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Respuesta: Las aventuras de Bella »Cuando me rodearon, yo me encogí intentando ocultarme, pero lord Gregory me levantó la cabeza tirando del collar. Sentí sus manos en todo mi cuerpo; palpaban mi piel, daban palmetazos en mi verga y me tocaban los testículos mientras proferían chillidos y se reían. Algunas no habían visto nunca a un hombre tan de cerca, aparte de sus señores, que tenían poder total sobre ellas. »Yo me estremecía y temblaba con violencia. No había roto a llorar pero me aterrorizaba la idea de que inconscientemente me diera media vuelta e intentara escapar, puesto que sólo conseguiría recibir un castigo aún peor. Intentaba desesperadamente mostrarme impasible e indiferente, pero sus redondos pechos desnudos me volvían loco. Podía sentir el roce de sus muslos e incluso el húmedo vello púbico mientras se amontonaban a mi alrededor para examinarme. »Se mofaban y admiraban satisfechas a su esclavo absoluto, a mí que, cuando sentí sus dedos tocar mis testículos, sopesándolos y friccionándome el pene, me volví loco. »Era infinitamente peor que el rato que pasé con los príncipes. Sus voces comenzaban a burlarse con desprecio y expresaban su intención de disciplinarme, de devolverme a la reina tan obediente como ellas eran. "Vaya, así que sois un principito malo, ¿no es así?", me susurró una de ellas al oído, una encantadora princesa de pelo negro azabache con las orejas perforadas y adornadas de oro. Su cabello me produjo un hormigueo en el cuello, y cuando sus dedos me retorcieron los pezones, sentí que perdía el control. »Yo temía que me soltara e intentara escapar. Entretanto, lord Gregory se había retirado a un rincón de la estancia. Dijo que los criados estaban autorizados a ayudarlas según sus deseos, y él las instó a realizar bien su trabajo en consideración a la reina. Todas ellas gritaron complacidas. Inmediatamente sentí que unas cuantas manitas duras me palmoteaban y que varios dedos separaban mis nalgas y las apretaban mientras yo me revolvía, en un intento por mantenerme inmóvil, sin mirarlas. »Cuando me levantaron a la fuerza y me ataron las manos por encima de la cabeza, colgándome de la cadena que pendía del techo, me invadió un inmenso alivio; supe que de esta manera no había posibilidad de escapar si sentía ese impulso. »Los criados les proporcionaban las palas que querían. Unas cuantas también escogieron largas correas de cuero, uno de cuyos extremos se ligaban a las manos. En la sala de castigos especiales no tenían que permanecer de rodillas, podían andar como les apeteciera. Inmediatamente, me introdujeron el mango redondeado de una pala en el ano y tiraron de mis piernas hasta dejarlas muy separadas. Me estremecí de miedo y, cuando el mango de la pala procedió a violarme con embestidas adelante y atrás, con la misma violencia que cualquier otro miembro que me hubiera poseído en mi vida, supe que mi rostro se sonrojaba y noté la amenaza de mis lágrimas. De tanto en tanto, también sentía pequeñas lengüecitas frías que inspeccionaban mi oreja, y dedos que me pellizcaban el rostro, me acariciaban la barbilla y asaltaban de nuevo mis pezones. »"Hermosas tetitas —dijo una de las muchachas mientras lo hacía. Tenía un pelo muy rubio, tan liso como el vuestro—. Cuando finalice mi trabajo, se sentirán como pechos", y procedió a estirarlos y a friccionarlos. »Entretanto, para mi vergüenza, mi órgano estaba duro como si reconociera a sus señoras, aunque yo me negara a hacerlo. La muchacha del pelo rubio empujó sus muslos contra los míos, yo sentía su sexo húmedo contra mí y cómo tiraba cada vez con más fiereza de mis pezones. "Creéis que sois demasiado bueno para sufrir en nuestras manos, ¿príncipe Alexi?", canturreó. No le contesté. »Luego el mango de la pala introducido en mi ano embistió aún con más dureza y brutalidad. Mis caderas eran empujadas hacia delante con tanta crueldad como cuando lo hizo mi señor mozo de cuadra, casi me alzaban del suelo. "¿Creéis que sois demasiado bueno para recibir nuestro castigo?", volvió a preguntar. Las otras chicas se reían y observaban cuando aquella rubia comenzó a atizarme con fuerza en el miembro, de derecha a izquierda. Yo di un respingo, estaba fuera de mí, sin control alguno. Deseaba más que ninguna otra cosa estar amordazado, pero no lo estaba. Pasó sus dedos por mis labios y dientes para recordarme que debía guardar silencio y me ordenó que respondiera respetuosamente. »Al ver que no lo hacía, cogió su propia pala y, después de retirar el instrumento violador, procedió a azotarme sonoramente mientras mantenía su cara cerca de la mía, con las pestañas haciéndome cosquillas. Era evidente que entonces yo estaba siempre irritado, igual que todos los esclavos, y sus golpes eran muy fuertes, sin ningún ritmo. Me cogió desprevenido y cuando me estremecí y gemí, todas las muchachas se rieron. »Mis partes recibían las palmetadas de otras princesas, que también me retorcían los pezones, pero aquella rubia había mostrado claramente su supremacía. "Vais a suplicarme piedad, príncipe Alexi —dijo—. Yo no soy la reina, podéis suplicarme, aunque para lo que os va a servir..." A ellas todo eso también les parecía divertido. Continuó azotándome con más y más dureza. Yo rezaba para que me desgarrara la piel antes de que mi voluntad se viniera abajo, pero era demasiado lista para caer en ello. Distanciaba los golpes. Luego hizo que bajaran ligeramente la cadena, para poder obligarme a separar aún más las piernas. »De vez en cuando sostenía mi órgano en su mano izquierda, lo apretaba y me levantaba los testículos con las manos. Yo sentía que las lágrimas se me saltaban y, abrumado por la vergüenza, gemía para que no se me notara. Fue un momento de asombroso dolor y placer. Las nalgas estaban en carne viva. »Pero no había hecho más que empezar. Ordenó a las otras princesas que me levantaran las piernas por delante de mí. Me quedé colgado de la cadena, que se sostenía por encima de mí, y eso me llenó de miedo. No me ligaron los tobillos a los brazos; sencillamente los levantaron, bien colocados, mientras ella enviaba sus golpes desde abajo, con tanta fuerza como antes, y luego, cubriéndome los testículos con su mano izquierda, me dio con la pala desde delante con toda la dureza que pudo mientras yo me retorcía y gemía con gran descontrol. »Entretanto, las otras chicas se regalaban la vista conmigo, me tocaban desde su posición inmóvil y disfrutaban enormemente de mi padecimiento; incluso me besaban la parte posterior de las piernas, las pantorrillas y los hombros. »Los golpes llegaban cada vez más rápidos y violentos. Ordenó que me volvieran a bajar y que me separaran de nuevo las piernas mientras ella volvía al trabajo con fervor. Creo que su intención era desgarrarme la piel, si podía, pero para entonces yo ya me había rendido y lloraba descontroladamente. »Eso era lo que ella quería. Mientras yo cedía, ella aplaudía: "Muy bien, príncipe Alexi, muy bien, soltad todo vuestro orgullo rencoroso, muy bien, sabéis perfectamente que os lo merecéis... Eso está mejor, eso es exactamente lo que quiero ver, deliciosas lágrimas", dijo casi cariñosamente al tiempo que las tocaba con los dedos, sin detener su pala en ningún momento. |
Respuesta: Las aventuras de Bella »Luego ordenó que me soltaran las manos. Me mandó ponerme a cuatro patas y me condujo por la estancia mientras me obligaba a* moverme en círculo. Por supuesto, cada vez me llevaba más rápido. En aquel momento ni siquiera me daba cuenta de que ya no tenía ninguna traba; no había caído en la cuenta de que podía haberme soltado y escapado. Me habían derrotado. Finalmente, todo se desarrolló como siempre que el castigo funciona: no podía pensar en nada más que en escapar de cada golpe de la pala. Pero ¿cómo podía conseguirlo? Simplemente retorciéndome, revolviéndome, intentando evitarla. Entretanto, ella se exaltaba dando órdenes y me obligaba a moverme cada vez con más rapidez. Yo pasaba a toda prisa junto a los pies desnudos de las otras princesas, que se apartaban de mí. »Entonces me dijo que andar a gatas era demasiado bueno para mí, que tenía que colocar los brazos y la mandíbula en el suelo, y avanzar poco a poco de ese modo, con las nalgas elevadas, muy altas en el aire para que ella pudiera atizarlas con la pala. "Arquead la espalda. Abajo, abajo. Quiero ver vuestro pecho pegado al suelo", dijo, y con la habilidad de cualquier paje o señora me obligaba a moverme mientras las demás la elogiaban y se maravillaban al comprobar su pericia y vigor. Nunca me había encontrado en una postura así. Era tan ignominiosa que no quería ni imaginármela: mis rodillas se llenaban de arañazos al avanzar, mientras seguía con la espalda dolorosamente arqueada y el trasero levantado hacia arriba casi tanto como antes. Ella me mandaba moverme todavía más deprisa mientras mis nalgas estaban ya en carne viva y palpitaban al ritmo de la sangre que latía en mis orejas. Las lágrimas me cegaban la vista. »Fue entonces cuando llegó ese momento del que he hablado antes. Yo pertenecía a esa muchacha del pelo rubio, a esa princesa descarada y lista que, a su vez, era también castigada deshonrosamente un día sí y otro no, pero que por el momento podía hacer lo que quisiera conmigo. Yo continuaba debatiéndome, entreveía las botas de lord Gregory y las de los criados, oía las risas de las muchachas. Me recordé a mí mismo que debía contentar a la reina, a lord Gregory y, finalmente, también a mi cruel señora de pelo rubio. »Hizo una pausa para tomar aliento. Aprovechó para cambiar la pala por una correa de cuero y procedió a flagelarme. »Al principio me pareció más floja que la pala y sentí una especie de placentero alivio, pero inmediatamente aprendió a manejarla con tal fuerza que golpeaba violentamente las ronchas de mis nalgas. Entonces me dejó descansar para palpar estas ronchas y pellizcarlas. En aquel silencio pude oír mi propio llanto en susurros. »"Creo que ya está a punto, lord Gregory", dijo la princesa, y lord Gregory confirmó que sí lo estaba. Pensé que aquello quería decir que iban a devolverme a la reina, pero fue una estupidez por mi parte. »Simplemente se referían a que iban a conducirme a toda prisa, a latigazos, hasta la sala de castigos. Naturalmente, allí había un puñado de princesas encadenadas del techo, con las piernas atadas por delante de ellas. »La princesa rubia me llevó hasta la primera de éstas, me ordenó que me levantara y que separara mucho las piernas mientras continuaba de pie ante ella. Vi el rostro afligido de la princesa, sus mejillas enrojecidas, y luego el sexo desnudo y húmedo, que se asomaba tímidamente desde su corona dorada de vello púbico, preparado para recibir placer o más dolor después de días de burlas. Estaba colgada a poca altura; me quedaba por el pecho, supongo, pero al parecer así era como le gustaba a mi princesa torturadora. »Me ordenó que me inclinara hacia la muchacha y echara mis caderas hacia atrás. "Dame tu trasero", dijo. Se quedó de pie, detrás de mí. Las otras chicas tiraron de mis piernas, separándolas más aún de lo que yo podía hacerlo. De nuevo, me mandaron que arqueara la espalda y rodeara con mis brazos a la princesa esclava, atada y doblada delante de mí. »"Ahora le daréis placer con la lengua —dijo mi captora— y comprobad que lo hacéis correctamente, pues ha sufrido durante mucho rato y ni tan siquiera por la mitad de torpezas que vos." »Miré a la princesa atada. Estaba humillada, aunque con un ansia desesperada por recibir placer. Entonces yo apreté mi cara contra su dulce y hambriento sexo, bastante ansioso por contentarla. Pero mientras mi lengua ahondaba en su hinchada grieta, mientras lamía su pequeño clítoris y los labios agrandados, la correa me zurraba sin cesar. Mi señora de pelo rubio escogía una roncha detrás de otra, y yo sufría un gran dolor mientras la princesa maniatada finalmente se estremecía de placer, aunque contra su voluntad. »Naturalmente, también tuve que premiar a las otras muchachas que ya habían sido suficientemente castigadas. Hice mi trabajo lo mejor que pude y encontré un refugio en él. »Luego, lleno de pánico, vi que no quedaban más princesas a las que recompensar. Volvía a estar en manos de mi torturadora sin nada tan dulce como una princesa atada en mis brazos. »De nuevo, mi pecho y mi barbilla se apretaron contra el suelo mientras avanzaba esforzadamente sobre mis rodillas bajo las azotes de su correa de vuelta a la sala de castigos especiales. »En aquel instante todas las princesas suplicaban a lord Gregory para que permitiera que yo las complaciera, pero éste las hizo callar de inmediato. Las muchachas tenían sus nobles y damas a los que servir, y no quería oír ni una sola palabra más a menos que desearan ser colgadas del techo de la otra sala, como bien se merecían. »De allí me llevaron al jardín. Como había ordenado la reina, me condujeron hasta un gran árbol y me ataron las manos en lo alto de tal forma que los pies apenas tocaban la hierba. Oscurecía y allí me dejaron. »Había sido terrible, pero yo había obedecido, no huí, y había alcanzado ese momento peculiar. Ya sólo me atormentaban las necesidades usuales, mi miembro dolorido, que seguramente no recibiría recompensa alguna de la reina durante otro día o más a causa de su enfado. »El jardín estaba tranquilo, lleno de los sonidos del crepúsculo. El cielo se volvía púrpura y los árboles se espesaban con las sombras. Al cabo de muy poco rato se quedaron esqueléticos, el cielo se quedó blanco con el atardecer y, a continuación, la oscuridad cayó a mi alrededor. »Me había resignado a dormir de esta forma. Estaba demasiado lejos del tronco del árbol como para poder frotar mi desgraciado miembro contra él; si hubiera podido lo habría hecho, atormentado como me sentía, para obtener cualquier tipo de placer que la fricción pudiera proporcionarme. »Así que por hábito, más que por aprendizaje, su dureza no se desvanecía. Yo continuaba erecto y tenso como si esperara algo. |
Respuesta: Las aventuras de Bella »Luego apareció lord Gregory. Salió de la oscuridad vestido con su terciopelo azul, y el ribete de su manto de oro destelló. Vi el resplandor de sus botas y el lustre apagado de la correa de cuero que llevaba. Más castigo, pensé cansinamente, pero debo obedecer; soy un príncipe esclavo y no se puede hacer nada para remediarlo, roguemos para que tenga la capacidad de aguantarlo en silencio y sin forcejeos. »Pero lord Gregory se me acercó un poco más y empezó a hablarme. Me dijo que me había comportado muy bien y me preguntó si sabía el nombre de la princesa que me había atormentado. Yo contesté: "No, milord", respetuosamente, sintiendo también cierto alivio al saber que le había contentado, pues es más difícil de contentar que la reina. »Entonces me aclaró que su nombre era princesa Lynette, que acababa de llegar y que había causado una grata impresión a todo el mundo. Era la esclava personal del gran duque Andre. "Qué tiene que ver conmigo —pensé yo—, yo sirvo a la reina." Pero a continuación me preguntó bastante afablemente si me había parecido guapa. Me estremecí. ¿Acaso podía evitarlo? Recordaba muy bien sus pechos cuando los apretó contra mí mientras su pala me escocía y me obligaba a gemir, y sus ojos azul oscuro durante el par de instantes en los que no había sentido tanta vergüenza como para no mirarlos. "No sé, milord. Me atrevería a pensar que no estaría aquí si no fuera guapa", contesté. »Por esa impertinencia me propinó como mínimo cinco rápidos azotes con el cinturón. Me irritaron lo suficiente para hacerme saltar las lágrimas de inmediato. A menudo se comentaba de lord Gregory que, si de él dependiera, todos los esclavos estarían siempre así de doloridos, todos los traseros de los esclavos tan sensibles que sólo necesitaría rozarlos con una pluma para atormentarlos. Pero mientras yo permanecía allí, de pie, con los brazos dolorosamente estirados por encima de mí y el cuerpo desequilibrado por los golpes, fui consciente de que estaba particularmente furioso y obsesionado conmigo. ¿Por qué si no estaba allí atormentándome? Disponía de todo un castillo lleno de esclavos a quienes atormentar. Esto me produjo una extraña satisfacción. »Yo era consciente de mi cuerpo, de su evidente musculatura, lo que para algunos ojos sería, con toda seguridad, belleza... Pues bien, él se aproximó y me dijo que la princesa Lynette, en muchos aspectos, no tenía igual, y que sus atributos estaban inspirados por un espíritu inusual. »Yo fingí aburrimiento. Debía permanecer colgado en esa posición durante toda la noche. Lord Gregory era un mosquito, pensé. Pero a continuación me dijo que había estado con la reina y le había contado lo bien que me había castigado la princesa Lynette, que había exhibido una aptitud especial para el mando y que no se achicaba ante nada. Yo me sentía cada vez más asustado. Luego me aseguró que la reina se alegró al enterarse. »"Al igual que su amo, el gran duque Andre, puesto que ambos se mostraron curiosos y en cierta forma lamentaron no haber presenciado tal demostración y que se hubiera desperdiciado únicamente para disfrute de otros esclavos —añadió. Yo me mantenía expectante—. De modo que han organizado un poco de diversión. Deberéis ejecutar un pequeño espectáculo ante su majestad. Con toda seguridad habréis visto a los instructores de las fieras circenses, quienes con diestros latigazos colocan a sus felinos entrenados sobre banquetas, los obligan a pasar por aros y a ejecutar otros trucos para diversión de la audiencia." »Aunque estaba absolutamente desesperado no respondí. "Bien, mañana, cuando vuestro bello trasero se haya curado un poco, se preparará un espectáculo con la princesa Lynette y su correa, para que os dirija a lo largo de la actuación." »Yo sabía que mi rostro había enrojecido de furia e indignación y, aun peor, que mostraba mi frenética desesperación, pero estaba demasiado oscuro para que él pudiera percatarse. Lo único que distinguía era el destello de sus ojos, y no estoy seguro de cómo sabía que estaba sonriendo. "Deberéis ejecutar vuestros trucos deprisa y correctamente —continuó—, ya que la reina está ansiosa por veros brincar sobre la banqueta, encogido a cuatro patas, y luego saltar por los aros que están preparando ahora mismo para vos. Puesto que sois un animalito de dos patas, con manos además de piernas, también podréis balancearos colgado de un pequeño trapecio que se está instalando; y deberéis hacerlo, sin que la pala de la princesa Lynette deje de incitaros y de entretenernos a todos nosotros mientras demostráis vuestra agilidad." »Me parecía impensable poder ejecutar todo esto. Al fin y al cabo no haría ningún servicio, no vestiría ni adornaría a mi reina, ni recogería nada para demostrarle que aceptaba su autoridad y que la adoraba. No sufriría por ella, como cuando recibía sus golpes. Más bien era una serie de posiciones ignominiosas escogidas deliberadamente. No soportaba la idea. Pero, lo que es peor, no me imaginaba a mí mismo apañándomelas para hacerlo. Me humillarían terriblemente cuando fracasara en el intento y, luego, seguramente me arrastrarían a la fuerza de vuelta a la cocina. «Estaba fuera de mí, lleno de rabia y de miedo, mientras ese lord Gregory brutal y amenazante al que tanto odiaba me estaba sonriendo. Agarró mi pene y tiró de mí hacia delante. Naturalmente lo había cogido por la base, no cerca de la punta, donde podría haberme proporcionado cierto placer. Mientras tiraba de mis caderas y conseguía que yo perdiera el pie, dijo: "Va a ser un gran espectáculo. La reina, el gran duque y otros lo presenciarán. La princesa Lynette se muere de impaciencia por impresionar a la corte. Procurad que no os eclipse." Bella sacudió entonces la cabeza y besó al príncipe Alexi. En ese momento comprendió lo que quería decir cuando habló de que solamente había empezado a rendirse. —Pero, Alexi —dijo cariñosamente, casi como si ella fuera capaz de salvarle de su destino, como si aquello no hubiera sucedido hacía ya mucho tiempo—. ¿Cuando el mozo de las caballerizas os llevó ante la reina, cuando su majestad os hizo recoger las bolas de oro para ella en sus salones, no fue más bien la misma cosa? —Hizo una pausa—. Oh, ¿cómo podré yo hacer esas cosas? —Las haréis, todas ellas, eso es lo que quiero explicar con mi historia —dijo—. Cada nueva cosa parece terrible porque es nueva, porque es una variación. Pero en el fondo todo es lo mismo. La pala, la correa, la exposición, el sometimiento de la voluntad. Lo único que hacen es variarlo infinitamente. |
Respuesta: Las aventuras de Bella «Pero hacéis bien al mencionar esa primera sesión con la reina. Fue similar. Pero recordad, aún era novato y todavía temblaba recién llegado de la cocina; y era inconsciente. Desde entonces recuperé las fuerzas, así que había que volver a desmoronar mi aguante. Es posible que si el pequeño circo se hubiera organizado cuando acababa de llegar de la cocina también me hubiera entregado a él ansiosamente. Pero creo que no. Incluía mucho más sometimiento, mayor resistencia, mucha más entrega de uno mismo a posiciones y actitudes que parecían grotescas e inhumanas. »Es lógico que no necesiten utilizar verdaderas crueldades como el fuego o provocar lesiones sangrientas para enseñar su lección y divertirse al mismo tiempo —suspiró. —Pero ¿qué sucedió entonces? ¿Se celebró finalmente? —Sí, por supuesto, aunque a lord Gregory no le hacía ninguna falta habérmelo dicho de antemano, excepto para quitarme el sueño. Pasé una noche penosa, lleno de inquietud. Me desperté muchas veces pensando que había gente cerca, los mozos de cuadra, o los criados de la cocina, que me habían descubierto desamparado y solo y pretendían atormentarme. Pero nadie se acercó. »Durante la noche, oí cuchicheos de las conversaciones de los nobles y las damas que paseaban bajo las estrellas. De tanto en tanto, incluso oía a alguna esclava que era conducida cerca de donde yo me encontraba y que se quejaba espasmódicamente bajo el azote inevitable del cuero. Alguna antorcha parpadeaba bajo los árboles, y nada más. «Cuando llegó la mañana, me lavaron y me aplicaron aceites. Durante todo ese rato, nadie tocó mi pene, salvo cuando se quedaba fláccido. Entonces lo despertaban con gran pericia. »Al anochecer, la sala de esclavos bullía de comentarios sobre el circo. Mi criado, Félix, me dijo que se había preparado un anfiteatro para la actuación en una espaciosa sala próxima a los aposentos de la reina. Habría cuatro filas de espectadores, los nobles y damas y también sus esclavos. Todos iban a presenciar el espectáculo. Los esclavos estaban aterrorizados, temían que también les hicieran actuar. Aunque no me dijo nada más, yo sabía lo que estaba pensando. Era una dura prueba de autocontrol. Me peinó y me aplicó una buena cantidad de aceite en las nalgas y muslos, incluso me puso un poco en el vello púbico y lo cepilló para que quedara más liso. »Yo estaba tranquilo, pensando. »Cuando finalmente me llevaron a la sala y me introdujeron entre las sombras próximas al muro desde el que podía ver el círculo iluminado, entendí lo que tenía que hacer. Había banquetas de varias alturas y diversas circunferencias, trapecios colgados y grandes aros montados perpendicularmente al suelo. Ardían velas por doquier sobre altos soportes entre las sillas de los nobles y las damas que ya se habían congregado allí. »La reina, mi cruel reina, permanecía sentada con gran pompa. El gran duque Andre estaba a su lado. La princesa Lynette se hallaba en medio del círculo. "De modo que van a permitirle estar de pie —reflexioné—, y a mí me obligarán a moverme a cuatro patas. Bueno debo hacerme a la idea." «Mientras me arrodillaba, esperando, decidí que sería imposible resistirse. Tratar de ocultar las lágrimas y ponerme cada vez más tenso sólo serviría para aumentar mi humillación. »Tenía que decidir lo que haría. La princesa Lynette estaba exquisita. Su pelo pajizo caía suelto por su espalda donde lo habían recogido lo justo para dejar al descubierto su trasero. Allí no se veía más que el color rosa provocado por la pala; también tenía los muslos y las pantorrillas sonrosadas, que lejos de desfigurarla, parecían darle forma y mejorarla. Me indignó. Alrededor del cuello llevaba un collar de cuero labrado adornado con oro. También llevaba botas, con muchos adornos dorados y tacones altos. »Por supuesto, estaba completamente desnuda. Yo ni siquiera llevaba collar, lo que significaba que debía controlarme a mí mismo cuando recibiera sus órdenes, ni siquiera me iban a arrastrar de un lado a otro. »De modo que comprendí exactamente qué era lo que yo tenía que conseguir. Ella haría una gran demostración de ingenio. Estaba dispuesta a descargar su furia sobre mí con órdenes de "deprisa" o "rápido", y a regañarme y censurarme a la mínima desobediencia. Así se ganaría el aplauso del público. Cuanto más forcejeara yo, más destacaría ella, exactamente como había pronosticado lord Gregory. »El único modo de que yo pudiera triunfar era mediante una obediencia perfecta. Debía ejecutar sus órdenes sin cometer ningún error. No debía forcejear ni externamente ni interiormente. Debía lloriquear en el instante preciso, pero tendría que hacer todo lo que ella me mandara; sólo de pensar en ello mi corazón empezaba a martillear en mis sienes y muñecas. »Finalmente todo el mundo estaba preparado. Un puñado de princesitas exquisitas había servido el vino, meneando sus bonitas caderas y mostrándome algunas vistas deliciosas mientras se inclinaban para llenar las copas. Ellas también iban a ver cómo me castigaban. »Toda la corte, por primera vez, iba a verlo. »Entonces, con una palmada, la reina ordenó que trajeran a su cachorrillo, al príncipe Alexi, y que la princesa Lynette me "domesticara" y me "instruyera" ante sus ojos. »Lord Gregory me propinó su habitual azote con la pala. »Al instante me encontré en el círculo de luz. Por un momento sentí dolor en los ojos y luego vi cómo se acercaban las botas de tacón alto de mi instructora. En un momento de impetuosidad, me aproximé a ella a toda prisa y le besé inmediatamente ambas botas. La corte emitió un sonoro murmullo de aprobación. «Continué bañándola de besos mientras pensaba: "Mi malvada Lynette, mi fuerte, cruel Lynette, ahora sois mi reina." Fue como si mi pasión se convirtiera en un fluido que manaba por todos mis miembros, no sólo por mi pene hinchado. Arqueé la espalda y separé las piernas muy poco a poco antes de que nadie me ordenara hacerlo. »Los azotes comenzaron de inmediato. Pero como listo demonio que era, ella dijo: "Príncipe Alexi, enseñaréis a vuestra reina que sois un cachorro muy perspicaz y que respondéis a mis órdenes cumpliéndolas prontamente, y contestaréis a mis preguntas también, con la cortesía debida." »De modo que tendría que hablar. Noté que la sangre me subía a la cara. Pero no me dio tiempo a sentir terror y, con un rápido movimiento de cabeza contesté: "Sí, mi princesa", lo que provocó un murmullo de aprobación del público. |
Respuesta: Las aventuras de Bella »Era fuerte, como ya os he dicho. Podía azotarme con más fuerza que la reina y con tanta brutalidad como cualquiera de los mozos de cocina o de cuadra. Sabía que, como mínimo, su intención era dejarme dolorido, porque rápidamente me propinó varios golpes sonoros, con la maña que demuestran algunos de nuestros castigadores, que saben levantarnos el trasero con la pala con cada azote. »"A esa banqueta, venga —ordenó al instante—, en cuclillas con las rodillas bien separadas y las manos detrás del cuello, ¡ahora!" Me instó a obedecer inmediatamente mientras yo saltaba a la banqueta y, con gran esfuerzo, aunque rápidamente, conseguía mantenerme en equilibrio. Estaba en cuclillas, la misma posición miserable en la que mi señor mozo de cuadra me había castigado. En aquel momento toda la corte podía ver mis genitales, si es que no los habían visto antes. »"Daos la vuelta lentamente —ordenó para exponerme a todas las miradas—, para que los nobles y las damas puedan ver cómo este animalito actúa para ellos esta noche." De nuevo me propinó numerosos golpes con gran precisión. Se oyeron unos pocos aplausos entre la pequeña multitud y el rumor del vino que se servía. En cuanto acabé de volverme completamente, mientras las zurras de la pala resonaban en mis oídos, ella me ordenó que diera una rápida vuelta a cuatro patas por el pequeño escenario, con la mandíbula y el pecho pegados al suelo, como había hecho el día anterior para ella. »Fue en este momento cuando tuve que recordarme mis intenciones. Me apresuré rápidamente a obedecer, arqueando la espalda, con las rodillas separadas y, aun así, moviéndome deprisa mientras sus botas taconeaban a mi lado y mis nalgas se retorcían bajo sus golpes. No intentaba mantener quietos los músculos, simplemente dejaba que se pusieran en tensión, permitía que mis caderas incluso subieran y bajaran siguiendo su propio impulso, retorciéndose con los golpes, pero recibiéndolos de todos modos. Mientras avanzaba por el suelo de mármol blanco, ante un público al que veía como una mancha borrosa de caras, experimenté que éste era mi estado natural, esto era lo que yo era, no había nada antes o después de mí. Podía oír las reacciones de la corte: se reían ante esta miserable posición, y había una excitación creciente en su charla. La pequeña actuación les tenía encandilados, les había liberado de su acostumbrado hastío. Me admiraban por mi entrega. Gemí a cada golpe de la pala sin siquiera pensar en detenerme. Permití que los quejidos surgieran libremente e incluso arqueé la espalda exageradamente. »Cuando finalicé la tarea y me forzó a situarme de nuevo en el centro del círculo, oí aplausos a mí alrededor. »Mi cruel instructora no se detenía. Me ordenó inmediatamente después que subiera de un brinco a otra banqueta y, desde aquella, a otra que era todavía más alta. Yo me quedaba en cuclillas sobre cada una de ellas después de cada salto, y cuando sus azotes me alcanzaban, mis caderas se adelantaban con ellos sin ninguna contención, mientras mis gemidos, mis lamentos naturales, me sonaban sorprendentemente altos. »"Sí, mi princesa", respondía yo después de cada orden. Mi voz sonaba tímida, aunque profunda, y llena de sufrimiento. "Sí, mi princesa", dije de nuevo cuando me ordenó finalmente sentarme ante ella con las piernas muy separadas. Lentamente, me agaché hasta alcanzar la altura que ella aprobaba. Luego tuve que saltar a través del primer aro, con las manos detrás del cuello. De alguna manera, debía conseguir quedarme en cuclillas. "Sí, mi princesa", dije y obedecí de inmediato. Luego atravesé otro aro y otro más, con el mismo acatamiento. Saltaba ágilmente y sin la menor vergüenza, aunque mi pene y mis testículos se movían sin gracia con el esfuerzo. »Sus golpes se tornaron cada vez más fuertes, menos regulares. Mis gemidos eran sonoros e imprevistos, y provocaban muchas risas. «Cuando a continuación me ordenó saltar hacia arriba y agarrar la barra del trapecio con ambas manos, sentí que me saltaban las lágrimas como resultado de la tensión y el agotamiento. Me colgué del trapecio mientras ella me daba con la pala, empujándome hacia delante y atrás, y luego me ordenaba que me doblara y alcanzara con los pies las cadenas que había arriba. »Esto era prácticamente imposible. En la sala resonó el eco de las risas mientras me esforzaba por obedecer. Félix se adelantó para levantarme rápidamente los tobillos hasta que estuve columpiándome como ella había sugerido. Entonces tuve que soportar sus azotes en esta posición. »En cuanto se cansó de ello, me ordenó que me dejara caer al suelo, momento en el que ella se acercócon una delgada y larga correa de cuero y, tras enrollar su extremo alrededor de mi pene, empezó a tirar de mí, que estaba de rodillas, hacia ella. Nunca me habían conducido o me habían arrastrado así anteriormente, atado por la mismísima base de la verga, y mis lágrimas cayeron copiosamente. Todo mi cuerpo estaba acalorado y tembloroso; mis caderas eran arrastradas hacia adelante sin ninguna gracia, aunque yo todavía poseía la suficiente sangre fría para intentarlo. Tiró de mí hasta que llegué a los pies de la reina y, a continuación, después de dar la vuelta, me arrastró corriendo sobre sus botas de tacones a tal velocidad que yo gemía y lloraba sin despegar mis labios mientras me debatía para mantener el ritmo detrás de ella. «Estaba abatido. El círculo parecía interminable. La correa apretaba mi pene y para entonces mi trasero estaba tan sensible que me dolía aunque ella no lo golpeara. »No tardamos en completar el círculo. Sabía que ella había agotado su inventiva. Había confiado en mi desobediencia y en mi negativa, y al no encontrarlas, su espectáculo carecía de verdadera atracción especial, aparte de mi absoluta obediencia. »Pero había reservado una sutil prueba para la que yo no estaba preparado. »Me ordenó que me levantara, que separara las piernas y apoyara las manos en el suelo delante de ella. Así lo hice, con las nalgas en dirección a la reina y al gran duque, una posición que, una vez más, incluso en medio de esto, me recordó mi desnudez. »Soltó la pala, cogió seguidamente su juguete favorito, la correa de cuero, y azotó con violencia ambos muslos y pantorrillas, dejando que el cuero se enrollara en torno a mi cuerpo. Luego ordenó que me adelantara unos centímetros y que apoyara la mandíbula sobre una alta banqueta que había allí. Debía mantener las manos enlazadas detrás de la cintura y la espalda arqueada. Hice lo que me ordenaba y permanecí doblado por la cintura, con las piernas separadas y la cara inclinada hacia arriba para que todos vieran mi desdichada expresión. »Como imaginaréis, mi trasero quedaba completamente al aire y ella empezó a colmarlo de cumplidos. "Unas caderas muy bonitas, príncipe Alexi, un trasero muy bonito, fuerte, redondo y musculoso, y aún más bonito cuando os revolvéis para escapar a mi correa y a la pala." Ella ilustraba todo esto con su correa y yo, entretanto, lloraba entre gemidos. »Fue entonces cuando me dio una orden que me sorprendió. "La corte quiere ver cómo mostráis vuestro trasero. Quieren veros moverlo —dijo—, no se contentan con ver simplemente cómo escapa al castigo tan bien merecido y tan necesario, sino que desean contemplar una auténtica muestra de humildad." No sabía a qué se refería. Me azotó con fuerza como si yo fuera a mostrarme testarudo, aunque contesté entre lágrimas: "Sí, mi princesa." "¡Pero no obedecéis!", gritó a viva voz. Había empezado lo que de verdad ella deseaba. Sus palabras me hicieron sollozar contra mi voluntad. ¿Qué podía decirle? "Quiero ver cómo movéis el trasero, príncipe —ordenó—. Quiero ver bailar vuestro trasero mientras mantenéis los pies inmóviles." Oí cómo la reina se reía, y, vencido súbitamente por la vergüenza y el miedo, supe que aquello aparentemente simple que quería que yo hiciera era demasiado para mí. Moví las caderas, de un lado a otro mientras me zurraba, y mi pecho se estremeció con otro sollozo que apenas fui capaz de controlar. |
Respuesta: Las aventuras de Bella »"No, príncipe, no quiero algo tan sencillo, deseo una verdadera danza para la corte —dijo—, ¡vuestro trasero enrojecido y castigado debe hacer alguna otra cosa aparte de recibir inmóvil mis golpes!" Entonces colocó sus manos en mis caderas y lentamente las movió, no sólo de un lado a lado, sino hacia abajo, formando círculos, y hacia arriba, lo que me obligó a doblar las rodillas. Hacía girar mis caderas. Ahora, cuando lo explico, puede parecer una nimiedad. Pero para mí era humillante hasta lo indecible. Tenía que menear las caderas y hacerlas girar, utilizar toda mi fuerza y ánimo en esta exhibición aparentemente vulgar de mi trasero. Pero su intención era que yo lo hiciera, lo había ordenado y no me quedaba otro remedio que obedecer. Me saltaban las lágrimas y se me atragantaban los sollozos, mientras hacía girar el trasero como ella había mandado. "Doblad más las rodillas, quiero ver una auténtica danza —dijo con un golpe sonoro del látigo—. Doblad las rodillas y moved más esas caderas a los lados, más a la izquierda —alzó la voz furiosa—. ¡Os resistís a obedecerme, príncipe Alexi, no divertís a nadie! —dijo y sobre mí llovieron sus sonoros golpes mientras me afanaba por obedecer—. ¡Moveos!", gritó. Ella estaba triunfando. Yo había perdido toda mi compostura. Ella lo sabía. »"Así que os atrevéis a mostraros reticente en presencia de la reina y la corte", me vapuleó, y luego, con ambas manos, tiró de mis caderas a uno y otro lado, formando un gran giro. Ya no aguantaba más. Sólo había una manera de vencerla: retorcerme en esta deshonrosa posición más frenéticamente incluso de lo que ella me indicaba. Así que, sacudiéndome con sollozos atragantados, la obedecí. Inmediatamente se oyeron aplausos mientras yo ejecutaba esta danza y mis nalgas se torcían de un lado a otro, arriba y abajo, con las rodillas completamente dobladas, la espalda arqueada, la barbilla apoyada dolorosamente sobre la banqueta para que todos pudieran ver las lágrimas que corrían por mi cara y la obvia destrucción de mi espíritu. »"Sí, princesa", me esforcé en articular con voz suplicante. Y obedecí con todas mis fuerzas realizando una actuación tan buena que los aplausos continuaron sonando. »"Eso está bien, príncipe Alexi, muy bien —dijo—. ¡Separad más las piernas, más separadas, y moved las caderas todavía más!" Obedecí de inmediato. En ese instante meneaba ya las caderas agitadamente. Me sentí vencido por la mayor vergüenza que había conocido desde mi captura y traslado al castillo. Ni siquiera la primera vez que los soldados me desnudaron en el campo, ni cuando me arrojaron sobre la silla del capitán, ni la violación en la cocina podían compararse con la degradación que vivía en ese momento, porque todo esto lo ejecutaba sin ninguna gracia y servilmente. «Finalmente, la princesa Lynette dio por concluida mi pequeña exhibición. Los nobles y las damas charlaban entre ellos, comentaban todo tipo de detalles, como siempre, pero en el murmullo se detectaba cierta agitación, lo que significaba que el espectáculo había provocado pasión. No me hizo falta levantar la mirada para comprender que todos ellos observaban el círculo central aunque hubieran fingido aburrimiento. La princesa Lynette me ordenó en ese instante que me volviera lentamente, sin levantar la barbilla del centro de la banqueta, pero moviendo las piernas siguiendo un círculo, meneando en todo momento mi trasero, para que de este modo toda la corte pudiera contemplar por igual esta muestra de obediencia. »Mis propios sollozos me traicionaban. Me esforzaba por obedecer sin perder el equilibrio. Si flaqueaba lo más mínimo en aquella amplia rotación de mi trasero, la princesa tendría de nuevo la oportunidad de reprenderme. »Finalmente, alzó la voz y anunció a la corte que allí había un príncipe capaz de realizar diversiones incluso más imaginativas en el futuro. La reina aplaudía. La congregación ya podía levantarse y dispersarse, pero lo hicieron con tal lentitud que la princesa Lynette quiso continuar con la actuación en consideración a los últimos espectadores. Entonces me ordenó rápidamente que cogiera el trapecio que estaba encima de mi cabeza y, mientras me zurraba sin descanso, me mandó que levantara la barbilla y marchara en el sitio sobre las puntas de los pies. »El dolor me producía punzadas en las pantorrillas y los muslos pero, como siempre, lo peor era la quemazón e hinchazón de mis nalgas. No obstante, yo marchaba con la barbilla erguida mientras la sala se vaciaba. La reina había sido la primera en salir. Finalmente todos los nobles y damas se fueron. »La princesa Lynette entregó la pala y la correa a lord Gregory. »Yo continuaba agarrado al trapecio, con el pecho palpitante y los miembros estremecidos por el hormigueo. Tuve el placer de ver cómo la princesa Lynette era despojada de sus botas y su collar. Y cómo un paje se la arrojaba sobre el hombro y se la llevaba. Pero no pude ver su cara, y no supe lo que sentía. Su trasero se elevó en el aire por encima del hombro del paje, mostrando unos labios púbicos largos y delgados y el vello rojizo de esta zona. »Me había quedado solo, completamente empapado de sudor y agotado. Vi a Lord Gregory allí de pie. Se acercó, me levantó la barbilla y me dijo: "Sois indomable, ¿no? —Yo me quedé atónito—. ¡Miserable, orgulloso, rebelde, príncipe Alexi!", exclamó furioso. Intenté mostrar mi consternación. "Decidme en qué he faltado", le rogué, pues había oído al príncipe Gerald decir eso en numerosas ocasiones en la alcoba de la reina. »"Sabéis que os deleitáis en todo esto. No hay nada que sea demasiado indecoroso para vos, demasiado ignominioso y difícil. ¡Jugáis con todos nosotros!", fue su respuesta. De nuevo, me quedé completamente asombrado. »Pues bien, ahora vais a calibrar mi sexo para mí" dijo, y ordenó al último paje que nos dejara. Yo seguía agarrado al trapecio como me habían ordenado. La estancia estaba a oscuras a excepción del luminoso cielo nocturno que se veía a través de las ventanas. Oí que se desabrochaba y sentí el leve empujón de su pene. Luego lo introdujo en mi trasero. »"Maldito principito", dijo mientras me penetraba. »Cuando hubo acabado, Félix me echó sobre su espalda tan poco ceremoniosamente como el otro paje había trasportado a la princesa Lynette. Mi pene hinchado chocaba contra él, pero intenté controlarlo. «Cuando me bajó, ya en la alcoba de la reina, su majestad estaba sentada ante el tocador limándose las uñas. "Os he echado de menos", dijo. Yo me apresuré a correr a su lado moviéndome a cuatro patas y le besé las pantuflas. Cogió un pañuelo blanco de seda y me enjugó el rostro. »"Sabéis complacerme muy bien", dijo. Yo estaba perplejo. ¿Qué veía lord Gregory en mí que ella no detectara? |
Respuesta: Las aventuras de Bella »Sin embargo me sentí demasiado aliviado para entrar en consideraciones de ese tipo. Si me hubiera recibido con enfado o me hubiera ordenado nuevos castigos y diversiones, habría llorado de desesperación. Sea como fuere, la reina era toda belleza y ternura. Me ordenó que la desvistiera y que descubriera la cama. Obedecí lo mejor que pude, pero no quiso la bata de seda que yo le acerqué. »Por primera vez, se quedó desnuda ante mí. »No me había dicho que pudiera levantar la vista, así que yo permanecía encogido a sus pies. Luego me dijo que podía mirar. Como podéis imaginaros, su encanto era indecible. Tenía un cuerpo firme, en cierta forma poderoso, con unos hombros quizás un poquito demasiado fuertes para una mujer, piernas largas, pero sus pechos eran magníficos y su sexo era un nido reluciente de vello negro. Me encontré a mí mismo sin aliento. »"Mi reina", susurré y, después de besarle los pies, le besé los tobillos. No protestó. Le besé las rodillas. No protestó. Le besé los muslos y luego, impulsivamente, hundí mi cara en ese nido de vello perfumado, y lo encontré caliente, muy caliente. Me levantó hasta que me quedé de pie. Alzó mis brazos, yo la abracé y, por primera vez, sentí su redonda forma femenina y también descubrí que pese a lo fuerte y poderosa que parecía, era pequeña, así a mi lado, y tierna. Me moví para besar sus pechos y ella permitió silenciosamente que lo hiciera. Los besé hasta que no pudo contener los suspiros. Tenían un sabor tan dulce y eran tan blandos, pero al mismo tiempo rollizos y resistentes bajo mis dedos respetuosos. »La reina se hundió en la cama y yo, de rodillas, volví a enterrar mi cara entre sus piernas. Pero dijo que lo que en ese instante quería era mi pene y que no debería eyacular hasta que ella me lo permitiera. Gemí para comunicarle lo difícil que esto resultaría a causa del amor que me inspiraba, pero ella se recostó en sus cojines, separó las piernas y por primera vez vi los labios sonrosados. »Tiró de mí hacia abajo. No podía creerlo del todo cuando sentí la envoltura de su caliente vagina. Hacía tanto tiempo que no había sentido Una satisfacción así con una mujer; desde que los soldados me hicieron prisionero. Me esforcé por no consumar mi pasión en aquel mismo instante y, cuando empezó a mover sus caderas, pensé que ciertamente iba a perder la batalla. Estaba tan húmeda, caliente y excitada, y mi pene tan dolorido por los castigos. Me dolía todo el cuerpo, pero el dolor me parecía delicioso. Sus manos acariciaban mis nalgas. Me pellizcaba las ronchas. Me separó las nalgas y, mientras este caliente envoltorio apretaba mi pene y la aspereza de su vello púbico me rozaba y me atormentaba, metió los dedos en mi ano. »"Mi príncipe, mi príncipe, superasteis todas las pruebas por mí —susurró. Sus movimientos se hicieron más rápidos, más salvajes. Vi su rostro y sus pechos bañados de escarlata—. Ahora", ordenó, y bombeé mi pasión dentro de ella. »Me sacudí con movimientos ascendentes y descendentes, mis caderas se movieron tan frenéticamente como lo habían hecho en la pequeña actuación circense. Cuando me quedé vacío y quieto, permanecí echado cubriendo su rostro y sus pechos con besos lánguidos y soñolientos. »Se incorporó para sentarse en la cama y recorrió todo mi cuerpo con sus manos. Me dijo que yo era su posesión más adorable. "Pero aún os están reservadas muchas crueldades", dijo. Sentí una nueva erección. Añadió que tendría que someterme a una disciplina aún peor a cualquiera de las concebidas por ella anteriormente. »"Os amo, mi reina", susurré yo. No tenía otro pensamiento que el de servirla. Aun así, por supuesto, estaba asustado, aunque me sentía poderoso por todo lo que había soportado y realizado. »"Mañana —dijo—, voy a pasar revista a mis ejércitos. He de pasar ante ellos en una carroza descubierta, para que puedan ver a su reina igual que yo les veré a ellos, y después debo recorrer los pueblos más próximos al castillo. »"Toda la corte me acompañará, de acuerdo con su rango. Y todos los esclavos, desnudos y con collares de cuero, marcharán a pie con nosotros. Vos deberéis marchar al lado de mi carroza para que os observen todas las miradas. Reservaré para vos el collar más vistoso, y vuestro ano estará abierto con un falo de cuero. Llevaréis una embocadura y yo sujetaré las bridas. Sostendréis alta la cabeza ante los soldados, oficiales y el pueblo común. Para complacer a la gente, os exhibiré en la plaza principal de los pueblos suficiente rato para que todo el mundo pueda admiraros antes de continuar la procesión." »"Sí, mi reina", contesté silenciosamente. Sabía que sería una experiencia terrible, pero aun así estaba pensando en ello con curiosidad y me preguntaba cuándo y cómo mi sentimiento de impotencia y de rendición me invadiría. ¿Llegaría cuando me encontrara ante los lugareños, o ante los soldados, o cuando trotara por el camino con la cabeza alzada y el ano torturado por el falo? Cada detalle descrito por ella me excitaba. »Dormí bien y profundamente. Cuando Félix me despertó, me preparó con esmero como lo había hecho con ocasión del pequeño espectáculo circense. »En el exterior del castillo la conmoción era enorme. Era la primera vez que veía las puertas de entrada al patio, el puente levadizo y el foso. Todos los soldados estaban allí reunidos. La carroza descubierta de la reina se encontraba en el patio y la soberana ya se había sentado, rodeada de lacayos y pajes que avanzaban a los lados y de cocheros que lucían elegantes sombreros, plumas y lanzas relucientes. Una gran fuerza montada de soldados estaba ya dispuesta. »Antes de que me hicieran salir, León me ajustó la embocadura y también dio la última cepillada a mi cabello. Me encajó la embocadura de cuero muy dentro de la boca, me enjugó los labios y luego me dijo que lo más dificultoso sería mantener el mentón levantado. Bajo ninguna circunstancia debía dejarlo caer a una posición normal. Las bridas, que la reina sostendría vanamente en su regazo, me obligarían a tener la cabeza levantada, pero nunca debería bajarla. Si lo hacía, ella lo notaría, y se enfurecería terriblemente. »A continuación me mostró el falo de cuero. No tenía ninguna correa ni cinturón para sujetarlo. Era grande como el miembro erecto de un hombre y me asusté. ¿Cómo conseguiría mantenerlo dentro? Me dijo que separara las piernas. Me lo introdujo a la fuerza en el ano y me explicó que debía conservarlo en su sitio yo solito, ya que a la reina le molestaría cubrirme con cualquier cosa para sujetarlo. Tenía unas finas correas de cuero que colgaban hacia abajo y me rozaban los muslos. Cuando trotara por el camino, las correas se balancearían como la cola de un caballo, pero eran cortas, no tapaban nada. »Después volvió a aplicarme aceite en el vello púbico, en el pene y en los testículos. Me frotó el vientre con un poco más de aceite. Yo ya tenía las manos enlazadas detrás de la espalda pero me dio un pequeño hueso forrado de cuero para que lo sujetara y me dijo que así me resultaría más fácil mantenerlas unidas. Mis tareas serían éstas: mantener la barbilla alzada, el falo en su sitio y mi propio pene erecto y presentable ante la reina. »Seguidamente me llevaron al patio, conducido por la pequeña brida. El brillante sol de mediodía centelleaba sobre las lanzas de los caballeros y los soldados. Los cascos de los caballos producían un ruidoso estruendo sobre las piedras. |
Respuesta: Las aventuras de Bella La reina, que estaba enfrascada en una animada conversación con el gran duque, sentado a su lado, apenas reparó en mí. Me dirigió una sonrisa. Le entregaron las bridas, me acerqué hasta situarme a la altura de la puerta de la carroza y mantuve la cabeza completamente erguida. »"Mantened la vista baja en todo momento, respetuosamente", me dijo Félix. »La carroza no tardó en salir por las puertas y a continuación avanzaba sobre el puente levadizo. »Bien, podéis imaginaros cómo fue el día. A vos os trajeron desnuda a través de los pueblos de vuestro propio reino. Ya sabéis lo que supone que todo el mundo os contemple fijamente: soldados, caballeros, pebleyos. »El hecho de que los demás esclavos desnudos vinieran detrás de nosotros era un escaso consuelo. Yo estaba solo junto a la carroza de la reina y pensaba únicamente en complacerla y en mostrarme como ella quería que apareciera ante los demás. Mantuve alta la cabeza y contraje las nalgas para sostener el doloroso falo. Al poco, mientras pasábamos ante cientos y cientos de soldados, volví a pensar, "soy un sirviente, su esclavo, y ésta es mi vida. No tengo otra". »Quizá la parte más horrenda del día para mí fue el paso por los pueblos. Vos ya lo sabéis. Yo aún no lo había hecho. La única gente ordinaria que había conocido era la de las cocinas. »Pero aquella jornada de desfiles militares constituía además el inicio de las fiestas de los pueblos. La reina los visitaba y, después, los festejos quedaban inaugurados. »En el centro de la plaza de cada localidad habían una tarima y, cuando la reina entraba en la casa del señor de la villa para tomar una copa de vino con él, a mí me exhibían allí como ella ya me había explicado que sucedería. »Pero mi cometido no era permanecer graciosamente de pie como yo hubiera esperado. Los lugareños lo sabían, aunque no yo. Cuando llegamos al primer pueblo, la reina se alejó y, en cuanto mis pies pisaron la tarima, un gran rugido se elevó de la multitud. Ellos sabían que iban a presenciar algo divertido. »Bajé la cabeza, contento por tener la oportunidad de mover los músculos rígidos de la garganta y de los hombros, y me quedé asombrado cuando Félix me retiró el falo del ano. Naturalmente, esto provocó una gran aclamación de la multitud. Luego me obligaron a arrodillarme con la manos detrás del cuello sobre una placa giratoria colocada encima de la tarima. »Félix la movía con el pie. En estos primeros momentos me asusté más que nunca antes, pero en ningún instante me invadió tanto temor como para levantarme e intentar escapar. Estaba virtualmente desamparado. Allí, desnudo, un esclavo de la reina se encontraba en medio de cientos de plebeyos. Todos me habrían subyugado de inmediato, y muy alegremente, por el solo hecho de entretenerse. Fue entonces cuando me di cuenta de que la huida era absolutamente imposible. Cualquier príncipe desnudo que escapara del castillo habría sido capturado por estos lugareños. Nadie le hubiera ofrecido cobijo. »Entonces Félix me ordenó que mostrara al gentío mis partes íntimas, las que yo ponía al servicio de la reina, y que demostrara que era su esclavo, su animal. No comprendí estas palabras, que fueron pronunciadas ceremoniosamente. Así que me explicó con bastante amabilidad que debía separar con las manos ambas nalgas mientras me doblaba y exhibía ante todos ellos mi ano abierto. Por supuesto, esto era un gesto simbólico. Significaba que siempre sería víctima de violaciones. Y qué otra cosa era más apropiada para ser violada. »Aunque mi rostro se encendió y me temblaban las manos, obedecí. Una gran aclamación surgió de la multitud. Las lágrimas me caían por la cara. Félix me levantó los testículos con un largo y delgado bastón para que ellos pudieran verlo, y me empujó el pene a un lado y a otro para demostrar lo indefenso que estaba. Durante todo el rato yo tenía que mantener las nalgas separadas y mostrar mi ano. Cada vez que relajaba mis manos, me ordenaba tajantemente que separara más la carne y me amenazaba con castigarme. "Eso enfurecerá a su alteza —decía— y divertirá enormemente a la multitud." Luego, con un ruidoso grito de aprobación del gentío, volvió a insertar con gran firmeza el falo en mi ano. Ordenó que pegara los labios a la madera de la placa giratoria. Luego volví a ser conducido a mi posición junto a la carroza de la reina. Félix tiraba de la brida por encima de su hombro mientras yo trotaba a su espalda con la cabeza levantada. »Cuando llegamos finalmente al último pueblo, no se puede decir que estuviera más acostumbrado a ello que en el primero que visitamos. Pero para entonces Félix le había asegurado a la reina que yo daba muestras de toda la humildad que se podía concebir. Mi belleza no tenía rival entre ninguno de los príncipes anteriores. La mitad de los jóvenes de ambos sexos de los pueblos se había enamorado de mí. La reina me besó los párpados al oír estos cumplidos. »Aquella noche en el castillo se celebró un gran banquete. Vos ya habéis visto un banquete de este tipo, ya que se celebró uno con motivo de vuestra presentación. Yo no lo había visto antes. Así que fue mi primera experiencia en servir vino a la reina y a otros a quienes me enviaba ceremoniosamente de vez en cuando como si se tratara de un presente. Cuando mis ojos se cruzaron con los de la princesa Lynette le sonreí sin pensar. »Tenía la sensación de que podía hacer cualquier cosa que me ordenaran. Nada me producía temor. Por lo tanto, puedo deciros que para entonces ya me había rendido. Pero la verdadera indicación de mi entrega era cuando tanto Félix como lord Gregory me decían, en cuanto tenían la ocasión, que yo era terco y rebelde. Decían que me burlaba de todo. Yo les contestaba, también cuando tenía la oportunidad de hacerlo, que esto no era cierto, pero casi nunca podía responder. »Desde entonces me han sucedido otras muchas cosas pero las lecciones de aquellos primeros meses fueron las más importantes. »La princesa Lynette sigue aquí, por supuesto. Ya sabréis quién es en su momento y, aunque puedo soportar cualquier cosa de mi reina, de lord Gregory y de Félix, aún me resulta difícil aguantar a esta princesa. Pero pondré mi vida en ello para que nadie lo sepa. »Y bien, casi se ha hecho de día. Debo devolveros al vestidor y también tengo que bañaros, para que nadie sepa que hemos estado juntos. Os he contado mi historia para que comprendáis lo que significa rendirse y por qué cada uno de nosotros debe encontrar su propia vía de aceptación. »Aún queda más que contar de mi historia que, no obstante, sólo os revelaré con el tiempo. Por ahora recordad simplemente esto: si os veis obligada a aguantar un castigo que os parece demasiado brutal, recordaos a vos misma: " Ah, pero Alexi lo soportó, así que en consecuencia se puede soportar." |
Respuesta: Las aventuras de Bella No es que Bella quisiera acallarlo pero no podía contener sus abrazos. Lo ansiaba en ese momento tanto como antes, pero se dio cuenta de que era demasiado tarde. Mientras el príncipe Alexi la conducía de regreso al vestidor, se preguntó si él podría adivinar los verdaderos efectos que sus palabras habían causado en ella. La había encandilado y fascinado. Sus explicaciones habían contribuido a lograr que entendiera su propia resignación y entrega. ¿O ella ya los había sentido? Alexi la lavó, le limpió toda evidencia de su amor, mientras ella permanecía inmóvil, sumida en sus pensamientos. ¿Qué había sentido antes, aquella misma noche, cuando la reina le había dicho que quería enviarla de regreso a su hogar a causa de la excesiva devoción que provocaba en el príncipe de la corona? ¿Había deseado marcharse? Le obsesionaba un pensamiento horroroso. Se veía dormida en esa alcoba polvorienta que había sido su prisión durante cientos de años, oía los cuchicheos a su alrededor. La vieja bruja del huso que había pinchado el dedo de Bella se reía a través de sus encías sin dientes; y, levantando sus manos para acercarlas a los pechos de Bella, exudaba cierta sensualidad obscena. Bella se estremeció. Dio un respingo y forcejeó mientras Alexi le apretaba las ligaduras. —No tengáis miedo. Hemos disfrutado de la noche juntos sin ser descubiertos —le aseguró. Ella se quedó observándolo fijamente, como si no lo conociera, porque en el castillo no había nadie que le diera miedo, ni él, ni el príncipe, ni la reina. Era su propia mente lo que la asustaba. El cielo se estaba aclarando. Alexi la abrazó. Se encontraba ya atada a la pared, con su largo cabello comprimido entre su espalda y las piedras que había tras ella. Pero se sentía incapaz de salir de esa alcoba polvorienta de su tierra natal. Le parecía que viajaba a través de capas y capas de sueño, en ese vestidor en el que estaba metida, en ese país cruel donde había perdido su materialidad. Un príncipe había entrado en la alcoba, había posado sus labios en ella. Pero ¿era únicamente Alexi quien la besaba? ¿Fue Alexi el que la besaba, allí? Cuando abría los ojos en aquella antigua cama y miraba al que en aquel instante rompía su hechizo, ¡descubría un tierno e inocente semblante! No era su príncipe de la corona. No era Alexi. Era algún alma prístina semejante a la suya que en aquel momento retrocedía de ella llena de asombro. Era valiente, sí, valiente, ¡y sin complejos! Bella gritó: —¡No! Pero la mano de Alexi le tapaba la boca: —Bella, ¿qué sucede? —No me beséis —dijo en un susurro. Pero cuando vio el dolor en el rostro de Alexi, abrió la boca y sintió sus labios que acudían a sellarla. Se sintió llena de la lengua de Alexi y apretó su cadera contra él. —Ah, sois vos, sólo sois vos... —susurró. —¿Y quién creíais que era? ¿Es que estabais soñando? —Por un momento parecía que todo esto fuera un sueño —confesó. Pero la piedra era demasiado real, y el contacto con él también. —Pero ¿por qué debía ser un sueño? ¿Es una pesadilla tan terrible para vos? Ella sacudió la cabeza: —Vos lo amáis, todo ello, lo amáis —le dijo al oído. Observó cómo los ojos de él la observaban lánguidamente y luego apartaban la mirada—. Parecía un sueño porque todo el pasado, el pasado real, ha perdido su brillo. Pero ¿qué estaba diciendo? ¿Que en estos pocos días no había anhelado ni una sola vez su hogar, que ni una sola vez había deseado lo que fue su juventud y que el sueño de cien años no la había dotado de sabiduría? —Lo amo. Lo desprecio —dijo Alexi—. Me humilla y me fascina. Y entregarse significa sentir todas esas cosas a la vez, y aún así tener una sola mente y un solo espíritu. —Sí —suspiró ella, como si lo hubiera acusado falsamente—. Dolor perverso, placer perverso. Y él le dedicó una sonrisa de aprobación. —Volveremos a estar juntos de nuevo... —Sí... —Podéis contar con ello. Y hasta ese momento, querida mía, mi amor, perteneced a todo el mundo. |
Respuesta: Las aventuras de Bella EL PUEBLO Los siguientes días, que en realidad fueron pocos, pasaron tan rápidamente para Bella como los anteriores. Nadie descubrió que ella y Alexi habían estado juntos. La noche siguiente, el príncipe le dijo que se había ganado la aprobación de su madre, y que a partir de entonces él personalmente la instruiría como su doncella, le enseñaría a barrer sus aposentos, a mantener siempre llena su copa de vino y a desempeñar todas esas tareas que Alexi realizaba para su majestad. Además, desde ese día Bella dormiría en los aposentos del príncipe. La princesa descubrió que todo el mundo la envidiaba y que únicamente el príncipe, y sólo él, era quien la castigaba a diario. Cada mañana la dejaban con lady Juliana, que la hacía correr en el sendero para caballos. Luego, a mediodía, Bella servía el vino del almuerzo, y pobre de ella si derramaba una sola gota. Por la tarde solía dormir para que por la noche pudiera servir al príncipe. Estaba previsto que en la siguiente noche de fiesta participara en una carrera de esclavos en el sendero para caballos, que su alteza confiaba que Bella ganara gracias a su entrenamiento diario. Bella se enteraba de todo esto entre sonrojos y lágrimas, y se encorvaba una y otra vez para besar las botas del príncipe en respuesta a cada una de sus órdenes. Él parecía todavía inquieto a causa del amor que ella le inspiraba y, mientras el castillo dormía, frecuentemente la despertaba con bruscos abrazos. Bella apenas podía pensar en Alexi en esos momentos, debido al temor que el príncipe le inspiraba y a que la estudiaba sin cesar. Su vida se había convertido en una rutina diaria. Cada mañana la sacaban con sus botas con herraduras para deleitar a lady Juliana. Bella se mostraba asustada pero dispuesta. Lady Juliana era un encanto con su vestido de montar de color carmesí, y Bella corría deprisa sobre el llano sendero de grava. Con frecuencia, el sol la obligaba a torcer la vista cuando centelleaba sobre los árboles más altos, y siempre acababa el recorrido llorando. Luego, ella y lady Juliana se quedaban a solas en el jardín. Ésta llevaba una correa de cuero que rara vez utilizaba, así que esos momentos resultaban relajantes para Bella. Solían sentarse sobre la hierba, con las faldas de lady Juliana formando una corona de seda bordada en torno a Bella. En ocasiones, lady Juliana le daba un fuerte y repentino beso, y Bella se quedaba sorprendida y se enternecía. La dama la acariciaba por todo el cuerpo, la colmaba de besos y cumplidos, y cuando decidía golpearla con la correa de cuero, la princesa lloraba apaciblemente, con profundos gemidos sofocados y un lánguido abandono. Pero al poco, ya estaba recogiendo florecillas con los dientes para lady Juliana, besando con suma gracia el bajo de sus faldones o incluso sus blancas manos. Todos estos gestos deleitaban a su ama. «Oh, ¿me estoy convirtiendo en lo que Alexi quería que me convirtiera?», se preguntaba Bella de vez en cuando, aunque la mayor parte del tiempo no pensaba en ello. También durante las comidas Bella se esmeraba enormemente en servir el vino con garbo. No obstante, en una ocasión lo derramó y recibió su castigo colgada del paje, que la asía con fuerza. En cuanto purgó su pena, se fue corriendo hasta las botas del príncipe para rogar silenciosamente su perdón. Él se mostró furioso y, cuando ordenó que la volvieran a azotar, Bella sintió que la humillación bullía en su interior. Aquella noche, antes de poseerla, la fustigó sin piedad con el cinturón. Le dijo que detestaba la menor imperfección en ella, y la encadenaron a la pared, donde pasó toda la noche entre lloros y sufrimiento. Bella temía ser objeto de nuevos y más espantosos castigos. Lady Juliana insinuó que, en algunos aspectos, era tan sólo una virgen y que se la estaba poniendo a prueba con suma lentitud. Además, la princesa también temía a lord Gregory, que la observaba en todo momento. Cada mañana, mientras Bella trastabillaba por el sendero para caballos, lady Juliana la amenazaba con enviarla a la sala de castigos. Bella se echaba inmediatamente sobre sus manos y rodillas y besaba sus pantuflas, y aunque lady Juliana se apiadaba enseguida, con una sonrisa y un meneo de sus preciosas trenzas, lord Gregory, que se mantenía en las proximidades, mostraba su desaprobación. El corazón de Bella palpitaba dolorosamente en su pecho cada vez que se la llevaban para prepararla. Si al menos pudiera ver a Alexi, reflexionaba, pero en cierto modo él había perdido parte de su encanto para ella, aunque no estaba segura del motivo. Sin embargo, aquella tarde, mientras permanecía tumbada en su cama, estaba pensando en el príncipe y también en lady Juliana. «Mis amos y señores», susurraba para sus adentros, y se preguntaba cuál era el motivo de que León no le hubiera dado nada para dormir, ya que no estaba cansada en absoluto aunque sí torturada por el pequeño palpito de pasión que notaba entre sus piernas, como era habitual. Sólo llevaba una hora descansando cuando lady Juliana vino a buscarla. —No es que yo lo apruebe del todo —dijo lady Juliana, mientras obligaba a Bella a salir al jardín— pero su majestad tiene que mostraros a esos pobres esclavos que son enviados al pueblo. Una vez más, el pueblo. Bella intentó esconder su curiosidad. Lady Juliana la azotaba distraída con el cinturón de cuero, con golpes ligeros pero que escocían, mientras bajaban juntas por el camino. Finalmente llegaron al jardín cercado lleno de árboles florecientes de cortas ramas. En un banco de piedra, Bella vio al príncipe y, junto a él, a un guapo y joven lord que conversaba animadamente con su alteza. —Es lord Stefan, el primo favorito del príncipe —le confió lady Juliana en voz baja—, a quien debéis mostrar el máximo respeto. Además-, hoy se siente bastante desgraciado a causa de su precioso y desobediente príncipe Tristán. «Ojalá pudiese ver al príncipe Tristán», pensó Bella. No había olvidado la vez que Alexi le dijo que era un esclavo incomparable que sabía el significado de la rendición. Así que había causado problemas... Bella tomó nota de la prestancia de lord Stefan, el pelo dorado y los ojos grises, aunque su joven rostro mostraba tristeza y pesar. Éste posó su mirada en Bella durante un único segundo, cuando ella se acercó y, aunque pareció reconocer sus encantos, volvió a dirigir su atención al príncipe, que le sermoneaba con severidad. |
Respuesta: Las aventuras de Bella —Sentís demasiado amor por él, al igual que me sucede a mí con la princesa que veis ante vos. Debéis reprimir vuestro amor como yo debo dominar el mío. Creedme, os entiendo, pese a que os condeno. —Oh, pero el pueblo... —murmuró el joven lord. —Debe ir, ¡y será lo mejor para él! —Oh, príncipe inhumano —susurró lady Juliana. Instó a Bella para que se adelantara y besara las botas de lord Stefan mientras ella se hacía sitio entre ambos—. El pobre Tristán pasará todo el verano en el pueblo. El príncipe levantó la barbilla de Bella y se inclinó para recibir un beso de sus labios que llenó a Bella de un tormento enternecedor. Sin embargo, ella sentía demasiada curiosidad por todo lo que se decía y no se atrevía a hacer el más leve movimiento para atraer la atención de su príncipe. —Debo preguntaros... —empezó lord Stefan—. ¿Enviaríais a la princesa Bella al pueblo si estuvierais convencido de que se lo merecía? —Por supuesto que lo haría —contestó el príncipe, aunque su voz no sonaba convincente—. Lo haría al instante. —¡Oh, pero no podéis! —protestó lady Juliana. —No se lo merece, así que no importa —insistió el príncipe—. Estamos hablando del príncipe Tristán, y lo cierto es que él, pese a todos los malos tratos y castigos que ha recibido, continúa siendo un misterio para todo el mundo. Necesita los rigores del pueblo al igual que el príncipe Alexi necesitó ir a la cocina para aprender humildad. Lord Stefan estaba profundamente preocupado y pareció que las palabras rigor y humildad desgarraban sus extrañas. Se levantó y rogó al príncipe que lo acompañara y reflexionara. —Se van mañana. Ya hace bastante calor y los lugareños han empezado a prepararse para la subasta. Lo he enviado al patio de los prisioneros para que esperara allí. —Venid, Bella —dijo el príncipe levantándose—. Será bueno para vos que veáis esto y podáis entenderlo. Bella se sentía intrigada y les siguió con interés. Pero la frialdad y severidad del príncipe la inquietaron. Intentó permanecer cerca de lady Juliana mientras emprendían el camino que salía de los jardines, pasaba junto a la cocina y los establos, y, finalmente, llegaba a un simple y polvoriento patio en el que vio un gran carro, sin caballo, que se sostenía sobre cuatro ruedas apoyado contra los muros que rodeaban el castillo. Allí había soldados rasos y criados. Sintió su desnudez mientras la obligaban a seguir al trío tan vistosamente vestido. Sus ronchas y cortes volvían a picarle y, cuando levantó la vista vio, aterrorizada, un pequeño corral, con una valla formada por toscas estacas, en el que un puñado de príncipes y princesas desnudos se hallaban de pie, con las manos atadas por detrás de sus cuellos y circulando en grupo, como si caminar fuera menos agotador que permanecer de pie durante horas. Un soldado raso con una gruesa correa de cuero soltó en aquel instante un latigazo desde el otro lado de la cerca gritándole a una princesa que corría hacia el centro del grupo para buscar cobijo. Cuando el soldado se fijó en otras nalgas desnudas, también las zurró, lo que provocó el gemido de un joven príncipe que se volvió hacia él lleno de resentimiento. A Bella le indignó ver que este soldado raso abusaba de unas piernas blancas y de un trasero tan encantadores. No obstante, no podía apartar la mirada de los esclavos que retrocedían del cercado y eran atormentados, desde el otro lado, por otro muchacho gandul y malvado que los azotaba con más fuerza y peores intenciones. En aquel instante los soldados vieron al príncipe y le rindieron honores, poniéndose rápidamente en posición de firmes. Al parecer, en ese mismo momento, los esclavos también vieron acercarse al pequeño grupo, y comenzaron a oírse gemidos y quejidos de aquellos quienes, pese a sus mordazas, se esforzaban en hacer oír sus súplicas. Sus gritos amortiguados sonaban como un coro de lamentos. Todos ellos parecían tan hermosos como cualquier otro esclavo de los que Bella había visto en el castillo y cuando empezaron a retorcerse, y alguno de ellos se dejaba caer de rodillas ante el príncipe, la princesa distinguió aquí y allá algún precioso sexo de color melocotón bajo los rizos del vello púbico o unos pechos que se agitaban con el llanto. Muchos de los príncipes estaban dolorosamente erectos, como si no pudieran controlarlo. Incluso uno de ellos había pegado los labios al suelo áspero mientras el príncipe, lord Stefan y lady Juliana, con Bella a su lado, se acercaban al pequeño cercado para inspeccionarlos. La mirada del príncipe era furiosa y distante, pero a lord Stefan se le veía tembloroso. Bella reparó en que miraba fijamente a un príncipe muy digno que no gemía ni se inclinaba, en ningún modo suplicaba clemencia. Era tan rubio como el joven lord, sus ojos muy azules y, aparte del detalle de la cruel mordaza, que le deformaba la boca, mostraba un rostro sereno, como siempre que había visto al príncipe Alexi, y mantenía la vista baja con absoluta humildad. Bella intentó disimular la fascinación que aquellas extremidades exquisitamente esculpidas y su órgano hinchado despertaron en ella. No obstante, y a pesar de su expresión indiferente, parecía profundamente angustiado. De repente lord Stefan se volvió de espaldas, como si no fuera capaz de dominarse. —No seáis tan sentimental. Se merece pasar un tiempo en el pueblo —dijo el príncipe con frialdad al tiempo que con un gesto imperioso ordenaba a los otros príncipes y princesas quejumbrosos que se callaran. Los guardianes, con los brazos cruzados, sonreían ante el espectáculo que tenían a la vista. Bella no se atrevía a mirarlos por temor a que sus miradas se encontraran con la suya, lo cual le supondría una mayor humillación. Pero el príncipe le ordenó que se adelantara y que se arrodillara para escuchar lo que le iba a enseñar. —Bella, observad a estos desdichados —dijo el príncipe con obvia desaprobación—. Van al pueblo de la reina, que es el más grande y próspero del reino. Acoge a las familias de todos los que sirven aquí, los artesanos que elaboran nuestras mantelerías, nuestros sencillos muebles, los que nos suministran vino, comida, leche y mantequilla. Allí está la lechería, y crían las aves de corral en sus pequeñas granjas. También allí se encuentra todo lo que en cualquier lugar constituye una ciudad. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella miraba fijamente a los príncipes y princesas cautivos que, aunque ya no suplicaban con sus gemidos y gritos, todavía se inclinaban ante su alteza cuya indiferencia hacia ellos era palpable. —Es quizás el pueblo más bonito de todo el reino —continuó el príncipe—, con un alcalde severo, y muchas posadas y tabernas que son las favoritas de los soldados. Pero también disfruta de un privilegio especial que no se concede a ninguna otra localidad, y éste es el de comprar, en subastas que se celebran durante los meses cálidos de verano, a aquellos príncipes y princesas que necesitan un horrendo castigo. Cualquiera de la ciudad puede adquirir un esclavo si dispone de oro suficiente para ello. Algunos de los cautivos no podían contenerse y volvían a implorar clemencia al príncipe, quien con un chasquido de los dedos ordenó a los guardianes que utilizaran las correas y las largas palas, lo que de inmediato provocó un tumulto. Los desgraciados y desesperados esclavos se amontonaron aún más, mostrándoles a sus torturadores sus vulnerables pechos y demás órganos, como si debiesen proteger a toda costa sus partes posteriores. Pero el alto y rubio príncipe Tristán ni siquiera se movió, simplemente permitía que los demás lo empujaran. Su mirada no se desviaba en ningún momento de su señor, aunque por un instante se volvió lentamente y se fijó en Bella. El corazón de la princesa se encogió. Sintió un leve mareo. Miró fijamente aquellos inescrutables ojos azules al mismo tiempo que pensaba, «Oh, esto es el pueblo». —Es un vasallaje horrible —continuaba lady Juliana implorando al príncipe—. La subasta en sí tiene lugar en cuanto los esclavos llegan al pueblo. Podéis imaginaros perfectamente que hasta los mendigos y los patanes habituales de la ciudad están allí para presenciarlo. Cómo no, toda la ciudad declara una jornada festiva. Y cada amo se lleva a su pobre esclavo no sólo para degradarlo y castigarlo, sino para realizar penosos trabajos. Sabed que las rudas y prácticas gentes del pueblo no reservan para el simple placer ni siquiera a los príncipes o princesas más encantadores. Bella recordó la descripción de Alexi de su paso por los pueblos, la alta plataforma de madera en el mercado, la grosera multitud, y los vítores de aquellos testigos de su humillación. Aunque se sentía horrorizada, el sexo le dolía secretamente de deseo. —Pero pese a toda la brutalidad y crueldad —añadió el príncipe, que dirigió entonces una rápida mirada al inconsolable lord Stefan, quien continuaba inmóvil, de espaldas a los desdichados— es un castigo sublime. Pocos esclavos pueden aprender durante un año de castigos lo que asimilan durante el verano en el pueblo. Además, naturalmente, no les pueden lastimar, al igual que sucede con los esclavos dentro del castillo. Se aplican las mismas normas estrictas: ni cortes, ni quemaduras, ni lesiones serias. Asimismo, cada semana los reúnen en una sala para esclavos donde los bañan y les aplican ungüentos. Así que, a su regreso al castillo no son sólo más dulces o dóciles, sino que han vuelto a nacer con una fuerza y belleza incomparables. «Sí, como renació el príncipe Alexi», pensó Bella, mientras su corazón palpitaba con fuerza. Se preguntaba si alguien se percataría de su perplejidad y excitación. Veía al distante príncipe Tristán entre los demás, sus serenos ojos azules y fijos en la espalda de su amo, lord Stefan. La mente de Bella estaba repleta de imágenes espeluznantes. ¿Qué era lo que había dicho Alexi? ¿Que un castigo así había sido clemente y que si le resultaba dificultoso aprender despacio, podría propiciar algún castigo más severo? Lady Juliana meneaba la cabeza a uno y otro lado mientras hacía pequeños aspavientos: —Pero si sólo estamos en primavera —dijo—. Caray, los pobrecitos van a estar allí eternamente... Oh, con el calor, las moscas y el trabajo. No os imagináis cómo los utilizan. Los soldados llenan las tabernas y las posadas en cuanto son capaces de comprar por unas pocas monedas a un encantador príncipe o a una princesa que de otro modo no poseerían en toda su vida. —Sois una exagerada —insistió el príncipe. —Pero ¿enviaríais allí a vuestra propia esclava? —lord Stefan apeló de nuevo al príncipe—. ¡No quiero que él vaya! —murmuró— aunque he condenado su actitud incluso ante la reina. —Entonces no tenéis elección; y sí, enviaría a mi propia esclava, aunque ningún esclavo de la reina o del príncipe de la corona haya sido castigado de este modo anteriormente. El príncipe dio la espalda a los esclavos casi con desprecio. Pero Bella seguía mirándolos y advirtió que el príncipe Tristán se abría camino entre el grupo de cautivos. Llegó hasta el cercado y, aunque un guardia arrogante que se divertía con el grupo consiguió alcanzarle con la correa, no se movió ni mostró el menor malestar. —Oh, apela a vos —suspiró lady Juliana e, inmediatamente, lord Stefan se volvió y los dos jóvenes se encontraron cara a cara. Bella observó, como si estuviera sumida en un trance, al príncipe Tristán, que en ese momento se arrodillaba con gran lentitud y elegancia y besaba el suelo ante su amo. —Es demasiado tarde —dijo el príncipe—. Este pequeño gesto de afecto y humildad no cuenta para nada. El príncipe Tristán se levantó y permaneció con la mirada baja haciendo gala de una paciencia extraordinaria. Lord Stefan se adelantó y estirándose por encima del cercado lo abrazó apresuradamente. Apretó al príncipe Tristán contra su pecho y lo besó por toda la cara y el pelo. El príncipe cautivo, con las manos ligadas detrás del cuello, le devolvía serenamente los besos. Su alteza estaba furioso. Lady Juliana se reía. El príncipe apartó a lord Stefan y le dijo que debían alejarse de esos miserables esclavos que al día siguiente estarían en la ciudad. Más tarde, Bella estaba echada en su cama y todavía era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el pequeño grupo de príncipes cautivos que había visto en el patio para prisioneros. También se imaginaba las estrechas y tortuosas calles de los pueblos por los que había pasado en su viaje. Recordó las posadas con los letreros pintados sobre la entrada, las casas entramadas que oscurecían su camino, y esas ventanas diminutas con paneles romboides. Nunca olvidaría a los hombres y mujeres con burdos pantalones y delantales blancos, con las mangas remangadas hasta los codos, que la habían mirado boquiabiertos disfrutando de su desamparo. No pudo dormir. Un nuevo y extraño terror la invadió. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Ya había oscurecido cuando por fin el príncipe mandó a buscarla. En cuanto Bella llegó a la puerta del comedor privado de su alteza vio que lord Stefan lo acompañaba. Tuvo la impresión de que en aquel momento su destino ya estaba decidido. Sonrió al pensar en los alardes del príncipe ante su primo, lord Stefan, y quiso entrar a toda prisa, pero lord Gregory la retuvo en el umbral de la puerta. Los ojos de Bella se empañaron. No veía al príncipe con su túnica de terciopelo adornada con el escudo de armas, sino aquellas calles adoquinadas de los pueblos, las esposas con las escobas de mimbre, los mozos en la taberna. Lord Gregory le estaba hablando: —¡No penséis que yo creo que se ha producido ningún cambio en vos! —le susurró al oído de tal manera que la frase pareció formar parte de la propia imaginación de la princesa. Bella frunció las cejas en un mohín de disgusto y luego bajó la vista. —Estáis infectada del mismo veneno que el príncipe Alexi. Lo veo en vuestro interior cada día. No tardaréis en tomároslo todo a burla. Se le aceleró el pulso. Lord Stefan, que estaba sentado a la mesa para cenar, mostraba el mismo aspecto abatido que antes. Y el príncipe seguía tan orgulloso como siempre. —Lo que necesitáis es una severa lección... —lord Gregory continuaba con su susurro mordaz. —Milord, ¿no querréis decir el pueblo? —se estremeció Bella. —No, ¡no me refiero al pueblo! —obviamente se sorprendió al oír esto—. No seáis petulante ni descarada conmigo. Sabéis que me refiero a la sala de castigos. —Ah, vuestro territorio; allí donde vos sois el príncipe —susurró Bella, aunque él no la oyó. Su alteza, con aire indiferente, chasqueó los dedos ordenándole que entrara. Bella se aproximó a cuatro patas, pero no había avanzado más que unos pasos cuando se detuvo. —¡Continuad! —le susurró lord Gregory con enfado; el príncipe todavía no se había dado cuenta. Pero cuando su alteza se volvió, observándola malhumorado, ella continuó inmóvil, con la cabeza inclinada y los ojos fijos en él. En cuanto vio la rabia y la indignación en el rostro del príncipe, Bella se dio la vuelta súbitamente y empezó a correr a cuatro patas, pasó junto a lord Gregory y a continuación siguió avanzando por el corredor. —¡Detenedla, detenedla! —gritó el príncipe sin poder contenerse. Cuando Bella vio las botas de lord Gregory a su lado, se puso de pie y siguió corriendo más deprisa. Pero el noble la atrapó por el cabello tiró de ella hacia atrás y la arrojó sobre su hombro mientras Bella gritaba. La princesa le golpeaba la espalda con los puños, pataleaba y lloraba histérica mientras él la sujetaba firmemente por las rodillas. Bella alcanzaba a oír la voz enfurecida del príncipe pero no podía descifrar sus palabras. Cuando volvieron a ponerla en el suelo, echó a correr una vez más, lo que provocó que dos pajes siguieran estrepitosamente tras ella. La princesa forcejeó mientras la amordazaban y la ligaban, sin saber adónde la llevaban. Estaba oscuro y descendían por unas escaleras. Por un momento, Bella sintió cierto arrepentimiento y un pánico horroroso. La colgarían en la sala de castigos, y se preguntó cómo iba a soportar el pueblo si ni tan siquiera era capaz de aguantar esto. Pero un poco antes de que sus apresadores llegaran a la sala de esclavos la invadió una extraña calma y cuando la arrojaron a una celda oscura donde tenía que permanecer tumbada sobre la fría piedra, con ligaduras que le cortaban la carne, sintió un instante de alegría. A pesar de todo, Bella continuó lloriqueando. Su sexo palpitaba rítmicamente, al parecer al compás de sus sollozos, y lo único que la rodeaba era el silencio. Casi había amanecido cuando la obligaron a levantarse. Lord Gregory chasqueó los dedos para que los pajes le soltaran los grilletes y la incorporaran sobre sus piernas, débiles e inestables. Sintió él azote de la correa de lord Gregory. —¡Princesa consentida y despreciable! —masculló entre dientes, pero ella estaba agotada, debilitada por el deseo y los sueños sobre el pueblo. Soltó un gritito cuando sintió los golpes furiosos del noble, pero se asombró de que los pajes la amordazaran otra vez y le ligaran las manos bruscamente detrás del cuello. ¡Iba a ir al pueblo! —¡Oh, Bella, Bella! —le llegó la voz de lady Juliana que lloraba a su lado—. ¿Por qué os asustasteis? ¿Por qué intentasteis escapar? Habíais sido tan buena y tan fuerte, querida mía... —Consentida, arrogante. —Lord Gregory la maldecía otra vez mientras la conducía a la entrada cuya puerta estaba abierta. Bella podía ver el cielo de la mañana por encima de las copas de los árboles—. Lo hicisteis deliberadamente —le susurró lord Gregory al oído mientras la fustigaba para que se moviera por el sendero del jardín—. Os arrepentiréis de esto, y lloraréis con amargura y nadie os escuchara. Bella hizo un esfuerzo por no sonreír. Pero, ¿habrían podido distinguir una sonrisa debajo de la cruel embocadura de cuero que llevaba entre sus dientes? No importaba. Bella corría deprisa, levantando las rodillas, alrededor del castillo, junto a lord Gregory, que la guiaba propinándole golpes rápidos que escocían, y lady Juliana que lloraba mientras corría también a su lado. —Oh, Bella, ¿cómo voy a soportarlo? —le decía la dama. Las estrellas aún no habían desaparecido del cielo, pero el aire ya era cálido y agradable. Después de pasar entre las grandes puertas y el puente levadizo del castillo, cruzaron el patio vacío de los prisioneros. Allí estaba el enorme carro de esclavos, enganchado a las enormes yeguas blancas que tirarían de él para hacer el recorrido de bajada hasta el pueblo. Por un momento Bella supo a ciencia cierta lo que era el terror, pero un delicioso abandono se apoderó de ella. Los esclavos gemían mientras se apretujaban tras la baja barandilla. El carretero ya ocupaba su puesto en el carro que empezaban a rodear los soldados montados. |
Respuesta: Las aventuras de Bella —¡Una más! —gritó lord Gregory al capitán de la guardia. Bella oyó cómo los gritos de los esclavos subían de volumen. Unas manos fuertes la levantaron y sus piernas se quedaron colgadas en el aire. —De acuerdo, princesita —rió el capitán mientras la situaba en el carro. Bella sintió la áspera madera debajo de los pies mientras forcejeaba por mantener el equilibrio. Por un instante, echó una ojeada hacia atrás y vio el rostro surcado de lágrimas de lady Juliana. «Vaya, está llorando de verdad», pensó Bella llena de asombro. Mucho más arriba, de repente, descubrió al príncipe y a lord Stefan en la única ventana del castillo que estaba iluminada por una antorcha. Le pareció que el príncipe vio cómo levantaba la vista. Los esclavos que estaban a su alrededor, al descubrir también la ventana, alzaron un coro de vanas súplicas. El príncipe se dio la vuelta patéticamente, al igual que lord Stefan había vuelto la espalda a los cautivos poco antes. Bella sintió que el carro empezaba a moverse. Las grandes ruedas crujieron y los cascos de los caballos repicaron en las piedras. A su alrededor, los frenéticos esclavos daban tumbos unos contra otros. Miró ante ella y casi de inmediato vio los serenos ojos azules del príncipe Tristán, que iba hacia ella. Bella también avanzaba hacia él, abriéndose paso entre los esclavos que se encogían y se retorcían para evitar la vigorosa paliza de los guardianes que cabalgaban junto a ellos. Bella sintió el corte profundo de una correa que la alcanzó en la pantorrilla, pero el príncipe Tristán ya había conseguido atraerla hacia sí. La princesa apretó fuertemente sus senos contra aquel cálido pecho y apoyó la mejilla en su hombro. El grueso y rígido órgano de Tristán se movía entre sus muslos húmedos y le frotaba el sexo con brusquedad. Bella, luchando por no caerse, se montó sobre el miembro erecto y sintió cómo se introducía suavemente en ella. Pensó en el pueblo, en la subasta que pronto iba a empezar, y en todos los terrores que la esperaban. Pero cuando pensó en su querido y frustrado príncipe y en la pobre y afligida lady Juliana volvió a sonreír. El príncipe Tristán irrumpió en su mente. Parecía que se esforzaba con todo su cuerpo por penetrarla y estrecharla hacia él. Incluso entre los gritos de los otros, y a pesar de la mordaza, oyó su susurro: —Bella, ¿estáis asustada? —¡No! —sacudió la cabeza. Bella apretó su boca torturada contra la de él y, mientras la levantaba con sus embestidas, sintió el corazón de Tristán que palpitaba violentamente pegado al suyo. |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bueno... Este es el final de la historia, lo que sigue está en un segundo libro llamado "El castigo de la bella durmiente". Es igual de largo, del mismo corte, pero con escenas totalmente diferentes. Si lo desean lo puedo poner como este, por capítulos... Espero mensajes donde confirmen si lo quieren o no... |
Respuesta: Las aventuras de Bella insisto muy buen libro!!!!! aunque todavia me falta la ultima hoja!!!! me colgue con la lectura!!!! y espero sigas subiendo mas de estos relatos!!!! no te pierdas y sigue aportando!!! |
Respuesta: Las aventuras de Bella Buen relato.... Este quedo en punta...cai que no lo acabo.... Espero los proximo s relatos!!!! Y hubiese sido bueno leer lo que paso en el pueblo.... |
Respuesta: Las aventuras de Bella OK Canti.... Sólo para ti... hoy empiezo a publicar "El castigo de Bella"... Que lo disfrutes |
El castigo de la Bella Durmiente Es la segunda parte de "Las aventuras de bella". RESUMEN DE LO ACONTECIDO la subasta del pueblo.Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe. Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inme diato como esclava y la llevó a su reino. De este modo, con el consentimiento de sus agradecidos padres y ofuscada por el deseo que le inspiraba el joven heredero, Bella fue llevada a la corte de la reina Eleanor, la madre del príncipe, para prestar vasallaje como una más entre los cientos de princesas y príncipes desnudos que servían de juguetes en la corte hasta el momento en que eran premiados con el regreso a sus reinos de origen. Deslumbrada por los rigores de las salas de adiestramiento y de castigos, la severa prueba del sendero para caballos y también gracias a su creciente voluntad de complacer, Bella se convirtió en la favorita del príncipe y, ocasionalmente, también servía a su ama, lady Juliana. No obstante, no podía cerrar los ojos al deseo secreto y prohibido que le suscitaba el exquisito esclavo de la reina, el príncipe Alexi, y más tarde el esclavo desobediente, el príncipe Tristán. Tras vislumbrar por un instante al príncipe Tristán entre los proscritos del castillo, Bella, en un momento de sublevación aparentemente inex plicable, se condenó al mismo castigo destinado para Tristán: la expulsión de la voluptuosa corte y la humillación de los arduos trabajos en el pueblo cercano. En el momento de retomar nuestra historia, acaban de subir a Bella en el mismo carretón don de van a trasladar al príncipe Tristán y a los otros esclavos condenados por el largo camino hasta la tarima de subastas del mercado del pueblo. LOS PENADOS El lucero del alba se desvanecía en el cielo violeta cuando la gran carreta de madera, abarrota da de esclavos desnudos, cruzaba lentamente el puente levadizo del castillo. Los blancos caballos de tiro avanzaron pesadamente hasta tomar la ser penteante calzada que conducía al pueblo, mien tras los soldados mantenían sus monturas muy cerca de las altas ruedas de madera, para así alcanzar más fácilmente con sus correas las piernas y nalgas desnudas de los sollozantes príncipes y princesas. El grupo de cautivos se apiñaba frenéticamen te sobre las ásperas maderas de la carreta, con las manos atadas detrás de la nuca, las bocas amordazadas y estiradas por las pequeñas embocaduras de cuero y las enrojecidas nalgas y generosos pechos temblorosos por el movimiento. Algunos de ellos, movidos por la desespera ción, dirigían sus miradas hacia las altas torres del castillo ensombrecido. Pero al parecer no había nadie despierto que pudiera oír su llanto. En el interior de los muros permanecía un millar de escla vos obedientes que dormían sobre los cómodos lechos de la sala de esclavos o en las suntuosas alcobas de sus amos y señoras, indiferentes a la suerte de sus díscolos compañeros que en aquel mismo instante se alejaban en la carreta bambo leante, de altas barandas, en dirección a El jefe de la patrulla sonrió para sus adentros cuando vio que la princesa Bella, la otros.esclava más querida del príncipe de la Corona, se arrimaba a la alta y musculosa figura del príncipe Tristán. Bella había sido la última incorporación a la carreta, y qué preciosidad, se dijo él al observar aquel largo y liso cabello dorado y suelto sobre la espalda, y la boquita que se esforzaba por besar a Tristán pese a la embocadura de cuero que la amordazaba. Se preguntaba cómo podría consolarla el desobe diente Tristán, que tenía las manos atadas a la nuca tan firmemente como todos los demás esclavos penados. El jefe no sabía si impedir este contacto ilícito. Bastaría simplemente con apartar a Bella del grupo, doblarla con las piernas separadas sobre la va lla de la carreta y azotar su mórbido y desobe diente sexo con el cinto. Quizá debiera hacer bajar a Tristán y Bella de la carreta y azotarlos con el lá tigo mientras andaban detrás del carro. Sería una buena lección para castigar aquella insolencia. Pero lo cierto era que el jefe sentía cierta compasión por los esclavos condenados, incluso por los traviesos Bella y Tristán, pese a lo consentidos que eran. Además, al mediodía todos habrían sido vendidos en la subasta del mercado. Tendrían tiempo de sobra para aprender a someterse duran te los largos meses de verano en los que prestarían vasallaje en el pueblo. El jefe de patrulla, que cabalgaba en ese mo mento a la altura del carretón, alcanzó con su cinto a otra apetecible princesita castigando los rosados labios púbicos que asomaban entre el nido de satinados rizos negros. A continuación empleó la correa lanzándola con toda su fuerza contra un príncipe de largas extremidades que, galantemen te, intentó cubrirla. Nobleza incluso en la adversidad, se rió el jefe de la patrulla para sus adentros y, con la correa, le dio al príncipe esclavo justo lo que se merecía, dis frutando aún más al descubrir el miembro endu recido del príncipe que se contorsionaba de dolor. Tuvo que admitir que se trataba de un grupo bien adiestrado. Las encantadoras princesas mos traban sus pezones erectos y rostros sonrojados, y los príncipes se esforzaban por cubrir sus penes tumefactos. Por mucha lástima que le inspiraran, no pudo evitar pensar en cuánto iban a disfrutar los del pueblo. Durante todo el año, los lugareños ahorraban cuanto podían para el día en que, por unas cuantas monedas, podían adquirir un esclavo altivo, un príncipe elegido para servir, adiestrado y preparado para la corte, que entonces durante todo el verano debía obedecer a cualquier humilde sirvienta o mozo de cuadra que pujara lo suficiente en la su basta pública. y esta vez formaban un grupo realmente ten tador. Sus cuerpos bien formados aún exudaban fragancias de exquisitos perfumes, el vello púbico aún peinado e impregnado de aceites, como si fue ran a ser presentados a la propia reina en vez de ante un millar de aldeanos impacientes que los de vorarían con sus miradas lascivas. En el mercado les esperaban remendones, posaderos y comer ciantes que a cambio de su dinero estaban decidi dos a exigir trabajos forzados además de atractivo físico y la humildad más abyecta. El carromato sacudía su carga de esclavos sollozantes, que se desplomaban unos sobre |
Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente El distante castillo ya no era más que una gran sombra gris recortada contra el cielo rozaba el hombro con una sedosa melena.cada vez más claro, y los vastos jardines de placer quedaban ocultos tras las altas murallas. El jefe de patrulla acercó un poco más su caballo a la espesura de pantorrillas bien formadas y pies de alto empeine que contenía el carro y son rió al comprobar que media docena de desdicha dos estaban estrujados contra la barandilla delan tera, sin posibilidad de escapar a los embates de los soldados, a causa de la presión que ejercían sus compañeros. No podían hacer otra cosa que re torcerse bajo la mordedura de las correas. Sus ca deras, traseros y vientres quedaban expuestos una y otra vez a la agresión de las correas mientras intentaban ocultar sus rostros surcados de lágrimas. Era una imagen sensual, que quizá resultaba aún más interesante por el hecho de que los escla vos ignoraban por completo lo que les aguardaba a su llegada. Por mucho que les previnieran en la corte sobre el pueblo, los esclavos nunca estaban preparados para la conmoción que les esperaba. Si de verdad lo hubieran sabido, jamás se habrían arriesgado a contrariar a la reina. El jefe de patrulla no podía evitar anticiparse al final del verano e imaginar a estos mismos jóve nes ahora quejosos y forcejeantes, en el momento de ser devueltos, tras concienzudos castigos, con las cabezas inclinadas y las bocas selladas, en la más completa sumisión. ¡Qué privilegio sería azo tarlos uno por uno para que posaran sus labios sobre la pantufla de la reina! Pues que protesten mientras puedan, se dijo el jefe reflexivamente. Dejemos que se retuerzan y que gimoteen, pensó mientras el sol se alzaba sobre las verdes colinas ondulantes y la carreta avanzaba cada vez más rápida y estruendosa por la ca rretera del pueblo. Permitamos que la preciosa Bella y el majestuoso joven Tristán fundan sus cuerpos en el mismo centro del tumulto, pues no tardarán en descubrir lo que se han buscado. Esta vez puede que hasta decidiera quedarse a la venta, pensó, o como mínimo permanecería el tiempo suficiente para ver cómo separaban a Bella de Tristán y los subían a la tarima como se mere cían, para ser subastados uno y otro sus nuevos propietarios. BELLA Y TRISTÁN Pero, Bella, ¿por qué lo hicisteis? susurró el príncipe Tristán. ¿Por qué desobedecisteis deliberadamente? ¿Acaso queríais que os enviaran al pueblo? Alrededor de ellos, en el oscilante carro, los príncipes y princesas cautivos lloraban a gritos y gemían desesperados. Pero Tristán había conseguido soltarse la cruel embocadura de cuero que lo amordazaba y la dejó caer al suelo. Bella hizo lo mismo al instante. Se li beró del mezquino mecanismo con ayuda de la lengua y lo escupió con un delicioso y claro gesto de desafío. Al fin y al cabo, eran esclavos condenados, ¿o no? Así pues, ¿qué más daba? Sus padres les ha bían entregado para prestar vasallaje a la reina y les habían ordenado que obedecieran siempre durante los años de servicio. Pero ellos habían fracasado, y ahora estaban condenados a trabajos forzados y a ser utilizados cruelmente por el pueblo llano. ¿Por qué, Bella? insistió Tristán, aunque nada más pronunciar estas palabras cubrió la boca abierta de la joven con la suya de tal manera que la princesa no tuvo más remedio que recibir, de pun tillas, su beso al mismo tiempo que el miembro erecto del príncipe penetraba en la húmeda y ávida vagina de ella. ¡Ojalá no tuvieran las manos atadas! ¡Ojalá pudieran abrazarse! De repente, los pies de Bella dejaron de tocar el suelo de la carreta y su cuerpo cayó contra el pecho de Tristán. La princesa se quedó apoyada sobre él, con aquella violenta palpitación en su interior que borraba los gritos y los azotes de las correas, mientras sentía cómo hasta su propio alien to era succionado y obligado a abandonar su bello cuerpo. Bella creyó flotar durante toda una eternidad, alejada del mundo real, del inmenso y rechinante carro de madera de altas ruedas, los guardias inso lentes, el cielo que palidecía formando un elevado arco sobre las onduladas y oscuras colinas, y la sombría perspectiva del pueblo que se extendía a lo lejos, bajo una bruma azulada. El sol naciente, el ruido de los cascos de los caballos y los blandos miembros de los demás esclavos forcejeantes que se aplastaban contra las nalgas irritadas de Bella dejaron de existir. Para ella sólo existía este órga no que la hendía, la levantaba y luego la llevaba sin piedad hasta una explosión de placer, silenciosa y ensordecedora a la vez. Su espalda se arqueaba con las piernas estiradas, y los pezones palpitaban contra la cálida carne del príncipe mientras la len gua de Tristán le llenaba la boca. En la confusión del éxtasis, Bella percibió el irresistible ritmo final que adoptaron las caderas de Tristán. La princesa apenas lograba contenerse pero aun así, el placer se fragmentaba, se multiplicaba y la inundaba implacable. En algún reino, más allá del pensamiento, sentía que no era hu mana. El placer disolvía la humanidad que había conocido hasta entonces. Ya no era la princesa Bella, la esclava que tenía que servir en el castillo del príncipe de la Corona. No obstante, seguía en este mismo lugar, donde había conocido el más fulminante de los placeres. En este éxtasis, lo único que reconocía era la húmeda pulsación de su propio sexo y el miembro que la levantaba y la mantenía sujeta.. Los besos de Tristán eran cada vez más tiernos, dulces y prolongados. Un esclavo lloroso apretaba su carne caliente contra la espalda de Bella, mientras otro cálido cuerpo se aplastaba contra su costado derecho y le |
Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente Pero ¿por qué, Bella? le susurró de nuevo Tristán, con los labios aún pegados a los de la adiestrara personalmente has ta convertirme en un esclavo perfecto.jo ven. Lo habéis tenido que hacer a propósito para escaparos del príncipe de la Corona. Os admiraban demasiado, erais demasiado perfecta. Sus ojos azul oscuro, de un tono casi violeta, parecían reflexivos, meditativos, aunque reacios a manifestarse por completo. Su rostro era un poco más grande que el de la mayoría de hombres, de osamenta fuerte y perfec tamente simétrica, aunque los rasgos casi eran de licados, y tenía una voz más baja y autoritaria que los príncipes que fueron los amos de Bella. Pero en aquella voz sólo había calor, y eso, junto con sus largas pestañas que cobraban un reflejo dorado bajo la luz del sol, le daban un aire de ensueño. Hablaba a Bella como si siempre hubieran sido compañeros de esclavitud. No sé por qué lo hice susurró Bella. No puedo explicarlo pero, sí, debe de haber sido a propósito. Besó el pecho de Tristán y rápidamente encontró sus pezones, que también besó, y a continuación los succionó con intensidad, sintiendo cómo el príncipe volvía a latir con fuerza contra ella, pese a sus leves ruegos que pedían cle mencia. Evidentemente, los castigos de palacio habían sido sumamente obscenos, y servir de juguete para la suntuosa corte, ser el objeto de una atención implacable, había sido realmente excitante. Sí, halagador y a la vez confuso: las palas de cuero exquisitamente repujado, las correas y las marcas que provocaban, la implacable disciplina que la había dejado llorosa y jadeante en tantas ocasiones. y los calientes baños perfumados que venían a continuación, los masajes con aceites fragantes, las horas que pasaba medio dormida en las que no se atrevía a considerar las tareas y pruebas que le aguardaban. Sí, había sido embriagador y cautivador, in cluso aterrador. Naturalmente había amado al alto y moreno príncipe de la Corona con sus misteriosos y súbi tos arrebatos, así como a la encantadora y dulce lady Juliana con sus preciosas trenzas rubias. Am bos habían sido unos eficaces verdugos. Entonces, ¿por qué lo había echado todo a perder? ¿Por qué al ver a Tristán en el cercado, entre el grupo de príncipes y princesas desobedientes condenados a ser subastados en el pueblo, se había rebelado deliberadamente para ser castigada junto con ellos? Todavía recordaba la breve descripción que hizo lady Juliana de lo que les deparaba el destino a aquellos desdichados: Es un vasallaje horrible. La subasta empieza en cuanto llegan los esclavos, y ya os imaginaréis que hasta los mendigos y patanes más abyectos de la ciudad están allí para presenciarla. Cómo no, la ciudad entera festeja la jornada. Luego, aquel extraño comentario expresado por el señor de Bella, el príncipe de la Corona, que no podía imaginarse en aquel momento que su es clava favorita acabaría condenándose a sí misma: Ah, pero, pese a toda la brutalidad y crueldad había dicho, es un castigo sublime. ¿Acaso eran estas las palabras que la habían trastornado? ¿Acaso anhelaba que la expulsaran de la ilus tre corte, de los sofisticados e inteligentes rituales que le imponían, para acabar sometida a una im placable severidad, donde las humillaciones y azo tes se producirían con la misma fuerza y rapidez, pero con un desbordamiento aún mayor y más salvaje? Los límites serían, por supuesto, los mismos. Ni tan siquiera en el pueblo estaba permitido des garrar la carne de un esclavo; en ningún caso se podían provocar quemaduras ni lesiones graves. No, todos los castigos contribuirían a su mejora. Pero Bella ya sabía a estas alturas cuánto se podía lograr con la correa de cuero negro, de inocente apariencia, y con la pala, tan engañosamente deco rada, pero de cuero al fin y al cabo. La diferencia era que en el pueblo no sería una princesa. Ni Tristán un príncipe. Además, los ru dos hombres y mujeres que los obligarían a traba jar y los castigarían sabrían que, con cada uno de aquellos golpes injustificados, estaban acatando la voluntad de la reina. De repente, Bella fue incapaz de pensar. Sí, lo había hecho deliberadamente, pero ¿cómo había cometido tan tremendo error? Y vos, Tristán dijo de pronto, intentando ocultar un desgarro en la voz. ¿No fue también intencionado lo vuestro? ¿No fue una provocación deliberada a vuestro amo? Sí, Bella, en mi caso existe una larga historia contestó Tristán. Bella detectó la aprensión en sus ojos, el temor que tanto le costaba admitir. Como sabéis, yo servía a lord Stefan, pero lo que ignoráis es que un año antes, en otra tierra y como iguales, lord Stefan y yo fuimos amantes. Los grandes ojos azules cobraron una expresión más franca y los labios sonrieron un poco más cálidos, casi con tristeza. Bella sofocó un grito al oír estas palabras. El sol dominaba el cielo pero la carreta, tras doblar una pronunciada curva, descendía con más lentitud sobre un terreno irregular, sacudiendo a los esclavos que se caían unos sobre otros aún con más brusquedad. Podéis imaginaros nuestra sorpresa continuó Tristán cuando nos encontramos como amo y esclavo en el castillo y cuando la reina, que percibió el rubor en el rostro de lord Stefan, me entregó inmediatamente a él con instrucciones estrictas para que me |
Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente ¡Qué horror! comentó Bella. Habién dolo conocido antes, caminando a su lado y ha de de sesperación.blando con él de igual a igual. ¿Cómo pudisteis someteros a aquello? En el caso de Bella, todos sus amos habían sido completos desconocidos y los reconoció per fectamente como sus señores en cuanto compren dió su indefensión y vulnerabilidad. Había conocido el color y la textura de sus espléndidas pantuflas y botas, los tonos estridentes de sus voces, antes de saber sus nombres o incluso de verles el rostro. Pero Tristán esbozó la misma sonrisa misteriosa de antes. Creo que fue mucho peor para Stefan que para mí le susurró al oído. Mirad, nos había mos conocido en un gran torneo, donde nos en frentamos, y yo lo derroté en todas las pruebas. Cuando cazábamos juntos, yo disparaba mejor y era mejor jinete. Me admiraba y a la vez me apreciaba, y yo le quería por ello porque conocía el alcance de su orgullo y de su amor. Como pareja, yo era quien tomaba la iniciativa. »Luego, nuestras obligaciones nos forzaron a regresar a nuestros respectivos reinos. Gozamos de tres noches furtivas de amor, quizás alguna más, en las que él se entregó tanto como un mu chacho puede entregarse a un hombre. Luego vi nieron las cartas, que finalmente resultaron dema siado dolorosas de escribir. Después, la guerra. El silencio. El reino de Stefan se alió con el de la reina. Posteriormente, los ejércitos de su majestad llegaron a nuestras puertas... Y se produjo este extraño encuentro en el castillo de la reina: yo de rodillas a la espera de ser entregado a un amo respe table, y Stefan, el joven deudo de la reina, sentado en silencio a su derecha en la mesa de banquetes. Tristán sonrió una vez más. No, para él fue peor. Me abochorna admitir que mi corazón brin có al verle. He sido yo quien, por despecho, he obtenido la victoria al abandonarlo. Sí. Bella lo entendía porque sabía que había hecho lo mismo con el príncipe de la Corona y con lady Juliana. Pero, el pueblo, ¿no sentíais miedo? Su voz se volvió a quebrar. ¿Estarían muy lejos del pueblo, mientras hablaban de él? . ¿O es que era la única manera? preguntó que damente. No lo sé. Seguro que hubo más cosas aparte de esto respondió Tristán en un susurro, pero se detuvo algo confuso. Por si os interesa confesó, estoy aterrorizado. Pero lo cierto es que lo dijo con tal calma, con una voz tan rebosante de seguridad y serenidad, que Bella no pudo creerlo. La crujiente carreta había tomado otra curva y los guardias se habían adelantado a caballo para recibir órdenes del jefe. Los esclavos aprovecharon la ocasión para murmurar entre ellos, aunque seguían demasiado temerosos y obedientes como para deshacerse de las pequeñas embocaduras de cuero. No obstante, aún eran capaces de consultarse ansiosamente sobre el destino que les espera ba, mientras el carro continuaba oscilando en en su lento avance. Bella dijo Tristán. Nos separarán cuando lleguemos al pueblo. Nadie sabe qué nos va a pasar. Sed buena, obedeced. En el fondo, no puede ser... De nuevo la inseguridad lo obligó a interrupirse. No puede ser peor que en el castillo. Bella pensó que había detectado un tenue ma tiz de perturbación en su voz aunque, al alzar la mirada hacia él, vio un rostro casi severo, sólo los hermosos ojos se habían ablandado un poco. Bella apreció un leve atisbo de barba dorada en su man díbula y deseó besarla. ¿Os preocuparéis por mí cuando nos sepa ren, intentaréis encontrarme, aunque sólo sea para hablar un poco conmigo ? preguntó Bella. Oh, sólo saber que estaréis allí... Pero, no, no creo que vaya a ser buena. No veo por qué debo seguir intentado ser buena. Somos malos esclavos, Tris tán. ¿Por qué íbamos a obedecer ahora? No digáis eso. Me preocupáis. A lo lejos se oía un débil fragor de voces, el rugido de una numerosa multitud. Por encima de las suaves colinas, llegaba el bullicio de una feria de pueblo y de cientos de personas que hablaban, gritaban y se arremolinaban. Bella se apretujó un poco más contra el pecho de Tristán. Sintió una punzada de excitación entre las piernas y la fuerza con que latía su corazón. El miembro de Tristán volvía a endurecerse pero no estaba dentro de ella y de nuevo fue una agonía te ner las manos ligadas, no poder tocarlo. De repen te, la pregunta de Bella carecía de significado, no obstante la repitió, entre el estruendo cada vez mayor de aquel rugido distante. ¿Por qué debemos obedecer si ya hemos sido castigados? Tristán también oía los crecientes sonidos le janos. El carretón cobraba velocidad. En el castillo nos dijeron que debíamos obe decer siempre dijo Bella. Era lo que deseaban nuestros padres cuando nos enviaron para prestar vasallaje a la reina y al príncipe. Pero ahora somos esclavos malos... Si desobedecemos, lo único que lograremos será un castigo aún peor contestó Tristán, aunque un extraño brillo en su mirada traicionaba sus palabras. Sonaban falsas, como si repitiera algo que debía decir por el bien de ella. Debemos es perar y ver qué sucede continuó. Recordad, Bella, al final conquistarán nuestra voluntad. Pero ¿cómo, Tristán? preguntó. ¿Que réis decir que os condenasteis a esto y aun así obedeceréis? De nuevo sentía la misma agitación que experimentó en el castillo, cuando dejó al príncipe y a lady Juliana llorando tras ella. «Soy una muchacha tan mala», pensó. Sin embargo... Bella, sus deseos prevalecerán. Recordad que un esclavo díscolo y desobediente les proporciona la misma diversión. Entonces, ¿por qué re sistirnos? preguntó Tristán. ¿Por qué esforzarse en obedecer? replicó Bella. ¿Tenéis fuerzas para ser tan mala en todo momento? inquirió él. Hablaba en voz baja pero apremiante, con su cálido aliento en el cuello de la muchacha, a quien empezó a besar otra vez. Bella intentaba impedir que el rugido de la multi tud penetrara en su mente; era un sonido horren do, como el de una gran bestia en el momento de salir de su cubil. Estaba temblando. Bella, no sé qué he hecho dijo Tristán, que lanzó una ansiosa ojeada en dirección a aquel fragor pavoroso y amenazador: gritos, aclamacio nes, la confusión de un día de feria. Incluso en el castillo... empezó, y entonces los ojos azules se encendieron de algo que podía ser miedo en un arrogante príncipe que no podía mostrarlo. In cluso en el castillo, pensaba que era más fácil co rrer cuando nos mandaban correr, arrodillarse cuando nos la ordenaban; era una especie de triunfo hacerlo a la perfección. Entonces, ¿por qué estamos aquí, Tristán? preguntó Bella, que se puso de puntillas para poder besarle los labios. ¿Por qué somos ambos unos esclavos tan malos? Sin embargo, aunque intentaba parecer rebel de y valiente, se apretó contra Tristán llena |
Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente se combina con el anterior.¡¡ gracias por aportar ¡¡ |
Respuesta: Las aventuras de Bella LA SUBASTA EN EL MERCADO ¡Silencio, o será peor!La carreta se había detenido y Bella alcanzó a ver, entre la maraña de brazos blancos y cabellos desgreñados, las murallas del pueblo que se exten día más abajo, por cuyas puertas abiertas salía una multitud variopinta que se lanzaba corriendo a los prados. Rápidamente, los soldados obligaron a bajar del carretón a los esclavos, a quienes apremiaban a agruparse sobre la hierba a golpe de correa. Bella quedó inmediatamente separada de Tris tán, a quien apartaron bruscamente sin ningún otro motivo aparente que el capricho de uno de los guardias. A los demás cautivos les estaban retirando las embocaduras de cuero. ¡Silencio! resonó el vozarrón del jefe de patrulla. ¡En el pueblo, los esclavos no hablan! ¡El que abra la boca volverá a ser amordazado con mucha más crueldad que antes! Rodeó con su caballo el pequeño grupo de pe nados, obligándolos a apretarse más, y ordenó que se les desataran las manos; ¡Y pobre del escla vo que retirara las manos de la nuca! ¡En el pueblo, vuestras voces descaradas no hacen ninguna falta! continuó. ¡Ahora sois bestias de carga, tanto si esa carga es el trabajo como el placer de los amos! ¡Mantendréis en todo momento las manos en la nuca, de lo contrario, os enyugarán y os llevarán por los campos para que tiréis del arado! Bella temblaba frenéticamente. La obligaron a ponerse en marcha, pero no encontraba a Tristán por ningún lado. A su alrededor no veía más que largas cabelleras movidas por el viento, cabezas inclinadas y lágrimas. Al parecer, una vez desamordazados, los esclavos lloraban más suavemente y se esforzaban por guardar silencio; pero los guardias seguían impartiendo las órdenes a gritos. ¡Moveos! ¡Levantad las cabezas! ordenaban con voz ronca e impaciente. Al oír aquellas voces enfurecidas Bella sentía los escalofríos que ascendían por sus brazos y piernas. Tristán estaba en algún lugar tras ella. Si al menos pudiera acer carse un poco... Se preguntaba por qué les habían dejado allí, tan lejos del pueblo, y por qué el carretón daba media vuelta. De repente lo comprendió. Iban a hacerlos marchar a pie, como cuando se lleva un rebaño de ovejas al mercado. Casi con la misma rapidez con que lo pensaba, los guardias montados a caballo arremetieron contra el pequeño grupo y los obli garon a emprender la marcha con una lluvia de golpes. «Esto es demasiado cruel», pensó Bella. Se puso a correr sin dejar de temblar. Como siempre, el golpe sonoro de la pala la alcanzaba cuando me nos lo esperaba y la impulsaba por los aires hacia delante, sobre la tierra blanda recién revuelta. ¡Al trote, levantad la cabeza! gritó el guardia. ¡Arriba también esas rodillas! Bella veía los cascos de las monturas que pisa ban con fuerza a su lado, como antes los había vis to en el castillo, en el sendero para caballos. Sintió la misma agitación incontrolable cuando la pala le golpeó sonoramente los muslos e incluso las pan torrillas. Los pechos le dolían y un continuo tormento de lava ardiente recorría las irritadas pier nas desnudas. Aunque no podía ver a la muchedumbre con claridad, sabía que estaba allí. Cientos de lugareños, tal vez incluso miles, salían a raudales por las puertas del pueblo para ver a sus esclavos. «y nos van a llevar justo hacia ellos; es terrible», pensó. De repente, la determinación que en el carro la animaba a desobedecer, a rebelarse, la abandonó. Simplemente estaba demasiado asustada. Corría cuanto podía por el camino en dirección al pue blo, pero la pala seguía alcanzándola por mucho que ella se apresurara. Corría tanto que finalmen te se dio cuenta de que se había abierto paso hasta la primera fila de esclavos y que estaba galopando con ellos, sin nadie delante que la ocultara de la enorme multitud. Los estandartes ondeaban en las almenas de las murallas. A medida que los esclavos se aproxi maban, se oían ovaciones, se veían brazos agitán dose y, en medio de la excitación, se percibían también carcajadas burlonas. El corazón de Bella palpitaba con fuerza mientras intentaba no mirar al frente, aunque era imposible apartar la vista. «Ninguna protección, ningún sitio donde esconderse pensó. ¿y dónde está Tristán? ¿Por qué no consigo retrasarme en el grupo? » Cuando lo intentó la pala la golpeó sonoramente, una vez más, y el guardia le gritó que continuara adelante. Los golpes no cesaban de castigar a los esclavos que la rodeaban y una princesa pelirroja que corría a su derecha rompió a llorar desconsoladamente. Oh, ¿qué nos va a suceder? ¿Por qué desobedecimos? gemía la princesita entre sollozos. El príncipe moreno que corría al otro lado de Be lla le dirigió una mirada de advertencia: |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella no pudo evitar recordar su larga marcha hasta el reino del príncipe y cómo éste la susurrantes y sonrientes.había conducido a través de pueblos en los que la habían reverenciado y admirado como esclava escogida. Esto era completamente distinto. La multitud se había dividido y se repartía a ambos lados del camino a medida que los esclavos se acercaban a las puertas del pueblo. Bella avistó brevemente a las mujeres con sus blancos mandiles de fiesta y calzado de madera, y a los hombres con sus botas de cuero sin curtir y los coletos de piel. Por todas partes aparecían rostros lozanos animados por un evidente regocijo, lo que obligó a Bella a jadear y dirigir su mirada hacia la tierra del camino que tenía enfrente. Estaban cruzando la entrada. Sonó una trom peta y aparecieron por doquier manos que que rían tocarlos, empujarlos, tirarlos del pelo. Bella sintió unos dedos que le manoseaban el rostro con brusquedad y palmotadas en los muslos. Soltó un grito desesperado y se esforzó por escapar de las manos que la empujaban con violencia mientras a su alrededor se oían sonoras y profundas risas de escarnio, gritos, exclamaciones y, de vez en cuando, algún chillido. El rostro de Bella estaba surcado de lágrimas, aunque ni se había dado cuenta, y sus pechos palpitaban con la misma pulsación violenta que sen tía en las sienes. Vio a su alrededor las casas altas y estrechas del pueblo, con muros de entramado, que se abrían ampliamente alrededor del gran mer cado. En la plaza sobresalía una elevada tarima de madera con un patíbulo, y cientos de personas se agolpaban en las ventanas y balcones desde donde agitaban pañuelos blancos y aclamaban mientras una enorme muchedumbre obstruía las estrechas callejuelas de acceso a la plaza en un intento vano por acercarse a los desgraciados esclavos. Los cautivos eran obligados a meterse en un redil situado tras la tarima. Bella vio un tramo de escalones destartalados que conducían al entablado superior y una larga cadena de cuero que colgaba por encima del patíbulo. A un lado se hallaba un hombre con los brazos cruzados, esperando, mientras otro volvía a hacer sonar la trompeta cuando la puerta del redil quedó cerrada. La mul titud rodeaba a los esclavos, pero no había más que una delgada franja vallada para protegerlos. Las manos volvían a tenderse para tocarlos, y los príncipes y princesas se apelotonaban. Bella notó que le pellizcaban las nalgas y le levantaban el pelo fuertemente. Empujó con fuerza hacia el centro buscando desesperadamente a Tristán, y lo atisbó un instan te en el momento en que tiraban con rudeza de él para acercarlo al pie de las escaleras. «¡No, deben venderme con él!» se dijo Be lla. Decidió empujar con violencia hacia delante, pero uno de los guardias la hizo volver con el pe queño grupo mientras la muchedumbre gritaba, rugía y se reía. La princesa pelirroja que había llorado en el camino parecía inconsolable en estos momentos, y Bella se apretujó contra ella intentando animarla y al mismo tiempo esconderse. La pelirroja tenía unos preciosos pechos altos con pezones rosados muy grandes y una melena que se derramaba for mando bucles sobre el rostro surcado de lágrimas. La multitud vitoreó y gritó otra vez cuando el he raldo concluyó. No tengáis miedo le susurró Bella. Re cordad que a fin de cuentas será muy parecido al castillo. Nos castigarán, nos harán obedecer. ¡No, no va a ser así! respondió la princesa con un cuchicheo, intentando que no se notara el movimiento de sus labios al hablar. Yo que pen saba que era tan rebelde, que era tan traviesa. El pregonero hizo sonar con fuerza la tercera llamada de trompeta, una aguda serie de notas que reverberaron en la plaza, y en el silencio inme diato que se hizo en el mercado resonó una voz: ¡La subasta de primavera va a comenzar! Se oyó un estruendo general, un coro poco menos que ensordecedor, tan intenso que conmo cionó a Bella dejándola casi sin aliento. La visión de sus pechos temblorosos la sobresaltó y, al echar una rápida ojeada a su alrededor, descubrió tientos de ojos que devoraban, examinaban y evalua ban sus atributos desnudos, y un centenar de labios |
Respuesta: Las aventuras de Bella Entretanto, los guardias atormentaban a los príncipes fustigándoles levemente los penes Bella dio un respingo.con los cintos de cuero. Luego, con las manos, les sos tenían y les dejaban caer pesadamente los testícu los oscilantes al tiempo que les ordenaban que se mantuvieran firmes y les castigaban con varios golpes de pala en las nalgas si no obedecían. Tristán se encontraba de espaldas a Bella, que veía cómo temblaban los duros y perfectos músculos de las piernas y nalgas del príncipe mientras el guardia lo importunaba, pasándole la mano con brusquedad entre las piernas. En ese instante, Bella lamentó terriblemente haber hecho el amor furtivamente con él. Si no conseguía una erección, como le ordenaba el guardia, ella sería la culpable. Volvió a oírse la retumbante voz: Todos los presentes conocéis las normas de la subasta. Los esclavos desobedientes que nuestra graciosa majestad ofrece para realizar trabajos forzados serán vendidos al mejor postor por un período que sus nuevos señores y amos decidirán, y que nunca será inferior a tres meses de vasallaje. Estos esclavos desobedientes deberán comportar se como criados silenciosos y, cada vez que lo per mitan sus señores y señoras, serán traídos al lugar de castigo público para sufrir aquí su escarmiento, para disfrute de la multitud así como para su pro pla mejora. El guardia se había apartado de Tristán. Antes le había propinado un golpe de pala casi juguetón tras sonreír susurrándole algo al oído. A los nuevos amos se os encomienda so lemnemente que hagáis trabajar a estos esclavos continuó la voz del heraldo sobre la tarima, que los disciplinéis y que no toleréis ninguna desobediencia ni palabra insolente. Todo amo o se ñora puede vender a su esclavo dentro del pueblo en cualquier momento y por la suma que conside re conveniente. La princesa de rojos cabellos apretaba los pechos desnudos contra Bella, que se adelantó para besarle el cuello. Al hacerlo sintió el tupido vello rizado del pubis de la muchacha contra la pierna, y la humedad y el calor que desprendía. No lloréis le susurró. Cuando regresemos, seré perfecta, seré per fecta le confió la princesa, que estalló de nuevo en sollozos. Pero ¿qué os hizo desobedecer? le susurró Bella rápidamente al oído. No sé gimió la muchacha, abriendo completamente sus azules ojos. ¡Quería ver qué pasaba! De nuevo empezó a llorar lastimosa mente. Cada vez que castiguéis a uno de estos esclavos indignos continuaba el heraldo, estaréis cumpliendo el mandato de su majestad real. Es la mano de su majestad la que los golpea y son los labios reales los que les reprenden. Una vez por semana, los esclavos serán enviados al edificio central de cuidados. Habrá que alimentarlos adecuadamente, y deberán disponer de tiempo sufi ciente para dormir. En todo momento, los es clavos deberán mostrar evidencias de severos azotes; y toda insolencia o rebeldía será tajante mente reprimida. El pregonero volvió a hacer sonar la trompeta. Había pañuelos blancos agitándose por doquier y cientos de personas que aplaudían con entusiasmo. La princesa pelirroja soltó un gritó al sentir que un joven que se había doblado sobre la valla del redil tiraba de su muslo. El guardia lo detuvo con una reprimenda be nevolente, pero el muchacho ya había conseguido deslizar la mano en el húmedo sexo de la princesa. En esos instantes obligaban a Tristán a subir al entarimado. Como antes, el príncipe cautivo mantenía la cabeza erguida, las manos enlazadas en la nuca y una actitud de total dignidad a pesar de que la pala golpeaba sonoramente sobre su tor neado y apretado trasero mientras él ascendía por los escalones de madera. Bella advirtió por primera vez, bajo el alto patíbulo y los eslabones de cuero de la cadena colgante, una plataforma giratoria baja y redonda so bre la que un hombre alto y demacrado con un coleto de terciopelo verde obligaba a subirse a Tristán. El hombre separó las piernas del príncipe de una patada, como si no pudiera dirigirle ni la or den más simple. «Le tratan como a un animal», pensó Bella, que se esforzaba por ver lo que sucedía. El alto subastador se incorporó y accionó la plataforma giratoria con un pedal, para que Tris tán girara con facilidad y rapidez. Bella alcanzó a vislumbrar el rostro enrojeci do del príncipe, su pelo dorado y los ojos azules casi cerrados. El pecho y el vientre endurecidos relucían por el sudor, el pene aparecía enorme y grueso, tal y como querían los guardias, y las pier nas le temblaban ligeramente por la presión que las obligaba a mantenerse tan separadas. El deseo se apoderó de Bella que, pese al mie do y a la lástima que le inspiraba Tristán en aquel momento, percibía que sus propios órganos se hinchaban y volvían a latir. «No pueden dejarme ahí sola ante todo el mundo. ¡No pueden vender me de este modo! ¡No puede ser!», se decía. Pero, cuántas veces había dicho estas mismas palabras en el castillo. Unas sonoras carcajadas provenientes de un balcón próximo la cogieron desprevenida. Por to das partes se alzaban conversaciones y discusiones aviva voz mientras la plataforma giraba sin cesar y los rizos rubios de Tristán mantenían des pejada la nuca a causa del movimiento, lo que le hacía parecer más desnudo y vulnerable. Un príncipe de fuerza excepcional gritó el subastador con voz aún más fuerte y grave que la del heraldo, lo que le permitía hacerse oír entre el estruendo de las conversaciones, de largas extremidades pero de constitución robusta. Muy adecuado, desde luego, para los trabajos de la casa, indiscutiblemente para el trabajo en el campo y, sin duda, para el de las cuadras. |
Respuesta: Las aventuras de Bella El subastador sostenía en la mano una larga, estrecha y flexible pala de cuero, que más cómo se la llevaban a rastras en direc ción a los escalones de madera.parecía una correa rígida. Golpeó con ella la verga de Tristán, otra vez de cara al redil de esclavos, mientras anunciaba a todo el mundo: Con un miembro fuerte, bien dispuesto, de gran resistencia, capaz de ofrecer servicios inme jorables. El estallido de risas resonó por toda la plaza. El subastador extendió el brazo, aferró a Tristán por el pelo y lo dobló bruscamente por la cin tura, mientras accionaba de nuevo el pedal para que la plataforma girara mientras Tristán conti nuaba inclinado. Excelentes nalgas retumbó la profunda voz; luego se oyó el inevitable chasquido de la pala que dejaba erupciones rojas sobre la piel de Tristán. ¡Elásticas y suaves! gritó el subastador, quien ahora presionaba la carne con los dedos. Luego acercó la mano al rostro de Tristán y lo levantó. ¡Y es recatado, de temperamento tranquilo, deseoso de obedecer! ¡Más le vale! De nuevo, resonó un estallido y se oyeron risas por todas partes. «¿Qué estará pensando? se dijo Bella. ¡Me resulta insoportable!» El subastador había cogido otra vez a Tristán por la cabeza y Bella vio que el hombre esgrimía un falo de cuero negro que colgaba de una cadena atada al cinturón de su coleto de terciopelo verde. Antes de que Bella alcanzara a comprender qué pretendía hacer, el subastador ya había introducido el falo en el ano de Tristán, lo que suscitó nuevos vítores y gritos que surgieron de la multitud que llenaba todos los rincones del mercado, mien tras el príncipe seguía doblado por la cintura, con el rostro imperturbable. ¿Hace falta que diga más? gritó el subastador. Pues entonces... ¡que empiece la subasta! Las pujas comenzaron de inmediato, supera das nada más escucharse por cantidades que se gritaban desde todas las esquinas, como la de una mujer que estaba en un balcón próximo, proba blemente la esposa de un tendero, con su soberbio corpiño de terciopelo y su blusa de lino blanco, quien se levantó para pujar por encima de las ca bezas de los otros. «Encima, todos son sumamente ricos pensó Bella. Son tejedores, tintoreros y plateros de la propia reina, así que cualquiera tiene dinero para comprarnos.» Incluso una mujer de aspecto vul gar, con las manazas enrojecidas y el delantal manchado, pujó desde la puerta de la carnicería, aunque enseguida quedó fuera de juego. La pequeña plataforma giratoria continuaba dando vueltas lentamente. A medida que las canti dades eran más elevadas, el subastador intentaba persuadir a la multitud para hacer la puja final. Con una vara delgada forrada de cuero, que de senfundó de una vaina como si se tratara de una espada, presionó la carne de las nalgas de Tristán, aquí y allá, y le frotó el ano, mientras el príncipe cautivo permanecía callado, con aspecto humilde, demostrando su padecimiento únicamente por el rubor ardoroso del rostro. Pero, de súbito, alguien alzó la voz desde el fondo de la plaza y superó todas las pujas con un amplio margen, provocando un murmullo entre la muchedumbre. Bella permanecía de puntillas, in tentando ver qué sucedía. Un hombre se había adelantado para situarse ante la tarima y la prince sa lo vislumbró a través del andamiaje que soste nía la plataforma. Era un hombre de pelo blanco, aunque no tan viejo como para lucir un pelo tan cano, que se distribuía sobre su cabeza con un encanto inusual y que enmarcaba un rostro cuadrado y bastante pacífico. De modo que el cronista de la reina está in teresado en esta joven montura tan robusta gri tó el subastador. ¿No hay nadie que ofrezca más? ¿Alguien da más por este magnífico prínci pe? Vamos, seguro que... Otra puja. Pero al instante, el cronista la superó, con una voz tan suave que incluso Bella se asombró de haberla oído. En esta ocasión, la apuesta era tan alta que cerraba las puertas a cualquier oposición. ¡Vendido! declaró finalmente el subasta dor a viva voz. ¡A Nicolás, el cronista de la reina e historiador jefe del pueblo de su majestad, por la cuantiosa suma de veinticinco piezas de oro! Bella contempló entre lágrimas cómo se lleva ban a Tristán de la tarima y lo empujaban precipi tadamente escaleras abajo en dirección al hombre cano. Su nuevo amo esperaba sereno, con los bra zos cruzados, ataviado con un coleto gris oscuro de exquisito corte que le confería un aire principesco, mientras inspeccionaba en silencio su reciente adquisición. Con un chasqueo de dedos, ordenó a Tristán que lo precediera al trote para salir de la plaza. La muchedumbre se apartó de mala gana para dejar marchar al príncipe, no sin antes empujarlo y burlarse de él. Bella intentaba a duras penas ver la escena cuando se dio cuenta de que la estaban separando del grupo de esclavos quejumbrosos; gritó y vio |
Respuesta: Las aventuras de Bella LA SUBASTA DE BELLA bía ido, y ella estaba completamente desampa rada.«¡No, no puede ser verdad!», se dijo Bella, que sentía que las piernas no respondían mientras la pala la golpeaba. Las lágrimas la cegaban cuando la llevaron casi en volandas hasta la tarima y la colocaron sobre la plataforma giratoria. Poco importaba que no hubiera caminado obediente mente. ¡Allí estaba! La multitud se extendía ante ella en todas direcciones, rostros contraídos y manos que se agitaban, muchachas y muchachos de poca estatura que saltaban para poder atisbar el espec táculo, mientras los que estaban en los balcones estiraban el cuello para no perderse ningún detalle. Bella temió sufrir un desmayo, pero inconce biblemente continuaba en pie. Cuando la bota de blando cuero sin curtir del subastador le separó las piernas de una patada, la princesa se esforzó por mantener el equilibrio mientras sus pechos tremulaban con los sollozos contenidos. ¡Una princesita preciosa! gritó el subastador. Cuando la plataforma empezó a girar súbi tamente, Bella estuvo a punto de perder pie. Ante ella vio a cientos de personas que se apiñaban hasta llegar a las puertas del pueblo, en los balcones y ventanas, y a los soldados repantigados sobre las almenas. ¡Con un cabello como hilo de oro y tiernos pechos! El brazo del subastador se movió alrededor del cuerpo de la princesa, le apretó con fuerza los senos y le pellizcó los pezones. Bella soltó un grito contenido por sus labios sellados, pero no pudo evitar sentir el ardor que de inmediato le invadió la entrepierna. y si la cogía del pelo como había hecho con Tristán... Todavía estaba pensando esto cuando se sintió forzada a doblarse por la cintura y adoptar la mis ma postura que su compañero de esclavitud. Sus pechos parecieron hincharse con su propio peso al quedar colgando bajo su torso, y la pala le volvió a golpear las nalgas para deleite de la multitud, que no cesaba de expresar su regocijo. Se oyeron aplausos, risas y gritos mientras el subastador le levantaba el rostro con el falo de cuero negro, aunque mantenía a Bella inclinada sin dejar de ha cer girar la plataforma cada vez más deprisa. Preciosos atributos, idóneos sin duda para las labores caseras más delicadas. ¿Quién malgas taría este delicioso bocado en los campos? ¡Que la lleven a los campos! gritó al guien, y se oyeron más vítores y risas. Cuando la pala la azotó de nuevo, Bella soltó un gemido hu millante. El subastador atenazó la boca de Bella con la mano y la obligó a levantar la barbilla, lo que la hizo incorporarse con la espalda arqueada. «Voy a desmayarme, voy a desfallecer», se decía la prin cesa, cuyo corazón latía con fuerza; pero seguía allí, soportando la situación incluso cuando sintió entre los labios púbicos el repentino hormigueo de la vara forrada de cuero. «Oh, eso no, no pue de...» pensó, pero su húmedo sexo se hinchaba, hambriento del burdo contacto de la vara. Se re torció en un intento de escapar a aquel tormento y la multitud rugió de entusiasmo. Bella se dio cuenta de que estaba torciendo los labios de un modo terriblemente vulgar para esca par al penetrante y punzante examen. Nuevos aplausos y gritos aclamaron cuando el subastador empujó la vara hacia las profundida des del caliente y húmedo vientre de la princesa sin dejar de gritar: ¡Una muchachita exquisita, elegante, ade cuada como doncella para la dama más refinada o para diversión de cualquier caballero! Bella sabía que estaba como la grana. En el castillo nunca había sufrido tal vejación. Sintió que sus piernas perdían el contacto con el suelo mientras las manos firmes del subastador la levantaban por las muñecas hasta dejarla colgada por encima de la plataforma, al tiempo que la pala alcanzaba sus pantorrillas indefensas y las plantas de sus pies. Sin pretenderlo, Bella pataleó en vano. Había perdido todo control. Gritaba con los dientes apretados y mientras el hombre la asía, ella forcejeaba como una loca. Un extraño y desesperado arrebato la invadió cuando la pala le azuzó el sexo, azotándolo y toqueteándolo. Los gritos y rugidos de la multitud la ensordecían. Bella no sabía si en realidad anhelaba aquel tormento o si prefería huir de él. Sus oídos se llenaron de su propia respiración y de sus des controlados sollozos. Entonces se dio cuenta, de repente, de que estaba dando a la con currencia precisamente el tipo de espectáculo que todos deseaban. Estaban consiguiendo de ella mu cho más de lo que les había dado Tristán, aunque no sabía si aquello le importaba. Tristán ya se ha |
Respuesta: Las aventuras de Bella Las punzadas de la pala la castigaban haciéndole adelantar las caderas en un arco obligó a la joven a adop tar un trote rápido tras sus pasos.provocativo. Luego volvían para rozarle otra vez el vello púbico, inundándola de oleadas de placer y dolor al mismo tiempo. En un gesto absolutamente desafiante, meneó el cuerpo con todas sus fuerzas y casi consiguió desprenderse del subastador, que soltó una fuerte risotada de perplejidad. La multitud no paraba de chillar mientras el hombre intentaba mantenerla quieta presionando con los fuertes dedos las mu ñecas de Bella para izarla aún más. Por el rabillo del ojo, la princesa vio que dos lacayos con vestimentas vulgares se apresuraban a acercarse en dirección a la tarima. Inmediatamente la cogieron por las muñecas y la ataron a la tira de cuero que pendía del patíbulo, que estaba sobre la cabeza de la princesa. Ésta se quedó entonces balanceándose en el aire, y la pala del subastador empezó a golpearla, obligán dola a girar, mientras Bella no podía hacer otra cosa que sollozar e intentar ocultar el rostro entre los brazos estirados. No tenemos todo el día para divertirnos con esta princesita gritó el subastador, aunque la muchedumbre lo provocaba gritándole «Azó tala, castígala». Así que exigís mano firme y disciplina seve ra para la encantadora damita, ¿es esto lo que me ordenáis? preguntó mientras Bella se retorcía con los azotes de la pala que le propinaba en las plantas de los pies desnudos. Luego le levantó la cabeza y la colocó entre los brazos para que no pudiera ocultar su rostro. ¡Unos pechos preciosos, brazos tiernos, nalgas deliciosas y una pequeña cavidad del placer dig na de los dioses! Empezaban a oírse las ofertas, superadas con tal rapidez que el subastador apenas alcanzaba a repetirlas en voz alta. Bella vio a través de los ojos arrasados en lágrimas cientos de rostros que la ob servaban fijamente: hombres jóvenes que se api ñaban hasta el mismísimo borde de la tarima, un par de jovencitas que murmuraban y la señalaban y, más atrás, una anciana apoyada en un bastón que estudiaba a Bella y levantaba un dedo sarmen toso para ofrecer su postura. De nuevo, una sensación de desenfreno se apoderó de ella. Sintió, una vez más, aquel despe cho, y pataleó y gimió con los labios cerrados, aunque no dejaba de intrigarla el hecho de que no gritara en voz alta. ¿Era más humillante admitir que podía hablar? ¿Se sonrojaría aún más si la obli lecto y sentimientos, y no una esclava estúpida? La única respuesta que obtenía eran sus propios sollozos. La subasta continuaba. Le separa ron las piernas cuanto pudieron y el subastador le pasó la vara de cuero por las nalgas como había hecho con Tristán. Le toqueteó el ano obligándola a protestar, a apretar los dientes, a debatirse, e incluso a intentar alcanzar a su torturador con una patada inútil. Pero en aquel instante el subastador confirmaba la oferta más elevada, luego otra, y con sus comentarios intentaba que la multitud pujara más alto, hasta que Bella lo oyó anunciar con su característica y profunda voz: ¡Vendida a la mesonera, la señora Jennifer Lockley, de la posada el Signo del León. Por la cuantiosa suma de veintisiete piezas de oro, esta fogosa y divertida princesita será azotada para ganarse el pan. LAS LECCIONES DE LA SEÑORA LOCKLEY La multitud continuaba aplaudiendo mientras desencadenaban a Bella y la empujaban escaleras abajo con las manos enlazadas tras la nuca, lo que realzaba aún más sus pechos. No le sorprendió sentir que le colocaban una tira de cuero en la boca y se la sujetaban firmemente a una hebilla, en la parte posterior de la cabeza, a la que a su vez le ataron las muñecas. No le sorprendía después de la resistencia con la que había forcejeado sobre la plataforma. «¡Pues que hagan lo que quieran!», se dijo llena de desesperación. y cuando sujetaron unas riendas a la misma hebilla y se las dieron a la alta dama de pelo negro situada de pie ante la tarima, Bella se dijo: «Muy bien pensado. Me hará seguir la como si fuera una bestia.» La mujer estudiaba a Bella del mismo modo como lo hizo antes el cronista con Tristán. Tenía un rostro vagamente triangular, casi hermoso, y una negra cabellera suelta que le caía por la espalda, excepto una delgada trenza recogida sobre la frente que mantenía el rostro despejado de los es pesos bucles oscuros. Llevaba un magnífico cor piño con falda de terciopelo rojo y una blusa de lino de mangas abombadas. «Una rica mesonera», concluyó Bella. La alta mujer tiraba con tanta fuerza de las riendas que casi hizo caer a Bella. Luego se echó las riendas por encima del hombro y |
Respuesta: Las aventuras de Bella Los lugareños se abalanzaban sobre la princesa, la empujaban, la pellizcaban, castillo.palmoteaban sus irritadas nalgas y le decían que era una chica muy mala; luego, le preguntaban si disfrutaba con sus cachetes y confesaban lo mucho que les gustaría disponer de una hora a solas con ella para enseñar le buenos modales. Pero Bella tenía los ojos clava dos en la mujer, temblaba de pies a cabeza y sentía un curioso vacío mental, como si hubiera dejado por completo de pensar. No obstante, lo hacía. Como antes, se pregun taba: «¿Por qué no voy a ser tan mala como me plazca? » Pero súbitamente rompió a llorar una vez más, sin saber por qué. La mujer caminaba tan rápido que Bella se veía obligada a trotar; así que obedecía, aunque fuese a regañadientes, con los ojos irritados por las lágrimas lo cual hacía que en su visión los colores de la plaza se fundieran en una única nube de frenético movimiento. Entraron rápidamente en una pequeña calle donde se cruzaron con personas rezagadas que apenas les dirigían un vistazo, impacientes por llegar a la plaza. Enseguida, Bella se encontró trotando sobre los adoquines de una callejuela silenciosa y vacía que torcía y daba vueltas bajo las oscuras casas con entramados, ventanas con paneles romboides y contraventanas y puertas pintadas de vivos colores. Había rótulos de madera por doquier que anunciaban los negocios del pueblo: aquí colgaba una bota de zapatero, allí el guante de cuero de un guantero, y una copa de oro toscamente pintada indicaba la presencia del tratante en cuberterías de plata y oro. Un extraño silencio envolvió a las mujeres, y entonces Bella sintió que todos los leves dolores de su cuerpo parecían avivarse. Notaba su cabeza lastrada con fuerza hacia delante por las riendas de cuero que rozaban sus mejillas. Respiraba an siosamente contra la tira de cuero que la amorda zaba y, por un momento, la sorprendió algo de la escena general, de la callejuela serpenteante, las pequeñas tiendas desiertas, la alta mujer con el corpiño y la amplia falda de terciopelo rojo cami nando ante ella, la larga cabellera negra que caía en rizos sobre la estrecha espalda. Tuvo la impresión de que todo aquello había sucedido antes o, más bien, de que era algo bastante corriente. Aunque era del todo imposible, Bella se sintió como si, de alguna manera peculiar, perteneciera a aquello, y poco a poco el terror paralizador que sintió en el mercado se fue disipando. Estaba des nuda, sí, y le ardían los muslos por los hemato mas, igual que las nalgas; no quería ni pensar en el aspecto que tendrían. Los pechos, como siempre, enviaban aquella perceptible palpitación por todo su cuerpo y, cómo no, sentía la terrible pulsación secreta entre las piernas. Sí, su sexo, importunado con tanta crueldad por las rozaduras de aquella lisa pala, aún la enloquecía. Pero en ese instante, todas estas cosas resultaban casi dulces. Incluso resultaba casi agradable el sonoro contacto de los pies desnudos sobre los adoquines calentados por el sol. Además, la alta mujer le inspiraba una vaga curiosidad. Bella se preguntaba cuál sería su cometido a partir de aquel momento. En el castillo nunca se planteó en serio este tipo de cosas. Le asustaba lo que pudieran obligarla a hacer pero, en cambio, en estos instantes no estaba segura ni de si tendría que hacer algo. No lo sabía. De nuevo volvió a ella la sensación de total normalidad ante el hecho de estar desnuda, de ser una esclava maniatada, penada, arrastrada con crueldad por esta callejuela. Se le ocurrió pensar que la alta mujer sabía con precisión cómo mane jarla, por la manera apresurada en que la llevaba, controlando toda posibilidad de rebelión. Todo esto fascinaba a la princesa. Dejó que su mirada discurriera errante por los muros y se percató de que, aquí y allí, había gente que la observaba desde las ventanas. Por delante descubrió a una mujer que la observaba con los brazos cruzados desde el balcón. Continuando el camino, un muchacho sentado en el alféizar de la ventana le sonrió y le lanzó un besito. Luego apareció un hombre de piernas torcidas y burda ves timenta que se quitó el sombrero ante la señora Lockley y se inclinó a su paso. Aunque apenas se detuvo a mirar a Bella, le dio una palmadita en las nalgas al cruzarse con ella. Aquella extraña sensación de familiaridad con todo aquello empezó a confundir a Bella pero sin dejar de deleitarla al mismo tiempo. Entretanto, llegaron rápidamente a otra gran plaza adoquina da, en cuyo centro había un pozo público, y que estaba rodeada de mesones con sus letreros distin tivos colgados a la entrada. Allí estaban el Signo del Oso, el Signo del Ancla y el Signo de las Espadas Cruzadas, pero el más destacado era, con mucho, el dorado Signo del León, que colgaba muy elevado sobre una vas ta calzada, bajo tres pisos de ventanas emplomadas. Sin embargo, el detalle más impactante era el cuerpo de una princesa desnuda que se balanceaba por debajo del letrero, con las muñecas y tobillos atados a una tira de cuero, de la que colgaba como una fruta madura, con el rojo sexo dolorosamente expuesto. Era exactamente la postura en la que maniataban a los príncipes y princesas de la sala de castigos del castillo, una postura que Bella aún no había sufrido en sus propias carnes pero que temía más que ninguna otra. La princesa tenía el rostro entre las piernas, con los ojos casi cerrados, tan sólo unos centímetros por encima de su sexo hin chado, despiadadamente descubierto. Cuando vio a la señora Lockley, la muchacha gimió retorciéndose bajo las ligaduras y, con gran esfuerzo, intentó adelantarse en un gesto de súplica, como hacían los príncipes y princesas torturados en la sala de castigos del |
Respuesta: Las aventuras de Bella A Bella se le detuvo el corazón al ver a la mu chacha. Pero la señora Lockley la hizo Asintió espontáneamente.pasar justo a su lado, aunque fue incapaz de volver la cabeza para ver mejor a la desgraciada, y a continuación tuvo que entrar trotando en la estancia principal de la posada. Pese al calor del día, el ambiente de la enorme sala era fresco. En la enorme chimenea ardía un fuego, donde había una humeante marmita de hie rro. Docenas de mesas y bancos concienzuda mente pulidos estaban repartidos por el vasto sue lo embaldosado, y varios barriles gigantescos se alineaban a lo largo de las paredes. En uno de los lados sobresalía una larga repisa que partía desde el hogar y, en el muro más alejado, había algo así como un pequeño y tosco escenario. Un mostrador, largo y rectangular, se extendía hacia la puerta desde el hogar y, tras él, un hombre con una jarra en la mano y el codo apoyado en la madera parecía estar listo para servir cerveza a cualquiera que se lo pidiera. Alzó la desgreñada cabeza, descubrió a Bella con sus oscuros ojos pequeños y hundidos y, con una sonrisa, le dijo a la señora Lockley: Ya veo que os ha ido bien. Los ojos de Bella tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra, pero pronto se per cató de que había otros muchos esclavos des nudos en la sala. En un rincón, un príncipe de precioso cabello negro, desnudo y de rodillas, restregaba el suelo con un gran cepillo cuyo mango de madera sostenía con los dientes. Una princesa de cabello rubio oscuro se dedicaba a la misma tarea, más allá de la puerta. Otra joven de pelo casta ño recogido sobre la cabeza estaba de rodillas sacando brillo a un banco, aunque en su caso se beneficiaba de la clemencia de poder emplear las manos. Otros dos jóvenes, príncipe y princesa, con el cabello suelto, se arrodillaban en el extremo más alejado del hogar, iluminados por el destello de la luz del sol que entraba por la puerta trasera, y bruñían vigorosamente diversas fuentes de peltre. Ninguno de estos esclavos se atrevió a echar una sola ojeada a Bella. Su actitud era de completa obediencia. Cuando la joven princesita avanzó apresuradamente con el cepillo de fregar suelos para limpiar las baldosas próximas a los pies de Bella, ésta se percató de que no hacía mucho que sus piernas y nalgas habían recibido el último cas tigo. «Pero ¿quiénes son estos esclavos? », se preguntó Bella. Estaba casi segura de que Tristán y ella formaban parte del primer grupo sentenciado a trabajos forzados. ¿Serían éstos los incorregibles que por su mal comportamiento eran consignados al pueblo durante un año? Coged la pala de madera dijo la señora Lockley al hombre que estaba en la barra. Luego tiró de Bella hacia delante y la arrojó a toda prisa sobre el mostrador. La princesa no pudo contener un quejido y de pronto se encontró con las piernas colgando por encima del suelo. Aún no había decidido si iba a obedecer o no a esta mujer cuando sintió que le soltaba la mordaza y la hebilla y luego le llevaba las manos a la nuca con suma violencia. Con la otra mano, la mesonera le tocó entre las piernas y sus dedos indagadores encontraron el sexo húmedo de Bella, los labios hinchados e incluso la ardiente pepita del clítoris, lo que obligó a Bella a apretar los dientes para contener un gemido de súplica. La mano de la mujer la dejó padeciendo un tormento extremo. Por un instante, Bella respiró sin impedimen tos pero a continuación sintió la lisa superficie de la pala de madera que apretaba suavemente sus nalgas, con lo cual las ronchas parecieron arder otra vez. Roja de vergüenza tras el rápido examen, Bella se puso en tensión, a la espera de los inevitables azotes que, sin embargo, no llegaron. La señora Lockley le torció la cara para que pudiera ver a través de la puerta abierta ¿Veis a esa guapa princesa que cuelga delletrero? preguntó la dueña de la posada y, agarrando a Bella por el pelo, tiró y empujó de su ca beza para que hiciera un gesto afirmativo. Bella comprendió que no debía hablar y, por el momen to, decidió obedecer. |
Respuesta: Las aventuras de Bella El cuerpo de la princesa colgada giró un poco bajo las ligaduras. Bella no se había esclavo en vez de liarse a golpes.percatado si su desgraciado sexo estaba húmedo o aletargado bajo el ineficaz velo de vello púbico. ¿Queréis ocupar su lugar? preguntó la señora Lockley. Hablaba en tono categórico y seguro. ¿Queréis colgar ahí hora tras hora, día tras día, con esa hambrienta boquita vuestra mu riéndose de ganas, abierta ante todo el mundo? Bella sacudió la cabeza con toda sinceridad. ¡Entonces dejaréis la insolencia y la rebeldía que mostrasteis en la subasta y obedeceréis cada orden que recibáis, besaréis los pies de vuestros amos y lloriquearéis de agradecimiento cuando os den el plato de comida, que relameréis hasta dejar bien limpio! Volvió a empujar la cabeza de Bella para que asintiera, mientras la princesa experimentaba una excitación sumamente peculiar. Asintió una vez más, espontáneamente, mientras su sexo latía con tra la madera de la barra del bar. La mujer metió la mano bajo el cuerpo de la muchacha y le agarró los pechos, juntándolos como si fueran dos blandos melocotones cogidos de un árbol. Bella tenía los pezones ardiendo. ¿Verdad que nos entendemos? preguntó la mesonera. Bella, tras un extraño momento de vacilación, asintió con la cabeza. y ahora escuchad bien esto continuó la mujer con la misma voz pragmática. Voy a azotaros hasta que la piel os quede en carne viva. y no será para deleite de ninguna dama o rico noble, ni para disfrute de ningún soldado ni caballero; esta remos sólo las dos, preparándonos para abrir el local una jornada más, haciendo lo que hay que hacer. y os trataré así para dejaros tan escocida que el contacto de mi uña con vuestra carne os hará dar alaridos y precipitaros a obedecer mis órdenes. Estaréis así de despellejada cada uno de los días de este verano que vais a ser mi esclava, y co rretearéis a besar mis pantuflas después de los azotes porque, de lo contrario, os colgaré de ese letrero. Hora tras hora, día tras día, estaréis colga da y sólo os bajarán para comer y dormir, con las piernas atadas y separadas, las manos ligadas a la espalda y las nalgas azotadas como ahora vais a ver. y volverán a co1garos de ahí, para que los bru tos del pueblo puedan reírse de vos y de vuestro hambriento sexo. ¿Lo entendéis? Mientras esperaba la respuesta, la mujer con tinuaba balanceando los pechos de Bella y tirán dole del pelo con la otra mano. Bella asintió muy lentamente. Muy bien dijo la mesonera en voz baja. Dio la vuelta a Bella y la estiró a lo largo del mos trador, con la cabeza vuelta hacia la puerta. Le tomó la barbilla con la mano para obligarla a mi rar por la puerta abierta en dirección a la pobre princesa que estaba colgada, y seguidamente la pala de madera se apoyó en su trasero y apretó suavemente las erupciones. Bella sintió sus nalgas enormes y calientes. y bien, escuchad también esto continuó la señora Lockley. Cada vez que alce esta pala, os pondréis a trabajar para mí, princesa. Vais a re torceros y gemir. No forcejearéis para escaparos de mí; oh, no, no haréis eso, no. Ni tampoco reti raréis las manos de la nuca. Ni os atreveréis a abrir la boca. Vais a retorceros y gemir. De hecho, bota réis bajo la pala. Porque tendréis que demostrar me qué sentís con cada golpe, cómo lo apreciáis, lo agradecida que estáis por el castigo que recibís y lo mucho que sabéis que lo tenéis merecido. Si no sucede exactamente así, os colgaré antes de que acabe la subasta y el local se llene de gente y de soldados ávidos por tomar la primera jarra de cer veza. Bella estaba perpleja. Nadie en el castillo le había hablado de este modo, con tal frialdad y simplicidad, y no obstan te parecía que detrás de todo aquello había un im presionante sentido práctico que casi hizo sonreír a Bella. Era esto precisamente lo que la mujer tenía que hacer, reflexionó la princesa. ¿Por qué no? Si fuera ella quien regentara el mesón y hubiera pagado veintisiete piezas de oro por una díscola y orgullosa esclava, posiblemente haría lo mismo. Y, por supuesto, exigiría que la esclava se retorciera y gimiera para demostrar que entendía que la esta ban humillando, ejercitaría completamente el es píritu del |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bella volvió a experimentar aquella peculiar sensación de normalidad. ¿Podría permi tirse la señora Lockley colgarla a las puertas del mesón?Entendía cómo funcionaba aquel fresco y um brío mesón en cuya puerta la luz del sol se derra maba sobre los adoquines, y comprendía perfec tamente las órdenes de la extraña voz que le hablaba con tono superior de mando. El sofistica do lenguaje del castillo resultaba empalagoso en comparación y, sí, razonó Bella, al menos por el momento, obedecería, se retorcería y gemiría. Al fin y al cabo, le iba a doler, ¿no? Lo comprobó súbitamente. La pala la golpeó y, sin esfuerzo, extrajo de ella el primer y fuerte gemido. Era una gran pala delgada de madera que produjo un sonido claro y pavoroso cuando volvió a golpearla. Bajo la lluvia de azotes que le pinchaban las nalgas escocidas, Bella se encontró de pronto, sin haberlo decidido conscientemente, retorciéndose y llorando con nuevas lágrimas que le saltaban de los ojos. La pala parecía hacerle dar vueltas y retorcerse, la arrojaba de un lado a otro del tosco mostrador, golpeándole las nalgas que brincaban una y otra vez. Sintió que la barra del bar crujía bajo su peso cada vez que subía y bajaba las caderas. Notó el roce de los pezones contra la madera. No obstan te, continuó con los ojos llorosos fijos en la puerta abierta y, pese a estar absorta en el sonido de los azotes de la pala y los sonoros gritos que intentaba amortiguar con sus labios sellados, no pudo evitar intentar imaginarse a Sí misma preguntan dose si la señora Lockley estaría complacida, si le parecería suficiente. Bella oía sus propios gemidos guturales. No taba las lágrimas resbalándole por las mejillas has ta caer sobre la madera del mostrador. Le dolía la mandíbula cada vez que se debatía bajo la pala y sentla su largo pelo caldo alrededor de los hom bros y cubriéndole el rostro. La pala le hacía daño de verdad, el dolor era insorportable. La princesa se arqueaba sobre las maderas como si quisiera preguntar con todo su cuerpo: «¿No es suficiente, señora, no es suficiente? » De todas las pruebas a las que la habían some tido en el castillo, en ninguna había demostrado tal padecimiento. La pala se detuvo. Un suave torrente de sollozos llenó el repentino silencio y Bella se apretó apresuradamente contra el mostrador, llena de humildad, como si implorara a la señora Lockley. Algo le rozó levemente las irritadas nalgas y, con los dientes apretados, Bella soltó un gruñido. Muy bien decía la voz. Ahora levantaos y manteneos así delante de mí, con las piernas separadas. ¡Ahora! Bella se apresuró a acatar la orden. Descendió del mostrador y permaneció con las piernas tan separadas como pudo, sin dejar de estremecerse a causa de los sollozos y lloriqueos. Sin levantar la vista, veía la figura de la señora Lockley con los brazos cruzados, el blanco de las mangas abombadas relucía entre las sombras y la grande y ovalada pala de madera continuaba en sus manos. ¡De rodillas! La orden sonó tajante, acompañada de un chasquido de dedos. Y, con las manos en la nuca, apoyad la cara en el suelo y arrastraos hasta la pared. Luego volved en la mis ma posición, ¡rápido! Bella obedeció a toda prisa. Era una calamidad intentar gatear de esta forma, con los codos y la barbilla pegados al suelo. Sólo la idea de lo desma ñada y miserable que resultaría le pareció inso portable, pero llegó al muro y regresó hasta la se ñora Lockley rápidamente, sin pensárselo dos veces. Movida por un impulso irrefrenable le besó las botas. La palpitación que percibía entre sus piernas se intensifició como si le hubieran apreta do con un puño, obligándola a jadear. Si al menos pudiera juntar las piernas con fuerza... pero la señora Lockley la vería y no se lo perdonaría. ¡Incorporaos, pero continuad de rodillas! ordenó la mesonera. Agarró a Bella por el pelo y recogió los me chones en un rodete en la parte posterior de la cabeza. Se sacó unas horquillas de los bolsillos y se lo sujetó. A continuación chasqueó los dedos: Príncipe Roger llamó, traed aquí el cu bo y el cepillo. El príncipe de pelo negro obedeció al instante, moviéndose con serena elegancia pese a estar a cuatro patas, y Bella comprobó que tenía las nal gas rojas, en carne viva, como si poco antes él también se hubiera visto sometido a la disciplina de la pala. Besó las botas de su señora, con los oscuros Iojos abiertos y directos, y luego se retiró por la puerta trasera hacia el patio para atender la indicación de la mujer. El vello negro se espesaba alrede dor del ojete rosáceo del ano del príncipe, las pequeñas nalgas eran de una redondez exquisita para pertenecer aun hombre. Ahora, tomad el cepillo entre los dientes y restregad el suelo, empezando por aquí, hasta allá ordenó fríamente la señora Lockley. Hacedlo bien, que quede bien limpio, y mantened las piernas bien separadas mientras fregáis. Si os veo con las piernas juntas, o si os frotáis esa boquita hambrienta contra el suelo, o si veo que os la to cáis, acabaréis colgada, ¿queda claro? Inmediatamente, Bella besó otra vez las botas de su ama. Muy bien asintió la mesonera. Esta no che, los soldados pagarán mucho dinero por ese pequeño sexo. Lo alimentarán muy bien. Pero por ahora, pasaréis hambre, con obediencia y humil dad, y haréis lo que os diga. Bella se puso a trabajar al instante con el cepillo, fregando con fuerza el suelo de baldosas, mo viendo la cabeza adelante y atrás. El sexo le dolía casi tanto como las nalgas pero, mientras trabaja ba, el dolor se mitigó y Bella sintió que su cabeza se despejaba de un modo sumamente extraño. ¿Qué sucedería se preguntó, si los soldados la adoraban, pagaban con creces por ella, alimentaban generosamente su sexo, por así decirlo, y luego Bella era desobediente? |
Respuesta: Las aventuras de Bella «¡Qué mala me estoy volviendo!», se dijo. princesa.Pero lo más extraño de todo aquello era que su corazón latía velozmente al pensar en la señora Lockley. Le gustaba su frialdad y severidad, de una manera que no había experimentado antes en su adulad ora ama del castillo, lady Juliana. No po día evitar preguntarse si la señora Lockley sentiría algún placer cuando la azotaba con la pala. Al fin y al cabo, lo hacía muy bien. Bella continuaba fregando mientras pensaba. Intentaba dejar las baldosas marrones del suelo tan relucientes y limpias como podía, cuando de repente se percató de que sobre ella se cernía una sombra. Pertenecía a alguien que se hallaba en el umbral de la puerta abierta. Entonces oyó la voz de la señora Lockley que decía con suavidad: Ah, capitán. Bella levanto la vista con prudencia pero no sin cierto atrevimiento, ya que era consciente de que posiblemente incurría en una insolencia. De pie, ante ella, descubrió a un hombre rubio que calzaba botas de cuero cuya caña subía por encima de las rodillas y que llevaba una daga enjoyada sujeta al grueso cinturón de cuero, del que también colgaban un espadón y una larga pala de cuero. A Bella le pareció más grande que los demás hombres que había conocido en este reino, a pesar de que era de constitución delgada, excepto por la anchura de los hombros. El cabello rubio le cu bría profusamente la nuca y se rizaba y espesaba en las puntas. Sus brillantes ojos verdes se estrecharon con las líneas de una sonrisa cuando la miro. La princesa sintió una punzada de consternación; sin saber por qué, experimentó un repentino derretimiento de la frialdad y la dureza que la afectaba. Con calculada indiferencia, continuó fregando. Pero el hombre se situó justo delante de ella. No os esperaba tan pronto dijo la señora Lockley. Contaba con que trajerais esta noche a toda la guarnición. Decididamente, señora contestó. Su voz se alzaba con un sonido casi brillante. Bella sintió una peculiar tensión en la garganta y continuó restregando, intentando no prestar atención a las botas de becerro finamente arrugadas que tenía delante. Presencié la subasta de esta tortolita prosiguió el capitán, y Bella se sonrojó mientras el hombre caminaba orgullosamente formando Iun círculo en torno a ella. Qué rebelde comentó. Me sorprendió que pagarais tanto dine ro por ella. Sé cómo tratar a las rebeldes, capitán dijo la señora Lockley con voz fría como el acero, pero sin delatar orgullo ni ironía. Sin embargo, es una tortolita excepcionalmente suculenta. Pensé que os gustaría disfrutar de ella esta noche. lavadla bien y enviádmela a mi habitación, ahora mismo ordenó el capitán. Creo que no quiero esperar hasta la noche. Bella volvió la cabeza y deliberadamente lanzó una severa mirada al capitán. le pareció desca radamente guapo, con una rubia y áspera barba, como si le hubieran frotado el rostro con polvo de oro. El sol había dejado su marca en él; el intenso bronceado de su piel hacía brillar aún más las cejas doradas y los dientes blancos. Apoyaba la mano enguantada en la cadera y, cuando la señora lockley ordenó gélidamente a Bella que bajara la vis ta, él se limitó a sonreír ante la insolencia de la |
Respuesta: Las aventuras de Bella Exelente va este relato!!!!! Señorita 12 paginas de buen relato!!!! No me habia entretenido tanto conun relato!!! Esperando la el proximo capitulo!!!! Cuidate.... |
Respuesta: Las aventuras de Bella LA EXTRAÑA HISTORIA DEL dijo Roger, sonrien do con naturalidad.PRÍNCIPE ROGER La señora Lockley levantó a Bella con brusquedad, le retorció las muñecas para colocárselas en la nuca y seguidamente la obligó a salir por la puerta trasera a un gran patio cubierto de hierba y frondosos árboles frutales. Allí, en un tinglado descubierto, sobre unos bancos de madera, media docena de esclavos des nudos dormían, al parecer tan profunda y confor tablemente como si estuvieran en la suntuosa sala de esclavos del castillo. También había una mujer del pueblo con las mangas remangadas que tenía a otro esclavo metido de pie en un gran barreño de agua jabonosa. Él estaba atado por las manos a una rama que sobresalía del árbol mientras la mu jer le restregaba las carnes con la misma rudeza con que se desala la carne para la cena. Sin darle tiempo a comprender lo que sucedía, Bella se vio metida en aquel barreño, con el agua jabonosa remolineando a la altura de las rodillas. Mientras le ataban las manos a la rama de la higuera que colgaba sobre su cabeza, oyó que la señora Lockley llamaba al príncipe Roger. El esclavo apareció de inmediato, esta vez de pie, con el cepillo de fregar en la mano, y al instan te se ocupó de Bella. La mojó de arriba abajo con agua caliente, le frotó codos y rodillas con más fuerza, y a continuación la cabeza, que volvió a uno y otro lado con gran rapidez. En este lugar el lavado se reducía a lo indispensable, sin lujos superfluos. Bella dio un respingo cuando el cepillo le restregó entre las piernas y gimió al notar las ásperas cerdas sobre las ronchas y magulladuras. La señora Lockley se había ido. La corpulenta posadera había enviado a la cama al pobre esclavo quejumbroso, recién restregado, guiándolo con azotes, y a continuación había desaparecido hacia el interior de la posada. En el patio sólo quedaban los esclavos que descansaban. ¿Me responderéis si hablo? preguntó Bella en un susurro. La piel oscura del príncipe le pareció de una suavidad cérea en contraste con la suya. Éste le echaba la cabeza ligeramente hacia atrás para verterle el jarro de agua caliente por en cima. Ahora que estaban a solas, los ojos del prín cipe tenían un brillo alegre. Sí, pero tened mucho cuidado. Si nos pillan, nos mandarán a recibir el castigo público. Me as quea sobremanera servir de diversión en la plataforma giratoria para los patanes del pueblo. Pero, decidme, ¿por qué estáis aquí? pre guntó Bella. Yo creía que había llegado con los primeros esclavos que enviaron desde el castillo. Llevo años en el pueblo dijo. Casi no recuerdo el castillo. Me sentenciaron por escabullirme con una princesa. ¡Estuvimos dos días en teros escondidos antes de que nos encontraran! explicó con una sonrisa. Pero nunca volverán a llamarme. Bella se quedó conmocionada. Recordó la no che furtiva que pasó con Alexi muy cerca de la alcoba de la mismísima reina. ¿Y qué le sucedió a ella? preguntó Bella. Oh, estuvo un tiempo en el pueblo y luego regresó al castillo. Se convirtió en una de las favoritas de la reina y cuando llegó el momento de re gresar a su reino, prefirió quedarse a vivir aquí y ser una dama de la corte. ¡No hablaréis en serio! exclamó Bella lle na de asombro. Pues así es. Se convirtió en miembro de la corte. En una ocasión incluso bajó a caballo hasta el pueblo con sus nuevos ropajes para verme y preguntarme si me gustaría regresar y ser su escla vo. La reina estaba dispuesta a permitirlo, dijo, porque ella había prometido castigarme con toda contundencia y fustigarme sin descanso. Sería la ama más perversa que jamás hubiera tenido escla vo alguno, afirmó. Como podéis imaginaros, yo me quedé absolutamente pasmado. Cuando la ha bía visto por última vez estaba desnuda, en las ro dillas de su señor. En cambio, ahora cabalgaba sobre un caballo blanco, llevaba un fantástico vestido de terciopelo negro con ribetes dorados y el pelo trenzado con oro. Venía dispuesta a cargarme desnudo sobre su silla. Yo me escapé corriendo pero hizo que el capitán de la guardia me trajera de vuelta, y desde su montura me azotó con la pala en el centro mismo de la plaza ante una muchedumbre de lugareños. Disfrutó como una loca. ¿Cómo pudo hacer una cosa así? Bella es taba indignada. ¿Habéis dicho que llevaba el ca bello peinado en trenzas? Sí respondió. He oído decir que nunca lo lleva suelto. Le recuerda demasiado sus tiempos de esclava. ¿No será lady Juliana? Sí, precisamente de ella se trata. ¿Cómo lo habéis sabido? Fue mi torturad ora en el castillo; era mi ama, y el príncipe de la Corona, mi señor expli có Bella. Recordaba perfectamente el encantador rostro de lady Juliana y esas espesas trenzas. ¿Cuántas veces había tenido que escapar de su pala en el sendero para caballos? . ¡Oh, qué ho rror! balbució. Pero ¿qué sucedió después? ¿Cómo conseguisteis huir de ella? Ya os he dicho que eché a correr y el capitán de la guardia me trajo de vuelta. Estaba claro que aún no estaba preparado para regresar al castillo se rió. Por lo que me contaron, lady Juliana suplicó y rogó para que me entregaran, y prome tió domesticarme sin ayuda de nadie. ¡Vaya monstruo! exclamó Bella. El príncipe le secó los brazos y la cara. Salid del barreño y callaos. Creo que la señora Lockley está en la cocina. Luego susurró: La señora Lockley no estaba dispuesta a dejarme marchar. Pero Juliana no es la primera es clava que se queda en el castillo y acaba convirtiéndose en un terror para los demás cautivos. Quizás algún día os encontréis ante esta disyuntiva. De repente descubriréis que tenéis una pala en las manos y todos esos traseros desnudos a vues tra merced. Pensad en ello |
Respuesta: Las aventuras de Bella ¡Jamás! respondió Bella con voz entre cortada. su captor alcanzaría a oír los latidos.Bueno, démonos prisa. El capitán está espe rando. La imagen de lady Juliana desnuda junto a Ro ger fulguró brillante en la mente de Bella. ¡Cómo le gustaría colocar a lady Juliana sobre sus rodillas, aunque sólo fuera por una vez! Sintió una intensa agitación entre las piernas. Pero ¿qué estaba pensando? La simple mención del capitán le pro vocó una debilidad instantánea. Bella no tenía ninguna pala en las manos, ni nadie a su merced. Era una esclava desnuda y díscola, apunto de ser enviada ante un soldado bregado que sentía una evidente debilidad por los rebeldes. Al imaginarse el apuesto rostro bronceado por el sol y los profundos ojos centelleantes del oficial, pensó: «Si de verdad soy una muchacha tan mala, entonces ac tuaré como tal.» EL CAPITÁN DE LA GUARDIA La señora Lockley había salido por la puerta. Desató las manos de Bella y le secó el pelo con ru deza. Después de atarle las muñecas detrás de la espalda, la obligó a entrar en la posada y subir por una estrecha y curva escalera de madera que ascendía desde detrás del hogar. Bella hubiera sentido el calor de la chimenea a través del muro mientras subía al piso de arriba si no la hubieran obligado a marchar con tanta rapidez. La señora Lockley abrió una pequeña puerta de roble y forzó a Bella a arrodillarse al entrar en la habitación. La empujó con tal ímpetu que la princesa tuvo que estirar los brazos para no caer de bruces. Aquí está, mi apuesto capitán anunció la mujer. Bella oyó el sonido de la puerta que se cerraba a su espalda. Se había arrodillado sin estar aún segura de lo que la mesonera quería de ella. Su cora zón se aceleró al ver las familiares botas de piel de becerro, el resplandor del pequeño fuego encendido en el hogar y la gran cama artesonada de made ra bajo un techo inclinado. El capitán estaba sen tado en un pesado sillón, junto a una larga mesa de madera oscura. Pero, aunque Bella esperaba, él no le dio ninguna orden sino que se limitó a recoger su larga melena con la mano y a levantarla por el pelo, lo que la obligó a gatear un poco hacia delante y arrodillarse luego ante él. Se quedó mirándolo asombrada. Volvió a contemplar el rostro desca radamente apuesto, el abundante cabello rubio del que con toda seguridad él se vanagloriaba, y los ojos verdes hundidos en la bronceada piel, que respondieron a la mirada de la princesa con igual intensidad. Una terrible debilidad se apoderó de Bella. Algo en su interior, una mansedumbre que pare cía crecer, que infectaba todo su corazón y espíritu, se ablandó completamente. La joven se opuso de inmediato a aquella extraña reacción, pero parecía que empezaba a entender algo... El capitán puso a Bella de pie sujetándola por la melena que aún tenía enrollada en la mano iz quierda. Elevándose sobre ella, le separó las piernas de una patada. Ahora vais a mostraros a mí dijo sin el menor atisbo de sonrisa. Antes de que Bella tuvie ra tiempo de pensar qué iba a pasar, el capitán le soltó la cabellera y la princesa se encontró en medio de la habitación, desatada y humillada. El capitán se hundió de nuevo en la silla, totalmente confiado en que la joven obedecería sus órdenes. El corazón de Bella palpitaba con tal fuerza que se preguntó si |
Respuesta: Las aventuras de Bella Bajad las manos y abrid los labios del sexo. Quiero comprobar vuestros atributos. dejado allí en medio, de pie.Un intenso rubor quemó el rostro de Bella, que se quedó mirando al oficial sin moverse. En aque llos instantes su corazón latía a toda velocidad. Al momento el capitán se puso en pie, cogió a Bella por las muñecas y la levantó brutalmente para dejarla sentada sobre la mesa de madera. Do bló a la princesa hacia atrás apretándole las muñe cas contra la columna vertebral y la obligó a sepa rar de nuevo las piernas, esta vez con la rodilla, mientras la observaba fijamente. Bella no se acobardó y en vez de apartar la vista se quedó mirándolo directamente a la cara. Al mis mo tiempo sintió que los dedos enguantados ejecu taban la orden que había recibido momentos antes y separaban ampliamente los labios vaginales. A continuación el capitán procedió a estudiarla. La princesa forcejeó, se retorció e intentó za farse desesperadamente, pero los dedos la abrían como si fueran una palanca que se clavaba con fuerza en su clítoris. Sintió el rubor que le abrasaba el rostro y sacudió las caderas resistiéndose abiertamente. Sin embargo, bajo la envoltura de cuero de los guan tes, su clítoris se endureció y aumentó de tamaño. Estaba apunto de reventar bajo la presión del ín dice y el pulgar del capitán. Bella jadeaba y tuvo que apartar la cara. Cuando oyó que él se desabrochaba los pantalones y sintió la dura punta de su verga que le rozaba el muslo, gimió y levantó las caderas en un gesto de ofrecimiento. Seguidamente, el enorme miembro empezó a penetrar su sexo. La llenaba tan plenamente que sentía el caliente y húmedo vello púbico del capi tán tapando herméticamente su vagina, mientras la izaba cogiéndola por las doloridas nalgas. Cuando él la levantó de la mesa, Bella le rodeó el cuello con los brazos, se apoyó en su cintura con las piernas. El capitán se ayudaba de las ma nos para desplazarla por su órgano desgarrador, levantándola y bajándola siguiendo toda la longi tud de su miembro mientras la princesa emitía unos gritos sofocados. La manejaba cada vez con más vigor aunque ella no se daba cuenta de que le mecía la cabeza con la mano derecha, le había vuelto la cara hacia arriba y le había metido la len gua en la boca. Bella sentía únicamente las estremecedoras explosiones de placer que la inunda ban y luego su propia boca que se atenazaba a la de su agresor, su cuerpo tenso e ingrávido que él levantaba y volvía a bajar, levantaba y volvía a bajar, hasta que experimentó con un fuerte grito, un grito desmesurado, el demoledor orgasmo final. Pero aquello no cesaba. La boca del capitán le succionó el grito, sin soltarla, y cuando la princesa pensó que la agonía llegaba a su fin, él vertió su propio clímax en su interior. Bella oyó el gruñido que surgió desde lo profundo de la garganta de su captor cuando paralizó las caderas para adoptar luego un frenético ritmo de movimientos rápidos y bruscos. La habitación se sumió en un repentino silen cio mientras el capitán la acunaba. Su miembro continuaba en el interior de ella, produciéndole espasmos ocasionales que la obligaban a gemir quedamente. Luego sintió que se quedaba vacía por dentro. Intentó protestar de algún modo silencioso pero él continuó besándola. Se encontró otra vez de pie. El capitán le había vuelto a colocar las manos en la nuca y le había se parado las piernas con un suave empujón de la bota. Pese a todo aquel dulce agotamiento, Bella siguió de pie. Miraba fijamente hacia delante, pero no veía más que un borrón de luz. Y bien, ahora tendremos una pequeña de mostración, como había solicitado dijo él, que volvió a besar la boca de Bella, la abrió y recorrió el interior del labio con la lengua. La joven lo miró directamente a los ojos, no veía nada aparte de aquellos ojos que la observaban. «Capitán», pen só aquella palabra. Luego vio la maraña de pelo rubio sobre la frente bronceada y marcada por profundas líneas. Pero él había retrocedido y la había |
Respuesta: Las aventuras de Bella Os pondréis las manos entre las piernas le indicó suavemente y se acomodó en el sillón Bella asintió.de roble, con los pantalones pulcramente abrochados y me mostraréis el sexo ahora mismo. Bella se estremeció. Miró hacia su propio cuerpo, caliente y que rezumaba humedad, y sintió aquella debilidad que se había extendido a todos sus músculos. Para su propia sorpresa, dejó que sus manos se deslizaran entre las piernas y palpó los resbaladizos labios que aún ardían y palpitaban debido a las contundentes embestidas. Se tocó la vagina con la punta de los dedos. Abridlo para que lo pueda ver ordenó él, recostándose en el sillón, con el codo apoyado en el brazo y la mano bajo la barbilla. Así. Más abierto, ¡más abierto! La princesa estiró la estrecha abertura, aunque no se creía que ella, la chica mala, estuviera haciendo aquello. Una sutil y lánguida sensación de placer, un eco del éxtasis alcanzado, la amansó aún más y la tranquilizó. Se había separado tanto los labios que casi le dolían. Y el clítoris dijo, levantadlo. La pequeña protuberancia le quemó contra el dedo al obedecer. Moved el dedo aun lado para que pueda ver ordenó. Y así lo hizo, con toda la gracia que pudo. Ahora estirad otra vez la entrada y adelantad las caderas. La princesa obedeció, pero aquel movimiento de caderas la inundó de otra oleada de placer. Era consciente del rubor en su cara, garganta y pechos. Oía sus propios gemidos. Las caderas se ele vaban cada vez más, se movían más y más deprisa. Veía los pezones de sus pechos que se contraían formando pequeños fragmentos de piedra rosada y percibía su propio quejido cada vez más intenso y suplicante. Aquel deseo que la debilitaba con tal dulzura comenzaría en cualquier momento. En aquel ins tante notaba cómo sus labios se congestionaban al contacto de los dedos, los fuertes latidos de su clítoris, como si de un pequeño corazón se tratara, y el hormigueo de la carne rosada que lo rodeaba. El deseo era casi insoportable. Entonces sintió la mano derecha del capitán en su cuello. La atrajo hacia sí, le dio media vuelta y la sentó sobre su re gazo, con la cabeza apoyada en el pliegue de su codo, mientras con la mano izquierda apartaba cuanto podía la pierna derecha de la muchacha. Ella sentía el suave coleto de becerro contra su costado desnudo, la piel de las altas botas bajo las caderas, y veía la cara de él por encima. Aquellos ojos la perforaban. El capitán besó lentamente a Bella, que volvió a agitar las caderas involuntariamente. Se estremeció. Luego él sostuvo algo des lumbrante y hermoso a la luz, obligando a Bella a parpadear. Era la gruesa empuñadura de su daga, con incrustaciones de oro, esmeraldas y rubíes. El objeto desapareció pero Bella no tardó en sentir el frío metal contra la vagina. Oooooh, sí... gimió al percibir que la em puñadura se deslizaba hacia dentro, mil veces más dura y cruel que el miembro del capitán, de mayor tamaño, al menos eso parecía, y la levantaba pre sionando su ardiente clítoris. Casi gritó de deseo, con la cabeza desmayada y la mirada ciega a otra cosa que no fueran los atentos y escrutadores ojos del capitán. Las caderas de Bella ondularon salvajemente contra el re gazo de él, mientras el mango de la daga entraba y salía, entraba y salía, hasta que no pudo soportarlo más y el éxtasis volvió a paralizarla y silenciar su boca abierta, desvaneciendo la visión del capitán en un momento de liberación total. Cuando recuperó la conciencia, sus caderas aún experimentaban aquel temblor salvaje, la va gina profería jadeos silenciosos, pero ahora estaba sentada y el capitán le sostenía la cara entre las manos para besarle los párpados. Sois mi esclava dijo. Cada vez que venga a la posada, seréis mía. Desde donde os encontréis en ese momento, llas, con la cabeza erguida.os acercaréis a mí y besaréis mis botas. Bella asintió una vez más. El capitán la puso en pie y, antes de que pudiera darse cuenta, la habían obligado a salir del cuarto con las manos detrás de la nuca, y se encontró bajando por la misma escalera de caracol por la que había subido.La cabeza le daba vueltas. Él iba a dejarla. No podía soportar la idea. «Oh, no, no, por favor, no os marchéis», se decía llena de desesperación. El capitán le propinó unos azotes fervorosos en el trasero con su gran mano enguantada en fino cue ro y la obligó a entrar otra vez en la fresca oscuridad de la posada, donde ya había seis o siete hom bres bebiendo. Bella captó las risas, las charlas, el sonido de la pala que golpeaba en algún rincón del local y de un esclavo que gemía y sollozaba. Pero no se quedaron allí sino que la obligaron a salir a la plaza que había fuera de la posada. Doblad los brazos a la espalda dijo el capitán. Marcharéis ante mí levantando las rodi |
Respuesta: Las aventuras de Bella EL LUGAR DE CASTIGO PÚBLICO empapada, recibió una granizada de fruta madura y desperdicios.Por un momento, la luz del sol resultó dema siado brillante. Aunque Bella ya tenía bastante con doblar los brazos tras la nuca y marchar le vantando las piernas cuanto podía, finalmente vis lumbró la plaza cuando empezaron a andar por ella. Distinguió los grupillos de holgazanes y charlatanes que iban de acá para allá, varios jóve nes sentados sobre el amplio reborde del pozo, ca ballos amarrados a las entradas de las posadas y también esclavos desnudos desperdigados aquí y allá, algunos postrados de rodillas, otros marchan do como ella. El capitán la obligó a girar con otro de sus azotes de amplia trayectoria, no muy fuerte, al tiempo que le estrujaba un poco la nalga derecha para indicarle la dirección a seguir. Medio dormida, Bella se encontró en una am plia calle llena de tiendas, muy parecida a la calle juela por la que había venido pero, a diferencia de aquélla, ésta estaba repleta de gente muy atareada que compraba, regateaba y discutía. Volvió a experimentar aquella terrible sensa ción de normalidad, de que todo esto había suce dido con anterioridad; o como mínimo, le resulta ba tan familiar que podría haber ocurrido hacía tiempo. Ver a un esclavo desnudo limpiando un escaparate a cuatro patas le parecía bastante habi tual, y otro esclavo con un cesto atado a la espalda, marchando como ella ante una mujer que le arrea ba con un bastón, pues sí, eso también le parecía normal. Incluso los esclavos amarrados desnudos a las paredes, con las piernas separadas y los ros tros medio adormecidos, parecían lo más natural ¿Por qué no iban a mofarse de ellos los jóvenes del pueblo al pasar por delante, por qué iban a dejar de dar una palmotada aun pene erecto por aquí o pellizcar un pobre pubis languidecido por allí? Sí, definitivamente era lo más natural. Incluso la incómoda palpitación de sus senos, los brazos doblados en la nuca obligándola asacar pecho, todo eso parecía bastante lógico, una forma muy adecuada de marchar, pensó Bella. Cuando recibió otro azote cariñoso, marchó con más brío e intentó levantar las rodillas más garbosa mente. Estaban llegando al otro lado del pueblo, al mercado al aire libre donde se arremolinaban cientos de personas alrededor de la elevada plataforma de subastas. De los pequeños estableci mientos de comida llegaban aromas deliciosos. Podía oler incluso los vasos de vino que los jóvenes vendían en los puestos ambulantes, veía los ropajes de la tienda de tejidos que volaban for mando largas ondulaciones, las pilas de cestos y cuerdas a la venta, y también los esclavos desnu dos que, ocupados en mil tareas, estaban disemi nados por toda la plaza. En una callejuela, un esclavo arrodillado barría vigorosamente el suelo con una pequeña esco ba. Otros dos cautivos a cuatro patas, con unos cestos llenos de fruta atados a sus espaldas se apresuraban a salir al trote por una puerta. Una delgada princesa estaba colgada cabeza abajo contra la pared, con el vello púbico reluciente al sol, el rostro enrojecido y bañado en lágrimas y los pies diestramente sujetos a la pared con unas anchas ajorcas bien apretadas. Pero ya habían llegado a otra plaza, que era una prolongación de la primera, un extraño lugar sin pavimentar, con tierra blanda y revuelta, igual que el sendero para caballos del castillo. El capitán permitió a Bella detenerse y se quedó de pie a su lado con los pulgares sostenidos en el cinturón, echando un vistazo general. Bella descubrió otra alta plataforma giratoria, como la de la subasta, y sobre ella un esclavo ata do al que un hombre estaba dando un cruel casti go mientras hacía girar la plataforma accionando un pedal, igual que el subastador. Cada vez que el esclavo llegaba a la posición adecuada, el hombre alcanzaba con el látigo su trasero desnudo. La pobre víctima era un príncipe de fantástica musculatura, con las manos atadas fuertemente a su espalda y la mandíbula levantada sobre un corto y burdo pilar de madera, lo que permitía que todo el mundo le viera la cara mientras recibía su castigo. «¿Cómo puede mantener los ojos abiertos? se preguntó Bella. ¿Cómo puede soportar mirar al público? » La multitud que rodeaba la tarima chi llaba y gritaba como lo había hecho en la subasta celebrada horas antes. Cuando el torturador alzó su látigo de cuero para indicar a los presentes que el castigo había concluido, el pobre príncipe, con el cuerpo convulsionado, la cara contraída y |
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