![]() |
Respuesta: Las aventuras de Bella El ambiente del lugar era de feria, como en la otra plaza, con los mismos puestos de Bella en la plataforma de subastas, expresó su regocijo con grandes vítores.comida y vendedores de vino. Desde lo alto, cientos de personas miraban, cruzadas de brazos, apoyadas so bre alféizares de ventanas y barandas de balcones. Pero los azotes en la plataforma giratoria no eran el único castigo. Un poco más lejos, hacia la derecha, de una alta estaca de madera en cuyo ex tremo superior había una anilla de hierro, colga ban una gran cantidad de largas cintas de cuero que bajaban casi hasta el suelo. Al final de cada cinta había un esclavo amarrado a ella por un an cho collar de cuero que le obligaba a mantener la cabeza muy erguida. Todos ellos marchaban en círculo y, aunque avanzaban lentamente, brinca ban haciendo cabriolas alrededor de la estaca, siguiendo los golpes constantes de cuatro asistentes encargados de las palas, que estaban situados en cuatro puntos del círculo como si indicaran los cuatro puntos cardinales. Los pies desnudos de los cautivos habían surcado el suelo dejando un rastro circular. Algunos de ellos tenían las manos atadas a la espalda, otros estaban sujetos a las cintas sin otra ligadura que el collar. Un grupo disperso de lugareños observaba la marcha y hacía comentarios esporádicos. Bella, perpleja y en silencio, observó cómo desataban a una joven princesa de largo y rizado pelo castaño para devolverla a su amo, que la esperaba y la azo tó en los tobillos con una escoba de paja, instándola a ponerse en movimiento. Por allí dijo el capitán, y Bella marchó obedientemente a su lado en dirección al alto mayo del que colgaban las cintas giratorias. Atadla dijo al guardia, quien se llevó rápidamente a Bella y le abrochó el collar, obligándola a levantar la mandíbula por encima de la an cha argolla de cuero. A duras penas distinguió Bella al capitán, que la observaba. Cerca de él había dos mujeres del pueblo que le estaban hablando y a las que les contestó algo con gesto indiferente. La larga tira de cuero que descendía desde lo alto de la estaca hasta su cuello era pesada y se movía por el impulso de los otros esclavos, formando un círculo cuyo eje era la anilla de hierro. Bella tuvo que acelerar un poco la marcha para evitar ser arrastrada hacia delante por el collar, pero entonces éste tiró de ella hacia atrás, hasta que finalmente la princesa encontró el paso adecuado. En ese instante sintió el primer y sonoro azote de uno de los guardias que esperaba con bastante indife rencia el momento de castigarla. Bella se percató de que eran tantos los esclavos que trotaban en el círculo que los guardias blandían en todo momen to sus brillantes óvalos de cuero negro. Pero ella sólo disfrutó de unos pocos segundos pausados entre golpe y golpe, mientras el polvo y la luz del sol le irritaban los ojos al mirar el pelo enmaraña do del esclavo que marchaba delante. «Castigo público.» Recordó las palabras del subastador cuando explicaba a todos los nuevos dueños y señoras que lo prescribieran cada vez que fuera necesario. Sabía que al capitán nunca se le ocurriría explicarle la razón del castigo, a diferencia de los señores y damas de buenos modales y pico de oro del castillo. Pero ¿qué importaba? Bastaba con que estuviera aburrido o que sintiera curiosidad para que ordenara unos azotes. Cada vez que daba una vuelta completa le veía con clari dad por unos breves instantes, con los brazos en jarras, las piernas firmemente separadas y los ojos verdes fijos en ella. Buscar motivos era una ridicu lez, reflexionó. Mientras se preparaba para recibir otro golpe mortificante, que le hizo perder mo mentáneamente el equilibrio y todo donaire sobre la tierra polvorienta mientras la pala impulsaba sus caderas hacia delante, sintió una singular satisfacción que nunca había experimentado en el cas tillo. No sentía tensión alguna. El consabido dolor de vagina, el anhelo por el pene del capitán, el estallido de la pala, todo ello estaba presente en la marcha alrededor del mayo. El collar de cuero re botaba cruelmente contra su barbilla erguida, las yemas de sus pies producían un ruido sordo al pi sar la tierra apretada, pero aquella sensación no te nía nada que ver con el terror espeluznante que había experimentado anteriormente. Sin embargo, un fuerte grito de la multitud que estaba en las proximidades puso fin a su arro bamiento. Por encima de las cabezas de los lugareños que la observaban a ella y a los demás escla vos, vio que bajaban al príncipe de la plataforma giratoria, donde tanto rato había permanecido para escarnio público. No tardaron en subir a una princesa de pelo rubio como el de Bella, que ocu pó su puesto con la espalda arqueada, el trasero bien levantado y la mandíbula apoyada en el pilar. Al dar una nueva vuelta alrededor del peque ño círculo, Bella alcanzó a ver cómo la princesa se retorcía mientras le ataban las manos a la espalda y le ajustaban la altura del apoyo de la barbilla con una manivela, para que no pudiera volver la cabe za. Cuando le ataron las rodillas a la plataforma giratoria ella pataleó furiosamente. La multitud, tan entusiasmada con su actuación como lo estuvo anteriormente con la demostración de |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella atisbó entre el gentío al príncipe que acababan de retirar de la plataforma mientras mesa con caballetes, había una selección de tiras y palas.se lo llevaban a toda prisa a una picota cercana. De hecho, en un pequeño espacio aparte había varias picotas que formaban una hilera. Una vez allí, do blaron al príncipe por la cintura, separaron sus piernas de una patada, sujetaron su cara y manos con abrazaderas y la madera bajó con un fuerte ruido sordo para sostenerlo mirando hacia delan te, lo que eliminaba toda posibilidad de esconder la cara, ni de hacer nada. La muchedumbre se apiñó alrededor de la fi gura desvalida. Bella, tras dar otra vuelta y soltar un súbito quejido a causa de un palazo inusualmente fuerte, vio al resto de esclavos, todos ellos princesas, que estaban siendo ridiculizadas del mismo modo en las picotas, atormentadas por la gente que las manoseaba, toqueteaba y pellizcaba a placer, aunque también había un lugareño que ofrecía agua a una de ellas. La princesa tenía que lamerla, naturalmente. Bella vio el rápido movimiento de su lengua rosa da que se introducía en la corta copa, pero aun así parecía que realizaba un gesto de misericordia. Entretanto, la princesa que estaba en la plata forma giratoria pataleaba, daba botes y ofrecía un gran espectáculo, con los ojos cerrados y retorciendo la boca en una mueca, mientras la gente ja leaba y contaba cada golpe que ella recibía con un ritmo que resultaba extrañamente pavoroso. El tiempo de mortificación de Bella en el mayo estaba llegando a su fin. Le soltaron el collar con gran destreza y la sacaron jadeante del círculo. Las nalgas, que parecían hincharse como si esperaran el siguiente azote, le escocían. Cuando le doblaron los brazos detrás de la espalda sintió un fuerte dolor, pero permaneció firme de pie esperando a su amo. El capitán le dio media vuelta con su manaza. Parecía encumbrarse sobre ella, con el pelo centelleante y dorado por la luz del sol que le iluminaba alrededor de la sombra oscura de su rostro. Se in clinó para besarla. Meció la cabeza de Bella entre sus manos y luego tomó sus labios, que abrió atra vesándolos con su lengua, para después dejarla marchar. Bella suspiró al sentir que los labios de él se apartaban pues el beso se había afianzado en lo más profundo de sus caderas. Rozó sus pezones contra la gruesa lazada del coleto y sintió que la fría hebilla del cinturón le abrasaba la piel. Vio que el rostro moreno se contraía hasta formar una lenta sonrisa y notó la rodilla del capitán apretada contra su doliente sexo, mortificando su hambre. De repente creyó sentir una debilidad absoluta, aunque no tenía nada que ver con los temblores de sus piernas o el agotamiento. En marcha ordenó el capitán, y dándole media vuelta la envió hacia el lado más alejado de la plaza con un suave apretón en la escocida nalga. Pasaron cerca de los esclavos humillados en las picotas, que culebreaban y se retorcían mien tras soportaban las mofas y palmotadas de la mul titud ociosa que se arremolinaba a su alrededor. y detrás de ellos, Bella distinguió por primera vez, un poco más allá de una hilera de árboles, una lar ga serie de tiendas de brillantes colores, cada una de las cuales mostraba la entrada endoselada y abierta. En cada carpa había un joven vistosamen te ataviado y, pese a que Bella no llegó a vislum brar los sombríos interiores, oyó las voces de los hombres que incitaban uno tras otro a la multitud: «Un hermoso príncipe en el interior, señor, por sólo diez peniques.» O, «una princesita encantadora, señor, para vuestro disfrute, por quince peniques.» y más invitaciones como éstas. «¿No puede permitirse su propio esclavo? Goce de lo mejor por tan sólo diez peniques.» «Una princesita que necesita un buen castigo, señora. Cumpla el mandato de la reina por quince peni ques.» Bella se percató del movimiento de hom bres y mujeres que iban y venían de las tiendas, unos solos y otros en grupo. «Así incluso los más humildes aldeanos pue den disfrutar del placer», se dijo Bella. Más adelante, al final de la hilera de tiendas, vio a un grupo de esclavos polvorientos y desnudos, con las cabezas bajas y las manos atadas a la rama del árbol que colgaba sobre ellos, situados detrás de un hombre que gritaba: «Alquilad por horas o por días a estas preciosidades para los servicios más humillantes.» Al lado del hombre, sobre una |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella continuó marchando, absorbió estos es pectáculos como si las imágenes y sonidos respiró profundamente dormido contra ella.la aca riciaran, mientras la mano grande y firme del capitán la castigaba de vez en cuando con suavidad. Cuando llegaron por fin a la posada y Bella se encontró de nuevo en la alcoba del capitán, con las piernas separadas y las manos tras la nuca, pensó sumida en un sopor: «Sois mi amo y señor.» Tenía la impresión de que, en alguna otra en carnación, había pasado toda su vida en el pueblo sirviendo aun soldado. El bullicio que llega ba desde la plaza constituía una música reconfortante. Era la esclava del capitán, sí, enteramente suya, y estaba dispuesta a correr por las calles, re cibir castigos y someterse por completo. Él la tumbó sobre la cama, y le manoseó los pechos y, cuando la poseyó otra vez con violencia, Bella meneó la cabeza a uno y otro lado, susu rrando: Señor, siempre mi señor. En algún lugar recóndito de su mente sabía que tenía prohibido hablar, pero sus palabras no le parecieron más que un gemido o un grito. Tenía la boca abierta y sollozaba cuando alcanzó el orgasmo. Levantó los brazos y rodeó el cuello del capi tán. Los ojos de él parpadearon y luego llamearon a través de la penumbra. y entonces llegaron las embestidas finales, que dejaron a Bella al borde del delirio. Durante un largo rato, la princesa permaneció quieta con la cabeza acurrucada contra la almohada. Sintió que la larga cinta de cuero del mayo la instaba a trotar como si aún estuviera perdida en la plaza de castigo público. Pensaba que sus pechos iban a reventar a causa de la palpitación de los golpes. Pero se dio cuenta de que el oficial se estaba desnudando y se metía en la cama junto a ella. El capitán posó su cálida mano en el sexo em papado y le separó los labios con suma delicadeza. Bella se arrimó aún más a su desnudo señor, a aquellos brazos y piernas poderosos cubiertos por un dorado, suave y rizado vello, a su liso pecho que se apretaba contra el brazo y la cadera de ella. El mentón a medio afeitar le raspaba la meji lla. Luego la besó. Cerró los ojos a la luz de la tarde que se filtraba a través de la pequeña ventana. Los ruidos indistintos del pueblo, las débiles voces que llega ban de la calle, las risotadas impersonales que se oían abajo en el mesón, todo ello se fundía en un suave zumbido que la arrullaba. La luz se tornó más brillante antes de desvanecerse. El pequeño fuego subió repentinamente en el hogar, el capitán cubrió a Bella con sus extremidades y |
Respuesta: Las aventuras de Bella TRISTAN EN CASA DE NICOLÁS, EL CRONISTA DE LA REINA Tristán: Casi aturdido, pensé en las palabras de Bella, al mismo tiempo que el subastador mundo estaba en la subasta.animaba a pu jar y la multitud profería alaridos formando una corriente que se arremolinaba a mi alrededor. Recordé con los ojos entrecerrados: «¿Por qué debemos obedecer? Si somos malos, si nos han sentenciado a este lugar como castigo, ¿por qué debemos acatar más órdenes? » Las preguntas de Bella se repetían una y otra vez ahogando los gritos y las mofas, aquel gran clamor inarticulado que era la auténtica voz de la muchedumbre, absolutamente brutal, y que reno vaba incesantemente su propio vigor. Me aferré al recuerdo plateado de la exquisita cara ovalada de la princesa, sus ojos centelleantes, con aquella independencia irreprimible, mientras entretanto me atizaban, azotaban, abofeteaban, volteaban y exa minaban. Tal vez me refugié en aquel extraño diálogo interior porque la tremenda realidad de la subasta era demasiado difícil de soportar. Me encontraba sobre la plataforma, como me habían amenaza do que sucedería. y desde todas partes pujaban por mí. Creía verlo todo y nada. En un confuso mo mento de compunción extrema, me apiadé del ne cio esclavo que había sido en los jardines del castillo, cuando soñaba con actos de insubordinación y con el pueblo. Vendido a Nicolás, el cronista de la reina. A continuación me vi bruscamente arrastrado escaleras abajo, donde se hallaba el hombre que me había comprado. Parecía una llama silenciosa en medio del tumulto, de las rudas manos q\le pal moteaban mi pene erecto, que me pellizcaban y me tiraban del pelo. Con aquella serenidad per fecta que envolvía toda su persona, me alzó la bar billa. Nuestras miradas se encontraron y, con in tenso sobresalto, pensé, ¡sí, éste es mi amo! Exquisito. Si no el hombre, bastante robusto pese a la alta y esbelta constitución, sí su porte. La pregunta de Bella me aporreaba los oídos. Creo que por un momento cerré los ojos. Me empujaron y me arrojaron a través del gentío, un centenar de supervisores exigentes que me daban indicaciones sobre cómo marchar, levantando las rodillas y la barbilla, con el pene erec to, mientras el fuerte ladrido del subastador lla maba al siguiente esclavo que tendría que subir a la plataforma. El clamor ensordecedor me envol vía por completo. Apenas había vislumbrado a mi amo pero aquella visión fugaz sirvió para que todos los detalles de su ser se grabaran a la perfección en mi mente. Era más alto que yo, quizá me sacara un par de centímetros, tenía el rostro cuadrado pero delgado y un abundante y espeso cabello blanco que se rizaba sobre sus hombros. Era demasiado joven para tener el pelo blanco; sus rasgos eran casi aniñados a pesar de su gran altura; su mirada, puro hielo, y los ojos azules cargados de oscuridad en el centro. Su vestimenta resultaba demasia do elegante para los habitantes del pueblo, aunque había otros ataviados como él en los balcones que daban a la plaza, mirando sentados en sillas con al tos respaldos colocadas ante los ventanales abiertos. Debían de ser prósperos comerciantes y sus esposas, sin duda, pero a él le habían llamado Ni colás, el cronista de la reina. Sus manos eran largas; unas manos hermosas que, con un ademán casi lánguido, me indicaron que le precediera. Por fin llegué al extremo de la plaza y sentí las últimas y rudas palmadas y pellizcos. Me encon tré marchando con la respiración entrecortada por una calle vacía, entre pequeñas tabernas, puestos y puertas empernadas. Comprobé con gran alivio que todo el |
Respuesta: Las aventuras de Bella Aquí se estaba tranquilo. No oía otra cosa que el sonido de mis pies so bre los trasero.adoquines y el ligero chasquido de las botas de mi amo a mi espalda. Caminaba muy cerca de mí, tanto que casi notaba su roce contra las nal gas. y luego, con un sobresalto, noté el fuerte im pacto de una gruesa correa y su voz baja cerca de mi oído: Levantad esas rodillas y mantened la cabeza bien alta y echada hacia atrás. Me estiré inmediatamente, alarmado ante la posibilidad de haber perdido parte de mi digni dad. Mi miembro se irguió, pese a la fatiga que sentía en las pantorrillas. Incomprensiblemente, volví a representarlo en mi mente, aquel joven rostro lampiño, con el reluciente cabello blanco y la túnica de terciopelo de exquisita hechura. La calle torcía, se estrechaba, se hacía un poco más oscura a medida que los encumbrados tejados se proyectaban sobre nuestras cabezas. Me sonrojé al ver aun joven con una mujer que venían hacia nosotros, resplandecientes, con sus ropas limpias y almidonadas, y que me miraron de arriba abajo. Oí el eco de mi respiración fatigada reverberando en los muros. Un hombre sentado en una banque ta a la puerta de una casa levantó la vista. El cinto me golpeó de nuevo justo cuando la pareja pasaba a nuestra altura y oí reírse al hombre para sus adentros y murmurar: Un esclavo hermoso y fuerte, señor. Pero, ¿por qué intentaba marchar deprisa y mantener la cabeza alta? ¿Por qué me encontraba otra vez atrapado en la misma angustia de siem pre? Bella parecía tan rebelde cuando me hacía aquellas preguntas. Pensé en su sexo ardiente aferrándose a mi verga con audacia. Aquellas imáge nes y la voz de mi amo instándome de nuevo a se guir adelante me estaban haciendo enloquecer. Alto dijo de pronto y me agarró brusca mente del brazo para que me volviera y le viera de cara. Contemplé de nuevo aquellos grandes y ló bregos ojos azules con las pupilas negras, la larga y delicada boca sin señal alguna de burla o severidad. Calle arriba aparecieron varias formas indefi nidas y sentí una pavorosa sensación punzante al darme cuenta de que se detenían para observarnos detenidamente. No os habían enseñado a marchar anterior mente, ¿verdad? me preguntó levantándome tanto la barbilla que gemí y tuve que aplicar toda mi voluntad para no forcejear. No me atrevía a responder. Pues vais a aprender a marchar ante mí dijo y me obligó a ponerme de rodillas de lante de él en medio de la calle. Tomó mi cara entre ambas manos, aunque continuaba sosteniendo el cinto con la derecha, y luego la empujó hacia arriba. Me sentí impotente y lleno de vergüenza al verme obligado a levantar la vista. Muy cerca, oí los cuchicheos y risas de unos jóvenes. Mi amo me obligó a adelantarme hasta tocar el bulto de su pene encerrado dentro de los pantalones. Enton ces mi boca se abrió y ofrecí mis besos con fervor. El miembro cobró vida bajo mis labios. Me daba cuenta de que mis propias caderas se movían, aunque intentaba mantenerlas quietas. Todo mi cuer po temblaba y su verga palpitaba como un cora zónn latente contra la prenda de seda. Entretanto, los tres observadores se acercaban cada vez más. ¿Por qué obedecemos? ¿No es más fácil obedecer? Estas preguntas me atormentaban. Y ahora, arriba, y avanzad deprisa cuando os lo ordene. Levantad esas rodillas exigió. Yo me levanté y me di la vuelta, al tiempo que el cin turón estallaba contra mis muslos. Los tres jóve nes se apartaron a un lado en cuanto me puse en marcha pero su atención era evidente y me percaté de que eran ordinarios porque llevaban burdas vestimentas. El cinto me alcanzó con golpes sor dos. Yo era un príncipe desobediente humillado ante los patanes del pueblo, alguien a quien podían castigar y divertirse. Estaba empapado por el calor y la confusión, pero aun así dediqué todas mis fuerzas a hacer lo que se me ordenaba, mientras la correa alcanzaba mis pantorrillas y la parte posterior de mis rodi llas antes de pasar a zurrar con fuerza la curva inferior de mi |
Respuesta: Las aventuras de Bella ¿Qué le había dicho a Bella? ¿Que no había venido al pueblo a oponer resistencia? Pero sopesaba mis testículos, manipulándolos ligera mente.¿qué pretendía decirle? Era más fácil obedecer. En esos instantes ya sentía la angustia de no haber complacido, y era consciente de que podían recrimi narme una vez más delante de estos muchachos vulgares; puede que oyera otra vez aquella voz fé rrea, en esta ocasión llena de furia. ¿Qué podía calmarme, una palabra amable de aprobación ? Había oído tantas de lord Stefan, mi señor en el castillo, y no obstante le había provocado intencionadamente y le había desobedecido. A primera hora de la mañana, me había levantado y había salido temerariamente de la alcoba de lord Stefan, echando a correr hasta el extremo más ale jado del jardín, donde los pajes acabaron por descubrirme. Les había proporcionado una divertida persecución a través de la espesura de árboles y maleza. y cuando me atraparon, peleé y pataleé hasta que, amordazado y maniatado, me llevaron ante la reina y frente aun Stefan afligido y decepcionado. Me había condenado a propósito. Sin embar go, en medio de aquel lugar aterrador, con sus co rrehuelas brutales y juguetonas, me estaba esfor zando por permanecer en mi lugar delante de la correa de un nuevo amo. El pelo me cubría la vis ta. Tenía los ojos desbordados de lágrimas que aún no habían empezado a derramarse, y la ser penteante callejuela con incontables letreros y escaparates resplandecientes se empañaba ante mí. Alto dijo mi amo. Obedecí con gratitud y noté que me rodeaba el brazo con extraña ternura. Detrás de mí distinguí el sonido de varios pares de pies y un leve estallido de risa masculina. ¡Así que aquellos miserables jovencitos nos habían se guido! Oí a mi señor que preguntaba: ¿Por qué observáis con tal interés? se dirigía a ellos. ¿No queréis ver la subasta? Aún queda mucho por ver, señor dijo uno de los jóvenes. Simplemente estábamos ad mirando a éste, señor, las piernas y la verga de éste. ¿Pensáis comprar hoy? les preguntó mi amo. No tenemos dinero para comprar, señor. Tendremos que contentarnos con las tien das añadió una segunda voz. Bien, venid aquí les dijo mi amo. Para ho rror mío, continuó: Podéis echar un vistazo a éste antes de que lo haga entrar en casa; es una verdadera belleza. Me quedé petrificado cuando me obligó a darme media vuelta y mirar de cara al trío. Estaba contento de poder mantener la vista baja, pues así sólo veía sus vulgares botas de cuero amarillento sin curtir y los gastados pantalones grises. Los jóvenes se acercaron aún más. Podéis tocarlo si queréis dijo mi amo, y levantando de nuevo mi rostro me dijo: Esti raos y agarraos bien al puntal de hierro que hay encima, en el muro. Sentí el contacto del puntal que sobresalía antes incluso de verlo. Era lo bastante alto como para obligarme a ponerme de puntillas. Mi amo retrocedió unos pasos y se cruzó de brazos, con el cinto reluciente colgando aun lado. Vi las manos de los jóvenes que se acercaban rodeándome, noté el inevitable apretón en mis nalgas inflamadas antes de que levantaran mis testículos y los apretaran ligeramente. La carne colgante cobró vida, con sensaciones, hormigueos y estreme cimientos. Me retorcí casi incapaz de permanecer quieto, ofendido por las inmediatas risas que re sonaron en la calle. Uno de los jóvenes golpeó mi órgano para que se agitara bruscamente. ¡Mirad eso, duro como la piedra! dijo dándome un nuevo golpe mientras su compañero |
Respuesta: Las aventuras de Bella Hice un esfuerzo para tragarme el enorme nudo que tenía en la garganta y dejar de escalera de pequeñas dimensiones y espadas cruzadas encima de la pequeña chi menea.temblar. Sentí que me vaciaba de toda razón. Recordaba aquellas salas espléndidas del castillo dedicadas exclusivamente al placer, con los esclavos acicala dos tan primorosamente como esculturas. Natu ralmente, allí también me habían manoseado. Me ses atrás también lo hicieron los soldados del campamento cuando me llevaban al castillo. Pero ésta era una ordinaria calle empedrada, como las de cientos de ciudades que conocía, y yo había de jado de ser un príncipe que la recorría sobre una preciosa montura; ahora era un esclavo desnudo e indefenso al que examinaban tres jóvenes justo delante de las tiendas y las casas de huéspedes. El pequeño grupo se adelantaba y retrocedía, uno de los jóvenes me apretaba las nalgas mientras preguntaba si podía ver mi ano. Por supuesto dijo el amo. Sentí que se me iban las fuerzas. Inmediatamente me separaron las nalgas de una patada, como en la plataforma de subastas, y noté un duro pulgar que se metía dentro de mí. Intenté ahogar un quejido y casi solté el puntal. Zurradle con la correa si os apetece dijo el señor. Vi cómo se la tendía justo antes de sentir que me torcían aun lado para golpearme fiera mente. Dos de los jóvenes todavía jugueteaban con mi pene y mis testículos, tiraban del vello y de la piel del escroto y lo meneaban con rudeza. Pero yo me estremecía con cada azote doloroso que marcaba mi espalda. No pude evitar volver a ge mir en voz alta, ya que la punzante correa en manos de aquel joven me azuzaba más fuerte que cuando la manejaba mi amo. Cuando los entro metidos dedos tocaron la punta de mi miembro erecto, me estiré desesperadamente hacia atrás in tentando contenerme. ¿Qué sucedería si eyacula ba en las manos de estos jóvenes zoquetes? No so portaba la idea. Aun así, mi verga continuaba púrpura y durísima como el hierro a causa del tor mento. ¿Qué os han parecido estos azotes? preguntó el que estaba a mi espalda, que me cogió la cara desde atrás y tiró de mi barbilla hacia él con violencia. ¿Son tan buenos como los propina dos por vuestro amo? Ya habéis tenido bastante entretenimiento dijo el señor. Se adelantó para coger la correa de cuero y aceptó los agradecimientos con un ademán, mientras yo seguía temblando. Aquello no había hecho más que empezar. ¿Qué vendría a continuación? ¿y qué le había sucedido a Bella? Por la calle pasaba más gente. Me pareció oír el clamor distante de una muchedumbre, con un débil toque inconfundible de trompeta. Mi amo me observaba atentamente y yo bajé la mirada al sentir los espasmos de pasión de mi pene, mien tras mis nalgas se apretaban y se aflojaban invo luntariamente. Mi señor alzó la mano hasta mi cara. Me pasó los dedos por la mejilla y apartó varios mechones de cabello. Vi cómo caía la luz polvorienta del sol sobre la gran hebilla de bronce del cinturón y el anillo de la mano izquierda con la que sostenía la gruesa correa. Al sentir el tacto sedoso de sus dedos, mi miembro se irguió con sacudidas incon trolables e ignominiosas. Entrad en la casa, a cuatro patas dijo con suavidad. Abrió la puerta que quedaba a mi iz quierda. Siempre entraréis de este modo, sin ne cesidad de que nadie os lo ordene. Me encontré sobre un suelo cuidadosamente pulido, moviéndome en silencio entre pequeñas habitaciones comprimidas; por lo visto se trataba de una mansión a pequeña escala, una espléndida casa particular del pueblo, para ser exactos, con una inmaculada |
Respuesta: Las aventuras de Bella Aunque el lugar estaba sombrío, no tardé en distinguir los soberbios cuadros que e impenetrabilidad.decoraban las paredes, que reflejaban a nobles y damas en sus pasatiempos cortesanos, con cientos de esclavos desnudos forzados a realizar miles de tareas y adoptar distintas posiciones. Pasamos junto aun pequeño guardarropa profusamente tallado y si llas de alto respaldo. Luego el pasillo se estrechó y las paredes se cerraron en torno a mí. En este lugar me sentía enorme y vulgar, más animal que humano, andando a rastras por este pequeño mundo de rico ciudadano; desde luego no me sentía príncipe, más bien una primitiva bes tia domesticada. Mi figura reflejada en un delicado espejo del corredor me provocó una repentina inquietud que tuve que soportar en silencio. Al fondo, por esa puerta me ordenó mi amo, y entré a una alcoba posterior en la que había una pulcra mujercita del pueblo con una escoba en la mano, obviamente una doncella, que se hizo a un lado cuando pasé junto a ella. Era consciente de que mi rostro estaba desfi gurado por el esfuerzo y, de repente, comprendí cuál era en realidad el terror del pueblo. Consistía en que aquí éramos auténticos es clavos. Nada de juguetes en un palacio del placer, como los cautivos de los cuadros de las paredes, sino verdaderos esclavos desnudos en un mundo real, que íbamos a sufrir a cada paso, víctimas de gente ordinaria en sus momentos de ocio o en sus faenas. Sentí que la agitación crecía en mi interior a la par que el sonido de mi respiración fatigada. Pero estábamos en otra habitación. Avanzaba sobre la suave alfombra de esta nue va sala iluminada por lámparas de aceite cuando recibí la orden de detenerme, lo cual hice sin tan siquiera cambiar de postura por miedo a ser cen surado. Al principio, lo único que vi fueron libros relucientes bajo el brillo de las lámparas. Paredes enteras de libros; al parecer, todos encuadernados en delicado cuero y decorados en oro; el tesoro de un rey en libros, sin duda. Había lámparas de acei te distribuidas por toda la habitación, dispuestas sobre elevados pies y también en un gran escrito rio de roble en el que estaban esparcidas varias hojas de pergamino. Las plumas de escribir descansaban en un mismo soporte de bronce. También había tin teros. y por encima de las estanterías, distinguí el destello de más cuadros colgados en lo alto. Luego, por el rabillo del ojo divisé una cama instalada en un extremo de la habitación. Pero lo más sorprendente, aparte de la incal culable riqueza bibliográfica, era la figura impre cisa de una mujer que lentamente se materializó en mi visión. Estaba escribiendo sentada a la mesa. No conocía muchas mujeres que leyeran y es cribieran, sólo unas pocas grandes damas de la corte. En el castillo, eran muchos los príncipes y priucesas que ni tan siquiera eran capaces de leer los rótulos de castigo que les colgaban al cuello cuando eran desobedientes. Pero esta dama estaba escribiendo bastante deprisa. Alzó la vista y me atrapó mirándola, sin darme tiempo a bajar los ojos servilmente. Entonces se levantó y vi que sus faldones en movimiento se plantaban ante mí. Pa recía una mujer menuda, con muñecas delicadas y largas manos graciosas parecidas a las del amo. Aunque no me aventuré a levantar la vista, me ha bía percatado de que tenía el pelo castaño oscuro, peinado con raya en medio y suelto sobre la espal da formando ondas. Llevaba un vestido color borgoña oscuro, tan suntuoso como el del hom bre, pero se había puesto un mandil azul oscuro para protegerse y además tenía los dedos mancha dos de tinta, lo que le daba un aspecto interesante. Me inspiró temor. Tenía miedo de ella y del hombre que continuaba callado a mi espalda, de la pequeña y silenciosa habitación y de mi propia desnudez. Permitid que le eche una ojeada dijo la mujer. Su agradable voz, modulada como la de mi amo, resultaba débilmente resonante. Puso sus manos bajo mi barbilla y me instó a incorporarme sobre las rodillas. Rozó mi mejilla humedecida con su pulgar, lo que provocó un intenso sonrojo por mi parte. Bajé la vista, naturalmente, pero me había dado tiempo a ver sus altos y prominentes pechos, la fina garganta y un rostro que recordaba en cierta forma al de un hombre, no en los rasgos físicos sino en su serenidad |
Respuesta: Las aventuras de Bella Me llevé las manos a la nuca con la esperanza inútil de que no me atormentara el pene, un animal!pero me ordenó ponerme en pie, sin apartar los ojos de mi miembro. Separad las piernas; ahora ya debéis de co nocer posturas más convincentes dijo con seve ridad, aunque hablaba lentamente. No, más se paradas añadió hasta que lo sientan vuestros exquisitos y apretados músculos. Eso está mejor. Ésta es la postura que adoptaréis siempre que os encontréis en mi presencia, con las piernas completamente separadas, casi agachado, aunque no tanto. No lo volveré a repetir. No se consiente repetir órdenes a los esclavos del pueblo. Al primer error, seréis azotado en la plataforma pública. Estas palabras me provocaron un estremeci miento que recorrió todo mi cuerpo, con una ex traña sensación de fatalidad. Sus pálidas manos casi parecían brillar a la luz de las lámparas cuan do se acercaron a mi pene. Seguidamente apretó la punta, lo que provocó la aparición de una gota de fluido. Jadeé, sentí el orgasmo apunto de explotar desde mi interior, dispuesto a avanzar por mi ór gano hasta salir afuera. Pero, por suerte, soltó el pene para sopesar mis testículos como habían he cho anteriormente los jóvenes. Sus pequeñas manos los palparon, los masa jearon cuidadosamente, moviéndolos adelante y atrás déntro de su bolsa. El parpadeo de las lámparas de aceite parecía dilatarse y empañar mi vi sion. Impecable dijo a mi señor. Hermoso. Sí, fue lo que pensé yo también confir mó el amo. Probablemente lo más escogido del grupo. y el coste no fue tan exageradamente ele vado, pues era el primero de la subasta. Creo que si hubiera sido el último el precio se habría dobla do. Observad las piernas, su fuerza, y esos hom bros. La mujer levantó ambas manos y me alisó el pelo hacia atrás: Oía a la multitud desde aquí comentó ella. Estaban como locos. ¿Lo habéis examinado completamente? Yo intentaba aquietar el pánico que se apoderaba de mí. Al fin y al cabo, había pasado seis me ses en el castillo. ¿Por qué me causaban tanto te rror esta pequeña habitación y estos dos fríos ciudadanos? No, y habría que hacerlo ahora. Habría que medir su ano dijo el señor. Me pregunté si percibirían el efecto que estas palabras tenían sobre mí. En aquellos instantes deseé haber poseído otras tantas veces a Bella en el carretón de esclavos, de este modo mi pene sería más controlable, pero la simple idea hizo que mi miembro se congestionara aún más. Paralizado en esta postura vergonzante, con las piernas tan estiradas, observé impotente que mi amo se dirigía a una de las estanterías y alcan zaba un estuche forrado de piel, que luego dispuso sobre la mesa. La mujer me dio media vuelta para que me quedara mirando a la mesa de roble. Me bajó las manos y las colocó sobre el borde del escritorio; yo permanecía doblado por la cintura, haciendo un esfuerzo enorme por separar las piernas cuanto podía para que no tuvieran que reprenderme. y sus nalgas apenas están enrojecidas, eso es bueno dijo la mujer. Noté que sus dedos jugue teaban con mis erupciones y escoceduras. Un do lor desmesurado se desató en mi carne, y un alu vión de luces en mi mente; entonces vi que abrían ante mis ojos el estuche de cuero y sacaban de él dos falos forrados de cuero. Uno era del tamaño del pene de un hombre, diría yo, y el otro algo más grande. El más grande estaba decorado en su base con una larga masa tupida de pelo negro, una cola de caballo, y los dos llevaban incorporada una anilla, una especie de manilla. Intenté prepararme. Pero mi mente se rebelaba al contemplar aquel espeso y reluciente pelo. No podían obligarme a llevar una cosa así, que en vez de un esclavo ¡me haría parecer |
Respuesta: Las aventuras de Bella La mano de la mujer abrió un frasco de vidrio rojo que había sobre el escritorio, el cual Empujad hacia atrás las caderas, abríos más. Abríos...pareció iluminarse por primera vez en el mismo momento en que yo advertí el objeto. Los largos dedos de la dama recogieron una buena cantidad de crema del frasco y seguidamente la mujer desapareció detrás de mí. Sentí la frialdad de la masa de crema en con tacto con mi ano y experimenté la sobrecogedora indefension que siempre me invadia cuando me tocaban y abrían aquella parte. Con suavidad, no exenta de rapidez y destreza, me aplicó la húmeda sustancia que extendió concienzudamente en el interior de la hendidura, y luego por el interior del ano mientras yo hacía un gran esfuerzo por permanecer en silencio. Sentía la fría mirada observadora de mi señor sobre mí; notaba las faldas de la señora contra mi piel. La mujer cogió el más pequeño de los dos fa los del escritorio y lo deslizó con brusquedad y firmeza dentro de mi cavidad. Yo me estremecí lleno de inquietud. Chist... no os pongáis tan tenso me di jo. Haced fuerza hacia fuera con las caderas y abríos a mí cuanto podáis. Sí, mucho mejor. No me digáis que nunca os midieron ni os montaron sobre un falo en el castillo Me saltaron las lágrimas. Unos violentos temblores se apoderaron de mis piernas al sentir cómo se deslizaba el falo hacia dentro, con un tamaño y fuerza insoportables, y mi ano se contraía con espasmos. Era como si para mí no hubiera existido otro tiempo, no obstante cada época an terior había sido tan extenuante y mortificadora como ésta. Es casi virginaldijo, casi un niño. A ver qué os parece esto y con la mano izquierda me levantó el pecho hasta que me quedé otra vez de pie con las manos en la nuca, las piernas temblo rosas y el falo impelido hacia arriba dentro de mi ano, con su mano sujetándolo. Mi señor fue a colocarse detrás de mí y percibí cómo meneaba el falo hacia delante y atrás. Sentí cómo se agitaba en mí aun cuando él ya lo había dejado. Me sentía atiborrado, empalado. y mi ano parecía una temblorosa boca excitada alrededor de aquel artilugio. ¿A qué vienen todas estas dulces lágrimas? la señora se acercó más a mi cara y la levantó con su mano izquierda. ¿Nunca antes os habían tomado las medidas? preguntó. Hoy mismo encargaremos toda una colección para vos, con gran variedad de adornos y arneses. Serán raras las ocasiones en las que dejemos vuestro ano desta ponado. y ahora, mantened las piernas separadas. Ya mi amo le dijo: Nicolás, pasadme el otro. Con un repentino grito sofocado protesté lo mejor que podía en aquella situación. No sopor taba la visión de aquella espesa masa negra de la cola de caballo. No obstante, la miré fijamente mientras la levantaban. La mujer se limitó a reírse suavemente y acariciarme otra vez la cara. Calma, calma dijo con sinceridad. El falo más pequeño salió suavemente y con una rapidez asombrosa, dejando mi ano sin nada a lo que afe rrarse, con una peculiar sensación que me provo có nuevos escalofríos. La señora me estaba aplicando más cantidad de aquella crema estremecedora, la extendía fro tándola. esta vez más profundamente, obligándo me con sus dedos a abrirme, mientras con la mano izquierda seguía manteniendo mi cara levantada. En mi visión, la habitación se reducía a una combinación de luz y color. No distinguía a mi amo, que estaba a mi espalda. y entonces sentí el falo de mayor tamaño que me abría a la fuerza provocan do un quejido. Pero, una vez más, ella me dijo: |
Respuesta: Las aventuras de Bella Quería gritar «no puedo», pero sentí cómo manipulaban hacia delante y atrás aquel lante.instru mento que me estiraba y, finalmente, se deslizaba hacia dentro, haciendo que mi ano pareciera enor me y palpitante alrededor de este objeto desco munal que entonces se me antojaba tres veces más grande que lo que había visto antes con mis pro pios ojos en el estuche. Pero no se trataba de un dolor agudo; era la intensidad de la sensibilidad lo que se expandía y me dejaba indefenso. El grueso y hormigueante pelo que al parecer levantaban y dejaban caer en contacto con mis nalgas me rozaba con una suavi dad casi enloquecedora. No podía ni imaginárme lo. Al parecer, la mujer sostenía la anilla y movía aquella verga gigante, empujándola hacia arriba para que yo me pusiera de puntillas con dificultad, mientras ella decía: Sí, excelente. Ésas eran las suaves palabras de aprobación. Noté que el nudo que bloqueaba mi garganta ce día, y que el calor se expandía por mi rostro y mi pecho. Tenía las nalgas hinchadas. Me sentí impe lido hacia delante por aquella cosa, aunque yo seguía quieto, con el suave contacto hormigueante de la cola de caballo que me mortificaba de forma absoluta. Ambos tamaños dijo. Emplearemos los menores con más frecuencia como avíos habitua les y los de mayor tamaño cuando lo considere mos necesano. Muy bien dijo mi amo. Los encargaré esta misma tarde. Pero la mujer no retiraba el instrumento ma yor y me examinaba el rostro con suma atención. Observé la luz parpadeante reflejada en sus ojos y me tragué en silencio un sollozo contenido en mi garganta. Ahora ya es hora de que nos traslademos a la granja dijo mi amo, con palabras que parecían dirigirse a mí. Ya he ordenado que traigan el co che con un arnés libre para éste. Dejaremos meti do el falo grande por el momento, será bueno para nuestro joven príncipe que se adapte conveniente mente a las guarniciones. No me dieron más que un par de segundos para reflexionar sobre todo esto. Inmediatamente, el amo había cogido la anilla del falo con su firme mano y me empujaba hacia delante ordenándome: Marchad. El pelo de la cola de caballo me rozaba e importunaba la parte posterior de mis rodillas. El falo parecía moverse en mí como si tuviera vida propia, perforándome y empujándome hacia de |
Respuesta: Las aventuras de Bella exelente relato!!! sigo pegaoo de bella!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella UN ESPLÉNDIDO CARRUAJE Tristán: «No pensé. No pueden sacarme a la calle disfrazado con estos adornos propios de una más pesadas.bestia. Por favor...» Pero de cualquier modo me apre suraron a recorrer un pequeño pasillo que daba a una puerta trasera por la que salí a una amplia cal zada pavimentada, limitada al otro lado por las al tas murallas de piedra del pueblo. Era una vía mucho más grande y transitada que la que habíamos seguido para llegar hasta la casa, bordeada por altos árboles, por encima de los cuales vi a los guardias que caminaban ociosamente sobre las almenas. Inmediatamente pude observar ante mí la imagen escalofriante de los carruajes y carretas del mercado que circulaban matraqueantes tirados por esclavos, no por caballos. Los carruajes grandes llevaban hasta ocho o diez cautivos enjaezados, y de tanto en tanto pasaba una pequeña carroza impelida únicamente por dos pa rejas de esclavos, e incluso pequeñas carretas del mercado sin conductor que eran tiradas por un solitario cautivo, con el amo caminando a su lado. Pero antes de que pudiera sobreponerme a la impresión, e incluso antes de que percibiera cómo maltrataban a los esclavos, vi el coche de cuero de mi señor ante mí, y cinco esclavos, cuatro de ellos emparejados, con botas ajustadas, bien enjae zados, con embocaduras que tiraban de sus cabezas hacia atrás y las nalgas desnudas adornadas con colas de caballo. El carruaje era descubierto, con dos asientos tapizados en terciopelo. Mi amo brindó su mano a la señora para que se apoyara al subir a ocupar su asiento, mientras un joven ele gantemente vestido me empujaba hacia delante pa ra completar la tercera y última pareja del tiro, la que quedaba más próxima al vehículo. «No, por favor me dije como mil veces antes lo había hecho en el castillo, no, os lo ruego...» Pero estaba convencido de que mi muda plegaria no sería oída. Estaba en poder de unos lugareños que volvían a colocarme la gruesa y larga embocadura, que tiraba firmemente hacia atrás de mi boca, con las riendas apoyadas sobre mis hom bros. El grueso falo se afianzó en mi interior em pujado una vez más hacia dentro, y sentí que me ponían un arnés de elaborada factura con finas correas que bajaban hasta una banda que me rodea ba las caderas y que al instante engancharon firmemente a la anilla del falo. Así era imposible expulsar aquella cosa. De hecho, estaba fuerte mente apretada hacia dentro y atada a mí. Sentí un violento tirón, que casi me hizo perder el equili brio, cuando sujetaron otro par de riendas a este mismo gancho, para dárselas a los que viajaban detrás, que ahora controlaban a la vez la emboca dura y el falo desde su puesto de guía. Al mirar hacia delante vi que todos los escla vos estaban amarrados como yo, y que también eran príncipes. Las largas riendas que los manio braban pasaban junto a mis muslos o sobre mis hombros. Ante mí, unas ajustadas anillas de cuero servían ingeniosamente para mantenerlos juntos, y probablemente se emplearían también a mi es palda. Pero entonces sentí que me doblaban los brazos hacia atrás y los ataban con fuertes y crueles tirones. Unas manos rudas, enguantadas, me engancharon diestramente unos pequeños pesos de cuero en los pezones, dándoles unos golpecitos para comprobar que colgaban firmemente. Eran como lágrimas de cuero, y por lo visto no tenían otro propósito que hacer que la degradación inexpresable del conjunto, tiro y carruaje, fuera aún más desgarradora. Con la misma eficacia silenciosa, me ajustaron unas fuertes botas con herraduras, como las utili zadas en el castillo para las devastadoras carreras del sendero para caballos. El cuero me pareció frío en contacto con mis pantorrillas, y las herraduras me resultaron |
Respuesta: Las aventuras de Bella Pero ninguna de las frenéticas carreras por el sendero, guiado por la pala de un jinete a alargaba y endurecía mi órgano que nunca langui decía.caballo, había sido tan degradante como verme atado jun to a estos otros corceles humanos. Cuando comprendí que habían concluido los preparativos y estaba arreglado como los otros esclavos de tiro y los que veía trotando por la concurrida calzada, un tirón elevó mi cabeza hacia arriba y sentí dos hirientes sacudidas de las riendas que hicieron que todo el tiro se pusiera en movimiento. Por el rabillo del ojo vi al esclavo situado a mi lado levantando las rodillas con el habitual paso marcado para marchar, así que lo imité, con el ar nés tirando del falo encajado en mi ano al tiempo que el amo gritaba: Más rápido, Tristán, hacedlo mejor. Recordad la forma de marchar que os he enseñado un grueso látigo alcanzó con un fuerte chasquido las ronchas de mis muslos y nalgas, mientras yo echa ba a correr ciegamente junto a los otros. No podíamos estar avanzando muy rápido pero a mí me parecía que íbamos a toda velocidad. Por delante divisaba el infinito cielo azul, los baluartes, los guías y ocupantes instalados en lo alto de los carruajes con los que nos cruzábamos. De nuevo tuve aquella horripilante percepción de la realidad, de que éramos auténticos esclavos desnudos, nada de juguetes reales. Nos habíamos convertido en la parte más vulnerable y gimiente de aquel lugar tan vasto, fatídico y sobrecogedor, que hacía que el castillo pareciera un preparado monstruoso. Ante mí, los príncipes hacían grandes esfuerzos bajo sus arneses, casi como si quisieran su perarse unos a otros en velocidad. Sus traseros enrojecidos sacudían las largas y lisas colas de caballo, los músculos se marcaban en sus fuertes pantorrillas por encima del cuero ajustado de las botas, las herraduras resonaban sobre los adoquines. Yo gemía mientras las riendas tiraban brusca mente de mi cabeza hacia arriba y el látigo me gol peaba con fuerza la parte posterior de las rodillas. Las lágrimas surcaban mi cara más copiosamente que nunca, así que casi era una bendición tener puesta la embocadura para llorar contra ella. Los pesos de cuero tiraban de mis pezones, chocaban contra mi pecho y provocaban escarceos de sensa ciones por todo el cuerpo. Era consciente de mi desnudez, quizá como nunca antes la había perci bido, como si los arneses, las riendas y la cola de caballo sirvieran únicamente para potenciarla. Sentí tres tirones de las riendas. El grupo redujo el paso aun trote rítmico, como si conociera estas órdenes. Falto de aliento y con el rostro lle no de lágrimas, me adapté a la marcha casi con gratitud. El látigo alcanzó al príncipe que corría junto a mí y vi el modo en que arqueaba la espalda y levantaba aún más las rodillas, si esto era po sible. Por encima de la mezcolanza de sonidos de las herraduras, gemidos y gritos aviva voz de los otros corceles, podía oír las leves subidas y bajadas de la charla del amo y la señora. No distinguía las palabras, sólo el sonido inconfundible de una conversación. ¡Arriba esa cabeza, Tristán! ordenó el amo con severidad, y al instante experimenté el cruel tirón de la embocadura, acompañado de otra sacudida en la anilla que estaba colocada en mi ano, lo que me hizo gritar sonoramente detrás de la mordaza y correr más deprisa cuando la tensión se aflojó. El falo parecía haberse agrandado dentro de mí como si mi cuerpo existiera únicamente con el propósito de asir aquel artilugio. No podía dejar de sollozar contra la mordaza e intentaba recuperar el aliento para dosificarlo mejor y aguantar la marcha del tiro. Pero de nue vo me llegaba la cadencia de la conversación, que me hacía sentirme totalmente abandonado. Ni siquiera los azotes recibidos en el campamento tras el intento de fuga cuando me traslada ban al castillo me habían ultrajado ni rebajado tanto como este castigo. Cada vez que vislumbra ba brevemente a los soldados apostados en las almenas superiores, que se apoyaban ociosamente sobre la piedra y señalaban talo cual carruaje que pasaba, aumentaba la sensación de fragilidad en mi alma. Algo dentro de mí estaba siendo aniqui lado por completo. Doblamos una curva y la calzada se ensanchó. Al mismo tiempo, la aceleración de las herraduras y las ruedas girando a toda prisa se hacía cada vez más ruidosa. Tenía la impresión de que el falo me impulsaba, levantaba y me lanzaba hacia delante, mientras el largo y chasqueante látigo buscaba mis pantorrillas como si de un juego se tratara. Al pa recer había recuperado el aliento; por suerte, mis fuerzas se habían renovado y las lágrimas que sur caban mi rostro, antes abrasadoras, me parecían frías contra la brisa. Estábamos atravesando las murallas y salía mos del pueblo por una puerta diferente a la que habíamos utilizado por la mañana para entrar con la carreta de esclavos. Ante mí divisé los terrenos de cultivo salpica dos de casitas con techumbre de paja y pequeños huertos. La calzada por la que avanzábamos se volvió tierra revuelta, más suave bajo nuestros pies. Pero una nueva percepción aterradora se había apoderado de mí. Una cálida sensación se pro pagaba lentamente por mis testículos desnudos, |
Respuesta: Las aventuras de Bella Vi esclavos desnudos amarrados a arados o trabajando a cuatro patas entre el trigo. La sensación de completa desnudez se intensificó. Otros corceles humanos que avanzaban precipitadamente, cruzándose con nosotros, evocaron en mí una agitación cada vez mayor. Yo tenía exactamente el mismo aspecto que ellos. Era uno más. En aquel instante tomamos un pequeño cami no y trotamos con brío en dirección a una gran casa solariega con muros de entramado y varias chimeneas que se elevaban desde su encumbrado tejado de pizarra. El látigo me azuzaba entonces sólo con leves azotes que me escocían y hacían vibrar mis músculos. Una cruel sacudida de las riendas nos hizo detenernos. Mi cabeza retrocedió bruscamente y solté un grito incontenible que sonó completa mente distorsionado a causa de la gruesa emboca dura, y me encontré allí parado con los demás, ja deantes y temblorosos, mientras se asentaba el polvo del camino. LA GRANJA Y EL ESTABLO Tristán: En ese mismo instante se acercaron a nosotros varios esclavos y, por los crujidos del parecían despiadadamente pesados.carruaje, supe que ayudaban al amo y a la señora a bajar. Estos mismos esclavos, todos ellos hombres muy morenos, con el enmarañado pelo blanqueado y brillante por la acción del sol, comenzaron a retirarnos las guarniciones. Asimismo, me sacaron del trasero el inmenso falo, que dejaron atado al carruaje. Solté la cruel mordaza con un resoplido y sentí que me quedaba como un saco vacío, sin carga y sin voluntad. Dos jóvenes vestidos con ropas sencillas llega ron hasta .nosotros y con largas varas planas de madera me obligaron a mí y a los demás corceles humanos a dirigirnos por un estrecho sendero que conducía aun edificio bajo que obviamente era una cuadra. Nos forzaron de inmediato a doblarnos por la cintura, sobre un enorme travesaño de madera, de tal manera que comprimía nuestros penes, y nos apremiaron a morder unas anillas de cuero que colgaban de otra barra tan basta como la que te níamos ante nosotros. Tuve que estirarme para atraparla entre mis dientes, con el travesaño presionándome el vientre e hincándose en la carne. Mis pies casi no tocaban el suelo cuando lo conseguí. Continuaba con los brazos enlazados a la espalda, así que no podía agarrarme. Pero no me caí. Mordí firmemente el blando cuero de la anilla, como los demás, y cuando el agua tibia salpicó mis doloridas piernas y espalda, me sentí tremen damente agradecido por ello. Nunca había experimentado algo tan delicio so, pensé. Aunque cuando me secaron todo el cuerpo y aplicaron aceite sobre mis músculos sen tí el éxtasis, pese a tener el cuello estirado de un modo tan tortuoso. Poco importaba que los bron ceados esclavos de pelo enmarañado trabajaran con rudeza y rapidez, apretando los dedos con fuerza sobre las erupciones y heridas. Por todas partes se oían gruñidos y quejidos, de dolor y de placer, y al mismo tiempo del esfuerzo que supo nía morder la anilla. Luego nos quitaron el calza do y también untaron de aceite mis ardientes pies, provocándome un hormigueo exquisito. A continuación nos obligaron a levantarnos y nos guiaron hasta otro travesaño donde nos forzaron a encorvarnos de la misma forma sobre un abrevadero, para poder devorar con la lengua la comida allí dispuesta, como si fuéramos caballos. Los esclavos comían con avidez. Yo me esforcé por sobreponerme a la intensa mortificación que me provocaba aquella visión. Pero enseguida me metieron la cara en el estofado. Era suculento y sabroso. Otra vez mis ojos se llenaron de lágri mas, pero lamí con el mismo descuido que los de más mientras uno de los criados me apartaba el ca bello de la cara y lo acariciaba casi amorosamente. Me di cuenta de que lo hacía del mismo modo que uno acaricia un hermoso caballo. De hecho, me daba palmaditas como si mi trasero fuera una gru pa. Aquella mortificación volvía a propagarse vertiginosamente por todo mi ser. Mi verga estaba de nuevo comprimida contra el travesaño que la mantenía doblada hacia el suelo, y los testículos |
Respuesta: Las aventuras de Bella Cuando ya no pude comer más, me sostuvie ron un cuenco de leche, apretándolo contra completamente lleno.mi cara, para que bebiera a lametazos hasta que conseguí vaciarlo. Para cuando lo dejé limpio y bebí un poco de agua recién sacada de la fuente, la dolorosa fatiga de mis piernas se había desvaneci do. Lo que sí sentía todavía era el escozor de las ronchas y esa sensación de tener las nalgas horrorosamente enormes, de color grana a causa de los latigazos y la impresión de que mi ano se abría anhelante, añorando el falo que lo había ensan chado. Sin embargo, yo no era más que uno de los seis esclavos, y tenía los brazos ligados fuertemente a la espalda como los demás. Todos los cor celes éramos iguales, ¿cómo iba a ser de otro modo? Alguien me levantó la cabeza para meterme en la boca otra anilla de cuero blando, de la que colgaba una larga traílla del mismo material. Apreté los dientes y la soga me obligó a levantarme y a apartarme del abrevadero. De igual modo forza ron a incorporarse a todos los corceles, que avanzaron apresuradamente, afanándose por seguir a un esclavo de piel morena que tiraba de las traíllas en dirección al huerto. Trotábamos deprisa, arrastrados por fuertes y humillantes estirones. Gemíamos y gruñíamos al tiempo que aplastábamos la hierba que se extendía bajo nuestros pies. Poco después los mozos nos desataron los brazos. Me cogieron del pelo, me quitaron la anilla de la boca y, a empujones, me pusieron a cuatro pa tas. Las ramas de los árboles se desplegaban sobre nosotros formando una pantalla verde que nos protegía del sol. En ese instante vi a mi lado el precioso terciopelo borgoña del vestido de la señora. Me cogió por el pelo, tal como había hecho el criado, y me levantó la cabeza de manera que durante un segundo pude mirarla directamente a la cara. Su pequeño rostro era sumamente pálido y sus ojos de un profundo gris, con el mismo centro oscuro que había visto en los ojos de mi amo. Bajé la vista de inmediato mientras el corazón martillea ba con fuerza, temeroso de haber dado motivos para merecer una reprimenda. ¿Tenéis una boquita delicada, príncipe? preguntó. Yo sabía que no debía hablar y, confundido por su pregunta, sacudí un poco la cabeza negativamente. A mi alrededor, los demás jacos estaban ocupados en alguna tarea aunque no podía ver con claridad qué estaban haciendo. La ama aplastó mi cara contra la hierba, y ante mí, vi una manzana verde bien madura. Lo que hace una boca delicada es coger esta fruta firmemente entre los dientes y depositarla en el cesto, como los otros esclavos, sin dejar nunca el más mínimo ras tro de su dentadura en ella finalizó. En cuanto me soltó el pelo, cogí la manzana y, buscando frenéticamente el cesto, me fui trotando para dejar la fruta en él. Los demás esclavos trabajaban con rapidez y yo me apresuré a imitar su rit mo. No sólo pude ver la falda de mi señora sino que entonces advertí también a mi dueño, que no estaba muy lejos de ella. Me afané desesperada mente por cumplir con mi obligación. Encontré otra manzana y luego otra más, y otra; si no en contraba ninguna me ponía nervioso, como loco. Pero, de repente y totalmente por sorpresa, me introdujeron otro falo en el ano, sin ayuda de cremas. Me forzaron a seguir hacia delante a tal velocidad que estaba convencido de que guiaban el falo con una larga vara. Seguí apresuradamente a los otros y me adentré en el huerto, avanzando entre la hierba que provocaba picores en mi pene y testículos. Una vez más, me encontré con una manzana entre los dientes mientras el falo me per foraba las entrañas y me dirigía hacia el cesto don de debía depositarla. Al ver junto a mí unas botas gastadas sentí cierto alivio ya que, obviamente, esa persona no podía ser mi amo ni mi señora. Intenté encontrar por mí mismo la siguiente manzana con la esperanza de que me retiraran aquel instrumento, pero la presión del artilugio me lanzó hacia delante y no pude alcanzar el cesto con suficiente rapidez. El falo me llevaba de aquí para allá mientras yo amontonaba manzanas, has ta que el cesto estuvo |
Respuesta: Las aventuras de Bella Todos los esclavos en tropel fueron enviados correteando hasta amargo y salado.otro grupo de árboles; yo era el único al que guiaban con un falo. Al instante, la cara se me puso al rojo vivo pero, por mucho que me afanara, el instrumento me empujaba sin clemencia hacia delante. La hierba me torturaba el pene, las más tiernas partes interiores de los muslos e incluso mi garganta cada vez que recogía atropelladamente las manzanas. Pero nada podía detenerme en mi intento de seguir la marcha. Cuando atisbé las figuras del amo y la señora que se alejaban en dirección a la casa, sentí un rubor de gratitud: no iban a presenciar mi torpeza; luego, continué trabajando con ahínco. Finalmente, todos los cestos estuvieron lle nos. Buscamos en vano más manzanas. Me empujaron para que siguiera al pequeño grupo que se ponía de pie y empezaba a trotar de vuelta hacia las cuadras, con los brazos doblados a la espalda como si estuvieran maniatados. Pensé que el falo me dejaría entonces tranquilo, pero continuaba allí, punzándome y dirigiéndome, mientras yo me esforzaba por seguir el ritmo de los otros. La visión de las cuadras me llenó de terror, aunque todavía no sabía bien por qué. Entre azotes, nos hicieron entrar a una larga sala cuyo suelo cubierto de heno resultó agradable bajo mis pies. Luego cogieron a los otros esclavos, uno a uno, y los colocaron bajo una larga y gruesa viga situada a poco más de un metro por encima del suelo y más o menos a esa distancia de la pared que había detrás. A cada esclavo le ataban los brazos alrededor de la viga, con los codos pronuncia damente hacia fuera. Les echaban las piernas hacia atrás, muy separadas, lo que les mantenía por de bajo de la viga, con la verga y los testículos ex puestos de un modo doloroso. Todas las cabezas estaban inclinadas hacia el suelo bajo la viga, con el pelo caído y los rostros enrojecidos. Esperé, tembloroso, a que me sometieran a la misma tortura. No me pasó por alto la rapidez con que habían dispuesto todo esto, con los cinco esclavos ligados en un visto y no visto, pero a mí me reservaban aparte. El temor me consumía cada vez con más intensidad. A continuación, me forzaron a ponerme otra vez a cuatro patas y me condujeron ante el prime ro de los esclavos, el que había encabezado el grupo, un fornido rubio que se retorció y sacó las caderas al acercarme yo, esforzándose al parecer por lograr cierto alivio en aquella patética posición. De inmediato comprendí lo que tendría que hacer, pero la perplejidad más absoluta me dejó paralizado. El grueso y reluciente miembro que tenía ante mi rostro intensificó mi propia apeten cia. ¡Vaya tortura para mi propio órgano sería la merlo! Sólo me quedaba esperar clemencia des pués de ver aquello. Pero en cuanto abrí la boca, el criado introdujo su falo. Primero los testículos advirtió, un buen repaso con la lengua. El príncipe gemía y meneaba las caderas hacia mí. Yo me apresuré a obedecer, con las nalgas oprimidas por el falo y con mi propio pene a pun to de reventar. Mi lengua lamió la piel suave y sa lada levantando los testículos. Luego dejé que se escurrieran de mi boca para después lamerlos de prisa, intentando cubrirlos con mis labios mien tras me intoxicaba del sabor a sal y a carne cálida. El príncipe culebreaba, se retorcía y flexionaba cuanto podía las musculadas piernas en el reduci do espacio mientras yo chupaba. Abarqué con mi boca todo el escroto, lamiéndolo y mordisqueán dolo. Incapaz de esperar más a llegar al pene, dejé los testículos y rodeé el miembro con mis labios, lanzándome hasta el nido de vello púbico en un furor de lametazos. Continué moviéndome ade lante y atrás hasta que caí en la cuenta de que el príncipe impelía su propio ritmo. Así que lo único que hice fue mantener la cabeza quieta, con el falo ardiendo en mi ano, mientras la verga entraba y salía, escurriéndose entre mis labios, rozando mis dientes. Su grosor, humedad y la lisa punta que chocaba contra mi paladar aumentaban el delirio mientras mis caderas se sumaban impúdicamente a la danza, subiendo y bajando mecánicamente al mismo ritmo. Pero cuando el esclavo se vació en mi garganta, no hubo ningún alivio para mi pene, que se agitaba en el aire vacío. Lo único que pude hacer fue tragar el fluido |
Respuesta: Las aventuras de Bella Inmediatamente me apartaron y me acercaron un plato con vino para enjuto y meditativo, aque llos ojos azules oscuros.que lo lamiera. A conti nuación me obligaron a pasar al siguiente príncipe situado en la fila de espera, quien ya se debatía pe nosamente con un ritmo ineludible. Cuando llegué al final de la hilera la mandíbu la me dolía, y también la garganta. Mi verga no podía estar más erecta y ansiosa. En este instante me encontraba a merced del criado, y como míni mo esperaba de él un indicio de que experimenta ría algún alivio a la tortura. Sin embargo, el mozo me ató de inmediato a la viga, me puso los brazos en torno a ésta y las pier nas en la misma incómoda y degradante postura agachada bajo la madera. Ningún esclavo me sa tisfizo. Cuando el criado nos dejó a solas en la cuadra vacía, rompí a lloriquear con gemidos con tenidos, mientras mis caderas se estiraban inútil mente hacia delante. El establo se había quedado en silencio. Los otros debían de haberse quedado profundamente dormidos. El sol del atardecer se filtraba como la neblina a través de la puerta abierta. Soñé con el ansiado alivio en todas sus formas glorio sas; lord Stefan tendido en la hierba debajo de mí tiempo atrás cuando éramos amigos y amantes, antes de que ninguno de los dos hubiera llegado a este extraño reino; el delicioso sexo de Bella mon tado sobre mi pene; la delicada mano de mi señor tocando mi cuerpo. Pero todo esto sólo sirvió para empeorar el tormento. Luego, el esclavo que tenía junto a mí, empezó a hablarme en voz baja: Siempre es así dijo somnoliento. El prín cipe estiró el cuello y meneó la cabeza para que su cabello negro cayera suelto con más libertad. Yo podía ver tan sólo una parte de su rostro que, como el del resto de esclavos, destacaba por su belleza. Obligan a uno a satisfacer a los demás continuó. y cuando hay un esclavo nuevo, siempre le toca a él. A veces hay otros motivos para la elección, pero el escogido siempre debe sufrir. Sí, ya veo respondí desdichadamente. pa recía que volvía a quedarse dormido. ¿Cómo se llama nuestra señora? inquirí, pensando que tal vez lo supiera, ya que con toda seguridad éste no era su primer día en el establo. Se llama señora Julia, pero ella no es mi ama susurró. Ahora descansad. Lo necesitáis, pese a la incomodidad, creedme. Me llamo Tristán dije. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? Dos años contestó. Yo me llamo Je rard. Intenté escaparme del castillo y estuve a punto de llegar a la frontera del reino vecino. Allí me hubiera encontrado a salvo, pero cuando esta ba atan sólo una hora, o menos, una pandilla de campesinos me persiguió y me atrapó. Jamás ayu dan a fugarse aun esclavo. y además yo les había robado ropas de su vivienda. Así que me desnuda ron a toda prisa, me ataron de pies y manos y me trajeron de regreso. Entonces me sentenciaron a tres años en el pueblo. La reina ni siquiera volvió a mirarme. Di un respingo. ¡Tres años! ¡Y ya llevaba dos de vasallaje! Pero ¿de verdad hubierais estado a salvo si...? Sí, pero la gran dificultad está en llegar a la frontera. ¿Y no teníais miedo de que vuestros pa dres...? ¿No os ordenaron que obedecierais cuando os enviaron con la reina? La reina me daba demasiado miedo con testó. Y, de todos modos, no hubiera vuelto a casa. ¿Lo habéis intentado de nuevo desde entonces? No se rió en voz baja. Soy uno de los mejores corceles del pueblo. Me vendieron direc tamente a los establos públicos. Los acaudalados señores y señoras me alquilan a diario, aunque el amo Nicolás y la señora Julia son los que requie ren mis servicios con más frecuencia. Aún espero la clemencia de su majestad, que me autoricen pronto a regresar al castillo pero, si no sucede así, no voy a llorar. Si no me obligaran cada día a co rrer sin descanso, probablemente estaría terrible mente angustiado. De vez en cuando me siento displicente y pataleo o forcejeo, pero una buena zurra hace maravillas. Mi amo sabe perfectamente cuándo me hace falta; aunque me porte muy bien, él lo sabe. Me complace formar parte del tiro de un hermoso carruaje como el de vuestro dueño. Me gustan los arneses y riendas nuevos y relu cientes. y además, vuestro señor, el cronista de la reina, sabe blandir la correa con fuerza. Ya os habréis percatado de que lo hace en serio. De vez en cuando se detiene y me frota el pelo, o me da un pellizco, y yo casi me corro allí mismo. Demues tra su autoridad sobre mi verga, la azota y luego se ríe de ello. Lo adoro. En una ocasión me hizo tirar a mí solo de un pequeño carro de dos ruedas con un cesto mientras él caminaba a mi lado. Detesto los carros pequeños, pero con vuestro amo, os lo digo en serio, casi pierdo la cabeza de orgullo. Fue fantástico. ¿Por qué fue fantástico? pregunté, atónito. Intentaba imaginarme al príncipe cautivo, con su larga cabellera negra, el pelo de la cola de caballo y la delgada y elegante figura de mi dueño ca minando a su lado. Todo aquel precioso pelo blanco al sol, el rostro |
Respuesta: Las aventuras de Bella No sé respondió. No me expreso bien con palabras. Siempre me enorgullece ir al trote. direc ción al mercado.Pero en aquella ocasión estaba a solas con él. Salimos del pueblo para dar un paseo por el campo al anochecer. Todas las mujeres estaban fuera de las casas y le daban las buenas noches. También nos cruzamos con caballeros que regresaban tras la jornada de inspección de sus granjas para volver a sus viviendas en el pueblo. »De vez en cuando, vuestro señor me cogía el pelo de la nuca y lo alisaba. Me había amarrado bien la rienda, muy arriba, para que mi cabeza quedara muy atrasada, y me propinaba frecuentes azotes en las pantorrillas sin que vinieran a cuento, sólo por gusto. Era una sensación sumamente estimulante, trotar por la calzada y oír el crujido de sus botas a mi lado. No me importaba si volvía a ver otra vez el castillo o no. O si alguna vez abandonaría el reino. Siempre solicita mis servi cios, vuestro amo. A los otros corceles les aterroriza. Vuelven a las cuadras con las nalgas en carne viva y dicen que los azota el doble que cualquier otro señor, pero yo lo venero. Lo que hace lo hace bien. y yo también. E igual pasará con vos ahora que es vuestro amo. No sabía qué responder. No añadió nada más después de aquello. Se quedó dormido enseguida y yo continué en la misma postura, muy quieto, con los muslos dolo ridos y el pene sometido al mismo padecimiento de antes, mientras pensaba en el breve relato de Jerard. Sus palabras me habían provocado escalo fríos en todo el cuerpo, pero lo más grave era que entendía lo que decía. Me atemorizaba, pero lo entendía. Cuando nos liberaron y nos llevaron hasta el carruaje casi era de noche. Percibí la fascinación que me causaban el arnés, las abrazaderas para los pezones, las riendas, las ataduras y el falo mientras volvían a ajustármelos. Naturalmente, me hacían daño y me inspiraban miedo. Pero estaba pensan do en las palabras de Jerard. Lo veía enjaezado delante de mí. Observé atentamente la manera en que sacudía la cabeza y golpeaba el suelo con los pies embutidos en sus botas, como si quisiera ajustarlas mejor. Luego miré fijamente hacia delante con los ojos abiertos, desconcertado, mien tras me introducían el falo y apretaban las correas a conciencia, levantándome del suelo. Con una fuerte sacudida iniciamos un trote ligero por el ca mino que se alejaba de la casa solariega. Cuando tomamos la calzada principal y ante nosotros aparecieron las oscuras almenas del pue blo, las lágrimas ya surcaban mi rostro. En los to rreones norte y sur ardían antorchas. Debía de ser la hora del anochecer descrita por Jerard, ya que transitaban pocos carruajes por la calzada y, en las entradas a las granjas, las mujeres se inclinaban y saludaban con la mano a nuestro paso. De vez en cuando nos cruzaba algún hombre caminando so litario. Yo marchaba con todo el brío que podía, con la mandíbula dolorosamente erguida y el grueso y pesado falo latiendo ardientemente en mi interior. La correa me azuzaba una y otra vez, pero no recibí ni una sola reprimenda. Justo antes de llegar a la casa de mi señor, recordé con un sobresalto lo que había mencionado Jerard acerca de que estuvo a punto de alcanzar el reino vecino. Quizá se equivocaba en lo referente a estar a salvo una vez allí. ¿y qué sucedería con su padre? El mío me ha bía ordenado que obedeciera, me había dicho que la reina era todopoderosa y que mi vasallaje me compensaría en sumo grado, que mejoraría enormemente en sabiduría. Intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente. Yo nunca había pensa do realmente en escapar. Era una idea demasiado complicada, demasiado espinosa en una situación a la que ya era duro adaptarse. Estaba oscuro cuando nos detuvimos ante la puerta de la casa de mi amo. Me quitaron las botas y los arneses, todo menos el falo. A los demás cor celes se los llevaron a latigazos hasta las cuadras públicas, tirando del carruaje vacío. Permanecí quieto pensando en las demás pala bras de Jerard. Me intrigó también el extraño y ar diente escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando la señora salió, me alzó el rostro y me pasó la mano por el cabello para retirármelo de la cara. Tranquilo, tranquilo repitió con aquella tierna voz. Me secó la frente y las mejillas sudoro sas con un suave pañuelo de lino blanco. La miré fijamente a los ojos y entonces ella me besó los la bios; mi verga casi se puso a brincar con aquel beso que me dejó sin aliento. La señora me extrajo el falo con tal rapidez que perdí el equilibrio. Volví a mirarla lleno de es panto. Entonces ella desapareció por el interior de la preciosa casita y yo me quedé temblando. Le vanté la vista al encumbrado tejado y luego a la bella salpicadura de estrellas que cubría el firma mento, y me percaté de que me había quedado a solas con mi amo que, como siempre, tenía la grue sa correa en la mano. Me dio media vuelta y me hizo marchar otra vez por la amplia calzada pavimentada en |
Respuesta: Las aventuras de Bella buen relato!!! sigo pendiente de lo que pasa con este libro!!! gracias por el aporte!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella VELADA PARA SOLDADOS EN LA POSADA pensar en el capitán.Bella estuvo durmiendo varias horas. Se ente ró vagamente de que el capitán tiraba de la cuerda de la campana. Él se había levantado y estaba ves tido, pero aún no le había dado orden alguna. Cuando por fin la princesa abrió los ojos, la figura del capitán se recortó sobre ella contra la luz mor tecina de un fuego recién encendido en el hogar. Aún no se había atado el cinturón y, con un rápido movimiento, se lo quitó de la cintura y lo hizo chasquear a su costado. Bella no podía descifrar su expresión. Parecía cruel y distante pero aun así sus labios esbozaban una sonrisa. En cambio, las ca deras de la muchacha le reconocieron de inmedia to. Una suave descarga de fluidos avivó la profunda pasión que volvía asentir en su interior. Sin embargo, antes de que pudiera despabilar su languidez, el capitán la había puesto a cuatro patas sobre el suelo. La empujaba hacia abajo por el cuello obligándola a separar mucho las piernas. El rostro de Bella ya estaba encendido cuando la azotó entre las piernas y la correa le alcanzó el prominente pubis. De nuevo un fuerte trallazo en los labios púbicos obligó a Bella a besar las made ras del suelo, meneando las caderas arriba y aba jo, en un gesto de sumisión. Los azotes se repitie ron, más sutiles, castigando casi en una caricia los labios hinchados. La princesa derramó más lá grimas, soltó un grito sofocado que la dejó bo quiabierta, y no dejaba de levantar las caderas, cada vez más arriba. El capitán dio un paso adelante y con su gran mano desnuda cubrió las nalgas escocidas de Be lla, haciéndolas girar lentamente. Le cortó la respiración. Bella sintió cómo le alzaba las caderas, balanceándolas y bajándolas de nuevo. Un suave ruido rítmico surgía del pecho de la muchacha. Aún recordaba cuando el prínci pe Alexi le contaba en el castillo que le habían obligado a menear las caderas de este modo atroz e ignominioso. Los dedos del capitán seguían apretando fuertemente la carne de Bella, estrujándole las nalgas para juntarlas. ¡Moved esas caderas! ordenó en voz baja. La mano impulsó el trasero de Bella tan arriba que su frente chocó contra el suelo, los pechos palpitantes se aplastaron sobre la madera y soltó un ge mido vibrante que surgió entre sofocos. En este instante no importaba lo que hubiera pensado y temido tiempo atrás en el castillo. Agi tó el trasero en el aire y entonces el capitán retiró la mano. De nuevo, la correa le azuzó el sexo y, en una orgía violenta de movimiento, la princesa me neó las nalgas sin descanso como le habían orde nado. Su cuerpo se relajó, casi alargándose. Si alguna vez había conocido otra postura diferente a ésta, lo cierto era que no podía recordarlo con claridad. «Dueño y señor», suspiró ella, y la correa azotó el pequeño monte púbico, rozando con el cuero el cada vez más grueso clítoris. Bella meneaba su tra sero con frenesí formando un círculo. Cuanto más fuerte la azotaba, más jugos fluían en ella, hasta que los casi irreconocibles gritos que surgían desde lo más profundo de su garganta le im pidieron oír el sonido de la correa que se estrellaba contra sus lustrosos labios. La zurra cesó por fin. Bella vio los zapatos del capitán y su mano que señalaba una escoba de mango corto que estaba apoyada junto a la chime nea de la habitación. A partir de hoy dijo con gran calma, no os volveré a decir que tenéis que barrer y restregar esta habitación, cambiar la cama y encender el fuego. Lo haréis cada mañana al levantaros. y también ahora mismo, esta noche, para que apren dáis. Cuando terminéis, os lavarán a fondo en el patio de la posada para servir como es debido a la guarnición. De inmediato, Bella se puso manos a la obra. Arrodillada, empezó a trabajar con movimientos rápidos y cuidadosos. El capitán salió de la habitación y al cabo de unos momentos apareció el príncipe Roger con el recogedor, el cepillo y el cubo. Le enseñó cómo hacer estas pequeñas tareas, a cambiar la ropa de cama, preparar la leña para la chimenea y retirar las cenizas. A Roger no le sorprendió que Bella se limitara a asentir con la cabeza sin hablarle. A ella ni se le ocurrió hablar con él. El capitán había dicho «cada mañana». ¡Así que tenía intención de quedársela! Aunque fuera propiedad del Signo del León, su principal huésped, el capitán, la había escogido a ella. La princesa no conseguía hacer las tareas lo suficientemente bien, aunque alisó la cama y sacó brillo a la mesa, procurando permanecer de rodi llas en todo momento, levantándose únicamente cuando era necesario. La puerta volvió a abrirse y la señora Lockley la cogió por el pelo. Bella sintió el tirón de pelo y la pala de madera que la guiaba escaleras abajo, pero se sosegó ilusionada al |
Respuesta: Las aventuras de Bella En cuestión de segundos se encontró de pie en el tosco barreño de madera del patio. La soldados.llama de las antorchas vacilaba a la entrada del mesón, al igual que junto al cobertizo. La señora Lockley restregaba la piel de Bella con rapidez y rudeza, lavó su escocida vagina con un chorro de vino mezclado con agua y luego cubrió de espuma las nalgas de la muchacha. La mesonera no pronunció palabra mientras torcía a Bella a uno y otro lado, le doblaba las piernas para que se acuclillara y enjabonaba su ve llo púbico. Después la secó con bruscos movi mlentos. Bella vio cómo lavaban a otros esclavos con igual rudeza, y oyó las chillonas y burlonas voces de la vulgar mujer del delantal y de otras dos re cias muchachas del pueblo que estaban plenamente entregadas a su tarea, aunque de vez en cuando se detenían para propinar un azote en las nalgas de uno u otro esclavo sin motivo aparente. Pero lo único que Bella podía pensar era que pertenecía al capitán, y que iba a ver a la guarnición. Con toda seguridad, el capitán estaría allí, se decía. Las risotadas y el griterío que llegaban desde la posada la incitaban y la atormentaban al mismo tiempo. Cuando Bella estuvo completamente seca y con el pelo cepillado, la señora Lockley apoyó un pie en el borde del barreño y echó a Bella sobre su rodilla. Le aplastó fuertemente los muslos con va rios palazos y luego le propinó un empujón para que se pusiera a cuatro patas. Bella luchó denodadamente por recuperar el equilibrio y el aliento. Indiscutiblemente, resultaba insólito que no le hablaran, ni siquiera para darle órdenes severas e impacientes. Bella alzó la vista mientras la seño ra Lockley giraba en torno a ella hasta situarse a su lado. Por un instante, atisbó la sonrisa de la me sonera antes de que tuviera ocasión de recuperar su expresión habitual. Súbitamente, Bella sintió cómo le levantaba la cabeza con delicadeza, estirando su melena en toda la longitud, y se encontró el rostro de la señora Lockley justo encima de ella: Así que vos ibais a ser mi pequeña alborota dora... Éstas son las nalgas que iba a tener que cocer para el desayuno mucho más rato que las de los demás... Tal vez aún debierais hacerlo susurró Bella sin querer ni pensarlo ... Si es eso lo que os gusta para desayunar. Un violento temblor se apoderó de ella en cuanto acabó la frase. ¡Oh, qué había hecho! El rostro de la señora Lockley se iluminó con una expresión más que curiosa, y de sus labios se escapó una risa a duras penas reprimida. Os veré por la mañana, querida mía, con to dos los demás. Cuando el capitán se haya marcha do y el mesón esté tranquilo, sin nadie más que los otros esclavos, que estarán esperando en fila sus azotes matinales. Entonces os enseñaré a abrir la boca sin permiso. Lo dijo con una efusividad inusual. Las mejillas de la señora Lockley habían cogido color; estaba tan guapa. y ahora, al trote le ordenó con suavidad. La gran sala de la posada estaba ya abarrotada de soldados y otros hombres que bebían. El fuego crepitaba en la chimenea y una pieza de cordero giraba en el espetón. Varios esclavos, en pie y con las cabezas inclinadas, se precipitaban de puntillas para servir vino y cerveza en docenas de jarros de peltre. Allí donde Bella miraba, entre el gentío de bebedores vestidos de oscuro con pesadas botas de montar y espadas, veía el destello de traseros desnudos y relucientes vellos púbicos de esclavos que servían humeantes platos de co mida, se inclinaban para enjugar el líquido verti do, se arrastraban a cuatro patas para fregar el sue lo o correteaban para recoger una moneda que alguien había arrojado juguetonamente al suelo lleno de serrín. Desde un rincón sombrío llegaba el rasgueo resonante y monótono de un laúd, el ritmo de una pandereta y los soplidos de una trompeta que in terpretaban una lenta melodía. Pero la cancionci lla apenas se oía debido a las risotadas de los comensales. Los fragmentos interrumpidos de un coro arrancaban con entusiasmo pero se desvane cían enseguida. De todas partes llegaban las voces que ordenaban más comida y bebida, y las peticio nes de más esclavas y esclavos guapos que acompañaran y entretuvieran a los |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella no sabía dónde mirar. Por aquí un ro busto oficial de la guardia con su reluciente mirarla.cota de malla levantaba de un tirón a una princesa muy rubia y rosada y la colocaba de pie sobre la mesa. La esclava, con las manos detrás de la cabeza, danzaba y brincaba aceleradamente, tal y como le in dicaban, con el rostro sonrojado, los pechos rebotando y el pelo plateado volando en largos rizos de espirales perfectas alrededor de los hombros. Sus ojos brillaban con una mezcla de temor y excitación patentes. Por allá, otra esclava de delicadas facciones era arrojada contra un tosco regazo y azotada mientras intentaba frenéticamente cubrirse la cara con las manos antes de que un espec tador divertido se las apartara aun lado y se las es tirara con regocijo. Entre los toneles de las paredes había más es clavos desnudos, que permanecían en pie, con las piernas abiertas y las caderas adelantadas, por lo visto esperando que les llamaran. En una esquina de la estancia, un hermoso príncipe con espesos rizos rojos que le llegaban a los hombros estaba sentado con las piernas separadas sobre el regazo de un soldado gigantesco. Los labios de ambos se fundían en un beso mientras el soldado acariciaba el órgano erecto del príncipe. El príncipe pelirrojo chupaba la barba negra toscamente afeitada del soldado, tomaba su mandíbula con la boca y luego abría los labios para reanudar los besos. Se le jun taban las cejas a causa de la intensidad de su pasión, aunque estaba sentado, indefenso e inmóvil como si lo tuvieran allí atado, elevando el trasero al compás del movimiento de la rodilla del solda do, que pellizcaba el muslo del príncipe para que diera saltos. El esclavo rodeaba con el brazo izquierdo el cuello del soldado y hundía la mano derecha en la espesa cabellera del oficial, acari ciándola lentamente. Una princesa de negra melena forcejeaba en el suelo del rincón más alejado, tumbada boca arriba con las manos sujetas a los tobillos y las piernas separadas. Su larga melena barría el suelo mientras le vertían un jarro de cerveza sobre sus tiernas partes íntimas y los soldados se inclinaban jugue tonamente para lamer el líquido que se escurría del vello rizado del pubis. De repente la pusieron boca abajo sobre las manos, con los pies levanta dos para que un soldado llenara de cerveza el sexo de la princesa hasta desbordarlo. En aquel instante la señora Lockley tiraba de Bella para que cogiera en sus manos una jarra de cerveza y un plato de peltre con comida humeante. Luego le volvió la cara para que viera la figura distante del capitán. Estaba sentado en una concu rrida mesa situada al otro lado de la gran estancia, de espaldas a la pared, con la pierna apoyada sobre el banco que tenía ante él y la mirada fija en Bella. La princesa se esforzó por moverse deprisa de rodillas, con el torso erguido, sosteniendo el plato bien alto hasta llegar allí y quedarse arrodillada junto al capitán. Se estiró por encima del banco para depositar la comida sobre la mesa. El oficial, apoyado en un codo, acarició el pelo de Bella y observó su rostro como si estuvieran a solas, aunque a su alrededor los hombres reían, hablaban y cantaban. Su daga de oro destellaba a la luz de las velas, al igual que su cabello dorado, sus cejas y el escaso vello que un mal afeitado había olvidado sobre el labio superior. La inusual delicadeza de su mano, al apartar hacia atrás el cabello de Bella y alisarlo detrás de los hombros, provocó escalo fríos en los brazos y la garganta de la princesa, así como un espasmo ineludible entre las piernas. Casi sin querer, el cuerpo de Bella describió una imperceptible ondulación. Al instante, la fuerte mano derecha del capitán la agarró por las muñecas, y levantándose del ban co alzó a la muchacha del suelo, dejándola colgada por encima de él. La princesa, desprevenida, primero palideció, y luego sintió que la sangre le inundaba el rostro. Mientras el capitán la agitaba a uno y otro lado, los demás soldados se volvían para |
Respuesta: Las aventuras de Bella A la salud de mis soldados, que han servido ala reina como se merece dijo el capitán y Era el mango tosco y enjoyado de la daga... seguro que lo era... y la empaló.de inmediato se oyó un fuerte pataleo acompañado de una salva de aplausos. ¿Quién va a ser el prime ro? inquirió el capitán. Bella sentía que sus labios púbicos se juntaban a causa de su creciente grosor, y una densa hume dad fluía a través de su arruga púbica. Pero un silencioso acceso de terror invadió su alma y la dejó paralizada. ¿Qué va a sucederme? , se preguntó al tiempo que unas oscuras figuras que se aproxima ban cada vez más la rodeaban. La robusta silueta de un hombre fornido se elevó ante ella. Los pul gares del forzudo se hundieron suavemente en los tiernos sobacos de Bella para cogerla de las manos del capitán, agarrándola con fuerza. Los jadeos de Bella cesaron. Otras manos guiaron las piernas de la princesa hasta colocarlas alrededor de la cintura del soldado. Bella sintió que con la nuca tocaba la pared que tenía detrás y levantó las manos para prote gerse, con la mirada fija en el rostro del soldado que rápidamente se llevó la mano derecha a los pantalones para desabrochárselos. El olor de cuadra, el aliento de cerveza, el aroma penetrante y delicioso de la piel bronceada por el sol y del cuero sin curtir emanaban de aquel hombre, cuyos ojos negros se estremecieron bre vemente y se cerraron por un momento cuando hundió la verga en el cuerpo de Bella, ensanchando los dilatados labios de la muchacha, cuyas ca deras golpeaban contra la pared con un ruido sor do ya un ritmo frenético. Sí. Ahora. Sí. El miedo se disolvió dando paso a una emoción aún mayor y más difícil de expre sar. Los pulgares del hombre se clavaban en los sobacos de la princesa mientras continuaban las acometidas. Alrededor de ellos, en la penumbra, Bella veía numerosos rostros cuyas miradas se centraban en ella, mientras el ruido de la posada se elevaba y descendía en violentas oleadas. El pene descargó su caliente y anegador fluido dentro de ella, mientras su propio orgasmo se di fundía por todo su cuerpo, cegándola, y de su boca abierta surgían gritos espasmódicos. Con el rostro encendido, desnuda, Bella experimentó su placer en medio de esta ordinaria taberna. La levantaron otra vez, vacía. Sintió que la arrodillaban sobre la mesa, ya continuación le separaban las piernas y le coloca ban sus propias manos bajo los pechos. Mientras una ávida boca succionaba su pezón, la princesa elevó el pecho arqueando la espalda y apartó tímidamente los ojos de los que la rodea ban. La hambrienta boca se nutrió seguidamen te de su pecho derecho, aspirando intensamente mientras la lengua apuñalaba el diminuto y duro pezón. Otra boca había tomado el pecho izquierdo. Mientras ella se apretaba contra los labios que la chupaban y le daban un placer casi desmesurado, unas manos le separaron las piernas aún más, ha ciendo descender el sexo casi hasta dejarlo sobre la mesa. Durante un instante volvió a invadirla aquel miedo irreprimible. Había manos sobre todo su cuerpo, mientras la sostenían por los brazos y le sujetaban a la fuerza las manos a la espalda. No podía liberarse de las bocas que succionaban con fuerza sus pechos. Alguien la obligó a levantar la cabeza y vio una sombra oscura que la cubría mientras se ponía a horcajadas sobre ella. La verga penetró en su boca, que se abría, y Bella se quedó mirando el vientre velludo situado sobre ella. Suc cionó el falo con toda su fuerza, con la misma in tensidad con que las bocas le chupaban los pe chos, y continuó gimiendo mientras el miedo se evaporaba una vez más. Su vagina temblaba, los fluidos descendían por sus muslos separados y sufría violentas sacu didas de placer. La verga que tenía en la boca la cautivaba, pero no le daba ninguna satisfacción. Absorbió el pene más y más hasta que su garganta se contrajo y la eyaculación salió disparada contra ella. Mientras, las bocas tiraban con delicadeza de sus pezones, trataban de morderlos, y sus labios púbicos se cerraban en vano capturando el vacío. De pronto, algo tocó su clítoris palpitante y lo raspó a través de la gruesa película de humedad. Algo se hundió entre sus ávidos labios púbicos. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella tuvo un orgasmo desenfrenado. Entre jadeos contenidos, levantaba cada vez más poderoso.las caderas, y todas las imágenes, sonidos y aromas de la posada se disolvieron en su frenesí. El mango de la daga la sostenía, la empuñadura le maltrataba el pubis sin permitir que el orgasmo cesara, forzan do un grito tras otro. Pese a que la tendieron de espaldas sobre la mesa, la atormentaba, la obligaba a culebrear y retorcer las caderas. Apenas pudo ver el rostro del capitán por encima de ella, mientras se contorsio naba como un gato y el mango de la daga la mecía arriba y abajo, obligándola a golpear la mesa con las caderas. Esta vez no iba a correrse tan pronto. La estaban levantando. Sintió cómo la tendían sobre un barril de grandes dimensiones, con la es palda arqueada sobre la húmeda madera y su cabello desparramado sobre el suelo, podía oler la cerveza. En esa posición veía el mesón patas arriba, en una exhibición de colores. Otro pene entró en su boca mientras unas manos firmes asegura ban sus muslos contra la curva del tonel y una ver ga penetraba en su lubricada vagina. Bella había dejado de pesar, no había equilibrio. No veía nada aparte del oscuro escroto y la ropa desabrochada que tenía ante sus ojos. Entretanto, le palmotea ban los pechos y se los chupaban, agarrados por fuertes dedos que la sobaban. Bella buscó a tientas las nalgas del hombre que llenaba su boca y se afe rró a él, guiando sus movimientos. Pero la otra verga la machacaba contra el barril, la taponaba, pulverizaba su clítoris mecánicamente con un ritmo diferente. Sintió en todos sus miembros la consumación abrasadora, como si no surgiera de su entrepierna, mientras sus pechos se multiplica ban. Todo su cuerpo se convirtió en el orificio, el órgano. La llevaban al patio y advirtió que sus brazos rodeaban unos hombros firmes y poderosos. Un joven soldado de pelo castaño la transportaba sin dejar de besarla y hacerle carantoñas. Los hombres estaban sentados en grupos sobre el cés ped, riéndose a la luz de las antorchas, en torno a los esclavos a los que bañaban en los barreños. Su talante era tranquilo puesto que sus primeras y ai dientes pasiones habían sido satisfechas. Los soldados formaron un corro alrededor de Bella cuando la bajaron para meterle los pies en el agua caliente. Luego se arrodillaron, tomaron un odre lleno y echaron chorros de vino sobre el cuerpo de la muchacha, provocándole cosquilleos mientras la limpiaban. La lavaron con el cepillo y el trapo, entre juegos, y competían por besarla y por llenar su boca, lenta y cuidadosamente, del agrio y frío vino. Bella intentó recordar ese rostro, aquella risa, incluso la piel del que tenía el pene más grueso; todo fue en vano. La tendieron sobre la hierba, bajo las higueras, y volvieron a poseerla. Su joven apresador, el soldado del cabello castaño, se nutrió de la boca de Bella como en una ensoñación, y luego la penetró aun ritmo más lento y suave. Ella estiró los bra zos, palpó la piel desnuda de las nalgas del soldado y la tela de los pantalones a medio bajar. Mientras tocaba el cinturón desatado, el tejido arrugado y el trasero medio desnudo, contrajo fuertemente su vagina contra la verga del mucha cho de tal manera que él tuvo que soltar un grito sofocado por encima de ella, como si de un esclavo se tratara. Transcurrieron varias horas. Bella estaba sentada, medio dormida y echa un ovillo, sobre el regazo del capitán. La cabeza reposaba contra el pecho de él y los brazos le rodeaban el cuello. Como un león desperezándose, él se desentumeció bajo ella y su voz retumbó gra vemente en su ancho pecho cuando se dirigió al soldado que tenía enfrente. Sin esfuerzo alguno, acunaba la cabeza de la princesa en su mano izquierda, cuyo brazo le parecía a Bella inmenso y |
Respuesta: Las aventuras de Bella La princesa abría los ojos sólo de vez en cuan do para percibir la luminosidad humeante dormida.y des lumbradora de toda la taberna. La sala estaba más tranquila y también más or denada que antes. El capitán no cesaba de hablar. Las palabras «princesa fugitiva» llegaron con claridad a oídos de Bella. «Princesa fugitiva», pensó ella amodorrada. No podían preocuparla tales cosas. Volvió acerrar los ojos, acurrucándose contra el capitán que la estrujó con su brazo izquierdo. «Cuán espléndido es él pensó la princesa. Con su tosca belleza.» Le encantaban los profundos pliegues de su rostro bronceado, el deseo reflejado en sus ojos. Le vino a la cabeza un curioso pensamiento. No le importaba de qué trataba la conversación de él más de lo que a él le importaba hablarle a ella. Bella sonrió para sus adentros. Era su esclava desnuda y sobrecogida. y él, su rudo y bestial capitán. Pero sus pensamientos se trasladaron invo luntariamente a Tristán. Se había declarado tan re belde ante Tristán. ¿Qué habría sido de él? ¿Cómo le iría con Ni colás el Cronista? ¿Conseguiría enterarse alguna vez? Quizás el príncipe Roger pudiera darle alguna noticia. Tal vez el denso y pequeño mundo del pueblo tenía sus vías secretas de información. Te nía que enterarse de si Tristán se encontraba bien. Sencillamente deseaba poder verle. Y, soñando con Tristán, la princesa se quedó |
Respuesta: Las aventuras de Bella UN MAGNÍFICO ESPECTÁCULO Tristán: Sin los horrorosos arneses del tiro me sentí aún más vulnerable. Mi desnudez me Por ser apuesto contestó mi señor con un deje de humor negro.resultaba ofensiva mientras marchaba velozmente hacia el final de la carretera, esperando algún tirón de las riendas en cualquier momento, como si todavía las llevara puestas. A esta hora eran numerosos los carruajes, decorados con farolillos, que pasaban con estruendo junto a nosotros, con los esclavos trotando a toda prisa, con las cabezas tan altas como antes llevaba la mía. ¿Prefería estar como ellos? ¿O me gustaba más esta otra condición? ¡No lo sabía! Sólo era consciente de mi temor y deseo, y de un conocimiento absoluto de que mi atractivo amo Nicolás, mi estricto señor, más que muchos otros, caminaba a mi lado. Más adelante, una brillante luz iluminaba abun dantemente la carretera. Estábamos llegando al final del pueblo. Pero, sin detener la marcha, al doblar por el último de los elevados edificios que tenía a mi izquierda vi un espacio abierto que aun que no era el mercado estaba terriblemente abarrotado y alumbrado por abundantes antorchas y farolillos. Olí el vino en el aire y oí las ruidosas y embriagadas risas. Había parejas que bailaban agarradas y vendedores de vino con odres llenos sobre los hombros que se abrían camino entre la multitud ofreciendo copas a todos los asistentes. Mi amo se detuvo de repente y dio una mone da a uno de estos expendedores. Luego sostuvo la copa ante mí para que lamiera el vino de ella. Me sonrojé hasta la raíz del cabello, pero pude apreciar las virtudes del vino y lo bebí ávidamente con todo el esmero que pude. Hacía rato que me ardía la garganta. Cuando levanté la vista, aprecié con más clari dad que aquel lugar era una especie de recinto para aplicar castigos. Con toda seguridad, era el sitio que el subastador había denominado el lugar de castigo público. A un lado había una hilera de esclavos colocados en picotas, y otros estaban maniatados en el interior de unas tiendas lóbregamente iluminadas, cuya entrada estaba vigilada por mozos que deja ban pasar, tras pagar una moneda, a los lugareños que iban y venían. Otros esclavos maniatados co rreteaban en círculo alrededor de un mayo, casti gados por cuatro guardias que esgrimían palas. Aquí y allá, un par de esclavos corrían a cuatro patas sobre el polvo para recoger algún objeto lanzado ante ellos, mientras jóvenes de ambos sexos les instaban a darse prisa, pues obviamente habían apostado dinero a favor de su esclavo favorito. Más a la derecha, sostenidas contra las murallas, giraban lentamente unas ruedas gigantes con es clavos atados a ellas con las extremidades completamente estiradas, dando vueltas y más vueltas con sus inflamados muslos y nalgas convertidos en dianas contra las que el público lanzaba corazones de manzana, huesos de melocotón e incluso huevos crudos. Otros esclavos se movían a duras penas acuclillados tras sus amos, con el cuello su jeto a las rodillas por dos cortas cadenas de cuero, y los brazos estirados hacia delante aguantando dos grandes palos de los que colgaba un cesto lleno de manzanas dispuesto para la venta. Dos prin cesitas rosadas, de pechos voluminosos y brillan tes de sudor, cabalgaban sobre caballos de madera con frenéticos gestos bamboleantes, y sus vaginas empaladas sobre falos de madera. Mientras yo ob servaba la escena atónito, ya que mi dueño me permitía caminar entonces con más lentitud y po día recorrer a su vez con la mirada la feria, una princesa alcanzó su descomunal y sobrecogedor clímax para deleite de la multitud, y recibió los aplausos que le dedicaban como vencedora de la prueba. La otra se llevó unos cuantos palazos, y fue castigada y reprendida por los que habían apostado por ella. Pero la gran atracción se encontraba en la alta plataforma giratoria donde un esclavo era azotado con una larga pala rectangular de cuero. Al verlo, el corazón se me cayó a los pies y recordé que mi ama me había amenazado con llevarme a la plata forma giratoria. Fue entonces cuando advertí que, poco a poco, me estaban conduciendo hacia allí. Nos abría mos paso a través del mar de ruidosos espectado res que se extendía unos quince metros alrededor de la alta plataforma. Observamos atentamente la fila de esclavos arrodillados con las manos detrás del cuello, que recibían la lluvia de imprecaciones de los presentes mientras esperaban en los escalones de madera su turno para subir al estrado y re cibir su castigo. Mientras yo miraba incrédulo, mi amo me dio un empujón para colocarme directamente al final de la cola y ocupar mi puesto. Un mozo apostado al pie de la escalera recibía monedas de los asistentes. Me obligaron a arrodillarme y fui incapaz de ocultar el miedo que me consumía. Las lágrimas me escocían los ojos y todo mi cuerpo se agitaba tembloroso. ¿Qué había hecho yo? Docenas de rostros redondos se habían vuelto hacia mí y al cancé a oír sus pullas: Vaya, ¿un esclavo del castillo que se cree demasiado bueno para la plataforma pública? Mirad qué cipote. ¿No habrá sido un cipote malo? ¿Por qué van a azotarle, señor Nicolás? |
Respuesta: Las aventuras de Bella La respuesta de mi dueño había provocado sonoras risotadas, y la luz de las antorchas inconte nibles.hacía relucir las mejillas y ojos húmedos de la risa. Lle no de horror, dirigí la mirada hacia la escalera y la alta plataforma, pero apenas vi nada aparte de los escalones inferiores mientras me arrodillaba ante la cada vez más numerosa multitud que se amon tonaba a nuestro alrededor. El esclavo situado ante mí se adelantó con gran esfuerzo cuando apresuraron a otro príncipe cautivo escaleras arriba. De algún lugar llegó el fuerte redoble de un tambor y repetidos gritos de la multitud. Yo me di la vuelta para mirar suplicante a mi amo y me arrojé al suelo para besar sus botas, mientras la muchedumbre me señalaba y se reía. Pobre príncipe desesperado se mofaba un hombre. ¿Echas de menos tu agradable baño perfumado del castillo? ¿Te azotaba la reina sobre sus rodillas? Mirad esa polla; a esa polla le hace falta un buen amo y una buena señora. Noté una mano firme que me cogía por el pelo y me levantaba la cabeza. Vi entre lágrimas un apuesto rostro por encima de mí, afable pero no carente de severidad. Los ojos azules se entrecerraron muy lentamente, los oscuras pupilas pa recieron expandirse mientras alzaba la mano derecha y el dedo índice se agitaba hacia delante y atrás y con los labios formaba silenciosamente la pala bra «no». Me quedé sin aliento. Los ojos se le que daron inmóviles, fríos como la piedra, y la mano izquierda me soltó. Volví a ocupar espontánea mente mi puesto en la fila y enlacé mis manos tras la nuca, de nuevo temblando y tragando saliva mientras la multitud profería unos exagerados «ooooh» y «aaaah» para expresar burlonamente su conmiseracióon. Esto sí que es un buen chico me gritó un hombre al oído. No querréis defraudar ahora a la multitud, ¿verdad que no? sentí que su bota me tocaba el trasero. Apuesto diez peniques a que nos ofrece el mejor espectáculo de esta noche. ¿Y quién va a determinar eso? dijo otro. ¡Diez peniques a que mueve ese culo mejor que nadie! Me pareció que transcurría toda una eternidad hasta que vi subir al siguiente esclavo, luego al siguiente y otro más. Yo fui el último. Avancé esfor zadamente a cuatro patas sobre el polvo, empapado del sudor que chorreaba por todo mi cuer po. Las rodillas me ardían y la cabeza me daba vueltas. Incluso en este momento creía que, de algún modo, iban a rescatarme. Mi amo sería mi sericordioso, cambiaría de idea, se daría cuenta de que no había hecho nada para merecer esto. Sencillamente, tenía que suceder, porque yo no era ca paz de soportarlo. La multitud se apretujaba y empujaba hacia delante. Se oyeron fuertes vítores cuando la prin cesa a la que estaban azotando sobre la plataforma empezó a quejarse con agudos chillidos ya pata lear con todas sus fuerzas sobre la plataforma. Sentí una ineludible necesidad de levantarme y echar a correr pero no me moví. El rugido de la plaza pareció aumentar bruscamente con el siguiente redoble de tambores. Los palazos habían concluido. Era mi turno. Dos mozos me llevaron en volandas escaleras arriba mientras toda mi alma se rebelaba. Entonces oí la firme orden de mi amo: Sin grilletes. Sin grilletes. Así que había existido esa posibilidad. Estuve apunto de iniciar un violento forcejeo. «Oh, por favor, por piedad, poned me los grilletes.» Pero horrorizado, me encontré a mí mismo estirándome por propia voluntad para apoyar la mandíbula sobre el alto pilar de madera, separé las rodillas y enlacé las manos a la espalda mientras las rudas manos de los mozos se limita ban a guiarme. Entonces me quedé solo. Ninguna mano me tocaba. Mis rodillas descansaban únicamente so bre unas muescas poco profundas talladas en la madera. Entre mí y los miles de pares de ojos no se interponía nada aparte del delgado poste sobre el que descansaba la mandíbula, mientras mi pecho y vientre se comprimían en espasmos |
Respuesta: Las aventuras de Bella Habían hecho girar la plataforma a gran velo cidad y entonces pude ver la gran figura y vitoreaba.del maes tro de azotamientos, con el pelo enmarañado, re mangado por encima de los codos y con la gigante pala en su desmesurada mano derecha mientras con la izquierda recogía una gran masa pringo sa de crema color miel que sacó de un cubo de ma dera. ¡Ah, dejad me que lo adivine! gritó. ¡Se trata de un jovencito recién llegado del castillo que nunca ha sido apaleado aquí! Suave y sonrosado como un lechoncillo, a decir por su pelo ru bio y esbeltas piernas. y bien, ¿vais a ofrecer a estas buenas gentes un buen espectáculo, jovencito? De nuevo hizo dar media vuelta a la plataforma y, con una palmotada, pegó la crema a mis nalgas. Aplicó el emplasto a conciencia mientras la muchedumbre le recordaba a gritos que iba a necesi tar una buena cantidad. Los tambores resonaron con su espeluznante y profundo redoble. Ante mí podía ver a cientos de ansiosos lugareños vociferantes que se extendían por toda la plaza. También vi a los desgraciados que daban vueltas al mayo, a los esclavos colocados en la picota, que forcejeaban cada vez que les pellizcaban e importunaban, a los que estaban colgados boca abajo de un carrusel de hierro que giraba lentamente, del mismo modo en que me estaban moviendo a mí entonces, en aquel círculo implacable. Mis nalgas se calentaron, después parecieron hervir a fuego lento y luego sentí que se cocían bajo el espeso masaje de la crema. Casi percibía el modo en que relucían. Así que continué arrodilla do libremente, ¡sin grilletes! De pronto mis ojos se quedaron tan deslumbrados por las antorchas que me vi obligado a parpadear. Ya me habéis oído, jovencito resonó otra vez la retumbante voz del maestro de azotamientos. Volvía a tenerlo frente a mí, y él se secaba la mano en su pringoso delantal. Entonces se estiró para cogerme la barbilla y me pellizcó las mejillas mientras agitaba mi cabeza hacia delante y atrás. Ahora, ofreceréis un buen espectáculo a esta gente dijo a voz en grito. ¿Me oís, jovencito? ¿Y sabéis por qué vais a ofrecer un buen espectáculo? ¡Porque voy a zurrar este bonito trasero hasta que lo hagáis! la multitud chilló con risas burlo nas. ¡Moveréis esas preciosas nalgas, joven esclavo, como no lo habíais hecho nunca! ¡Ésta es la plataforma pública! Con un brusco golpe de pedal dio otra vuelta a la plataforma giratoria mientras la larga pala rec tangular me azotaba ambas nalgas con un contun dente estallido, obligándome a luchar frenética mente por recuperar el equilibrio. La multitud profirió un jovial rugido cuando volvieron a hacer girar la plataforma y me alcanzó un segundo golpe; y después otro giro y otro, y luego otro más. Apreté los dientes para amorti guar los gritos mientras el ardiente dolor se pro pagaba desde mis nalgas a través de mi verga. Oía las mofas: «Dale duro», «Zúrrale en serio», «Dale en ese trasero» y «Sacúdele la polla». Me percaté de que yo obedecía estas órdenes, no deliberadamente, sino movido por la desesperación. Cada vez que uno de los ensordecedores azotes me za randeaba brutalmente, yo culebreaba e intentaba no salirme de mi sitio en la plataforma giratoria. Intentaba cerrar los ojos pero se abrían completamente con cada golpe, igual que mi boca, de la que brotaban gritos incontrolables. La pala me enviaba de un lado a otro, casi me derribaba para luego volver a enderezarme, pero aun así, con cada palazo notaba cómo se sacudía mi ávida ver ga hacia delante, palpitando de deseo, mientras el dolor centelleaba en mi cabeza como una explo sión de fuego. La miríada de matices y formas de la plaza se enmarañaba borrosamente. Mi cuerpo, atrapado en una serie vertiginosa de fuertes azotes, parecía volar, como si se desprendiese de sí mismo. Había dejado de intentar recuperar el equilibrio pero aun así la pala no me permitía escurrirme o caer; nunca había existido ese peligro. Estaba atrapado en la velocidad de las vueltas, cedía al calor y la fuerza de la pala para amortiguar su efecto, que jándome a voz en grito, mientras la multitud aplaudía, chillaba |
Respuesta: Las aventuras de Bella Todas las imágenes del día se fundieron en mi cerebro: el extraño relato de Jerard, la cuclillas so bre el cubo humeante.ama al hacer penetrar el falo entre mis nalgas separadas; y aun así no podía pensar con claridad en nada, sólo sentía los palazos y oía a la muchedumbre carcajeante cuyos rugidos llegaban a mis oídos fluyendo co mo una marea hasta la plataforma giratoria. ¡Que no paren esas caderas! gritó el maestro de azotamientos. y yo, sin pensarlo ni de searlo, obedecí, vencido por la fuerza de la orden y por el deseo del gentío. Castañeteando descon troladamente, oía los roncos y estridentes vítores, mientras la pala golpeaba primero el lado izquier do y luego el derecho de mis nalgas, para caer a continuación ruidosamente sobre mis muslos y volver de nuevo al trasero. Me encontraba perdido, como nunca antes lo había estado. Los gritos y las aclamaciones me purgaban tanto como las luces y el dolor. Ya no era más que mis ronchas ardientes, mi carne hin chada y la dura vara de mi pene que se sacudía en vano mientras la multitud aullaba, la pala me al canzaba ruidosamente una y otra vez y mis pro pios gritos casi ahogaban el sonido de sus golpes. En el castillo no había sufrido nada que expiara mi alma de este modo. Nada me había cauterizado y vaciado de tal manera. Me había sumergido en las profundidades del pueblo, y allí estaba, abandonado. De repente era un lujo, un lujo horrible, que tantas personas fueran testigos de este delirio de degradación. Si tenía que perder el orgullo, la voluntad, el alma, pues que se deleitaran en ello. y también sentí que era natural que los cientos de personas que se arremo linaban en la plaza ni siquiera se percataran de todo ello. Sí, en esto me había convertido, en esta masa desnuda e hinchada de genitales y músculos esco cidos, en el corcel que tiraba del carruaje, el objeto sudoroso y lloroso, sometido al ridículo público. Podrían complacerse en ello o ignorarlo, como prefirieran. El maestro de azotamientos retrocedió unos pasos e hizo girar la plataforma una vez más. Mis nalgas hervían. Mi boca abierta se estremecía, sofocada por los gritos descontrolados que se atragantaban más ruidosamente que nunca. ¡Poned esas manos entre las piernas y ta paos los testículos! rugió mi torturador. Sin pen sar, en un último gesto de envilecimiento, me en corvé obedientemente, con la barbilla todavía bien apoyada, y protegí mis testículos mientras el gentío pataleaba y se reía cada vez con más fuerza. De repente vi que un aluvión de objetos volaban por los aires. Me estaban tirando manzanas a me dio comer, mendrugos de pan, huevos frescos que se aplastaban quedamente al explotar las cáscaras contra mis nalgas, espalda y hombros. Sentí pro fundas punzadas en mis mejillas y en las plantas de mis pies desnudos, mientras con los ojos abier tos de par en par asistía en medio del griterío ami propio espectáculo. Hasta mi pene fue alcanzado, lo que provocó penetrantes chillidos de satisfacción y más risotadas. Seguidamente una lluvia de monedas comen zó a alcanzar las maderas del estrado. El maestro de azotamientos gritó: Más, sabéis que ha merecido la pena. ¡Más! ¡Pagad la zurra del esclavo y su dueño se dará más prisa en volver a traerlo! Vi a un joven que me rodeaba formando un ansioso círculo para reco ger el dinero. Lo colocó en un pequeño saco y lo ató con un cordel. Luego, levantándome la cabeza por el pelo, me introdujeron el saco y lo apretaron contra mis dientes. Yo jadeaba y gruñía de asom bro. Sonaron aplausos por doquier y exclamacio nes de «¡Buen chico!», así como preguntas guaso nas sobre si me había gustado la paliza y si me gustaría recibir otra la noche siguiente. Me alzaron bruscamente de la plataforma y me hicieron bajar a toda prisa por los escalones de madera. Sin más ceremonias, me alejaron de la plataforma giratoria con sus brillantes antorchas. Con un empujón, caí de cuatro patas. A continuación, me condujeron a través de la multitud hasta que vi las botas de mi amo y, al alzar la vista, descubrí su lánguida figura apoyada contra el mostrador de madera de un pequeño puesto de vino. Me obser vaba sin el menor atisbo de sonrisa, y no dijo nada. Tomó el pequeño saco de mi boca, lo sopesó en su mano derecha, se lo guardó y continuó ob servándome desde la altura. Yo incliné la cabeza hasta apoyarla en el polvo del suelo y sentí que mis manos salían de debajo de mí. No podía moverme, aunque por suerte no recibí ninguna orden para hacerlo. El estruendo de la plaza se fundió en un único sonido que casi parecía silencio. Enseguida noté las delicadas manos de mi amo, las manos de un caballero, que me levanta ban. Vi ante mí un pequeño puesto para el aseo personal. Allí un hombre esperaba con un cepillo y un cubo de fregar. Fui conducido con absoluta firmeza y entregado a él. El hombre dejó la copa de vino que estaba bebiendo y cogió con gratitud una moneda de mi amo. Luego se estiró y, sin me diar palabra, me obligó a ponerme en |
Respuesta: Las aventuras de Bella En cualquier otro momento, en los meses pa sados, ser lavado en público, junto a la multitud indiferente, hubiera sido horrendo para mí. En es tos instantes sólo era voluptuoso. Yo apenas era consciente del agua caliente que vertía sobre mis latentes erupciones, de cómo eliminaba la pegajo sa yema de huevo y el polvo adherido a ella, ni tampoco de cómo empapaba mi verga y mis testí culos, a los que aplicó un ungüento con tanta rapidez que apenas alivió su penosa ansia. El hombre también me lubricó el ano a fondo aunque apenas noté los dedos que entraban y salían; me parecía que aún sentía la forma del falo que me estiraba. Me frotó el pelo para secarlo ya continuación me peinó. También cepilló mi vello púbico e incluso peinó el vello entre mis hirvien tes y temblorosas nalgas. Todo lo cual fue ejecuta do con tal destreza y rapidez que en cuestión de instantes me encontré otra vez de rodillas ante mi amo, que me ordenó que le precediera hasta la ca rretera que transcurría entre las murallas. EL DORMITORIO DE NICOLÁS Tristán: Cuando llegamos a la calzada, mi amo me dijo que me incorporara y entonces me que llevaba.mandó «cami nar». Sin vacilar, le besé ambas botas, a continua ción me levanté mirando de frente a la carretera y obedecí. Coloqué las manos detrás del cuello, como cuando me ordenaban marchar. Pero, súbi tamente, me estrechó en sus brazos, me dio media vuelta, puso sus manos en mis costados y me besó. Por un momento me quedé tan perplejo que no supe reaccionar pero luego le devolví el beso, casi febrilmente. Abrí la boca para recibir su lengua y tuve que retirar las caderas para que mi pene no le rozara. Me pareció que mi cuerpo perdía hasta el últi mo resquicio de fuerza. El escaso vigor que me quedaba lo acaparaba mi órgano. Mi amo se apartó un poco y chupó mi boca. Oí mis fuertes suspi ros que reverberaban en las paredes. Levanté los brazos tentativamente y cuando lo abracé no hizo nada para evitarlo. Sentí el delicado terciopelo de su túnica y la suave seda de su cabello. Aquello casi era el éxtasis. Mi miembro se agitó espasmódicamente, se alargó y todo el escozor de mi cuerpo palpitó con renovado ardor. Pero él me soltó, me dio media vuelta y me colocó otra vez las manos en el cuello. Podéis caminar despacio me dijo, y rozó mi mejilla con sus labios. La mezcolanza de consternación y anhelo que bullía en mi interior era tan enorme que casi rompí a llorar una vez más. Por la avenida sólo circulaban unos pocos carruajes descubiertos, que al parecer daban paseos de placer; al llegar a la plaza dibujaban un amplio círculo y nos pasaban rápidamente en su trayecto de vuelta. Vi a los esclavos con brillantes arneses y pesadas campanillas de plata que tintineaban col gando de sus penes, ya una rica dama del pueblo con una capucha y esclavina de terciopelo rojo in tenso que chasqueaba una larga correa plateada contra estos corceles. Se me ocurrió que mi amo debería hacerse con un carruaje como aquél y luego sonreí para mis adentros al darme cuenta de las ideas que me venían a la mente. Aún seguía estremecido por el beso y conti nuaba absolutamente rendido por la sesión que había padecido sobre la plataforma pública. Cuan do mi amo se ajustó a mi paso junto a mí, pensé que estaba soñando. Sentí el terciopelo de su man ga rozándome la espalda y su mano tocándome el hombro. Estaba tan debilitado que tuve que obli garme a mí mismo a seguir adelante. Su mano enroscada en torno ami nuca provo có un hormigueo en todo mi cuerpo. El nudo que constreñía mi miembro se comprimió con un do lor persistente, pero estas sensaciones me delei taron. Medio cerré los ojos, veía los farolillos y antorchas ante mí como si fueran pequeñas explo siones de luz. Nos habíamos alejado ya del albo roto de la plaza de castigos públicos y mi amo ca minaba tan próximo a mí que sentía su túnica contra mi cadera y el cabello rozándome el hom bro. Nuestras sombras brincaron por un instante ante nosotros al pasar junto a una puerta ilumina da por una antorcha. Comprobé que casi tenía mos la misma altura: un hombre desnudo y el otro elegantemente vestido y con una correa en la mano. Luego la oscuridad. Habíamos llegado a su casa. Hizo girar la gran llave de hierro en la cerradura de la pesada puerta de roble y dijo en voz baja: De rodillas yo obedecí y entré en ese otro mundo del vestíbulo pulimentado y débilmente iluminado. Me moví a su lado hasta que se detuvo ante una puerta y luego entramos en una extraña y nueva alcoba. Las velas estaban encendidas. Había un pe queño fuego en el hogar, quizá para secar la hume dad de las paredes de piedra y, contra la pared, una cama descomunal de roble tallado, con un techo artesonado y tres lados incrustados de satén verde. En este cuarto también había libros, viejos pergaminos así como volúmenes encuadernados con cuero, un escritorio con plumas y, de nuevo, más cuadros. Pero se trataba de una habitación mayor que la que había visto anteriormente, más sombría pero más confortable. No me atrevía a abrigar esperanzas ni temores sobre lo que podría suceder aquí. Mi amo se esta ba desnudando y, mientras yo observaba maravi llado, se desprendió de todo lo |
Respuesta: Las aventuras de Bella A continuación se volvió hacia mí y compro bé que su sexo estaba tan vivo y duro como brotó a chorros.el mío. Era un poco más grueso pero no más largo, y tenía el vello púbico del mismo blanco puro que el pelo de la cabeza, que casi parecía etéreo a la luz de las lámparas de aceite. Retiró la colcha verde que cubría la cama y me indicó que me metiera en ella. Yo estaba tan aturdido que por un momento ni me moví, mirando atónito la espléndida tejedu ría de las sábanas de lino. Antes de llegar al pue blo, había pasado tres noches y dos días en la burda empalizada del castillo. Una vez allí, había esperado dormir en algún rincón miserable, sobre maderas desnudas. Pero esto era lo menos impor tante. Aquí, la luz jugueteaba en el pecho de tensa musculatura, los brazos y el pene de mi amo, que parecía crecer mientras yo los contemplaba. Alcé la mirada directamente a sus ojos azul oscuro y me dirigí de rodillas a la cama para subirme a ella. Mi señor se arrodilló a su vez sobre la colcha de cara a mí. Mi espalda daba a los almohadones y él me rodeó suavemente con sus brazos para vol ver a besarme. Los fuertes y audaces lametazos de su boca provocaron una enorme reacción en mí; no pude evitar derramar lágrimas que surcaron mis mejillas, ni un sollozo que me atragantó al in tentar reprimirlo. Me instó con delicadeza a retroceder y, con su mano izquierda, me levantó los testículos y el miembro erecto. Inmediatamente, yo me dejé caer para besarle los testículos. Los recorrí con mi len gua como me habían enseñado a hacerlo con los corceles humanos del establo, abarcándolos con la boca y tironeándolos tiernamente con los dientes. Luego tomé la verga entre mis labios y la estiré con fuerza, un poco sorprendido por su grosor. No era más grande que el falo mayor que me ha bían introducido horas antes, pero el grosor debía de ser parecido. Entonces se me ocurrió la turba dora idea de que mi señor me había preparado para él; y sólo con pensar en él penetrándome de aquella forma me excité de un modo incontrola ble. Relamí y chupé su miembro, lo saboreé pen sando que se trataba de mi dueño y no de un escla vo; éste era el hombre que silenciosamente me había dado órdenes durante todo el día, me había subyugado y derrotado. Noté cómo poco a poco se separaban mis piernas, mi vientre se hundía ha cia abajo y mis posaderas se levantaban con movimientos espontáneos mientras yo seguía lamien do y gruñendo suavemente. Casi estaba llorando cuando él me levantó el rostro y señaló un pequeño tarro que había sobre un estante en la pared artesonada. Me acerqué y lo abrí de inmediato. La crema que había en su interior era espesa y absolutamente blanca. Luego señaló su pene e inmediatamente yo tomé un poco de crema entre mis dedos. Pero antes de aplicarla, besé la punta de su miembro y saboreé un vestigio de humedad. Mojé ligeramente la lengua en el pe queño agujero para recoger todo lo que quedaba del claro fluido. Luego apliqué a conciencia la crema, frotando incluso los testículos, alisando el espeso y rizado vello blanco hasta que quedó reluciente. El falo estaba entonces de color rojo oscuro y pulsaba cimbreante. Mi señor tendió sus manos hacia mí. Yo, vaci lante, le unté los dedos con más crema. Él me indi có con un gesto que quería más y yo se la apliqué. Daos la vuelta dijo, y así lo hice, con el corazón embalado. Noté la crema en mi ano. La aplicó profundamente y en buena cantidad, y lue go sus manos me rodearon. Con la izquierda re cogió mis testículos hacia arriba, unió la carne col gante a mi pene de tal manera que los testículos fueron impelidos hacia delante. Solté un breve y desesperado grito implorante cuando sentí que me penetraba lentamente. No encontró resistencia. Fui alanceado otra vez, con igual ahínco que con el falo y, con fuertes y sonoras embestidas, sentí que se clavaba cada vez más. La mano que rodeaba mi verga enderezó el miembro hacia delante y sentí que con la mano derecha envolvía la punta y la crema se escurría en torno a la carne torturada. Luego apretó la mano e impulsó la verga arriba y abajo siguiendo el ritmo de las embestidas que me penetraban por detrás. Mis sonoros gruñidos reverberaban por toda la habitación. Toda mi pasión contenida |
Respuesta: Las aventuras de Bella Mis caderas se balanceaban violentamente adelante y atrás, y el miembro de mi amo me sostuve en la mano izquierda mientras hacía entrar mi miembro en él.partía en dos mientras mi propio órgano disparaba sus fluidos con impetuosos regueros. Por un instante no vi nada. Aguanté los espasmos sumido en la oscuridad. Estaba enganchado desvalidamente de la verga que me sesgaba. Gra dualmente, al final mismo de la oleada, sentí que mi miembro volvía a levantarse. Las manos lubri cadas de mi amo lo animaban con mimos a erguir se de nuevo. Había estado atormentado durante demasiado tiempo como para quedar satisfecho tan fácilmente. No obstante, la recuperación era atroz. Casi gemí para ser liberado, pero mis quejas se parecían demasiado a suspiros de placer. Su mano me manipulaba con habilidad, su polla me colmaba sin cesar, y yo oía mis quejidos, los mis mos gritos cortos, con la boca abierta, que había soltado bajo la pala del maestro de azotamientos en la plataforma giratoria. Sentí que mi miembro padecía los mismos espasmos que allí, y vi todas aquellas caras a mi alrededor. Pero sabía que estaba a solas en el dormitorio de mi señor y que yo era su esclavo; él no iba a dejarme marchar hasta que volviera a arrancar de mí otra tremenda ex plosión. Sin embargo, mi pene no recordaba nada. Se deslizaba adelante y atrás entre sus experimentados dedos. Las embestidas que recibía por detrás eran cada vez más prolongadas, rápidas y bruscas. Sentí que alcanzaba el clímax mientras sus caderas chocaban contra mi trasero escaldado. y cuando él soltó un grave gemido de estremecimiento y descargó en mi interior con sacudidas incontrola bles, sentí que mi pene estallaba de nuevo en la vaina apretada que formaba su mano, esta vez de un modo más lento, más profundo e incluso más devastador. Me desplomé hacia atrás contra él, con la cabeza caída sobre su hombro mientras las convulsiones de su verga seguían maltratando mi interior. No nos movimos durante un largo rato. Luego, él me levantó y me empujó hacia los coji nes. Yo me tendí y él se echó a mi lado. Él tenía la cara vuelta hacia el otro lado y yo observé amodo rrado su hombro desnudo y el cabello blanco. De bería haberme quedado dormido irresistiblemen te. Pero no lo hice. Seguía pensando en que estaba a solas con él en este dormitorio y él aún no me había ordenado marcharme. Los acontecimientos de la jornada no se retiraban. Todo lo que me había suce'dido con tinuaba omnipresente en mi mente. Mi lengua se trababa en mi boca como si quisiera empezar a ha blar, y mis ojos permanecían abiertos. Quizá pasó un cuarto de hora. Las velas creaban una agradable y débil luz dorada. Me inclinéhacia delante y besé el hombro del amo. Él no me lo impidió. Le besé por detrás de la cintura y lue go el trasero. Liso, sin erupciones ni marcas rojas, virginal, el trasero de un señor del pueblo, un lord o un soberano del castillo. Sentí cómo se agitaba debajo de mí pero no dijo nada. Besé la hendidura entre sus nalgas y lancé la lengua hasta el círculo rosado del ano. Noté cómo empezaba a moverse ligeramente. Se paró las piernas muy despacio y yo abrí las nalgas un poco más. Lamí la pequeña boca rosa, saborean do el extraño amargor, y la mordisqueé. Mi propia verga se hinchó bajo las sábanas. Descendí lentamente por la cama y avancé con suavidad por encima de sus piernas, acurrucándo me sobre él. Apreté el miembro contra sus piernas mientras lamía la pequeña boca rosa y clavaba mi lengua en ella. Entonces le oí decir en voz baja: Podéis poseerme si lo deseáis. Experimenté el mismo asombro paralizador que cuando me dijo que me metiera en la cama. Sobé y besé sus sedosas nalgas y luego me incor poré apresuradamente para cubrir toda su longi tud con mi cuerpo, apretando mi boca contra su nuca y deslizando mis manos por debajo de él. Encontré su falo ya erecto y lo |
Respuesta: Las aventuras de Bella Su ano era angosto, escabroso e indeciblemente delicioso. convertían en una sensación exquisita.Dio un pequeño respingo pero yo aún estaba bien lubricado y mi verga se deslizaba con facili dad adelante y atrás. Atenacé con ambas manos su órgano y tiré hacia arriba de él para que se arrodillara un poco con la cara aún apretada contra las almohadas. Entonces galopé con fuerza sobre él, golpeando con mi vientre sus suaves y limpias nalgas mientras le oía gemir, estirando su polla, cada vez más erecta, hasta que le oí gritar a pleno pulmón y entonces descargué en su interior, al tiempo que su semen se derramaba sobre mis dedos. Esta vez, cuando me tumbé supe que iba a dormir. Mis nalgas hervían bajo mi cuerpo y las ronchas me escocían detrás de las rodillas, pero estaba satisfecho, Alcé la vista al cielo de satén verde de la cama y perdí lentamente todo conoci miento, Noté que él nos cubría a los dos con la colcha y apagaba las velas, Entonces supe que su brazo estaba sobre mi pecho, y después ya no fui consciente de nada más, excepto de que me su mergía profundamente mientras el escozor de mis músculos y toda mi carne se |
Respuesta: Las aventuras de Bella TRISTÁN DESCUBRE UN POCO MAS SU ALMA Tristán: Debía de ser media mañana cuando me des pertó uno de los sirvientes, que rápidamente las pantorrillas y los muslos, se trata ba de corceles consumados.me sacó de la cama. El muchacho, demasiado joven para ser amo de un esclavo, parecía gozar con la tarea de ponerme el desayuno en una cacerola en el suelo de la cocina. Luego me hizo salir apresuradamente a la calzada que daba a la parte posterior de la casa, donde se hallaban dos espléndidos corceles humanos colocados uno junto al otro, con las riendas enganchadas aun único arnés de unos dos metros de longitud aproximadamente. La guarnición se pro longaba tras ellos hasta llegar a otro muchacho que la sostenía y que ayudó rápidamente al prime ro a situarme en el tiro. Mi verga ya se había pues to firme pero, sin explicación aparente, me sentí paralizado, lo que obligó a los muchachos a mane jarme con rudeza. No había ningún carruaje en las proximidades de la casa, a excepción de los que pasaban con estruendo a todo galope y con el chasquido de los látigos. Las herraduras de las botas de los esclavos producían un sonido plateado, claro, mucho más ligero y rápido que el de los caballos de verdad, pensé, mientras mi pulso se aceleraba vertiginosa mente. Me habían colocado en solitario detrás del primer par del tiro. Con maestría y rapidez, liga ron las correas alrededor de mis testículos y mi pene, levantándolos hasta el miembro erecto para que quedaran guarecidos bajo él. No pude evitar retorcerme cada vez que las firmes manos apretaban las ligaduras. Me ataron las manos a la espalda y me colocaron un grueso cinturón alrededor de las caderas, con el pene erecto sujeto contra él. Luego, introdujeron con ímpetu un falo en mi tra sero, que a su vez quedó atado al cinturón con unas sogas que ascendían por detrás y pasaban entre las piernas por delante. Parecía estar mucho mejor ajustado que el día anterior pero no llevaba la cola de caballo; ni tampoco me pusieron botas, lo cual, cuando me di cuenta, me asustó más de lo concebible. Notaba mis nalgas apretadas por las ligaduras de cuero que sostenían el falo, con lo que me sentí más expuesto y desnudo en esa parte. Al fin y al cabo, la cola de caballo había representado una forma de protección. Pero experimenté verdadero pánico cuando me colocaron el arnés, que me metieron por la ca beza y los hombros. Los jaeces eran delgados, casi delicados, y estaban cuidadosamente bruñidos. Uno de ellos me rodeaba la parte superior de la ca beza y bajaba por los lados, ramificándose para no cubrir las orejas y enganchándose en el cuello me diante un collar ancho y suelto. Otro jaez delgado bajaba sobre mi nariz y biseccionaba un tercero que me rodeaba la cabeza a la altura de la boca, donde mantenía sujeto un falo corto de inmenso grosor que habían metido a la fuerza entre mis la bios sin darme tiempo a protestar. Este falo llena ba la boca, aunque no penetraba excesivamente, y yo mordía y chupaba su base casi sin poder con trolarme. Aun así respiraba bastante bien, a pesar de que mi boca estaba estirada de un modo tan do loroso como mi ano. La sensación de estar dilata do y penetrado por ambos extremos me provoca ba una desesperada turbación que me obligaba a gemir miserablemente. Cuando todo aquello que dó bien apretado y ajustado, me abrocharon el co llar por la nuca y amarraron las riendas de los cor celes anteriores a esa hebilla posterior del collar, pasándolas por encima de mis hombros. El resto de riendas que llegaban desde las caderas bien guarnecidas de los corceles delanteros iba enganchado a la hebilla del cinturón que me rodeaba el vientre. Se trataba de un arnés sumamente ingenioso. La marcha de los corceles delanteros tiraría de mí hacia delante, impediría que me cayera e incluso que perdiera el equilibrio. Eran dos para aguantar mi peso y, por lo que veía, a decir de los gruesos músculos de |
Respuesta: Las aventuras de Bella Mientras esperaban, sacudían la cabeza como si les gustara el contacto con el cuero, en equipados con muestras de la mercancía.cambio a mí ya empezaban a saltarme las lágrimas. ¿Por qué no me enjaezaban también a mí al carro como a ellos? ¿Qué iban a hacerme? De pronto, ellos me parecieron resplandecientes y privilegiados, con sus brillantes colas de caballo y las cabezas erguidas. Yo, en cambio, me sentía amarrado como un prisionero de la peor calaña. Mis pies desnudos patearían pesadamente el suelo por detrás de la re sonancia metálica de sus pies calzados con botas herradas. Me retorcí y di tirones, pero las correas estaban bien apretadas y los mozos, atareados en untar con aceite mis nalgas, ni me hicieron caso. De repente la voz de mi amo me sobresaltó. Lo vi aparecer por el rabillo del ojo, con una larga correa de cuero colgando de su cintura. Preguntó con voz suave a los muchachos si yo ya estaba lis to, los mozos contestaron afirmativamente y uno me propinó un buen cachete con la palma abierta, mientras el otro apretaba aún más firmemente el falo en mi boca abierta. Solté un sollozo áspero y desesperado. Mi señor se puso frente a mí. Llevaba un her moso jubón de terciopelo color ciruela con unas caprichosas mangas abombadas. Cada centímetro de él estaba tan exquisitamente ataviado como los príncipes del castillo. El recuerdo de la efusión de las relaciones de la noche anterior se apoderó de mí y me obligó a ahogar en silencio los gritos que pugnaban por salir de mi garganta. En su lugar surgieron de mí unos desesperados sonidos nada naturales. Intenté contenerme pero a estas alturas estaba ya tan seriamente reprimido que parecía haber perdido toda capacidad de dominio. Traté de opo nerme a las ligaduras y comprendí lo absolutamente indefenso que estaba. Aunque quisiera, no podría ni echarme al suelo ya que los fuertes cor celes humanos me sostenían sin ningún esfuerzo. Mi amo se acercó y me volvió la cabeza con brusquedad para besarme los párpados. La ternu ra de sus labios, la limpia fragancia de su piel y ca bello, me recordaron toda la intimidad de la alco ba. Pero él era el amo. Siempre lo había sido, incluso cuando yo lo poseía y lo hacía gemir bajo mis embates. Mi pene se retorció y una nueva des carga de gemidos y sollozos se desató en mí. Distinguí en la mano de mi señor una larga y tiesa fusta que entonces puso a prueba sobre uno de los corceles. Más de medio metro de la misma era un mango rígido que se ahusaba formando una tira de igual longitud de cuero plano que sobresalía recta cuando no la chasqueaba contra las nalgas de los corceles. Ordenó con voz clara: La habitual vuelta matinal por el pueblo. Los caballos humanos arrancaron inmediatamente y yo les seguí la marcha a trompicones. Mi amo caminaba a mi lado. Era exactamente como la noche anterior, cuando los dos habíamos recorrido esta misma calzada, sólo que ahora yo estaba preso por las monstruosas correas y los dos falos tan firmemente ajustados. Aterrorizado por la posibilidad de que tuviera que reprenderme, in tenté marchar correctamente como me había enseñado. El ritmo no era excesivamente rápido, pero el látigo plano jugueteaba con las erupciones de mi piel. Me golpeaba y acariciaba la parte inferior de las posaderas. Aunque mi dueño avanzaba en si lencio, el par de jacas que me precedían doblaron una esquina como si conocieran el camino y en tramos en una amplia calleja que llevaba al centro del pueblo. Era la primera vez que podía ver la vi lla en un día normal, y me quedé asombrado. Mandiles blancos, zuecos de madera, pantalo nes de cuero sin curtir, mangas remangadas y vo ces ruidosas y alegres. Había esclavos atareados por doquier. Vi a princesas desnudas fregando umbrales de puertas y los balcones de arriba, lim piando escaparates. Avisté príncipes con cestos en la espalda, que daban saltitos por delante de los lá tigos de sus señoras, tan deprisa como eran capaces y, a través de una puerta abierta, distinguí un grupo de traseros desnudos, enrojecidos, en torno a un enorme barreño para lavar la ropa. Tras doblar un recodo, apareció una tienda de arneses con una princesa maniatada igual que yo, colgando de un letrero colocado encima de la puerta. Más adelante, pasamos junto a una taberna en la que vi una fila de esclavos situados sobre una rampa donde esperaban a ser castigados uno auno sobre un pequeño estrado, para distracción de docenas de parroquianos indiferentes. AlIado había una tienda de falos que exhibía en su portal tres príncipes agachados en cuclillas de cara a la pared con los traseros |
Respuesta: Las aventuras de Bella Yo podría estar como ellos, pensé, en cuclillas bajo el tórrido y polvoriento sol mientras atada, exactamente como yo la noche anterior en la pla taforma pública.la gente paseaba. ¿Era aquello peor que trotar con la respi ración entrecortada, la cabeza y las caderas estira das inexorablemente hacia delante, la carne escocida reanimada constantemente por los sonoros y profundos azotes que venían desde detrás ? Aunque no alcanzaba a ver bien a mi señor, con cada flagelación, lo recordaba como la noche anterior, y me quedaba atónito ante la facilidad con que me atormentaba. No es que hubiera soñado que fuera a detenerse por los abrazos del día anterior, pero que los intensificara de este modo... De repente, comprendí la profundidad pavorosa del concepto de sumisión que esperaba de mí. Los corceles se abrían paso con orgullo entre la numerosa multitud, provocando que más de una cabeza se volviera entre los lugareños que se arremolinaban por doquier con cestas para comprar o junto a esclavos amarrados. Una y otra vez, los observadores desplazaban la vista de los corceles tan espléndidamente adiestrados al esclavo que se movía tras ellos. Yo esperaba miradas de desdén y me desilusionó encontrar simplemente un di vertimento silencioso en sus rostros. Estas gentes estaban acostumbradas a encontrar allí donde mi raban, para su deleite, algún delicioso pedazo de carne desnuda, castigado, enjaezado o colocado en alguna grotesca postura. A medida que doblábamos una esquina tras otra, apresurándonos a través de estrechas callejuelas, me sentí mucho más perdido que en la pla taforma giratoria. Cada día me depararía sorpresas devastado ras, tendría un atroz derrotero. A pesar de que es tos pensamientos me hacían lloriquear con más desesperación, hinchaban mi pene entre las liga duras y me forzaban a marchar con más brío in tentando esquivar la chasqueante fusta, todo ello dotaba a mi entorno de un extraño lustre. Sentí el impulso irreprimible de arrojarme a los pies de mi amo, decirle silenciosamente que entendía mi suerte, que lo comprendía con más claridad con cada una de las penosas pruebas, y que se lo agra decía desde lo más profundo de mi ser por estimar conveniente vencer mi resistencia de manera tan absoluta. ¿No había hablado él de aquello el día anterior, de que el nuevo esclavo cediera? ¿No había dicho que el falo era bueno para ello? El falo me hendía ampliamente otra vez, y el que me esti raba la boca hacía que mis gritos sonaran roncos e ingobernables. Quizás él comprendiera mis sentimientos a través de los gritos. Si al menos se dignara a con solarme tan sólo con el roce de sus labios... Me di cuenta casi con un sobresalto de que ninguno de los rigores del castillo me había vuelto tan manso y servil. Habíamos llegado a una gran plaza. Por todas partes se veían signos distintivos de posadas, calles de doble calzada y altas ventanas. Los meso nes de esta parte del pueblo eran suntuosos y elegantes, con las ventanas tan ornamentadas como Ilas de una casa solariega. Mientras rodeábamos ampliamente el pozo situado en medio de la plaza, abriéndonos paso entre la multitud que se aparta ba afablemente, descubrí con gran sorpresa al ca pitán de la guardia de la reina ganduleando tran quilamente ante la entrada de una de las posadas. Se trataba, sin lugar a dudas, del capitán. Recordaba su cabello rubio, la barba de dos días y aquellos melancólicos ojos verdes. No era fácil de olvidar. Fue él quien me trajo de mi tierra natal, me capturó cuando intentaba escaparme del campamento y me llevó de regreso al castillo, ata do de manos y tobillos a un palo transportado en tre dos de sus jinetes. Aún podía recordar aquel grueso falo que me empalaba y la sonrisa silencio sa con la que él ordenaba noche tras noche que me azotaran por el campamento, hasta que llegába mos al castillo. Tampoco había olvidado aquel ex traño e inexplicable momento en el que nos sepa ramos y nos miramos el uno al otro. Adiós, Tristán había dicho con voz sumamente cordial. Yo le había besado la bota es pontáneamente, en silencio y con la mirada aún fija en la suya. Mi pene también lo reconoció. A medida que me llevaban cada vez más cerca de él, sentí un repentino terror de que me viera. Me pareció una deshonra que sería incapaz de soportar. Por un instante, todas las extrañas normas del reino parecían justas e inmutables, y yo mientras tanto seguía atado, penitente, condena do al pueblo. El capitán se enteraría de que me ha bían expulsado del castillo para sufrir un trato más severo incluso que el que él me había conce dido. Pero él estaba mirando algo a través de la puerta abierta del Signo del León. Eché una ojeada al pequeño espectáculo. Una encantadora mujer con una vistosa falda roja y una blusa blanca con volantes azotaba diligentemente a su esclava, colocada sobre un mostrador de madera. y el pre cioso rostro que se asomaba surcado de lágrimas no era otro que el de Bella. Forcejeaba y se retorcía bajo la pala pero descubrí que no estaba |
Respuesta: Las aventuras de Bella Pasamos de largo, pero el capitán alzó la vista y, como si se tratara de una pesadilla, oí hacía comer de mi mano sino el ritual diario.que mi amo hacía detener los corceles. Yo me quedé quieto, con el pene constreñido contra el cuero. Aquello era ineludible. Mi amo y el capitán se estaban saludando e intercambiaban comentarios jocosos. El capitán admiró los corceles. Tiró con rudeza de la cola de caballo del que estaba a la derecha, levantó y acarició el lustroso pelo negro y luego pellizcó el muslo enrojecido del esclavo que sacudió la cabeza y transmitió un tiritón por los arneses. El capitán se rió. ¡Ah, ya veo que tiene buen humor! dijo y se volvió al corcel con ambas manos, provocado al parecer por aquel gesto. Levantó la barbilla del es clavo y luego empujó el falo hacia arriba con va rias sacudidas violentas hasta que el caballo pataleó moviendo las piernas fogosamente. Luego recibió una suave palmada en el trasero y el corcel se apaciguó. Sabéis, Nicolás dijo con aquella voz fa miliar y grave, capaz de provocar miedo con una sola sílaba, le he dicho en varias ocasiones a su majestad que debería prescindir de sus caballos en los trayectos cortos y confiar en los corceles escla vos. Podríamos equipar un gran establo para ella con bastante rapidez y creo que disfrutaría enormemente. Pero lo considera un pasatiempo del pueblo y no lo toma verdaderamente en cuenta. Tiene un gusto muy particular, capitán di jo mi amo. Pero decidme, ¿habéis visto antes a este esclavo? Para horror mío tiró de mi cabeza hacia atrás con las correas del arnés. Sentí los ojos del capitán sobre mí pese a que yo no miraba. Podía imaginar mi boca cruelmente estirada, con las correas del arnés segándome la piel. El capitán se acercó un poco más. Se quedó a poco más de un palmo de mí y entonces oí su gra ve voz que sonó aún más profunda. ¡Tristán! Su gran mano se cerró en torno a mi pene. Lo apretó con fuerza, cerró la punta de un pellizco y luego lo soltó, dejando un nudo de sensaciones en mí. Me acarició los testículos y pellizcó con la punta de los dedos la protección de piel que las ligaduras estiraban tan extremadamente. Yo estaba como la grana, era incapaz de en contrar su mirada. y mis dientes parecían querer acabar con el enorme falo, como si pudiera devo rarlo. Sentía moverse mis mandíbulas y la lengua que lamía el cuero como si me viera forzado a hacerlo. El capitán pasó la mano por mi pecho y hombros. Me vino a la mente una imagen relampaguean te del campamento, en la que yo estaba atado a una gran cruz de madera en un círculo formado por más cruces, mientras los soldados se paseaban ociosos a mi alrededor, importunando y educan do mi pene, y yo esperaba hora tras hora los lati gazos de la noche; la sonrisa sigilosa del capitán cuando pasaba a grandes zancadas, su capa dorada echada sobre un hombro. De modo que es así como se llama dijo mi amo con una voz que sonaba más joven y refinada que el profundo murmullo del capitán, Tristán. Oírle pronunciar mi nombre aumentó mi tor mento. Por supuesto que lo conozco dijo el capitán. Su grande y misteriosa figura se desplazó un poco para dejar pasar a un grupo de mujeres jóve nes que reían y hablaban en voz alta. Lo traje al castillo hace tan sólo seis meses. Era uno de los es clavos más desmandados, se escapó y huyó por el bosque cuando le ordenaron desnudarse. Pero cuando lo puse de nuevo a los pies de su majestad estaba perfectamente domesticado. Se había con vertido en el capricho de dos de mis soldados, que se encargaban de fustigarlo a diario por todo el campamento. Cuando lo devolvimos al castillo, lo habían echado de menos más que a ningún otro esclavo que hubieran disciplinado antes. Me estremecí en silencio, reprimiendo todo sonido, aunque la mordaza, inexplicablemente, lo hacía aún más difícil. Una pasión dijo la suave y retumbante voz. No era la severidad de los latigazos lo que le |
Respuesta: Las aventuras de Bella Oh, qué ciertas eran sus palabras, pensé. El rostro me escocía. Aquella temible e robusta al sol cuando cogió la fusta de la mano de mi amo.inevitable sensación de desnudez descendió de nuevo sobre mí. Aún podía ver la tierra revuelta ante las tien das del campamento, sentir las correas y oír los pasos y la conversación de los soldados que avanzaban conmigo. «Sólo una tienda más, Tristán.» O aquel saludo de todos los atardeceres, «Vamos, Tristán, es hora de nuestra pequeña excursión por el campamento; así, así, mirad esto Gareth, qué pronto aprende este jovencito. ¿Qué os dije yo, Geoffrey? Que en tres días podría prescindir de las manillas.» y la forma en que a continuación me daban de comer de sus manos, me limpiaban la boca casi con cariño, me daban palmaditas y me daban a beber cantidades excesivas de vino, antes de llevarme al bosque a la hora en que oscurecía. Recordaba sus penes, las discusiones sobre quién empezaba, y si era mejor por la boca o por el ano. A veces uno de ellos se ponía delante y el otro detrás, y por lo visto el capitán nunca estaba muy le jos, siempre observando sonriente. Así que me habían tomado cariño. No había sido cosa de mi imaginación, como tampoco lo era el afecto que yo sentía por ellos. Caí en la cuenta con una lenta e innegable comprensión. Era uno de los príncipes más espléndidos, de modales más exquisitos de todos murmuró el capitán con aquella voz que parecía surgir de su pecho, no de su boca. De repente quise volver la cabeza y mirarlo, comprobar si seguía tan apuesto como entonces. La breve ojeada que le eché mo mentos antes había sido demasiado rápida. Se lo entregaron a lord Stefan como esclavo personal, con la bendición de la reina. Me sorprende verlo aquí. En ese momento su voz insinuaba cierto enfado. Le dije a la reina que yo personalmente había vencido toda su resistencia, hasta domarlo. Me levantó la cabeza y la empujó a uno y otro lado. Comprendí, cada vez con más tensión, que durante todo este rato yo había guardado un si lencio casi absoluto, esforzándome por no emitir ningún sonido en su presencia; pero entonces estaba a punto de rendirme, hasta que finalmente no pude controlarme. Solté un gemido grave, que al menos era mejor que llorar. ¿Qué hicisteis? ¡Miradme! inquirió ¿Dis gustasteis a la reina? Yo respondí negativamente con la cabeza pero sin mirarle a los ojos, todo mi cuerpo parecía hin charse bajo las guarniciones. ¿Fue Stefan quien se disgustó? Hice un gesto de asentimiento. Eché una rápi da mirada a sus ojos y aparté al instante la vista, incapaz de soportarlo. Entre este hombre y yo existía un extraño vínculo. En cambio esto era lo horrible de todo aquello, no existía ningún vínculo entre Stefan y yo. Y había sido vuestro amante anteriormente, ¿no es cierto? insistió el capitán, que se había acercado a hablarme al oído, aunque sabía que mi amo podía oírle a la perfección. Años antes de que él viniera a vivir al reino. Yo volví a asentir. ¿Y esa humillación era más de lo que po díais soportar? inquirió ¿Vos, que habíais aprendido a abrir el culo a los soldados rasos? ¡No! grité desde detrás de la mordaza sacudiendo la cabeza con violencia. Sentía martilla zos en las sienes. La lenta e ineludible comprensión que se había iniciado momentos antes se tornaba cada vez más evidente. La total frustración que sentía me hizo llorar. Si al menos pudiera explicarme... Pero el capitán agarró la pequeña anilla de plata del falo que me habían metido en la boca y em pujó mi cabeza hacia atrás. ¿O tal vez preguntó el problema era que vuestro antiguo amante no tenía suficiente ca rácter para dominaros? Yo volví la vista y entonces lo miré directa mente a los ojos. Si se puede decir que alguien era capaz de sonreír con aquella mordaza en la boca, yo sonreí. Me oí lanzar lentamente un suspiro. y luego, a pesar de que él empujaba el falo con la mano, asentí con la cabeza. Su rostro era claro y hermoso, tal y como lo recordaba. Vi su figura corpulenta y |
Respuesta: Las aventuras de Bella Mientras ambos nos mirábamos a los ojos, empe zó a fustigarme. quejidos, corrien do detrás de los corceles que me arrastraban vigo rosamente.Sí, la comprensión fue completa en ese instan te. Yo había deseado la degradación total que brindaba el pueblo. No podía soportar el amor de Stefan, su inseguridad, su incapacidad para dominarme. Lo despreciaba por toda su debilidad en nuestro vínculo predestinado. Bella había comprendido mi verdadero pro pósito. Conocía mi alma mejor que yo mismo. Esto era lo que me merecía. Además, era algo an helado por mí; aquello era tan violento como el campamento de los soldados en el que mi digni dad, mi orgullo y mi persona habían sido vulnera dos por completo. Castigo, aquí, en esta plaza abarrotada de gente, bañada por la luz del sol, rodeado incluso por las muchachitas del pueblo y una mujer que esta ba de pie ante la puerta de la posada con los brazos cruzados, y los sonoros chasquidos de la fusta; castigo era lo que me merecía, lo que ansiaba, pese a estar aterrorizado. En un momento de absoluta entrega, separé mis piernas, eché la cabeza hacia atrás y balanceé las caderas en un gesto que mostraba mi total aceptación de los azotes. El capitán blandió la fusta plana con movi mientos largos y oscilantes. Mi cuerpo revivió con las punzadas y heridas que me provocó. Sin duda, mi amo entendía mi secreto. Después de este diálogo, no habría clemencia para mí cuando reanudara el recorrido, por mucho que yo suplicara más tarde con queji dos y gimoteos. La zurra había concluido pero yo no me retiré de mi posición suplicante. El capitán devolvió la fusta a su dueño y de repente me acarició el rostro, al parecer impulsivamente, y me besó los párpados como había hecho mi amo. Este gesto desató el úl timo nudo que quedaba aún en mí. Era la agonía de no poder besar sus pies, sus manos, sus labios. De no poder inclinar mi cuerpo torturado hacia él. El capitán retrocedió unos pasos tendiendo su mano a mi señor. Vi cómo se abrazaban con bas tante naturalidad, al parecer mi amo, con su eleancia y su constitución un poco más menuda, un espléndido cuchillo de plata tallado al lado de la corpulencia del capitán. Siempre sucede igual comentó el capitán con una sonrisa, mirando a los ojos fríos e inteli gentes de mi señor. Entre un grupo de cien es clavos tímidos y ansiosos recién llegados para su purificación, están los que piden el castigo, los que necesitan los rigores, no para purgar sus faltas sino para refrenar sus apetitos ilimitados. Sus palabras eran tan ciertas que yo lloriqueaba, del todo sobrecogido sólo de pensar en los incentivos que esto ofrecería a mis atormentadores. «Pero, por favor quería suplicar, no sabemos lo que hacemos con nosotros mismos. Por favor, tened piedad.» La muchachita que tengo yo en el Signo del León, Bella, es igualdijo el capitán. Un alma hambrienta que fomenta en mí la pasión de forma peligrosa. Bella. Por eso la observaba antes a través de la puerta de la posada. Así que él era su amo. Sentí un divino escarceo de celos y consuelo. Los ojos de mi señor me perforaron. Los so llozos me sacudían con espasmos que se propaga ban por mi pene y por las irritadas pantorrillas. Pero el capitán seguía a mi lado. Volveré a verte, joven amigo me dijo en voz baja, pegado a mi mejilla. Saboreó con sus la bios mi rostro y luego chupó con crueldad mis la bios abiertos. Claro está, con el permiso de vuestro gentil amo. Cuando reanudamos el recorrido, yo camina ba inconsolable. Mi suave lloriqueo hacía volver la cabeza a los viandantes mientras continuábamos la marcha para salir de la plaza y posteriormente nos introducíamos por otras callejuelas, pasando junto a cientos de otros desgraciados. ¿Les habrían puesto en evidencia como a mí, tanto ante sí mismos como ante sus dueños y señoras? Los azotes del capitán me habían dejado tan irritado que el menor golpecito de la fusta me ha cía brincar de dolor, por lo que intenté no detener la marcha lo más mínimo, entre |
| La franja horaria es GMT -5. Ahora son las 19:51:23. |
Desarrollado por: vBulletin® Versión 3.8.9
Derechos de Autor ©2000 - 2026, Jelsoft Enterprises Ltd.
DeNunCianDo.CoM ©