ba que sería capaz de dar placer a los soldados de la guarnición sin acobardarme o sin demostrar pá nico al ser amarrado. Pero ahora puedo hacer todas esas cosas. Ya no hay nada que no pueda so brellevar. Hizo una pausa. Vos también habéis aprendido todas estas cosas dijo a continuación. Me di cuenta anoche y me he percatado hoy mismo. La señora Lockley os adora. ¿De veras? Bella experimentó un fuerte deseo que recorrió toda su pelvis. Oh, debéis estar equivocado. No, no me equivoco. No es fácil que un es clavo llame la atención de la señora Lockley. Sin embargo, rara vez aparta la vista de vos cuando es táis cerca. El corazón de Bella se aceleraba silenciosamente en su pecho. Escuchad, tengo algo terrible que deciros anunció el príncipe. No hace falta que me lo expliquéis. Ya lo sé respondió Bella con voz susurrante. Ahora que vuestro año en el pueblo llega a su fin, no podéis soportar la idea de regresar al |
Respuesta: Las aventuras de Bella Sí, precisamente dijo. No porque no sea capaz de obedecer y complacer. De eso estoy botas que había en el local para pedir perdón, siempre con las manos detrás de la nuca.convencido. Pero... es diferente. Lo sé dijo Bella. Su mente bullía de ideas. De modo que su cruel dueña la quería, ¿era eso? ¿Y por qué aquello la satisfacía tanto? Cuando estaba en el castillo nunca le había importado verda deramente si lady Juliana la adoraba o no, pero aquella perversa y orgullosa mesonera y el apues to y remoto capitán de la guardia le llegaban al co razón de un modo singular. Necesito sufrir castigos duros seguía explicando el príncipe Richard. Necesito órdenes directas y saber cuál es mi lugar, sin vacilaciones. Ya no me complacen los tiernos arrumacos ni tanta adulación. Prefiero que me arrojen sobre la gru pa del caballo del capitán y me lleven al campa mento para acabar atado a la estaca y que se aprovechen de mí tal como han hecho hasta ahora. Una fulgurante imagen centelleó en el pensa miento de la princesa. ¿Os ha poseído el capitán de la guardia? preguntó Bella con timidez. Oh, sí, por supuesto contestó. Pero no temáis. Anoche le vi y él también está absoluta mente enamorado de vos. En lo que a príncipes se refiere, le gustan un poco más robustos que yo, aunque de vez en cuando... sonrió. ¿Y tenéis que regresar al castillo? inquirió Bella. No sé. La señora Lockley disfruta del favor de la reina ya que buena parte de la guarnición de su majestad se aloja aquí. Mi señora podría que darse conmigo, creo yo, si pagara el precio de mi compra. Soy de gran provecho para la posada. y cada vez que me envían al establecimiento de cas tigos, los clientes pagan por presenciar mi peni tencia. En el local se reúne siempre gente, toman café, hablan, las mujeres cosen... y observan cómo zurran uno a uno a los esclavos. y aunque el servicio lo pagan los dueños y las amas de los esclavos, los clientes pueden aportar, si lo desean, diez peniques para presenciar otra buena tanda de azotes. Casi siempre que voy, me zurran tres veces, y ese dinero se reparte entre el local y mi señora. De modo que a estas alturas ya he recuperado con creces el precio pagado por mí en la subasta, y podría doblarlo si la señora Lockley me quisiera con ella. ¡Oh, yo también tengo que hacer eso! su surró Bella. ¡Quizás haya sido demasiado obe diente, demasiado pronto! torció la boca llena de inquietud. No, no os preocupéis, eso no es cierto. Lo que debéis hacer es congraciaros con la señora Lockley. Y eso no se consigue siendo desobediente sino con buenas muestras de sumisión. Cuando acudáis al local de castigos, al que seguro iréis pronto porque nuestra ama no tiene tiempo pa ra azotarnos a todos cada día como es debido, de béis ofrecer el mejor espectáculo posible, por muy duro que sea. En cierta manera, ese lugar resulta más duro que la plataforma pública. Pero ¿por qué? Vi la plataforma giratoria y me pareció atroz. El local para castigos es más íntimo, menos teatral explicó el príncipe. Siempre está muy concurrido. En un repecho de poca altura situado en la pared de la izquierda se alinean los esclavos, que esperan como yo he esperado esta mañana. Luego, en un pequeño estrado que apenas sobresale un metro por encima del suelo, se encuentran el encargado y su asistente, y las mesas de los clientes están pegadas al repecho y al escenario. El público se ríe y habla entre sí, no hace ni caso de gran parte de lo que pasa, y únicamente comenta algún hecho a la ligera. »Pero si les gusta el esclavo, dejan de hablar y observan con atención. Se les puede ver por el ra billo del ojo, con los codos apoyados sobre el borde del escenario, y luego se oyen los gritos de "diez peniques" y vuelta a empezar. El encargado es un hombre grande y tosco. En cuanto llega vuestro turno, sois arrojado directamente sobre su rodilla. Lleva puesto un mandil de cuero y, an tes de empezar, os embadurna con grasa, y lo cier to es que se agradece. los azotes escuecen más pero, por otro lado, la grasa protege la piel, de veras. El mozo que le ayuda os sostiene la barbilla y espera el momento de sacaros fuera del escenario. Entre ellos intercambian comentarios y risas. El encargado me estruja siempre con fuerza y me pregunta si estoy siendo buen chico. Lo hace del mismo modo en que le hablaría a un perro, con idéntica voz. Luego me coge bruscamente del pelo e importuna sin piedad mi pene, advirtiéndo me que mantenga bien levantadas las caderas para que mi verga no se deshonre sobre su delantal. »Recuerdo una mañana en la que un príncipe se corrió sobre el regazo del encargado. y no he olvidado el castigo que se llevó. La zurra fue despiadada. Luego le hicieron andar en cuclillas por toda la taberna, obligándole a tocar con la punta de su verga todas las |
Respuesta: Las aventuras de Bella Deberíais haberlo visto, adelantando y apartando sus caderas con grandes esfuerzos. A Creo que ya llegan. Volved a dormir si po déis. Nos queda una hora más o menos.veces los parroquianos se compadecían de él y le despeinaban el pelo, aunque en la mayoría de ca sos no le prestaban la menor atención. Luego le obligaron a volver a casa en la misma dolorosa e ignominiosa postura, con la verga atada de tal ma nera que señalara directamente al suelo, pues para entonces ya volvía a estar lo suficientemente dura. Oh, sí, al anochecer, el lugar de castigos, iluminado con velas y lleno de clientes bebiendo vino, puede llegar a ser peor que la plataforma giratoria. Tengo que reconocer que en la plataforma nunca he llegado a perder toda la resistencia, ni quejarme y gemir pidiendo clemencia tanto como allí. Bella permanecía callada, totalmente cauti vada. Una noche, en el localprosiguió el príncipe, recuerdo que el público pagó para que me azotaran tres veces, además de la zurra que había ordenado mi señora. Pensaba que no tendría que soportar una cuarta paliza, que sería demasiado. Yo estaba sollozando y aún había una buena hile ra de esclavos esperando su turno. Pero aquella mano se acercó otra vez con el lubrificante para frotar mis erupciones y arañazos y palmotearme la verga. De pronto, me encontré de nuevo cabal gando sobre aquella rodilla, ofreciendo un espectáculo aún mejor que los anteriores. Y, a diferen cia de la plataforma pública, el saco de dinero para llevar a casa no os lo ponen en la boca sino que te lo introducen en el ano, perfectamente metido, con las cintas de cierre colgando por fuera. Aquella noche, tras las palizas, me obligaron a recorrer toda la taberna y pasar por cada una de las mesas para recaudar la propina, unas adicionales mone das de cobre que también me metieron a la fuerza en el ano hasta que estuve tan embutido como un pavo relleno listo para ser asado. La señora Loc kley estuvo encantada con el dinero que gané. Pero yo tenía las nalgas tan escocidas que cuando las tocó con los dedos me puse a gritar como un loco. Pensé que mostraría alguna compasión por mí, al menos por mi verga, pero no, la señora Lo ckley no es así. Aquella noche me entregó a los soldados, como siempre. Tuve que sentarme sobre innumerables regazos fastidiosos, con las posade ras irritadas. Me tocaron y atormentaron el miem bro y lo palmotearon no sé cuantas veces antes de permitirme finalmente hundirlo en una ardiente princesita, e incluso en ese momento continuaron azotándome con un cinto para incitarme. Cuando me corrí, tampoco cesaron los golpes sino que continuaron igual que antes. La señora dijo que tenía una piel muy elástica, que muchos esclavos no hubieran podido aguantarlo, y desde entonces siempre se ha encargado de que reciba el máximo de azotes, como prometió hacer. Bella estaba demasiado asombrada para decir palabra. ¿Y a mí también me enviarán allí? mur muró finalmente. Oh, desde luego. Al menos nos mandan para allá dos veces por semana, a todos nosotros. Está muy cerca, callejuela arriba. Nos envían solos. Por algún motivo, eso siempre parece una de las partes más terribles del castigo. Pero cuando llegue el momento, no tengáis miedo. Recordad simplemente que si regresáis con un saquito de monedas en el trasero, haréis muy feliz a nuestra ama. Bella apoyó la mejilla sobre la refrescante hier ba. «No quiero regresar jamás al castillo pen só. No me importa lo duro que sea esto, ni lo aterrador que llegue a ser.» Miró al príncipe Richard. ¿En alguna ocasión habéis pensado en escaparos? quiso saber. Me pregunto si los príncipes no piensan en eso. No.se rió. Fue una princesa quien se escapó anoche, por cierto. y os diré un secreto. Aún no la han encontrado, pero no quieren que nadie se entere. Ahora volved a dormir. Esta no che el capitán estará de un humor terrible si no la han capturado para entonces. No pensaréis vos en escaparos, ¿no? No Bella sacudió la cabeza. El príncipe se volvió hacia la puerta de la posada. |
Respuesta: Las aventuras de Bella TIENDAS PÚBLICAS Tristán: Cuando empezó a anochecer, volví a conver tirme en un corcel. Me sentía seguro con rápidamente como si in tentara tirar de mí hacia delante.mis arreos y pensaba casi sardónicamente en la turba ción de la noche anterior cuando la cola y la em bocadura fueron testigos de humillaciones tan im pensables. Llegamos a la casa solariega antes de oscurecer y, una vez en el interior, me escogieron para que hiciera de escabel para mi amo durante horas, agachado debajo de la mesa del comedor. La conversación entre los comensales se pro longó largo rato. Allí había más gente, ricos gran jeros y comerciantes de la ciudad que hablaban de las cosechas, el clima, el precio de los esclavos, y del hecho innegable de que el pueblo necesitaba más, no sólo los excelentes, preciosos ya menudo temperamentales siervos del castillo. Hacían falta tributos inferiores, esclavos corpulentos, hijos e hijas de nobles poco poderosos de territorios insignificantes, vasallos de su majestad a los que ella no necesitara ver. De vez en cuando esclavos como éstos llegaban directamente a la subasta del mercado. Entonces, ¿por qué razón no podía ha ber más? Mi señor se mantuvo silencioso la mayor par te del tiempo. Comencé a vivir y respirar a la espe ra del sonido de su voz. y al oír esta última sugerencia de uno de los presentes, preguntó secamente: ¿Y quién estaría dispuesto a pedir eso a su majestad? Yo escuchaba cada palabra, entresacaba signi ficados, no tanto conocimientos que antes ignora ba sino una percepción acrecentada de mi humilde condición. Les oí contar historias sobre esclavos desobedientes, castigos, acontecimientos ordina rios que para ellos eran graciosos. Era como si ninguno de los esclavos que servían la mesa o ha cían de escabeles, como yo mismo, tuviera oídos o juicio, ni que hiciera falta dedicarles la menor con sideración. Finalmente, llegó la hora de retirarse. Con el pene apunto de reventar, ocupé mi lu gar en el tiro para llevar el carruaje de regreso a la casa del pueblo. Al reunirme con los otros corce les me pregunté si habrían sido satisfechos como era habitual en la cuadra. Cuando llegamos al pueblo despidieron a los demás caballos humanos y mi ama comenzó a fus tigarme durante el corto trayecto que nos separa ba del lugar de castigo público, que recorrí descalzo en la oscuridad. Empecé a llorar, agotado y desesperado, tanto por el esfuerzo del día como por la necesidad an helante que atormentaba mi pelvis. Mi señora ma nejaba la correa con más vigor que mi dueño. Me fastidiaba cruelmente darme cuenta de que era ella quien venía detrás de mí, con su precioso vestido, y que su manita era la que me guiaba. El día pare cía infinitamente más largo que el anterior y cualquier impresión previa que me hubiera hecho creer que era capaz de acoger con beneplácito la plataforma pública se evaporó. Sentí un temor irrefrenable, un miedo peor que el de la noche pa sada. Entonces sabía lo que era ser azotado allí arriba. El cariño demostrado por el amo después de la dura prueba parecía un absurdo arranque de fantasía. Pero aquella noche no me tocaba sufrir ni el concurrido mayo ni la tan brillantemente ilumi nada plataforma giratoria. Fui conducido a través de la multitud que cir culaba por doquier y me metieron en una de las pequeñas tiendas situada detrás de las picotas. Mi señora pagó diez peniques en la entrada ya continuación me arrastró tras ella hasta las sombras del interior. Allí, una princesa desnuda, con largas y relucientes trenzas de color cobre, estaba acuclillada sobre una banqueta, con las rodillas muy separa das, los tobillos atados y las manos amarradas al poste de la tienda por encima de ella. Al oírnos en trar, agitó las caderas desesperadamente, pero te nía los ojos tapados con una venda de seda roja. Cuando vi el suave, dulce y húmedo sexo que relucía con la luz de las antorchas de la plaza, pen sé que no sería capaz de controlarme más. Incliné la cabeza preguntándome qué tormen to conocería entonces, pero mi señora me dijo con suma dulzura que me levantara. He pagado diez peniques para que la poseas, Tristán dijo. Apenas podía creer lo que oía. Me volví para besarle los zapatos, pero ella se limitó a reírse ya repetirme que me pusiera en pie y gozara de la muchacha como prefiriera. Procedí a obedecer pero de repente me detuve con la cabeza aún inclinada frente al ávido sexo femenino que estaba delante de mí. Me percaté de que mi señora permanecía muy cerca observando, y que incluso me acariciaba el pelo. Comprendí que iba a ser observado, aún más, estudiado. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, y cuando me resigné a ello, un nuevo ingrediente potenció mi excitación. Mi verga se oscurecía como nunca y fluctuaba |
Respuesta: Las aventuras de Bella Lentamente, si lo deseáis dijo mi señora Es suficientemente bonita como para jugar con tenía ninguna intención de fallar tampoco en este momento.ella un rato. Asentí. La princesa tenía una boca exquisita de rojos labios temblorosos que soltaban grititos, sofocados por la aprensión y la expectación. Sólo Bella, arrodillada en su lugar allí en la tienda, la hubiera superado. Besé a la princesa casi con violencia y mis manos se aferraron a sus voluminosos pechos, masa jeándolos y haciéndolos botar. La muchacha se sumió en un paroxismo de anhelo. Chupó mi boca con sus labios, su cuerpo se tensó hacia delante y yo bajé la cabeza para lamer sus pechos, primero uno y luego otro, mientras ella gritaba y balanceaba las caderas desenfrenadamente. Parecía excesivo esperar más a penetrarla. Sin embargo, le di la vuelta, recorrí sus primo rosas nalgas con mis manos y al pellizcar sus ronchas, verdaderamente pequeñas, soltó un encantador gemido de invitación y arqueó la espalda para enseñarme desde detrás su tierno sexo enrojecido, forzando la cuerda que sostenía con sus manos por encima del cuerpo. Así era como quería poseerla, desde detrás, perforando su vagina hacia arriba, levantándola. Cuando la penetré, su apretado sexo pareció casi demasiado pequeño. Soltó fuertes gritos sofoca dos mientras yo me abría camino con fuerza a través de sus ardientes y húmedas profundidades. Sus gritos sonaban desesperados. La penetraba adecuadamente, aunque mi verga no tocaba su pequeño clítoris. Yo lo sabía, pero no tenía inten ción de decepcionarla. Estiré la mano por debajo de su cuerpo y encontré aquel pequeño nódulo bajo el capuchón de piel húmeda. Separé los rolli zos labios con cierta rudeza y cuando pellizqué el clítoris soltó un penetrante grito de agradecimien to, sin dejar de balancear hacia atrás sus delicadas nalguitas, apretándolas contra mí. Mi señora se acercó un poco más. Su amplia falda de vuelo rozó mi pierna y luego noté su mano debajo de mi barbilla. Sentí una intensa ago nía al percatarme de que me observaba e iba a ver mi rostro enrojecido en el momento del clímax. Pero era mi sino. Justo en medio del placer, se apoderó de mí un intenso alborozo. Al sentir la mano de mi ama en las nalgas, embestí contra la joven princesa aún con más fuerza, bajo su atenta mirada, y acaricié el húmedo clítoris con una pre sión y ritmo impetuosos. Mi miembro explotó y con los dientes apre tados y el rostro al rojo vivo mis caderas continuaron fluctuando irremediablemente. El éxtasis arrancó un gruñido largo y grave de mi pecho. La Señora sostenía mi cabeza en sus manos, y mi respiración surgía con fuertes jadeos de alivio, mien tras la princesa gritaba con el mismo delirio. Me incliné hacia delante para abrazar aquel cuerpo menudo y cálido y apoyé la cabeza contra la suya, volviéndome para mirar a mi señora. En tonces sentí sus dedos tranquilizadores sobre mi cabello, y su mirada fija en mí. Tenía una expre sión extraña, reflexiva, casi penetrante, con la cabeza un poco ladeada, con gesto meditativo, como si ponderara alguna conclusión. Posó su mano so bre mi hombro para hacerme saber que debía permanecer quieto, abrazando a la princesa, y me azotó las nalgas con el cinto mientras yo continuaba mirándola. Cerré los ojos pero el sufri miento que me provocó la correa hizo que volvie ra a abrirlos de inmediato. Entre nosotros se produjo un momento de extraña intensidad. Yo no podía hablar pero, si acaso decía algo en silencio, mis palabras eran: «Sois mi señora, mi propietaria. y no apartaré la vista hasta que me lo ordenéis. Contemplaré lo que sois y lo que ha céis.» Ella pareció oírlo y quedó fascinada. Dio unos pasos hacia atrás y me permitió per manecer echado el suficiente rato para recuperar las fuerzas. Besé el cuello de la joven princesa. Luego, vacilante, me arrodillé para besar los pies de mi señora y el extremo de la correa que colgaba de su mano. La princesa no había sido suficiente para mí. Mi pene volvía a ponerse erecto. Podría haber poseído a todos los esclavos que ofrecían su sexo en cada una de las tiendas. En un instante de desesperación tuve la tentación de besar otra vez los zapatos de mi señora y agitar las caderas para comunicárselo. Pero la completa vulgaridad del gesto me sobrepasaba, y ella tal vez se hubiera limitado a reírse ya fustigarme otra vez. No, tenía que espe rar a que mi ama manifestara su deseo. Me parecía que en aquellos dos días aún no había fallado, fa llado de verdad, en nada. y no |
Respuesta: Las aventuras de Bella Mi señora me mandó salir a la plaza con las habituales caricias de la correa. Su provocó en él un rubor tan profundo como el de Bella.encantadora y menuda mano me indicó que me dirigiera a los puestos de aseo. Mientras nos acercábamos, eché una ojeada en dirección a la plataforma pública, medio asusta do por si este gesto daba alguna idea a mi ama, pero incapaz de dejar de mirar. La víctima era una princesa de piel aceitunada a la que no conocía, cuyo pelo negro estaba amontonado en lo alto de la cabeza y su largo cuerpo, de volúmenes sensuales y libre de grilletes, no paraba de brincar bajo la crepitante pala. Tenía un aspecto espléndido: los oscuros ojos entrecerrados y humedecidos, y la boca abierta incapaz de contener los gritos. Pareda absolutamente entregada. La multitud bailaba y daba alaridos, alentándola a seguir. Antes de que llegáramos al puesto de aseo, vi cómo arrojaban una lluvia de monedas sobre la princesa, igual que a mí la noche anterior. Mientras me lavaban, le tocó el turno a uno de los esclavos más apuestos que jamás hubiera visto, el príncipe Dimitri, del castillo. Las mejillas me ardieron de vergüenza ajena al verlo atado por las rodillas y el cuello, con las manos ligadas a la es palda, mientras la multitud se mofaba de él. El príncipe sollozaba tras la mordaza de cuero, azu zado por la pala. Pero mi ama me había descubierto mirando a la plataforma giratoria y yo bajé la vista y sentí una punzada de pánico. Así la mantuve mientras emprendía la marcha de regreso a casa a lo largo de la calzada posterior que llevaba hasta la mansión. «Seguro que me tocará dormir en algún sombrío rincón de la casa pensé, atado y quizás incluso amordazado. Es tarde, tengo el pene tieso como una vara de hierro y lo más probable es que mi señor esté dormido.» Pero mi ama me instaba a continuar por el pasillo. Vi luz debajo de la puerta. Llamó y me miró sonnente: Adiós, Tristán susurró, y antes de dejarme allí jugueteó un instante con un pequeño me chón de mi cabello. LAS INCLINACIONES DE LA SEÑORA LOCKLEY Estaba casi oscuro cuando Bella se despertó. Todavía había luz en el cielo, aunque ya se veían un puñado de diminutas estrellas. La señora Lo ckley, sin duda vestida para la velada de aquella noche, de rojo y con bordados en las abombadas mangas, estaba sentada sobre la hierba con la falda extendida a su alrededor formando un vistoso cír culo. Tenía la pala de madera sujeta al cinto de su delantal, medio enterrada entre los volantes de lino blanco. Chasqueó los dedos para que los esclavos, que empezaban a despertarse, acudieran a ella. Una vez reunidos en corro a su alrededor, de rodillas y con las escocidas nalgas apoyadas en los talones, la señora Lockley sostuvo con sus dedos pedazos de fruta fresca, melocotones y manzanas, y los acercó amablemente a las bocas de sus esclavos. Buena chica dijo al tiempo que acariciaba la barbilla de una encantadora princesa de cabello castaño a la que introducía un pedazo de manzana pelada en su ansiosa boca. Luego pellizcó su pezón con delicadeza. Bella se ruborizó, pero los otros esclavos no mostraron la más mínima sorpresa ante esta muestra de repentino afecto. Cuando la señora Lockley se quedó mirando directamente a Bella, la princesa, sin excesiva con fianza, inclinó la cabeza hacia delante para recibir su pedazo de jugosa fruta y se estremeció al sentir la caricia de los dedos de la mesonera sobre los irritados pezones. Un repentino aluvión de sensaciones confusas le recordó cada detalle de la severa experiencia que había padecido en la cocina. Volvió a ruborizarse, casi con vergüenza, y dirigió una tímida ojeada al príncipe Richard, que miraba impaciente a su dueña. El bello rostro de la señora Lockley estaba sereno, su melena negra formaba una profunda sombra detrás de sus hombros. Al besar al prínci pe Richard, las bocas abiertas de ambos se acoplaron, y ella procedió a acariciar su pene erecto ya mecer sus testículos. La breve historia del príncipe se había infiltrado en los sueños de Bella mien tras ésta dormía tumbada en la hierba. La princesa no pudo evitar sentir una puñalada de celos y excitación al contemplar la escena. La actitud del príncipe era casi alegre. Sus ojos verdes estaban llenos de buen humor y su boca alargada, casi sen sual, resplandecía con la humedad del trozo de melocotón que su dueña le introducía lentamente en la boca. Bella no sabía con exactitud por qué su corazón latía con tal violencia. La señora Lockley jugueteó del mismo modo con todos los esclavos. Hizo carantoñas entre las piernas a una rubia princesa hasta que ésta se retorció como el gato blanco de la cocina y luego la obligó a abrir la boca para atrapar las uvas que le arrojaba. Besó al príncipe Roger más dilatada mente incluso que a Richard, tirando mientras tanto de los oscuros rizos púbicos que rodeaban su miembro y examinando sus testículos, lo que |
Respuesta: Las aventuras de Bella Luego la mesonera se sentó como si tratara de pensar. Bella tuvo entonces la impresión súbitamente entre los labios púbicos para sabo rear los fluidos almizcleños, salados.de que los esclavos intentaban atraer la atención de su ama de distintas formas sutiles. La princesa de pelo castaño incluso llegó a encorvarse y besar la punta del zapato de la señora Lockley que asoma ba debajo de las enaguas de volantes blancos. Pero una de las muchachas de la cocina se acercaba en ese momento con una gran fuente pla na que depositó sobre la hierba. En cuanto la señora Lockley hizo chasquear sus dedos, todo el mundo empezó a sorber a lametazos el delicioso vino tinto de aquel recipiente. Bella nunca había saboreado algo tan dulce yexquisito. Al vino siguió un denso caldo con pedazos de carne tierna fuertemente condimentados. Luego, los esclavos volvieron a reunirse en corro. La señora Lockley señaló al príncipe Richard ya Bella y les indicó la puerta de la posada. Los otros les dirigieron miradas penetrantes, lle nas de hostilidad. «Pero ¿qué es lo que sucede? », se preguntó Bella. Richard avanzó a cuatro patas, todo lo rápido que pudo, aunque sin perder en ningún instante su ágil porte. Bella lo siguió pero se sintió torpe en comparación con él. La señora Lockley encabezó la ascensión por los estrechos escalones que subían por detrás de la chimenea y seguidamente recorrió el pasillo, pasó de largo ante la puerta del cuarto del capitán y siguió andando hasta otro dormitorio. En cuanto se cerró la puerta y la señora encendió las velas, Bella se percató de que se trataba de la alcoba de una mujer. La cama artesonada estaba guarnecida con coquetos bordados de lino y de los colgadores de la pared pendían vestidos de mujer. También había un gran espejo colocado en cima del hogar. Richard besó los pies de su señora y alzó la vista hacia ella. Sí, podéis quitármelas dijo, y mientras el príncipe empezaba a desatarle las botas, la señora Lockley se soltó el corpiño y se lo pasó a Bella ordenándole que lo doblara cuidadosamente y lo dejara sobre la mesa. Ante la visión de la blusa suelta de su ama, sin la contención del pequeño jubón y la marca de los lazos que aún estrujaban el lino arrugado, dentro de Bella se desató una tempestad. Los pechos le dolían como si aún la estu vieran azotando sobre el tajo de la cocina. Bella ejecutó la orden de rodillas, doblando el tejido con manos temblorosas. Cuando se dio media vuelta, la señora Lo ckley se había quitado también la blanca blusa de volantes. La visión de sus pechos era asombrosa. Desató la pala de madera de su falda y luego se la desabrochó, sacándosela por los pies. A continuación cayeron las enaguas, que Bella recogió, con el rostro encendido por un nuevo sonrojo al vislum brar el suave y rizado vello negro del pubis y los grandes pechos con oscuros y duros pezones apuntando hacia arriba. Bella dobló las enaguas, las dejó sobre la mesa y se volvió tímidamente. La señora Lockley, des nuda y probablemente tan hermosa como una es clava, con el pelo suelto como un velo negro que le cubría la espalda, indicó con un gesto a sus dos esclavos que se acercaran a ella. La mesonera estiró la mano para alcanzar la cabeza de Bella y la atrajo lentamente hacia sí. La respiración de la muchacha surgía ronca y ansiosa. Su vista estaba fija en el triángulo de pelo que tenía ante ella, bajo el cual apenas eran visibles los la bios de color rosado oscuro. Había visto cientos de princesas desnudas, en todas las posiciones, pero aun así, la contemplación de esta señora des provista de ropas la deslumbraba. El rostro de Bella estaba empapado. Apretó espontáneamente la boca contra el brillante vello y los labios púbicos que despuntaban en el centro, pero no pudo evitar retraerse, como si se acercara a unas brasas ardiendo, y se llevó las manos a su enrojecido rostro, con gesto de incertidumbre. Luego se aproximó al sexo de su señora con la boca abierta, sintió los espesos rizos pegados a su cara y los labios púbicos tan suaves y flexibles como nunca había sentido antes otros. La señora Lockley adelantó las caderas y cogió las manos de Bella para llevarlas a su cintura, de modo que, de pronto, la muchacha tuvo a la mesonera entre sus brazos. Los pechos de Bella palpitaban violentamente, como si fueran a reven tar por los pezones, y su propio sexo sufría convulsiones incontenibles. La princesa abrió am pliamente la boca, pasó la lengua bajo el grueso abombamiento de pliegues rojos y la introdujo |
Respuesta: Las aventuras de Bella Con un pro fundo suspiro, abrazó a la señora Lockley, con fuerza. Bella era vagamente impactante ritmo.consciente de que Richard se había puesto de pie detrás de la mujer y deslizaba los brazos bajo la mesonera para soste nerla. Las manos de Richard, posadas sobre los pechos de su ama, apretaban sus pezones. Pero Bella estaba perdida en lo que tenía delante. La cálida seda del vello, los rollizos labios mojados, la humedad que rezumaba hasta su len gua, provocaron el frenesí en la muchacha. Los suaves suspiros que llegaban de la mujer, aquellos jadeos de indefensión, encendieron una nueva chispa en Bella. Empezó a lamer como una loca, lanzando puñaladas con la lengua, como si la deliciosa carne salada fuera su único alimento. Atrapó el duro y redondo clítoris con la punta de la lengua y lo chupó con toda la presión que podía ejercer, bajo el húmedo vello que tapaba su boca y nariz, empapándolas de la dulce fragancia almiz cleña, mientras jadeaba aún con más fuerza que su ama. El diminuto tamaño del nódulo le impedía parar; era tan diferente a una verga y no obstante tan parecido al pene, aquella pequeña almendra que Bella sabía que era la fuente del arrebato de la mesonera. La princesa, entregada únicamente a aquel rapto, chupó, lamió y mordisqueó hasta que la señora se quedó con las piernas separadas, gi miendo intensamente y moviendo las caderas con rápidas fluctuaciones. Todas las imágenes de la tortura en la cocina pasaron como un rayo por la mente de Bella aquélla era la mujer que le había golpeado los pechos y devoró la vulva cada vez con más vigor, casi mordiéndola, sorbiendo y ahondando en el sexo con la lengua y balanceando sus propias caderas al compás del movimiento. Fi nalmente, la señora Lockley gritó a pleno pulmón y sus caderas se congelaron en el aire a la vez que todo su cuerpo se paralizó. ¡No! ¡Más, no! casi chilló la señora. Agarró la cabeza de Bella, luego la soltó poco a poco y volvió a hundirse en los brazos del príncipe con la respiración entrecortada. Bella se echó hacia atrás para sentarse de nuevo sobre sus talones. Cerró los ojos e intentó no esperar ninguna satisfacción, no imaginarse otra vez el pubis oscuro y reluciente, ni pensar en su suculento sabor. Pero no podía evitar tocarse el paladar con la lengua, una y otra vez, como si aún estuviera lamiendo a la señora Lockley. Finalmente, la mesonera se puso en pie y se dio la vuelta para rodear a Richard con los brazos. Lo besó y se restregó contra él agitando las caderas. A Bella le resultaba doloroso observar pero no podía apartar la vista de las dos figuras que se elevaban sobre ella. Richard tenía el rojo pelo caí do sobre la frente y con su musculoso brazo acer caba hacia él la estrecha espalda de la mesonera. Pero entonces la mujer se volvió y, cogiendo a Bella por la mano, la acercó a la cama. Poneos de rodillas sobre la cama y quedaos de cara a la pared ordenó, con las mejillas en cendidas de un exquisito color. y separad bien esa preciosidad de piernas añadió. A estas alturas no tendría que hacer falta que os dijeran esto. Bella obedeció al instante y se desplazó a rastras hasta quedarse de cara a la pared en el otro extremo de la cama, como le habían ordenado. Sen tía una pasión tan feroz que le resultaba imposible detener sus caderas. Una vez más, las imágenes de las torturas que había sufrido en la cocina aparecieron como un rayo en su mente: aquel rostro sonriente y la pequeña lengua blanca de la correa que descargaba sus golpes sobre su pezón. «Oh, perverso amor pensó, cuántos com ponentes inexpresables encierra.» Pero la señora Lockley se estaba tumbando sobre la cama, colocada entre las piernas estiradas de Bella, con el rostro vuelto hacia arriba. Entrelazó los muslos de su esclava con los brazos e hizo que Bella descendiera hasta quedarse ahorcajadas encima de ella. Bella fijó la vista en los ojos de la mesonera mientras estiraba las piernas para separarlas aún más, hasta que su sexo quedó justo sobre el rostro de la señora Lockley. De pronto, la boca roja que veía debajo le inspiró tanto miedo como la del gato blanco de la cocina. Los ojos, grandes y vidriosos, eran como los del gato. «Va a devorarme pensó. ¡Me va a comer viva! » Entretanto, su sexo se abría con silenciosas y voraces convulsiones. Richard, desde detrás, sostuvo a Bella con sus manos y tomó sus irritados pechos igual que ha bía cogido los de la señora Lockley. Al mismo tiempo, la princesa notó un fuerte impacto en la estructura de la cama y vio que la señora Lockley se ponía rígida y cerraba los ojos. Richard había penetrado a su ama. El príncipe estaba de pie junto a la cama, entre las piernas separadas de la mesonera, y Bella sentía las convul siones del rápido e |
Respuesta: Las aventuras de Bella Pero la ardiente y delicada lengua de la señora obra ejerciendo rudos restregones con el cepillo y frotándolos después con la toalla.Lockley había arremetido inmediatamente contra Bella. Chupaba con lametazos largos y pronun ciados sus labios púbicos, obligándola a jadear ante la increíble dulzura de la penetrante sensación. Bella dio un brinco. Temía a aquella lengua mojada, a pesar del vehemente deseo que sentía. Los dientes de la señora Lockley habían atrapado su clítoris y lo mordisqueaban, chupándolo y la miéndolo con un ardor que la asombró. La lengua la perforaba y la llenaba, y los dientes la corroían. Richard aguantaba todo el peso de Bella en sus brazos, alargados y poderosos, mientras con sus embestidas sacudía la cama con un ritmo continuo y acompasado. «¡Oh, sabe cómo hacerlo!», se dijo la muchacha, aunque pronto perdió el hilo de sus pensamientos. Respiraba con exhalaciones pro longadas y graves, mientras las manos de Richard masajeaban sus doloridos pechos y, por debajo, el rostro de la mujer continuaba metido en su vagi na, invadiéndola con la lengua y adhiriendo los la bios a su boca inferior para chuparla en una orgía de lametazos que hizo que un orgasmo abrasador se propagara por todo su cuerpo. El clímax se dispersó en oleadas radiantes que casi la obligaron a postrarse, mientras las contundentes embestidas del príncipe continuaban cada vez más rápidas. La señora Lockley gemía contra el pubis de Bella y Richard, desde detrás, soltaba los mismos gritos profundos y guturales. Bella se quedó colgando entre los fuertes brazos, totalmente extenuada. Cuando quedó liberada, cayó lánguidamente A un lado y permaneció echada durante largo rato acurrucada al lado de su señora. Richard también se había desplomado formando un bulto sobre la cama. Bella estaba tumbada, medio dormida. Oía los sonidos indistintos del piso inferior, las voces que llegaban del bar, los gritos ocasionales de la plaza, los sonidos de la noche que descendía sobre el pueblo. Cuando la princesa abrió los ojos, Richard estaba de rodillas, atando los lazos del delantal de su ama, mientras la señora Lockley acariciaba ellargo pelo oscuro de su esclavo. En cuanto el ama chasqueó los dedos para indicar a Bella que se levantara, la muchacha bajó apresuradamente de la cama y alisó rápidamente la colcha. Se volvió y alzó la vista hacia su señora. Richard también se había arrodillado ante el delantal blanco como la nieve de su dueña, Bella ocupó su lugar junto a él y la mesonera les sonrió. Durante unos instantes observó a sus dos esclavos, luego estiró la mano y estrechó el sexo de Bella. Dejó allí su cálida mano hasta que poco a poco, los labios púbicos aumentaron de tamaño, y la penetrante palpitación volvió a comenzar. Con la otra mano, la mesonera despertó la verga del príncipe, le pellizcó la punta y apretó juguetonamente, con suavidad, los testículos, al tiempo que le susurraba: Venid aquí, joven, nada de descansar. El príncipe soltó un débil gemido, pero su miembro era obediente. Los cálidos dedos de la mujer también comprobaron la humedad de los labios congestionados de Bella. Veis, esta buena muchachita ya está preparada para el servicio. Entonces alzó las barbillas de ambos y les son rió. Bella sintió náuseas y debilidad. Había perdido toda resistencia. Se quedó mirando fija y sumisamente los en cantadores ojos oscuros de su señora. «y por la mañana me azotará con la pala, so bre la barra del bar pensó Bella, como hace con los demás.» Pero la debilidad aumentaba to davía más. La breve historia de Richard se disolvía en ella con una claridad sensacional: el local de castigos, la plataforma giratoria. El pueblo llameaba en su mente. Se sentía afligida y ofuscada, incapaz de discernir si era buena o mala, o quizás ambas cosas. Levantaos dijo la señora en voz baja con tono suave y marchad a toda prisa. Ya está os curo y aún no os habéis lavado. Bella se levantó, al igual que el príncipe, y soltó un gritito al notar que la pala de madera alcan zaba sus nalgas con un chasquido. Las rodillas altas dijo en un amable susu rroJovencito otro chasquido, ¿me oís? Les azotó con fiereza mientras se apresuraban escalones abajo. Bella estaba temblando, con el rostro enrojecido, estremecida por la pasión que la inflamaba de nuevo. Ambos fueron conducidos hasta el patio donde ya estaba listo el barreño de madera en el que iban a lavarles las muchachas de la cocina, quienes rápidamente se pusieron manos a la |
Respuesta: Las aventuras de Bella ufffffffffffffffffffffffffffff como larguito noooo |
Respuesta: Las aventuras de Bella y lo que falta!!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella vea pues... no quedo el mensaje que puese la vez pasada.... pero bueno.... yo dije... casi que no me adelanto.... esperando a ver que le pasa a bella.... sera que se escapa???? y pobre tristan!!! bueno pobre cualquier pricipe.... |
Respuesta: Las aventuras de Bella SECRETOS EN LA ALCOBA INTERIOR Tristán: Cuando entré, el dormitorio de mi señor esta ba inmaculado, como la noche anterior. La Sumisión dije con la boca seca. Mi voz no me resultaba nada familiar.cama forrada de satén verde resplandecía a la luz de las velas. Al ver a mi amo sentado al escritorio, con la pluma en la mano, atravesé el suelo de roble puli mentado lo más silenciosamente que pude y besé sus botas, no de un modo respetuoso, como hice antes, sino con gran cariño. Temí que fuera a detenerme mientras yo lamía sus tobillos y me atrevía luego incluso a besar el cuero liso que enfundaba sus pantorrillas, pero no fue así. Ni siquiera parecía percatarse de mi pre sencla. Me dolía el pene. La princesita de la tienda pública no había sido más que el entremés, y el mero acto de entrar en la habitación de mi dueño inten sificó mi hambre. Pero, como me había sucedido antes, no me atreví a rogar con ningún tipo de mo vimiento vulgar o suplicante. Por nada del mundo hubiera contrariado a mi señor. Lancé miradas furtivas hacia arriba, en direc ción a su rostro concentrado y envuelto de pelo blanco que brillaba tenuemente. Entonces él se volvió, me miró y yo aparté tímidamente la vista, aunque tuve que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo. ¿Os han lavado bien? preguntó. Asentí y volví a besarle las botas. Subíos al lecho y sentaos al pie de la cama, en la esquina más próxima a la pared ordenó. Yo estaba embelesado. Intenté controlarme. Al sentir la colcha de satén contra las erupciones de mi piel me pareció tan calmante como el hielo. Los dos días de azotes constantes habían conseguido que incluso la contracción de un único músculo produjera interminables reverberaciones de dolor. Supe que mi amo se estaba desvistiendo, aun que no me atreví a mirar. Luego apagó todas las velas excepto las de la cabecera de la cama, donde había también una botella de vino junto a dos co pas de metal con joyas incrustadas. Pensé que debía de ser el hombre más rico del pueblo para disfrutar de tanto lujo. y sentí el más puro orgullo que pueda experimentar un es clavo por tener un amo tan rico. Cualquier atisbo del príncipe que fui en mi propia tierra había desa parecido de mi mente. Mi amo se encaramó a la cama y se acomodó contra los almohadones, con una rodilla levantada y el brazo izquierdo apoyado en ella. Se estiró para llenar las dos copas y luego me tendió una a mí. Yo estaba desconcertado. ¿Acaso quería que bebiera de la copa igual que él? La cogí de inmedia to y me recosté hacia atrás con la copa entre las manos. Entonces miré a mi dueño sin ningún pudor; no me había ordenado no hacerlo. Vi su tórax duro y delgado, con fragmentos de vello blanco rizado alrededor de los pezones, y mi mirada descendió por el centro del pecho hasta su vientre, que captaba con primor la luz de las velas. Su pene no estaba tan duro como el mío y quise remediarlo. Podéis beber el vino igual que yo dijo como si me leyera el pensamiento. Completamen te atónito, bebí como un hombre por primera vez en medio año y al hacerlo sentí cierta torpeza. Tragué demasiada cantidad y me vi obligado a de tenerme. Pero era un borgoña de crianza como no recordaba haber degustado. Tristán dijo mi amo en tono amistoso. Le miré directamente a los ojos y bajé lenta mente la copa. Ahora hablaréis para contestarme dijo. Mi asombro era indescriptible. Sí, amo repuse en voz baja. ¿Me odiasteis anoche cuando hice que os azotaran en la plataforma giratoria? preguntó. Me sobresalté. Dio otro trago de vino sin apartar la vista de mí. De pronto parecía siniestro, aunque yo no sa bía por qué. No, amo susurré. Más alto me indicó. No os oigo. No, amo respondí. Me ruboricé con más intensidad que nunca. No hacía ninguna falta que me recordara la plataforma giratoria. En realidad no había dejado de pensar en ella en ningún instante. Además de «amo», también me podéis lla mar «señor» dijo. Me gustan ambos. ¿Odias teis a Julia cuando os dilató el ano con el falo de la cola de caballo? No, señor contesté. El rubor ardía cada vez más en mi rostro. ¿Me odiasteis cuando os enganché al tiro con el resto de corceles y os obligué a arrastrar el carruaje hasta la casa solariega? No me refiero a hoy, que tan bien os habéis comportado, sino a ayer cuando observasteis horrorizado los arneses. No, señorprotesté. Entonces, ¿qué fue lo que sentisteis cuando sucedieron todas esas cosas? Yo estaba demasiado estupefacto para poder responder. ¿Qué quería hoy de vos cuando os até tras otro par de corceles, cuando taponé vuestra boca y vuestro ano y os hice marchar con los pies des calzos? , |
Respuesta: Las aventuras de Bella Y... ¿con más precisión? enseñado a hacerlo.Que... que marchara con brío. Que recorriera el pueblo... de aquella manera... yo estaba temblando. Quise sostener la copa con la otra mano intentando que pareciera un gesto despreo cupado. ¿De que manera? insistió. Enjaezado, amordazado. ¿Sí...? Atravesado por un falo y descalzo tragué saliva pero sin apartar la mirada de él. ¿Y qué es lo que quiero de vos ahora? preguntó. Tuve que reflexionar por un momento. No sé. Yo... Que conteste a vuestras preguntas. Exactamente. Así que las contestaréis, completamente añadió en tono amable, levantando ligeramente las cejas y con pasajes profunda mente descriptivos, sin ocultar nada y sin engatu samientos. Me daréis respuestas largas. De hecho, prolongaréis las respuestas hasta que yo plantee otra pregunta Se estiró para alcanzar la botella y me llenó la copa. Bebed todo el vino que os apetezca dijo, hay de sobras. Gracias, señor murmuré yo, con la vista fija en la copa. ¡Eso está un poco mejor! dijo tomando nota de mi respuesta. Ahora, volvamos a em pezar. Cuando visteis por primera vez el tiro de corceles y os disteis cuenta de que ibais a formar parte de él, ¿qué se cruzó por vuestra mente? Per mitidme que os recuerde: llevabais un grueso falo en el trasero con una buena cola de caballo sujeta a él. Luego estaban las botas y el arnés. Os estáis sonrojando. ¿Qué pensasteis? Que no podría soportarlo expliqué, sin atreverme a hacer una pausa, con voz trémula. Que no podían obligarme a aquello. Que no lo conseguiría, que fallaría de algún modo. Que no podían enjaezarme a un carruaje y obligarme a ti rar de él como un animal. y la cola, parecía un adorno espantoso, un estigma. Me ardía el ros tro. Sorbí el vino pero él continuaba en silencio, lo cual quería decir que yo tenía que seguir con la respuesta. Creo que fue mejor cuando apreta ron los arneses y no pude escapar. Pero no hicisteis ningún movimiento para escaparos antes de esto. Cuando os llevé a casa azotándoos por la calle con la correa, estaba yo solo con vos, y entonces tampoco intentasteis sa lir corriendo, ni siquiera cuando los rufianes del pueblo os fustigaron. Oh, ¿de qué hubiera servido correr? pregunté consternado. ¡Me han enseñado ano echarme a correr! Sólo hubiera servido para atar me con cuerdas a cualquier sitio y golpearme, tal vez para azotarme la verga me detuve al oír mis propias palabras. O quizá, sólo me hubieran atrapado para enjaezarme de nuevo y volver a trotar arrastrado por los otros caballos. La mortifica ción hubiera sido mayor porque todos estarían al corriente de mi miedo, sabrían que había perdido el control y que me encontraba allí a la fuerza bebí de la copa y me aparté el pelo de los ojos. No, ya que había que hacerlo, era mejor someterse; era algo ineludible, o sea que tenía que aceptarlo. Durante un segundo cerré los ojos con fuerza. La vehemencia y el torrente de mis palabras me tenían asombrado. Pero también os habían enseñado a somete ros a lord Stefan y sin embargo no lo hicisteis replicó mi dueño. ¡Lo intenté! exploté. Pero lord Stefan... ¿Sí...? El capitán lo describió correctamente balbucí. Mi voz sonaba frágil entonces. Las palabras brotaban con demasiada precipitación. Antes había sido mi amante y en vez de usar nuestra re lación íntima a su favor, como amo, permitió que ésta lo debilitara. Qué exposición tan interesante. ¿Habló él con vos como estoy haciendo yo ahora mismo? ¡No! ¡Nadie lo ha hecho nunca! me reí breve y secamente. Es decir, nunca me han per mitido responder. Él me daba órdenes como cual quier noble del castillo. Me mandaba ceremo niosamente pero no podía disimular su terrible estado de turbación. No se puede expresar con palabras la excitación que le provocaba verme con una erección y sometiéndome a sus deseos, pero aun así no era capaz de aguantarlo. Creo, bueno, a veces creo que si el destino hubiera invertido nuestras posiciones, tal vez yo le hubiera |
Respuesta: Las aventuras de Bella Mi amo se rió, con una risa espontánea y rela jada. Bebió de su copa. Tenía el rostro «Absorber», repetí en mi mente. La palabra era perfecta.animado y un poco más afable. Mi alma intuyó una terrible sensación de peli gro mientras lo miraba. Probablemente tengáis mucha razón co mentó. A veces los mejores esclavos esconden a los mejores señores. Pero posiblemente nunca ten dréis oportunidad de demostrarlo. Esta tarde ha blé de vos con el capitán. He hecho todo tipo de indagaciones. Cuando erais libre, años atrás, superabais a lord Stefan en todos los aspectos, ¿no es cierto? Mejor jinete, mejor espadachín, arquero. y él os amaba y os admiraba. Yo intenté destacar como esclavo suyo continué. Sufría jornadas interminables de humillaciones extremas. El sendero para caballos, y los demás juegos de la noche de fiesta en los jar dines de su majestad. En algunas ocasiones me convertía en el juguete de la reina; lord Gregory, el señor de los esclavos, me inspiraba el más hondo temor. Pero nunca complací a lord Stefan porque él mismo no sabía cómo quería que lo complacie ran. No sabía llevar el mando. Eran siempre otros nobles los que atraían mi atención. Las palabras se me atascaron en la garganta. ¿Por qué tenía que contar estos secretos? ¿Por qué tenía que sacarlo todo a la luz y ampliar las re velaciones que ya había hecho el capitán? Sin em bargo,mi dueño seguía sin abrir la boca. De nue vo reinaba aquel silencio, y era yo quien debía llenarlo. No dejo de pensar en el campamento de soldados continué, con el silencio palpitando en mis oídos. No sentía ningún amor por lord Stefan. Miré a los ojos de mi amo. El azul no era más que un matiz de azul, los oscuros centros pa recían enormes, casi fulgurantes. »Uno tiene que amar a sus señores dije. Incluso los esclavos de las casas más humildes del pueblo pueden llegar a amar a sus rudos y trabaja dores amos, ¿o no? , como yo amaba... a los solda dos del campamento que me azotaban a diario. Como amé por un momento... ¿Sí? inquirió. Como incluso amé al maestro de azotes la otra noche en la plataforma giratoria. Aquella ma no que me levantaba la barbilla, que apretaba mis mejillas, aquella sonrisa amenazadora sobre mí. El poder de aquel grueso brazo... Yo temblaba tanto como la noche pasada. Pero aquel silencio continuaba... Incluso aquellos rufianes, como vos loS ha héis llamado, que me azotaron en la calle bajo vuestra mirada dije alejándome de la imagen de la plataforma giratoria tenían su forma de ruin encanto. El rubor de antes no era nada comparado con el que sentía ahora. Me refresqué con el vino y aclaré la voz, pero el silencio volvía a dilatarse mientras bebía. Levanté la mano izquierda para protegerme los ojos. Bajad la mano dijo él y decid me qué sentisteis antes de iniciar la marcha, cuando estu visteis enjaezado correctamente. La palabra «Correctamente» me perturbó. Era lo que yo necesitaba repuse. Intentaha dejar de mirarlo, sin conseguirlo. Él tenía los ojos muy abiertos y su rostro a la luz de la vela era casi demasiado perfecto para ser el de un hombre, demasiado delicado. Sentí que un nudo se soltaba en mi pecho, se desataba. Ya que..., bueno, ya que tenía que ser un esclavo, eso era lo que necesitaba. y esta noche, cuando he vuelto a hacerlo, lo he hecho con orgullo. Sentía una vergüenza extrema. El rostro me palpitaba. ¡Me gustó! susurré. Es decir, esta noche, cuando fuimos a la casa solariega, me gustó. La temprana carrera descalzo por el pueblo me había enseñado que uno puede sentir orgullo por trotar enjaezado de ese modo, en vez del otro. y quería satisfaceros. Me complací en satisfaceros. Apuré la copa y la bajé. Me sirvió más vino, y volvió a dejar la botella sobre la mesilla sin apartar la vista. Experimenté una sensación de caída libre. Me estaba abriendo con mis propias confesiones co mo antes me habían abierto los falos. Pero quizás ésa no sea toda la verdad seguí confesando, mirándolo con atención. Aun que no hubiera dado ese paseo descalzo por el pueblo, seguramente me habrían gustado de todos modos las guarniciones del tiro. y tal vez, a pesar de todo el dolor y miseria del paseo descalzo por el pueblo, me gustó porque vos me conducíais y vos me observabais. Sentí lástima por los esclavos que encontré a mi paso, a los que nadie parecía mirar. En el pueblo siempre hay alguien mirando repuso él. Si os amarro a una pared en la calle, y lo haré, siempre habrá quienes adviertan vuestra presencia. Los rufianes del pueblo vendrán a atormentaros otra vez, agradecidos de encontrar un esclavo desatendido al que poder torturar sin pagar por ello. Os azotarán y en menos de media hora os dejarán en carne viva. Cuando un esclavo se queda solo siempre se entera alguien, y viene a castigarlo. Y, como habéis dicho, es una forma de ruin encanto. Para un esclavo bien adaptado, la más ordinaria fregona o el más miserable desholli nador pueden tener un encanto demoledor si se dejan absorber por la disciplina. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Se me empañó la vista. Empecé a subir de nue vo la mano para protegerme la cara pero No puedo contenerme.al darme cuenta la bajé. Así que lo necesitabais dijo él. Necesitabais estar bien enjaezado, con la embocadura y las herraduras, y arreado con firmeza. Hice un gesto de asentimiento. Tenía la voz tan velada que no podía hablar. ¿Y queríais complacerme? dijo. ¿Por qué? ¡No lo sé! ¡Sí lo sabéis! Porque... sois mi señor, mi dueño. Sois mi única esperanza. ¿Esperanza de qué? ¿De recibir el máximo castigo? No lo sé. ¡Sí lo sabéis! Mi única esperanza de un amor profundo, de entregarme perdidamente a alguien, no sim plemente de perderme en todas esas batallas por romper mi resistencia y rehacerme, sino de perderme ante alguien de una crueldad sublime, de una excelencia sublime a la hora de imponerse. Alguien que, de algún modo, sea capaz de ver, en tre el fuego vivo de mi sufrimiento, la profundi dad de la sumisión, y de amarme también. Era admitir demasiado. Me detuve, abrumado y segu ro de no poder seguir hablando. Pero continué, lentamente. Podría haber amado a muchos amos y seño ras, quizá, pero vos estáis dotado de una belleza misteriosa que me debilita y me cautiva. Ilumináis los castigos. No..., no lo entiendo. ¿Qué sentisteis cuando os percatasteis de que os encontrabais en la fila de la plataforma gi ratoria, ¿cuando me implorasteis con todos aque llos besos en las botas y la multitud se rió de vos ? Aquellas palabras me hirieron. Aquello también era demasiado real para recordarlo. Tragué con fuerza. Sentí pánico. Lloré, por ser castigado tan pronto y de esa manera después de haberme es forzado con tanto esmero. Pensé que no podía ser castigado para espectáculo de una multitud de gente vulgar; y vaya multitud, todos estaban allí para presidir mi penitencia. Cuando me recrimi nasteis por suplicar, sentí... sentí tal vergüenza que creí que no podría superarlo. Recordaba que no había hecho nada para recibir ese castigo. Me lo había ganado por el hecho de estar aquí, por ser lo que soy. Luego sentí remordimientos por haberos implorado. No volveré a hacerlo. Lo juro. ¿Y después? preguntó él. ¿Cuando os llevaron sobre el estrado y os subieron a la plataforma sin grilletes? ¿Aprendisteis algo de aquello? Sí, muchísimo solté otra risita grave y ronca, no más de una sílaba. Fue devastador. Primero, cuando dijisteis al guardia que no utili zara grilletes conmigo, experimenté ese miedo te rrible a perder el control. Pero ¿por qué? ¿Qué habría sucedido si hubierais forcejeado? Que me habrían atado a la plataforma. Esta noche he visto a un esclavo atado de ese modo. Anoche, sencillamente, asumí que sucedería de ese modo, y hubiera opuesto resistencia con todo mi cuerpo, igual que el príncipe de esta noche, de batiéndome salvajemente, despedazado por el te rror, inundado y luego vaciado por el pánico. Hice una pausa. Era absorbente, sí, me había sumergido en ello. Pero permanecí quieto dije. y cuando me di cuenta ya no intentaba zafarme bajo los gol pes. Me liberé de toda tensión. Experimenté ese alborozo tan singular. Me ofrecían a la muche dumbre y yo me sometía a ello. Acumulé en mí todo el frenesí de la multitud, y la multitud au mentaba el castigo con su disfrute. Yo pertenecía a la multitud, a cientos y cientos de amos y señoras. Me rendía a su lascivia. No retenía nada, no me re sistía en absoluto. Me detuve. Él asentía lentamente con la cabeza, sin hablar. El calor pulsaba silenciosamente en mis sienes. Tragué el vino pensando en mis pro pias palabras. Fue igual, en pequeña escala continué,cuando el capitán me azotó. Él me castigaba por haber fallado después de su adiestramiento. Pero también me estaba poniendo aprueba, para ver si estaba diciendo la verdad en lo referente a Stefan, para confirmar si lo que necesitaba era subyuga ción. Intentaba desenmascararme. En realidad, decía: « yo os voy a enseñar, ya veremos si podéis soportarlo.» y yo me ofrecí a su fusta, o al menos eso pareció. Nunca pensé, ni en el campamento ni siquiera en el castillo, bajo la mirada de los nobles y las damas, que podría danzar de ese modo bajo el látigo de un soldado en una plaza de pueblo llena de viandantes, a plena luz del día. Los soldados disciplinaron mi pene, me adiestraron, pero nunca lograron eso de mí. Pese a que me aterroriza lo que queda por venir y temo incluso los arneses de corcel, ahora siento que me entrego a todos los castigos en vez de intentar vencerlos con orgullo como en el castillo. Estoy volviendo mi interior hacia fuera. Pertenezco al capitán, ya vos, a todos los que observáis. Me estoy convirtiendo en mis castigos. El se movió silenciosamente hacia mí, cogió la copa y la dejó a un lado. Luego me tomó entre sus brazos y me besó. Abrí la boca ampliamente y respondí con avi dez, pero él me puso de rodillas y se inclinó para llevar su boca ami pene y envolverme las nalgas con los brazos. Lamió toda la longitud de mi miembro de un modo casi salvaje, cubriéndolo con la ardorosa presión húmeda de su lengua, mientras con los dedos me separaba las nalgas y me abría el ano. Su cabeza continuaba moviéndo se adelante y atrás, absorbía toda mi verga, los labios se apretaban en torno a ella y luego la solta ban para rodear la punta con la lengua. Después reanudó los rápidos y casi enloquecidos lameta zs, mientras sus dedos dilataban completamente mi ano. Por un momento se me aclaró la mente y susurré: |
Respuesta: Las aventuras de Bella Pero cuando él siguió todavía con más fuerza, con lametones más violentos, sujeté en jarras, levantando las ma nos de vez en cuando con naturalidad.firmemente con ambas manos su cabeza y vertí el potente chorro en él. Aquella succión que parecía querer vaciarme me hizo gritar con ritmo entrecortado, a ráfagas. Cuando ya no pude aguantar más e intenté libe rarme suavemente de su cabeza, él se incorporó y me echó boca abajo sobre la cama, levantó y sepa ró mis muslos de un empujón y me aplastó contra las sábanas con las palma de la mano sobre el tra sero, para echarse despues sobre mi e mtroducir me el pene con fuerza. Debajo de él, yo parecía una rana. Los músculos de mis muslos ardieron con aquel delicioso dolor. Su peso me comprimía contra la cama. Su boca se abría ligeramente sobre mi nuca. Luego engancho mis rodillas retorcidas con sus manos para forzarlas a elevarse aún más. Mi verga, exhausta, palpitaba doblada bajo mi cuerpo. Mis nalgas se agitaban con ligeras convulsiones y la tensión me hacía gemir. Pero su miembro, que estaba atravesando mi trasero completamente abierto, parecía un instrumento inhumano. Me agrandaba, se apropiaba de mi núcleo, me vaciaba. Eyaculé de nuevo con una serie de chorros re pentinos. Era incapaz de permanecer pegado a la cama. Continué brincando debajo de él, y él me penetró aún más, hasta que soltó ruidosamente el gemido grave del clímax. Me quedé tumbado jadeando, sin atreverme a destrabar mis piernas dobladas y aplastadas. Lue go noté que él me bajaba las rodillas y se echaba a mi lado. Me obligó a volverme de cara a él y en ese intenso y exaltado momento de agotamiento, co menzó a besarme. Intenté desprenderme de la languidez del sue ño. Mi verga suplicaba un momento de respiro, pero él había acercado de nuevo su mano a mi pelvis. Me estaba levantando, me obligaba a arrodi llarme, y dirigía mis manos hasta un mango de madera que había encima de nuestras cabezas colgado del techo artesonado de la cama. Mientras tanto, palmoteaba mi miembro con las manos y se sentaba con las piernas cruzadas ante mí. Observé cómo mi pene se congestionaba por los golpes, con un placer cada vez más lento, pleno y atroz. Gemí en voz alta y, sin poder domi narme, me retorcí para escapar. Pero él tiró de mí hacia delante, me envolvió los testículos con la mano izquierda, pegándolos a mi verga y, con la otra mano, continuó con los crueles cachetes. Mi cuerpo estaba en el caballete de torturas. y también mi mente. En ese instante me di cuenta, mientras él me pellizcaba la punta del miembro, de que tenía la intención de conseguirlo una vez más, aunque tuviera que utilizar todas las tretas que fueran necesarias. La pellizcó, la acarició con sus dedos envolventes y luego la chupó con la len gua, dejándome completamente frenético. Tomó el lubrificante del tarro que había usado la noche anterior y se embadurnó la mano derecha. Acercó los dedos a mi verga y la apretó como si fuera a acabar con ella. Yo gruñía con los dientes apretados, balanceaba las caderas y, luego, una vez más, mi pene descargó hacia delante, con violentos y repetidos chorros. Me quedé colgado del mango de madera, ofuscado y verdaderamente vacío. Aún había una vela encendida. Al abrir los ojos, no supe cuánto tiempo había pasado. Pero debía de ser temprano. Los carruajes aún rodaban por la calzada al otro lado de la ventana. Caí en la cuenta de que mi amo ya se había vestido y andaba de un lado a otro con las manos entrelazadas detrás de la espalda y el pelo enmara ñado. Llevaba el jubón de terciopelo azul y la camisa blanca de lino, de largas mangas abombadas, ambos desabrochados. De tanto en tanto giraba sobre sus talones, se detenía bruscamente, se me saba el pelo y luego continuaba recorriendo la ha bitación a paso regular. Cuando me incorporé sobre el codo, temien do que me ordenara marcharme, indicó con un gesto la copa y dijo: Podéis beber si os apetece. Levanté la copa de inmediato y me recosté contra el artesonado de la cama, observándole. Mi señor contmuaba recornendo el cuarto de un lado a otro, luego se volvió y, con la mirada fija en mí, dijo: ¡Estoy enamorado de vos! Se acercó un poco más para escudriñar mi mirada. ¡Enamo rado de vos! No simplemente por el placer de castigaros, que por supuesto es lo que voy a seguir haciendo, o por vuestro servilismo, que adoro y deseo vehementemente, también. Estoy enamo rado de vos, de vuestra alma secreta, que es tan vulnerable como vuestra carne enrojecida por la correa, y de toda la fuerza que acumuláis bajo nuestro ejercicio conjunto del poder. Yo me había quedado sin habla. Únicamente era capaz de mirarlo, perdido en la vehemencia de su voz y la mirada de sus ojos. Pero mi alma se rea nimó de golpe. Se apartó de la cama y, lanzándome miradas penetrantes, continuó paseando arriba y abajo por la habitación. Desde que la reina comenzó a importar es clavos desnudos para el placer dijo mirando la alfombra que tenía bajo los pies, siempre me ha desconcertado qué es lo que lleva aun príncipe fuerte, de ilustre cuna, a obedecer con una sumisión tan absoluta. Me he devanado los sesos para comprenderlo. Hizo una pausa y luego conti nuó con los brazos |
Respuesta: Las aventuras de Bella Todos los que han contestado en el pasado me han dado respuestas tímidas, Me apetece dar un paseo por el campo.avergonzadas. Vos habéis hablado de corazón y he comprendido que aceptáis vuestra esclavitud con la misma facilidad que ellos. Por supuesto, la reina me ha expli cado que todos los esclavos pasan un examen an tes de su selección. Sólo escogen los más aptos y hermosos. Me miró. No me había percatado antes de que había pasado un examen. Pero inmediatamente recordé a los emisarios de la reina con los que tuve que reunirme en una estancia del castillo de mi pa dre. Recordé que me ordenaron quitarme la ropa y me habían tocado y observado mientras yo me quedaba quieto permitiendo que aquellos dedos sondeadores actuaran. Yo no había exhibido ninguna pasión repentina pero quizá sus ejercitadas miradas habían visto más de lo que yo mismo era capaz de ver. También me habían friccionado la carne y luego me interrogaron y estudiaron mi rostro mientras yo intentaba contestar con repen tino sonrojo. Son raras las ocasiones, si se dan, en las que un esclavo se escapa continuó mi dueño. y la mayoría de los que huyen lo hace con el deseo de ser atrapados. Eso es obvio. Lo que les motiva es la provocación; su incentivo es el aburrimiento. Los pocos fugitivos que se toman la molestia de robar alguna ropa a sus señores culminan la huida con éxito. Pero ¿la reina no monta en cólera contra los reinos de origen de los evadidos ? pregunté. Mi propio padre me advirtió de que la reina era to dopoderosa y temible, que no era posible negarse a su petición de ofrecer tributos de esclavitud. Tonterías replicó él. La reina no va a enviar a la guerra a sus ejércitos por un esclavo desnudo. Lo único que sucede es que el esclavo llega a su país natal deshonrado. Sus padres reciben la petición de devolverlo y, si no lo hacen, el esclavo no obtiene ni un penique de su nada des preciable retribución. Eso es todo. Se quedan sin la paga. Por supuesto, a menudo los padres se avergüenzan de que su retoño se haya comporta do como un blandengue y un inconstante. Una vez en casa, los hermanos y hermanas que ya han prestado vasallaje se muestran agraviados por el desertor. Pero ¿qué es eso para un joven y fuerte príncipe a quien el servicio le parece intolerable? Se detuvo y me miró fijamente. Ayer hubo una fuga dijo. Fue una princesa y, por lo visto, a estas horas casi han abandonado la búsqueda. No han podido atraparla ni los campesinos leales ni en ningún otro pueblo. Ha llegado al reino vecino del rey Lysius, donde los esclavos siempre pueden cruzar la frontera sin riesgo. ¡Así que lo que había contado el esclavo corcel Jerard era cierto! Me senté, pasmado, pensando en el poco efecto que tenían aquellas palabras sobre mí. Mi mente estaba sumida en un caos. Mi señor reanudó el recorrido por la habitación, lentamente, ensimismado en sus pensamientos. Por supuesto, hay esclavos que jamás se arriesgarían a correr ese peligro añadió de repente. No pueden soportar la idea de los pelotones de persecución, la captura, la humillación pública y otros castigos incluso peores. Una y otra vez, se estimula su pasión, se alimenta, se estimula otra vez y se alimenta de tal manera que ya no pueden distin guir el castigo del placer. Eso es lo que quiere la reina. y lo más probable es que estos esclavos no pue dan aguantar la idea de llegar a su casa e intentar convencer a un padre o una madre ignorantes de que el vasallaje en la corte de su majestad ha sido in soportable. ¿Cómo describir lo que les han hecho? ¿Cómo explicar que aguantaron tanto, o el placer que despertó inevitablemente en ellos? No obstan te, ¿por qué lo aceptan con tan buena disposición? ¿Por qué hacen tal esfuerzo por complacer? ¿Por qué están tan embelesados con la visión de la reina y las de sus amos y señoras? La cabeza me daba vueltas. y no era el vino el causante. Pero vos habéis arrojado mucha luz sobre los misterios de la mente del esclavo continuó, mirándome otra vez, con el rostro serio, simple y hermoso a la luz de las velas. Me habéis enseñado que para un esclavo de verdad, los rigores del castillo y del pueblo se convierten en una gran aventura. En el verdadero esclavo hay algo innegable que le hace adorar a los que ostentan incuestionablemente el poder. Ansía la perfección incluso en su estado de esclavo, y ésta para un esclavo desnudo consiste en rendirse a los castigos más extremos. El esclavo espiritualiza estas órdenes, no importa cuán crudas y dolorosas sean. y todos los tormentos del pue blo, más incluso que las humillaciones decorosas del castillo, van cayendo vertiginosamente uno so bre otro en una corriente de excitación. Se acercó a la cama, y creo que detectó el temor en mi rostro cuando alcé la vista. ¿Y quién entiende el poder y lo venera más que los que lo han poseído? inquirió. Vos que lo habéis poseído lo entendisteis cuando os arrodillasteis a los pies de lord Stefan. Me levanté y me cogió en sus brazos. Tristán susurró, mi hermoso Tristán. Aunque nos habíamos depurado de todo pla cer, nos besamos febrilmente, abrazándonos con fuerza uno al otro, desbordantes de afecto. Pero, hay más le susurré al oído mientras me besaba casi con ansiedad. En esta pendiente descendente, es el señor quien crea el orden, el amo es quien saca al esclavo del caos de abusos que le absorbe. Lo disciplina, lo refina, y continúa estimulándolo de manera que los castigos aleato rios nunca podrían brindar. Es el señor, no los castigos, quienes lo perfeccionan. Entonces, no lo absorbe, sino que lo envuelve dijo, besándome con calma. Nos encontramos perdidos, una vez tras otra dije yo y sólo nuestro amo nos puede rescatar. Pero incluso sin ese amor único y omnipo tente insistió, estáis atrapados en una matriz de atención y placer implacables. Sí convine. Asentí mientras le besaba la garganta y los labios. Pero es glorioso susurré yo. Si uno adora a su amo, el misterio queda intensificado gracias a esa figura irresistible que ocupa su centro. Nuestro abrazo era rudo y dulce a la vez, no parecía posible superar tanta pasión. Muy lentamente, con suavidad, retrocedió. Levantaos ordenó. Sólo es medianoche y hace un cálido aire primaveral en el exterior. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Seguimos con el relato!!!! Esperando a ver que le pasa a bella!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella BAJO LAS ESTRELLAS Tristán: Se desabrochó los pantalones para meterse la camisa por dentro, ató las lazadas y luego espaldas.se anudó el jubón. Yo me apresuré a atarle las botas, pero él no hizo ningún gesto de agradecimiento, sólo me indicó que volviera a levantarme y lo si gulera. En cuestión de momentos estábamos en la ca lle. El aire nocturno era cálido y caminamos silen ciosamente por el entramado de callejuelas, hacia el oeste, fuera del pueblo. Yo iba a su lado con las manos enlazadas a la espalda y, cada vez que nos cruzábamos con otras figuras oscuras, la mayoría de ellas señores solita rios acompañados por un único esclavo que mar chaba asolas, bajaba la vista, ya que parecía más respetuoso. Había muchas luces encendidas en las apiña das casas de pequeñas ventanas y encumbrados te jados. Al doblar por una amplia calle, vi a lo lejos, hacia el este, las luces del mercado y oí el clamor de la multitud congregada en el lugar de castigo público. La sola visión del perfil de mi amo en la oscu ridad, la apagada luminosidad de su cabello, me excitaba. Mi consumida verga estaba lista de nue vo para volver a la vida. Un toque, incluso una orden, lo hubieran conseguido. Aquel estado de dis posición, en la oscuridad, estimulaba todos mis sentidos. En cuanto llegamos a la plaza de los mesones, de repente, una gran cantidad de luces brillantes nos iluminaron. Las antorchas fulguraban por de bajo del elevado letrero pintado del Signo del León ya través de la puerta abierta del local nos llegaba el clamor de un numeroso gentío. Seguí a mi amo hasta el umbral de la puerta. Cuando entró hizo un gesto para que me pusiera de rodillas y esperara allí. Me apoyé sobre mis talones y recorrí el lugar con la vista. Por todos lados había hombres que reían, hablaban y bebían de sus jarras. Mi amo se había acercado al mostrador para comprar un odre entero de vino que ya sostenía en sus manos mientras conversaba con la hermosa mujer de cabello oscuro y falda ro ja que aquella mañana había visto castigando a Bella. Luego, en lo alto de la pared, detrás del mos trador, descubrí a Bella. Estaba atada, con las ma nos amarradas por encima de la cabeza, el hermoso pelo dorado caído tras los hombros y las piernas colocadas a horcajadas encima de un barril inmenso sobre el que descansaba con los ojos ce rrados, sumida al parecer en un agradable sueño, con su voluptuosa boca rosada medio abierta. A uno y otro lado había más esclavos, todos ellos amodorrados como si estuvieran profundamente fatigados, en una actitud de resignación desesperanzada. Oh, si Bella y yo pudiéramos pasar a solas por lo menos un momento. Si pudiera hablar con ella y explicarle lo que había aprendido y los sentimientos que se habían despertado en mí. Pero mi amo había vuelto y, tras ordenarme que me levantara, inició la marcha para salir de la plaza. No tardamos en encontrarnos en las puertas occidentales del pueblo y en cosa de nada andábamos por el camino que llevaba a la casa sola nega. Me rodeó con el brazo y me ofreció el odre. La sensación de tranquilidad era agradable bajo laalta bóveda de las estrellas. Únicamente nos pasó un carruaje durante el paseo, como una visión a la luz de la luna. Se trataba de un tiro de doce princesas que trotaba con brío ante el elegante coche. Aquellas preciosidades iban enjaezadas en fila de a tres, con correas de cuero blanco como la nieve, y el ca rruaje estaba bañado en oro. Para mi asombro, la que conducía el carruaje junto aun hombre alto era mi señora Julia, y ambos saludaron a mi amo al pasar junto a nosotros. Éste es el alcalde del pueblo me indicó mi señor con voz pausada. Torcimos antes de alcanzar la casa solariega pero yo ya intuía que nos encontrábamos en las tierras de mi dueño. Caminamos sobre la hierba, entre los frutales, en dirección a las cercanas colinas cubiertas por un denso bosque. No sabía cuánto rato habíamos caminado, qui zás una hora. Finalmente nos acomodamos en una alta ladera a medio camino de la cumbre de la coli na, con el valle a nuestros pies. Estábamos en un claro lo bastante grande como para encender un fuego y recostarnos sobre la hierba, con los altos árboles meciéndose sobre nosotros. Mi señor se ocupó del fuego hasta que ardió con suficiente llama. Luego se tumbó de |
Respuesta: Las aventuras de Bella Yo estaba sentado con las piernas cruzadas, contemplando las torres y edificios altos del tiré al menos eso.pueblo. Desde nuestra posición alcanzaba a ver el fulgor brillante del lugar de castigo público. El vino me estaba dejando adormilado y mi amo se había esti rado con las manos en la nuca y los ojos completa mente abiertos, fijos en el cielo azul oscuro ilumi nado por la luz de la luna y en la gran extensión de las constelaciones, que brillaban sobre nosotros. Nunca he querido a ningún esclavo como a vos dijo con calma. Intenté dominarme. Durante un momento, quise oír únicamente mi corazón en la quietud de la noche. Pero me apresuré a preguntar: ¿Me compraréis a la reina para que me que de en el pueblo? ¿Sabéis lo que decís? replicó él. No habéis aguantado aquí más que dos días. ¿Serviría de algo que os suplicara de rodillas, que besara vuestras botas y que me postrara? No es preciso contestó. A finales de semana iré a ver a la reina para presentarle mi infor me habitual de las actividades de invierno del pue blo. Tan seguro como me llamo Nicolás que haré una oferta a la reina para compraros, para quedar me con vos definitivamente y defenderé mi peti ción con todo empeño. Pero lord Stefan... Dejad a lord Stefan para mí. Voy a haceros una predicción sobre lord Stefan: cada año, la noche del solsticio de verano tiene lugar un extraño ritual. Todos los habitantes del pueblo que desean convertirse en esclavos durante los siguientes doce meses se presentan aun examen en privado. Con este motivo, se instalan tiendas en las que desnu dan a los lugareños que quieren ser esclavos para realizarles una exploración cuidadosa y minucio sa. Lo mismo sucede entre los nobles y damas del castillo. Nadie está del todo seguro de quién se ha ofrecido a pasar el examen. Pero a medianoche, el día del solsticio de ve rano, tanto en el castillo como desde lo alto del es trado del mercado del pueblo, se anuncian los nombres de todos los que han sido aceptados. Na turalmente, sólo son una pequeña proporción del total que se ha presentado, los más hermosos, los de aspecto más aristocrático, los más fuertes. Cada vez que se anuncia un nombre a gritos desde el estrado, la multitud se vuelve a buscar al elegi do; aquí todo el mundo se conoce, como es natu ral, y el nuevo esclavo es encontrado de inmediato para subirlo a toda prisa a la plataforma, donde lo desnudan. Sin duda hay escenas de terror, arre pentimiento y un miedo nada despreciable en el momento en que se cumple su deseo de un modo tan violento, despojados de toda la ropa y con el pelo suelto, mientras la multitud disfruta tanto como en la subasta. Los príncipes y princesas esclavos, y especialmente los que han recibido algún castigo del nuevo esclavo del pueblo, gritan de jú bilo para manifestar su aprobación. »Luego envían al castillo a las víctimas del pueblo, donde servirán en las tareas más humildes durante un año glorioso, casi como los príncipes y princesas. »Y en el pueblo recibimos a los nobles y da mas del castillo que se han ofrecido de forma simi lar, a los que sus iguales han desnudado en los jar dines del placer del castillo. A veces son tan pocos que no llegan más que tres. No podéis imaginar la excitación que se vive esa noche cuando los traen para la subasta. Nobles y damas son llevados a la plataforma de subastas, y los precios alcanzan cantidades desorbitadas. El alcalde casi siempre compra uno, pues cada año tiene que renunciar de mala gana a la adquisición del año anterior; A ve ces mi hermana, Julia, compra otro. Una vez lle garon hasta cinco, el año pasado tuvimos tan sólo dos, y de vez en cuando hay que conformarse con uno. El capitán de la guardia me ha dicho que este año todo el mundo apuesta a que entre el grupo de exiliados del castillo estará lord Stefan. Yo estaba demasiado encandilado y sorpren dido para contestar. Por lo que habéis dicho, lord Stefan no sabe imponerse, y la reina está al corriente de ello. Si se ofrece, será elegido. Me reí para mis adentros. ¡No se puede ni imaginar lo que le espera! comenté con toda tranquilidad. Sacudí la cabe za. y volví a reírme en voz baja, intentando repri mirme. Nicolás volvió la cabeza para sonreírme. Pronto seréis mío, mío para tres, quizá cua tro años y cuando se incorporó y se apoyó en el codo yo me tendí a su lado y lo abracé. Sentía re nacer la pasión en mí pero él me ordenaba estar tranquilo, así que permanecí quieto, intentando obedecer, con la cabeza apoyada sobre su pecho y su mano sobre mi frente. Después de un largo intervalo, pregunté: Amo, ¿se otorga alguna vez una petición a un esclavo? Casi nunca susurró, porque aun esclavo nunca se le permite pedir. Pero hacedlo. Permi |
Respuesta: Las aventuras de Bella ¿Sería posible que me enterara de cómo le va a otra esclava, si es obediente y resignada rostro contra el terciopelo de su jubón. Tenía que dormir un poco.o si la castigan por rebelde? ¿Por qué? Vine en el carro con la esclava del príncipe de la Corona. Se llama Bella. Era muy fogosa. En el castillo causaba sensación por sus pasiones e incapacidad para ocultar incluso las emociones más momentáneas. Cuando bajábamos en la carreta me hizo la misma pregunta que vos: ¿Por qué obedecemos? Ahora está en el Signo del León. Es la esclava que mencionó ayer el capitán junto al po zo después de que me azotara. ¿Hay alguna mane ra de enterarse si ha descubierto la misma aceptación que yo? Sólo preguntar, quizá... Sentí su mano que tiraba con ternura de mi pelo y los labios que me besaban la frente. Habló enyoz baja: Si queréis, os permitiré verla mañana y po dréis preguntárselo vos mismo. ¡Amo! estaba demasiado agradecido y ma ravillado para expresar lo que sentía con otras pa labras. Permitió que le besara los labios. Luego me atreví a besarle las mejillas e incluso los párpa dos. Me dedicó la más sutil de las sonrisas y me re costó de nuevo sobre su pecho. Ya sabéis que os espera un arduo y duro día antes de que la podáis ver advirtió. Sí, señor respondí. Y ahora, a dormir dijo. Mañana tenéis mucho trabajo en los huertos de la granja antes de volver al pueblo. Luego, enjaezado a una carretilla con un buen cesto lleno de fruta, tendréis que tirar de él de vuelta a la casa del pueblo, y quiero acabar para el mediodía, para que os castiguen con la pla za abarrotada de público en la plataforma gira toria. Durante un momento, se apoderó de mí una pequeña oleada de pánico. Me apreté a él un poco más y sentí que sus labios me rozaban con ternura la frente. Luego se separó con suavidad y se puso boca abajo para dormir, con el rostro aun lado y el bra zo izquierdo enrollado debajo del cuerpo. Pasaréis la tarde en las cuadras públicas para ser alquilado como corceldijo. Trotaréis por el camino para corceles de las cuadras, enjaezado y preparado, y espero oír que mostraseteis tanto brío que os alquilaron de inmediato. Mire su elegante silueta bajo la luz de la luna El blanco reluciente de sus mangas, la forma perfecta de sus pantorrillas enfundadas en el cuero flexible. Le pertenecía. Le pertenecía por com pleto. Sí, amo respondí con un susurro. Me puse de rodillas y me doblé en silencio so bre él para besarle la mano derecha que reposaba sobre la hierba. Gracias, amo. Por la noche hablaré con el capitán para que nos envíen a Bella añadió. Debía de haber pasado una hora. El fuego se había extinguido. Él estaba profundamente dormido, podía de tectarlo por su respiración. No llevaba armas, ni siquiera una daga escondida bajo la ropa. Yo sabíaque podía subyugarlo con facilidad. Él no tenía ni mi peso ni mi fuerza; además, seis meses en el cas tillo habían tonificado mis músculos. Podría ha berle quitado las ropas, dejarlo atado y amordaza do y emprender la huida hacia la tierra del rey Lysius. Incluso llevaba dinero en los bolsillos. Pero, con toda seguridad, él ya había tenido en cuenta todo esto antes de que saliéramos del pueblo. O bien me ponía a prueba o estaba tan seguro de mí que ni siquiera se le pasaba por la imagina ción. Allí echado y despierto, en la oscuridad, yo tenía que aprender por mí mismo lo que él ya sa bía. ¿Sería capaz de escaparme entonces, que tenía la oportunidad? La decisión no fue difícil. Pero cada vez que me decía a mí mismo que, por supuesto, no iba a hacerlo, me encontraba pensando en ello. Escapar, volver a casa, enfrentarme a mi padre, decirle que desenmascarara a la reina, o ir a otra tierra en busca de aventura. Supongo que no hubiera sido un ser humano si al menos no hubiera considerado la posibilidad de hacerlo. También imaginé que me atrapaban los cam pesinos. Que me llevaban de regreso al castillo, atado y desnudo, sobre la silla del capitán de la guardia, para recibir alguna penitencia indescrip tible por lo que había hecho, y perder tal vez para siempre a mi señor. Pensé en otras posibilidades. Las consideré exhaustivamente y luego me di media vuelta y me arrimé a mi amo. Deslicé el brazo con suavidad en torno a su cintura y apreté el |
Respuesta: Las aventuras de Bella Al fin y al cabo, había mucho que hacer por la mañana. Casi podía ver a la multitud que y hacia delante formando un leve ángulo.rodeaba la plataforma giratoria al mediodía. En algún momento antes del amanecer, me des perté. Creí haber oído algún ruido en el bosque. Pero al escuchar con más atención, tumbado en la oscuridad, percibí únicamente el murmullo habi tual de las criaturas de la noche. Nada perturbaba su paz. Miré hacia el pueblo que dormía allá a lo lejos, bajo abombadas nubes luminosas, y creí de tectar alguna alteración en su aspecto. Las puertas estaban cerradas. Pero quizá siempre estaban cerradas a esta hora. No era problema mío. Seguro que por la mañana estarían abiertas. Me puse boca abajo y me acurruqué otra vez junto a mi amo. REVELACIONES Y MISTERIOS En cuanto bañaron a Bella, con su larga melena limpia y seca, la señora Lockley la llevó a pala zos a través de la concurrida posada hasta salir bajo el letrero del Signo del León iluminado por la luz de las antorchas. Una vez allí le indicó que permaneciera sobre los adoquines. La plaza también estabá repleta de gente: hombres jóvenes que entraban y salían en tropel de los diversos mesones, la mayoría de los comer ciantes del pueblo y unos pocos soldados. La señora Lockley alisó el cabello de Bella, le ahuecó rudamente los rizos de la entrepierna y le dijo que se irguiera y sacara pecho como era debido. Casi al instante Bella oyó un caballo que se aproximaba y, al mirar a la derecha hacia el extre mo más alejado de la plaza, vio las puertas abiertas del pueblo, la forma de la campiña oscura bajo el cielo más claro y la figura negra de un alto soldado que se aproximaba a caballo. Los cascos repicaban sobre las piedras y resonaban en los muros mientras la montura avanzaba pesadamente en dirección al Signo del León, hasta que el jinete tiró bruscamente de las riendas al lle gar a su altura y se detuvo. Como había esperado y soñado Bella, era el capitán, con su pelo reluciente como una capa de oro a la luz de las antorchas. La señora Lockley dio un empujoncito a Bella para alejarla de la puerta de la posada y el capitán obligó a su caballo a rodear lentamente a la mu chacha, que permanecía de pie, con la vista baja sobre sus pechos cimbreantes, movidos por aquel violento y delicioso latir de su corazón. La enorme espada del capitán centelleaba a la luz de las antorchas y el manto de terciopelo caía tras él formando una sombra de un color rosa os curo. A Bella se le cortó la respiración cuando vio la brillante y lustrosa bota del oficial y el costado poderoso del animal que pasaba de nuevo ante ella. Luego, cuando el caballo se acercó peligrosamente, casi obligándola a retroceder, sintió que el brazo del capitán la cogía y la levantaba por los aires para posarla sobre el caballo, de cara a él, con las piernas desnudas rodeándole la cintura, mien tras ella le arrojaba los brazos alrededor del cuello para agarrarse con fuerza. El caballo se encabritó y partió aceleradamen te. Salió de la plaza por las puertas de la muralla y continuó corriendo por la carretera que atravesa ba los campos de cultivo. Bella se movía arriba y abajo con las sacudi das, y su sexo se abría contra el frío latón de la he billa del cinturón del capitán. Sus senos se apretaban contra el pecho de él, y su cabeza caía hacia delante, apoyada contra su fuerte hombro. Casitas y campos pasaban volando ante ella bajo la mortecina luna creciente, y luego divisó el perfil oscuro de una elegante casa solariega. El caballo penetró en la oscuridad más densa del bosque y continuó trotando mientras el cielo se esfumaba sobre sus cabezas, la brisa levantaba el pelo de Bella y la mano del capitán la abrazaba. Finalmente, divisaron unas luces, el resplan dor vacilante de las hogueras de un campamento. El capitán aminoró la marcha. Se aproximaron a un pequeño círculo formado por cuatro tiendas blancas como la nieve donde Bella vislumbró a una veintena de hombres reunidos en torno al gran fuego encendido en el centro del círculo. El capitán desmontó y dejó a Bella postrada de rodillas junto a sus talones. Ella se quedó allí, agazapada, sin atreverse a levantar la vista hacia los soldados. Los altos árboles se elevaban sobre el campamento, delineados por el parpadeo espec tral de la hoguera. Bella se emocionó ante la espeluznante oscila ción de la luz, aunque esto le provocó un profundo terror. Luego, para su consternación, vio una tosca cruz de madera clavada en el suelo frente al fuego, con un corto y grueso falo que se erguía desde el punto de unión de los dos maderos. La cruz no al canzaba la altura de un hombre. La pieza transversal estaba clavada a la parte delantera del otro madero, desde donde sobresalta el falo hacia arn ba |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella sintió un nudo en la garganta al mirar fi jamente la cruz bajo la tétrica e Un excitado murmullo surgió de la compañía.inconstante luz del fuego y rápidamente bajó la vista en dirección a la bota del capitán. Bien, ¿han vuelto ya los patrulleros? le preguntaba el capitán a uno de sus hombres. Bella vio los pies del soldado plantados ante ella. y vosotros, ¿no habéis tenido suerte? Han regresado todos menos uno, señor di jo el hombre y hemos tenido suerte pero no como esperábamos. La princesa no aparece por ningún lado. Es posible que haya alcanzado la frontera. El capitán soltó una imprecación de disgusto. Pero a éste dijo el hombre lo cazamos al anochecer en el bosque, al otro lado de la montaña. Tímidamente, Bella alzó la vista y distinguió a un príncipe desnudo, alto y fornido, al que empu jaron hacia la luz del fuego. Tenía el cuerpo lleno de polvo y los testículos atados a su pene erecto con un par de pesos de hierro que colgaban de las correas. La alargada y amplia maraña de pelo castaño estaba llena de trozos de hojas y tierra. Sus piernas y su imponente torso exudaban poderío. Era uno de los esclayos más grandes que había visto jamás. y miraba directamente al capitán con unos ojos marrones que mostraban una mezcla de temor re sentido y excitación. Laurent dijo el capitán en voz baja. El castillo aún no ha avisado de su desaparición. No, señor. Ha recibido dos azotainas; tiene las nalgas en carne viva. Los hombres también lo han castigado. Creí que era lo que querríais, nada de dejarlo tranquilo. Pero esperamos vuestra or den para copular con él. El capitán asintió con un gesto. Estaba estudiando al esclavo con evidente enfado. El esclavo personal de lady Elvira dijo. El soldado que sujetaba al príncipe por los brazos tiró de su cabellera hacia atrás y la luz alcanzó el rostro del evadido, cuyos ojos se entrecerraron sin dejar de mantener la mirada fija en el capitán. ¿Cuándo os escapasteis? preguntó el capitán. Dio dos largas zancadas hacia el príncipe y le retorció la cabeza hacia atrás con más crueldad aún. Bella veía claramente a ambos hombres re cortados contra la luz del fuego. El príncipe era más grande que el capitán y su cuerpo temblaba bajo la mirada escudriñadora de éste. Perdonad me; señor susurró el esclavo. Ha sido a última hora de hoy cuando he escapado. Perdonad me. ¿No habéis ido muy lejos, eh, mi guapo príncipe? preguntó el capitán. Luego se volvió al oficial: ¿Así que los hombres se han divertido con él? Dos y tres veces cada uno, señor. Le han hecho correr y lo han flagelado a conciencia. Está listo. El capitán sacudió la cabeza lentamente y cogió al esclavo por el brazo. El corazón de Bella se estremeció. Continuaba arrodillada en el suelo e intentaba mantener las piernas separadas y disimular las miradas furtivas que lanzaba al príncipe ¿Planeasteis esta intentona con la princesa Lynette? inquirió el capitán empujando al es clavo hacia la cruz. No, señor, lo juro respondió el príncipe tropezando. Ni siquiera sabía que se hubiera escapado. Mantenía las manos enlazadas tras la nuca pese a que estaba apunto de caerse. Bella lo vio entonces de espaldas por primera vez, era una perfecta malla de marcas de color rosado y erup ciones blancas que bajaban hasta sus tobillos. Cuando le dieron la vuelta para que se queda ra de espaldas a la cruz, su pene se convulsionó bajo las ataduras. Era enorme y rojo, con la punta húmeda. Su rostro estaba cada vez más rubori zado. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella percibió el movimiento de los hombres que se agitaban en las sombras, detrás de junto a la cruz y, con tan sólo un palmo de correa fustigó la rolliza verga del esclavo.la luz del fue go, como si se acercaran un poco más, acechándolo. El capitán indicó a sus hombres que levanta ran al príncipe. Bella sintió un nudo en su seca garganta. Los soldados levantaron al esclavo y tiraron de sus piernas, separándolas a ambos lados. Luego lo co locaron sobre el falo de madera. La víctima soltó un gruñido ronco, y los sol dados mostraron su satisfacción con un vítore apagado. El príncipe gruñía cada vez con más fuerza mientras le doblaban las piernas completamente hacia atrás, separadas, para atárselas al madero transversal. Aquello provocó un fuerte dolor en los muslos de Bella sólo de mirar al príncipe que estaba totalmente inmovilizado sobre la cruz, con las escocidas nalgas contra la madera que tenía de bajo y el falo bien introducido en su interior. Pero aquello aún no había acabado. Mientras ataban los brazos del príncipe detrás de la cruz, le inclinaron la cabeza completamente hacia atrás, aplastándola sobre lo más alto del madero verti cal, y la ataron con un largo cinto de cuero que sujetaron cubriendo su bo.ca abierta y que luego amarraron a la madera por detrás de las orejas, mientras él mantenía la vista desamparada y fija en el cielo. Bella vio el reluciente pelo enmarañado del cautivo que caía por su espalda, y su garganta, que se ondulaba con silenciosas boqueadas. Peor aún era la exhibición de su sexo hinchado. Cuando le rompieron las traíllas que sujeta ban la verga, se sacudió y tembló, tirando del peso que colgaba de él. Bella sintió otra vez que su propio sexo se contraía y encogía. Los hombres estaban alrededor de la cruz mientras el capitán inspeccionaba el trabajo. El cuerpo del príncipe se estremecía de pies a cabeza, tenso sobre la cruz, y el peso de hierro oscilaba colgado de su pene tumefacto. Bella vio que inclu so las nalgas se alzaban y se contraían sobre el grueso falo de madera. La figura completa no superaba la altura de un hombre bajo, y el capitán, que permanecía a su lado, miraba despectivamente al príncipe. Le reti ró el pelo de los ojos con brusquedad. Entonces Bella alcanzó a ver el movimiento de los párpados y la boca del príncipe que se esforzaba por cerrarse aunque la amplia tira de cuero la obligaba a per manecer abierta. Mañana dijo el capitán, tal como estáis ahora, os subirán al carro para conduciros por los campos hasta el pueblo. Los soldados marcharán delante y detrás al son del redoble de tambores para atraer la atención del público. y haré saber a la reina que habéis sido capturado. Quizá solicite veros, aunque tal vez no. Si lo hace, viajaréis del mismo modo hasta el castillo, donde os colocarán en el jardín, expuesto hasta que ella tome una de cisión. Si decide no veros, quedaréis sentenciado a pasar el resto de vuestra vida en el pueblo, sin po sibilidad de recurso. Haré que os azoten por las calles, y luego os subastarán. y ahora, os azotaré yo personalmente. La compañía vitoreó una vez más. El capitán cogió la correa de cuero que llevaba en la cintura, retrocedió para ganar espacio suficiente y comenzó a azotarlo. No era una correa demasiado pesada ni muy ancha, pero Bella dio un respingo y se cubrió la cara con las manos, escu driñando entre los dedos para ver cómo descendía la plana tralla sobre la parte interior de los muslos del príncipe, lo que provocó quejidos y gruñidos inmediatos. El capitán golpeaba con fuerza, no perdonaba ni un centímetro de sus piernas. La correa alcanzaba los costados de las pantorrillas, espinillas y tobillos. Golpeaba incluso las plantas de los pies y luego el vientre desnudo del príncipe. La carne torneada temblaba y palpitaba mientras la víctima gemía contra la mordaza, con el rostro surcado de lágrimas y sus ojos abiertos con la vista fija en el cielo. Todo su cuerpo parecía vibrar atado a la cruz. Las nalgas subían y bajaban con espasmos y deja ban al descubierto la base del falo. Cuando todo su cuerpo quedó convertido en una mancha oscura de color rosa, desde el vello púbico hasta los tobillos, y su pecho y su estóma go quedaron cubiertos por un enrejado de marcas hinchadas del mismo color, el capitán se adelantó hasta plantarse |
Respuesta: Las aventuras de Bella El Pero no tuvo ocasión.príncipe se ponía tenso y se agitaba con rápidos movimientos ascendentes y descendentes, con el peso del hierro colgado de su miembro, que cada vez era más enorme y casi de color púrpura. Luego, el capitán se detuvo. Miró desde su altura a los ojos del esclavo y volvió a apoyar la mano en su frente. No ha estado tan mal esa zurra, ¿eh, Laurent? preguntó. El pecho del príncipe se henchía, con evidente dificultad para respirar. Los hombres se reían en voz baja. Pero tengo que deciros que volveréis a recibir otra igual al amane cer y otra más al mediodía y también con el cre púsculo. Sonó otra explosión de risas. El príncipe suspiró profundamente y las lágrimas le cayeron por las mejillas. Espero que la reina os entregue a mí aña dió en voz baja el capitán. Chasqueó los dedos para que Bella le siguiera al interior de la tienda. Cuando la muchacha se disponía a entrar arrastrándose a cuatro patas hacia la cálida luz que llenaba el espacio bajo la lona blanca, un oficial la adelantó apresuradamente. No quiero ver a nadie ahora le dijo el capitán al oficial. Bella se hizo aun lado con gesto de sumisión. Capitán dijo el oficial, bajando la voz. No sé si esto podrá esperar. La última patrulla acaba de llegar hace un momento mientras azotabais al fugitivo. ¿Sí? Bien, no han encontrado a la princesa pero juran haber visto jinetes esta noche en el bosque. El capitán, que se había sentado frente aun pequeño escritorio con los codos apoyados en la mesa, alzó la vista. ¿Qué? exclamó con incredulidad. Señor, juran que los han visto y oído. Un grupo numeroso, según dicen. El soldado se acercó un poco más a la mesa. A través de la puerta, Bella vio las manos del príncipe cautivo que se retorcían bajo las cuerdas en la parte posterior de la cruz y la agitación de sus nalgas que no dejaban de moverse, como si no pudiera asimilar su castigo. Señor añadió el oficial, el patrullero está casi seguro de que se trataba de incursores enemigos. Pero no se habrán atrevido a volver tan pronto. El capitán hizo un ademán de desdén. y menos con luna llena. No puedo creerlo. Pero, señor, sólo está en cuarto creciente, y el último ataque sorpresa fue hace dos años. El centinela dice que también ha oído algo cerca del campamento hace un momento. ¿Habéis doblado la guardia? Sí, señor, la he doblado al instante. Los ojos del capitán se entrecerraron. Ladeó la cabeza. Señor, guiaban los caballos por el bosque, según dicen los soldados, sin luz y sin hacer ruido. ¡Tienen que ser ellos! El capitán reflexionó. De acuerdo, levantad el campamento. Subid al fugitivo al carro y dirigíos al pueblo. Enviad mensajeros para que doblen la guardia en los to rreones. Pero no quiero que cunda la alarma en el pueblo. Probablemente no será nada. Hizo una pausa, obviamente considerando la situación. No tiene ningún sentido rastrear la costa esta noche añadió. Sí, señor. Casi es imposible rastrear todas esas ensenadas incluso a la luz del día. Pero saldremos ma ñana. Cuando el oficial se retiró, el capitán se puso en pie de mala gana. Chasqueó los dedos para que Bella se acercara a él y, después de darle un apresurado beso, la cargó sobre su hombro. No hay tiempo para vos esta noche, hermo sa, al menos no aquí dijo y le estrujó la cadera mientras se la llevaba. Era medianoche cuando regresaron a la po sada cabalgando muy adelantados al resto del grupo. Bella pensaba en todo lo que había oído y visto, estimulada a su pesar por el sufrimiento de Laurent. Se moría de ganas de contar al príncipe Roger o a Richard lo que había oído sobre los extraños jinetes nocturnos y quería preguntarles qué significaba todo aquello. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Nada más entrar en el alegre alboroto del bar, el capitán la entregó a los soldados Bella abrió los ojos, pero ellos se habían apartado del tonel y no pudo oírlos.instalados en la mesa más próxima a la puerta. y antes de que pu diera darse cuenta, se encontró sentada y abierta de piernas sobre el regazo de un encantador y musculoso joven de cabello cobrizo; sus caderas rebotaban sobre una atrayente verga de gran grosor mientras un par de manos friccionaban los pe zones desde detrás. Transcurrían las horas y el capitán mantenía la mirada atenta sobre ella, aunque a menudo parti cipaba en alguna acalorada conversación con sus soldados. Las idas y venidas de los numerosos hom bres se sucedían apresuradamente. Cuando a Bella le entró sueño, el capitán la recogió para llevársela. La subió a lo alto de un tonel situado ,contra la pared, y allí se quedó sentada, con el sexo comprimido contra la áspera madera y las manos atadas por encima de la cabeza. Cuando volvió la cabeza aun lado para dormir, su visión estaba empañada y el gentío brillaba tenuemente a sus pies. Bella pensó una y otra vez en los fugitivos. ¿Quién era la princesa Lynette que había alcanzado la frontera? ¿La misma alta princesa rubia que años antes había atormentado a su querido prínci pe Alexi durante la pequeña demostración circen se que realizó para la corte del castillo? ¿y dónde estaría ahora? ¿Vestida ya salvo en otro reino? Tendría que envidiarla, pensó, pero no podía. Ni siquiera era capaz de pensar en ello con la suficiente concentración. Su mente regresaba una y otra vez, sin temor ni prejuicio, sin pensar siquie ra, a la magnífica imagen del príncipe Laurent montado sobre la cruz, con su imponente torso palpitante bajo los golpes de la correa y las nalgas cabalgando sobre el falo de madera. Se quedó dormida. Sí, al parecer, algún momento antes de la ma ñana había visto a Tristán. Pero debió de ser un sueño. El hermoso Tristán, de rodillas ante la puerta de la posada, estaba observándola. El cabello dorado le caía casi hasta los hombros y sus grandes ojos azul violeta la contemplaban con ab soluto cariño. Tenía muchas ganas de hablar con él y contar le la extraña satisfacción que sentía. Pero luego, la visión de Tristán se desvaneció, tal y como había llegado. Debía de haberlo soñado. A través de sus sueños le llegó la voz de la señora Lockley que hablaba en voz baja con el capitán. Lo siento por esa pobre princesa dijo si les que están ahí fuera. Pero tan pronto, casi no puedo creer que se atrevan a intentarlo. Lo sé respondió el capitán. Pero pueden venir en cualquier momento y caer sobre las granjas y las casas solariegas y largarse antes de que el pueblo se entere. Eso es lo que hicieron hace dos años. Por eso he doblado la guardia, y vigilaremos hasta que la situación esté despejada. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Exelente.... Ahora llegaron mas personajes.... Me intrigan quienes seran.... Espero y sigas conel relato!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella PROCESIÓN PENITENCIAL hechizada.Cuando Bella se despertó ya era última hora de la tarde y estaba sola en la cama del capitán. Desde la plaza llegaba un sonoro clamor acompa ñado del lento y estremecedor redoble de un tambor. A pesar de la alarma que provocó en su alma, pensó en las tareas que debía hacer. Se incorporó invadida por el pánico. Pero el príncipe Roger la calmó de inmediato con un sutil ademán. El capitán ha dicho que durmáis hasta tarde le explicó. Aunque tenía la escoba en la mano, estaba mirando por la ventana. ¿Qué sucede? preguntó Bella. Sentía la reverberación del tambor en el pecho. El ritmo ininterrumpido la llenaba de temor. Al compro bar que no había nadie más en la habitación se le vantó y se acercó al príncipe Roger. Tan sólo se trata del príncipe fugitivo, Laurent explicó. Rodeó a Bella con el brazo y la acercó a los gruesos cristales de la ventana. Lo están paseando en carro por el pueblo. Bella apretó la frente contra el cristal. Abajo, entre la multitudinaria y disgregada muchedum bre de lugareños, vio una enorme carreta de dos ruedas, tirada por esclavos en vez de caballos, con sus embocaduras y arreos, que rodeaba el pozo. El rostro enrojecido del príncipe Laurent, atado a la cruz con las piernas estiradas y su promi nente sexo más endurecido que nunca, alzó la vista y miró fijamente a Bella. La princesa vio aquellos inmensos y al parecer serenos ojos, la boca temblorosa detrás de la gruesa tira de cuero que mantenía la cabeza sujeta a lo alto del madero, y las piernas amarradas, estremecidas por el movi miento irregular de la carreta. Desde esta nueva perspectiva, la imagen del príncipe maniatado cautivó a la muchacha con más intensidad que la noche anterior. Observó la lenta progresión de la carreta y escrutó la expresión singular del rostro del príncipe, totalmente exenta de pánico. El griterío de la multitud era tan estridente como el de la subasta. Mientras la carre ta rodeaba el pozo y reemprendía la marcha en di rección al Signo del León, Bella apreció a la víctima completamente de frente. Dio un respingo al comprobar las erupciones de la piel y las marcas enrojecidas que cubrían la zona interior de las piernas, el pecho y el vientre. Ya había recibido dos palizas más, y le habían prometido otra. Pero otra visión aún más inquietante captó su atención; uno de los seis esclavos enjaezados a la carreta era Tristán. En ese momento pasaban otra vez justo bajo la posada y no cabía la menor duda de que se trataba de él, con la espesa melena dora da brillando tenuemente al sol y la cabeza estirada hacia atrás por la embocadura que llevaba entre los dientes, mientras marcaba el paso levantando las rodillas. De la hendidura de su atractivo trasero brotaba una cola de caballo de pelo negro, liso y brillante. No hacía falta que nadie le explicara cómo se mantenía en su sitio. Adivinó el falo que le habían introducido. Bella se cubrió el rostro con las manoS pero, entre sus piernas, notó aquella conocida secreción, el primer clarín de los tormentos y éxtasis del día. No os aflijáis, tontina dijo el príncipe Roger. El príncipe fugitivo se lo merece. Además, el castigo no ha hecho más que empezar. La reina se ha negado a verlo y lo ha sentenciado a cuatro años en el pueblo. Bella estaba pensando en Tristán. Imaginó su verga dentro de ella y experimentó una fascina ción demencial al verlo allí atado, tirando de la ca rreta y, sobre todo, con aquella pasmosa cola de caballo que colgaba de su ano. La visión la confundió y le provocó un sentimiento de culpa, como si le hubiera traicionado. Bien, tal vez eso es lo que deseaba el fugitivo dijo Bella con un suspiro, refiriéndose a Laurent. No obstante, anoche se había arrepen tido suficientemente. O quizás es lo que creía que deseaba añadió Roger. Ahora tendrá que sufrir en la plataforma giratoria, luego lo pasearán una vez más por la plaza, para volver a la plataforma giratoria antes de que lo entreguen al capitán. La procesión seguía dando vueltas alrededor del pozo sin que el tambor dejara de sonar, cris pando los nervios de Bella. Otra vez veía a Tristán marchando casi orgulloso a la cabeza del tiro. La visión de sus genitales, los pesos que colgaban de sus pezones y su hermoso rostro levantado por la embocadura de cuero provocó un pequeño to rrente de pasión en su interior. Normalmente los soldados abren y cierran la marcha le explicó el príncipe Roger, que vol vió a coger la escoba. Me pregunto dónde esta rán hoy. «Buscando invasores ocultos», pensó ella, aun que no dijo nada. Estaba a solas con Roger y podía preguntarle sobre esas cosas, pero la procesión la había dejado demasiado |
Respuesta: Las aventuras de Bella Tenéis que bajar al patio y descansar sobre la hierba le dijo el príncipe. había hecho en el carretón de es clavos.¿Otra vez? El capitán no os hará trabajar hoy, y por la noche os va a alquilar a Nicolás, el cronista de la rema. ¡El amo de Tristán! exclamó Bella en un susurro. ¿Ha requerido mi presencia? Ha pagado por vos con buenas monedas del reino añadió Roger, que había reanudado su ta rea. Bajad ahora le recordó. Con el corazón desbocado, Bella observó el lento avance de la procesión que tomaba la amplia calleja en dirección al otro extremo del pueblo. TRISTÁN Y BELLA Bella no podía esperar a que fuera de noche. Las horas se le hacían interminables mientras la bañaban, peinaban y embadurnaban completa mente con aceites, aunque sin tanto miramiento como en el castillo. Por supuesto, cabía la posibi lidad de que no pudiera ver a Tristán aquella noche. ¡Pero iba a ir al lugar donde vivía! No podía dominar su emoción. Finalmente, llegó la noche. El príncipe Richard, el «buen chico», pensó Bella con una sonrisa, recibió órdenes de llevarla a casa de Nicolás, el cronista. El mesón estaba curiosamente vacío aunque, por lo demás, todo parecía normal bajo el cada vez más oscuro crepúsculo. Las luces vacilaban en las pequeñas y bonitas ventanas que se sucedían a lo largo de las estrechas callejuelas. El aire primaveral era fragante y dulce. El príncipe Richard le permitía marchar con cierta lentitud, únicamente le indicaba de vez en cuando que mostrara más brío, pues si no ambos se llevarían una zurra. Él caminaba tras Bella con la correa en la mano, y la azotaba alguna que otra vez. A través de las bajas ventanas, Bella vio esposas y maridos sentados a las mesas y esclavos des nudos que se levantaban con movimientos apre surados de su posición arrodillada para dejar fuentes o jarras ante sus señores. Los esclavos amarrados a las paredes gemían mientras se retorcían con inútiles movimientos ascendentes y descendentes. Algo ha cambiado dijo Bella en voz alta cuando entraron en una calle más ancha llena de elegantes casas, casi todas con su esclavo maniatado, colgado de algún puntal de hierro en la fachada. Algunos de ellos estaban fuertemente amor dazados y amarrados, otros simplemente perma necían quietos en una actitud de absoluta sumi sión. No hay soldados susurró Richard. Por favor, guardad silencio. A vos no os corresponde hablar. Vamos a acabar los dos en el establecimiento de castigo. Pero, ¿dónde están? preguntó Bella. ¿Queréis recibir una azotaina? la amenazó el príncipe. Han salido a rastrear la costa y el bosque. en busca de algún supuesto destacamento incursor. No sé qué quiere decir eso exactamente pero no se os ocurra abrir la boca. Es secreto. Ya habían llegado ante la puerta de la casa de Nicolás. Richard la dejó allí. Una doncella la recibió y le ordenó que se pusiera a cuatro patas. Excitada por la expectación, Bella fue conducida a través de una elegante casita y por un estrecho corredor lateral. Abrieron una puerta ante ella y la doncella le ordenó que entrara, cerró la puerta y la dejó allí. Bella casi no pudo creer lo que veía cuando al alzar la vista descubrió a Tristán ante ella. El príncipe alzó los brazos y la levantó del suelo. A su lado estaba la alta figura de su amo, Nicolás, a quien Bella recordaba de la subasta. El rostro de la muchacha se puso como la gra na al mirar al hombre ya que ella y Tristán se esta ban abrazando de pie en medio de la habitación. Calmaos, princesa dijo con voz casi acariciadora. Podéis estar con mi esclavo cuanto queráis, y mientras permanezcáis en los confines de esta habitación, seréis libres de gozar a vuestras anchas. Regresaréis a vuestra servidumbre habitual cuando abandonéis mi casa. Oh, mi señor susurró Bella y se dejó caer de rodillas para besarle las botas. El cronista de la reina permitió aquella corte sía ya continuación los dejó a solas. Bella se levantó y voló a los brazos de Tristán, cuya boca abierta empezó a devorar los besos de ella con vo racidad. Dulce tesoro, preciosa mía decía Tristán, que recorría con sus labios la garganta y el rostro de la muchacha mientras empujaba su miembro contra el vientre desnudo de ella. A la luz mortecina de las velas, el cuerpo del príncipe parecía casi pulido y su pelo relucía radiante. Bella alzó la vista para mirar aquellos ojos de un azul violáceo y seguidamente se puso de puntillas para montarse sobre el miembro del príncipe, como |
Respuesta: Las aventuras de Bella Enlazó los brazos alrededor del cuello de Tristán y acomodó el sexo sobre la verga más absoluta.erecta. Sintió que el cuerpo de su compañero sellaba el suyo. Tristán se dejó caer lentamente sobre la colcha de satén verde de la pequeña cama artesonada de ro ble y, tumbándose sobre los almohadones, echó la cabeza hacia atrás mientras ella cabalgaba sobre él. El príncipe levantaba los pechos de Bella con las manos, le pellizcaba los pezones para que continuaran palpitando mientras ella sacudía y salta ba sobre su miembro, para luego caer con todo su peso y comérselo a besos. Tristán gemía y su rostro estaba cada vez más rojo. Bella sintió la erupción de él bajo su cuerpo y se corrió al mismo tiempo, ralentizando las sa cudidas hasta quedarse inmóvil, con las piernas es tiradas, temblando levemente con las últimas con vulsiones de placer. Permanecieron abrazados, tumbados uno junto al otro, y él le apartó cuidadosamente el pelo de la cara. Mi querida Bella le susurró entre besos. Tristán, ¿por qué nos deja hacer esto vuestro amo? preguntó. Se encontraba en un dulce estado de modorra, y en realidad no le importaba. Sobre la mesilla que había junto a la cama ardían varias velas. La llama se abultaba y borraba los objetos de la habitación excepto la superficie dorada de un gran espejo. Es un hombre lleno de misterios y secretos, de una extraña intensidad dijo Tristán. Hará exactamente lo que le plazca. y ahora le apetece permitirme que os vea; mañana, probablemente, le apetecerá azotarme por todo el pueblo. y posi blemente creerá que una cosa acrecentará el tormento de la otra. El recuerdo de Tristán enjaezado y con la cola de caballo volvió de inmediato a la mente de Bella. Os he visto en la procesión susurró, y de pronto se sonrojó. ¿Tan terrible parecía? le respondió intentando consolarla con más besos. En las mejillas de él apareció también un débil rubor que en un ros tro tan varonil resultaba irresistible. Estaba estupefacta. ¿A vos no os pareció terrible? preguntó la princesa. De lo profundo del pecho de Tristán surgió una risa grave. La muchacha tiró del vello dorado que ascendía formando rizos desde el miembro hasta el vientre. Sí, querida mía respondió. ¡Era deli ciosamente terrible! Bella se rió mientras lo miraba fijamente y volvió a besarle con pasión. Se acomodó sobre él para mordisquearle y besarle los pezones. Me excitó verlo confesó la muchacha con una voz gutural extraña en ella. Únicamente rezaba para que, de alguna manera, os resignarais... Estoy más que resignado, amor mío di jo, besando la frente de la rubia cabeza mientras continuaba tumbado y recibía los mordiscos ca riñosos de la muchacha. Bella se montó sobre el muslo izquierdo de Tristán y apretó su sexo con tra él. El príncipe jadeaba mientras ella le mordía un pezón y le pellizcaba el otro con leves tirones. Luego la echó de espaldas sobre las sábanas y le abrió la boca con la lengua una vez más. Pero, decidme insistió ella. Detuvo su beso por un momento mientras la verga le rozaba el monte de Venus tirando suavemente a contrapelo de su espeso vello rizado, debíais... bajó la voz hasta convertirla en un murmullo. ¿Cómo podíais...? Los arneses, la embocadura y la cola de caballo... ¿Cómo habéis llegado a esto, a tal aceptación? No hacía falta que él le dijera que estaba resignado; era evidente, se notaba, lo había visto durante la procesión. Pero lo recordaba en la ca rreta cuando bajaban del castillo y Bella intuyó el miedo que él sentía entonces y que su orgullo im pedía revelar con libertad. He encontrado a mi amo, el que me hace estar en armonía con todos los castigos explicó Tristán. Pero, por si os interesa empezó otra vez a besarla ya abrir sus labios púbicos con el pene, que también le presionaba el clítoris, era y siempre será la mortificación |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella alzó las caderas para recibirlo. Se balancearon al unísono, Tristán se elevó sobre excitación de pertenecer a un gran «esquema», según decía Tristán.ella y la contempló apoyado sobre los brazos, que sopor taban como pilares sus poderosos hombros. Ella levantó la cabeza para besarle los pezones, mientras le pellizcaba y separaba las nalgas. Palpó las duras y deliciosas heridas, que midió y compri mió mientras se acercaba al labio sedoso y arrugado del ano. Los movimientos de Tristán se hicie ron cada vez más rápidos, bruscos y agitados mientras ella continuaba con sus sondeos. De pronto, Bella estiró el brazo hasta la mesilla conti gua y cogió una de las gruesas velas de cera de su soporte de plata, apagó la llama y apretó la punta fundida con los dedos. Entonces se la hundió, introduciéndola con firmeza en el ano. Tristán cerró los ojos con fuerza. El propio sexo de Bella se convirtió en una tensa vaina pegada al miembro de él y el clítoris se endureció. Estaba a punto de explotar, y, mientras hacía girar la vela como una manivela, Bella gritó cuando sintió el ardiente fluido de Tristán que se derramaba en su interior. Se quedaron quietos, tumbados, con la vela a un lado. Bella se preguntaba sobre lo que había hecho, pero Tristán se limitaba a besarla. El príncipe se levantó, sirvió un vaso de vino y lo acercó a los labios de Bella. La muchacha, perpleja, lo cogió y lo bebió como hubiera hecho una dama, admirada ante aquella curiosa sensación. Pero, decidme, ¿cómo os ha ido en el pue blo, Bella? preguntó Tristán. ¿Habéis sido rebelde? Contad me. La muchacha sacudió la cabeza. He caído en manos de un amo y una señora duros y perversos se rió solapadamente. Describió los castigos de la señora Lockley en la cocina, la forma en que actuaba el capitán con ella y las noches que pasaba con los soldados, pro longándose en describir la belleza física de sus dos verdugos. Tristán la escuchaba con expresión grave. Bella le habló del fugitivo, del príncipe Laurent. Ahora sé que si alguna vez me escapo será con la idea de que me atrapen, de que me casti guen igual que a él y de pasar toda mi vida en el pueblo dijo. Tristán, ¿pensáis que soy horrible por desear eso? Preferíría escaparme antes que volver al castillo. Pero si os escapáis quizás os aparten del capitán y de la señora Lockley replicó él y tal vez os vendan a otra persona para hacer trabajos y servicios más duros. Eso no importa dijo. En realidad no son los amos quienes consiguen mi armonía con el castigo, por usar vuestras mismas palabras; simplemente es la dureza, la frialdad y la inexorabilidad. Quiero sentirme abatida, perdida entre los castigos. Adoro al capitán ya la señora pero en el pueblo probablemente habrá otros amos más duros. Ah, me sorprendéis dijo él ofreciéndole más vino. Yo estoy tan absolutamente enamo rado de Nicolás que no puedo oponerme a él. Tristán explicó entonces las cosas que le habían sucedido, cómo él y Nicolás habían hecho el amor y conversado, su paseo por la colina. La segunda vez que he pasado por la plataforma pública, hoy al mediodía explicó, me he sentido extasiado. No he dejado de sentir mie do en ningún momento. Mientras me subían por los escalones, ha sido peor que la primera vez, porque ya sabía lo que iba a suceder. Pero he visto todo el lugar de castigo público con más claridad a la intensa luz del sol que a la de las antorchas, y no me refiero a ver con más precisión las cosas. He comprendido el gran esquema del que formaba parte y, mientras sufría el contundente castigo, mi alma cedió y se abrió por completo. Ahora, toda mi existencia, sea en la plataforma giratoria, en el arnés o en brazos de mi amo, es una súplica por ser utilizado como se usa el calor del fuego, por disolverme en la voluntad de los demás. La volun tad de mi amo es mi guía y, a través de él, me entrego a todos los que son testigos de mi presencia o me desean. Bella permanecía observándolo en silencio. Entonces habéis entregado vuestra alma le dijo. Se la habéis entregado a vuestro amo. Yo no he hecho eso, Tristán. Mi alma sigue pertene ciéndome. Es lo único que puede poseer un escla vo, y no estoy dispuesta a entregarla. Entrego todo mi cuerpo al capitán, a los soldados ya la se ñora Lockley. Pero en el fondo de mi alma, sigo pensando que no pertenezco a nadie. No dejé el castillo para buscar el amor que no había encon trado allí. Lo abandoné para que unos dueños más severos e indiferentes me sacudieran y doble garan. ¿Y vos sois indiferente a ellos? preguntó Tristán. Me interesan tanto como yo a ellos con testó tras reflexionar. Ni más ni menos. Pero, tal vez mi alma cambie con el tiempo. Quizá sea porque aún no he conocido a Nicolás, el cronista. Entonces Bella pensó en el príncipe de la Corona. Le hizo sonreír. Lady Juliana la asustaba y molestaba. El capi tán la emocionaba, agotaba y sorprendía. La seño ra Lockley le gustaba en secreto, por el terror que le inspiraba. Pero hasta ahí llegaban las cosas. No les amaba. Eso era el pueblo para ella, junto con la gloria y la |
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