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Irene Vallejo de nuevo pone el dedo en la llaga. Esta vez sobre el mundo del circo moderno: las celebridades, que nos crean un mundo ilusorio. No es nuevo. Desde la antigüedad, la farsa ha sido la esencia de la vida humana y también la divina pues los dioses griegos y sus manipulaciones no se quedan atrás.
Me llama la atención lo que habla sobre Eurípides y su versión sobre Helena, la causa de la guerra de Troya, señalando que ella nunca estuvo allí.
Averiguando resulta que esta versión de los versos de Homero no se la inventó de la nada (se basó en una variante del mito popularizada por el poeta Estesícoro), pero la llevó al teatro con un giro genial:
El cambiazo divino: Cuando Paris cree raptar a Helena y llevársela a Troya, la diosa Hera —molesta por haber perdido el juicio del manzanazo de oro— reemplaza a Helena por un "fantasma o imagen hecha de nubes".
El destino real: La Helena de carne y hueso es transportada por el dios Hermes a **Egipto**, donde permanece bajo la protección del rey Proteo, manteniéndose fiel a su esposo Menelao.
La ironía de la guerra: Los griegos y los troyanos lucharon y murieron durante diez años por una ilusión hecha de aire, mientras la verdadera Helena esperaba en el norte de África con la reputación injustamente arruinada.
En resumen: En la obra de Eurípides, Helena dice literalmente que nunca estuvo en Troya y que toda su infamia fue producto de un engaño de los dioses. La tragedia se centra precisamente en el reencuentro de Menelao con la Helena real en Egipto tras el fin de la guerra.
Reflexiones que nos llevan a cuestionar el mundo de apariencias en el que nos movemos. Tan poderosas son que como en el pasado, sirven para guerras sin sentidos y vidas disfrazadas de grandeza.
Cita:
Circo sin pan
El espectáculo ha devenido en estructura profunda de nuestro mundo. Es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna
Fernando Vicente
Irene Vallejo
25 JUL 2026 - 22:30 COT
Las celebridades nos persiguen, nos asedian, nos acosan con ubicuidad, alevosía y cháchara motivadora. Se diría que viven obsesionadas por nuestra mirada. Su presencia es insistente, acechante, indiscutible, sin réplica. Te asaltan en la sala de espera del dentista, en la peluquería, en los informativos, en la parada de autobús, en una inofensiva charla de ascensor. Sin querer, sin importarte, sin pretenderlo, averiguas sus peripecias, sus cumbres y sus derrumbes. Recuerdo que, siendo aún niña, mientras atravesaba la ría de Vigo en un barco de línea regular con mi pelo corto alborotado por un viento ensordecedor, la televisión retransmitía una boda principesca. Me parece estar viendo aquella pequeña pantalla parpadeante y muda. Con tres años, contemplaba boquiabierta los metros de cola de un vestido interminable —más larga que la estela de espuma del ferry que me llevaba a bordo—. Fue la primera aparición, palpitante y tersa, de lo irreal.
En su raíz latina, la palabra “célebre” significaba “concurrido, abarrotado”, antónimo de desertus. Compartía raíz con celer, de donde viene nuestra “aceleración”. Los famosos activan un veloz hervidero de pasiones, el centrifugado del fisgoneo. Ya en tiempos remotos la mitología se nutría de dramas aristocráticos: fiestas fastuosas, caídas en desgracia, frivolidades e infidelidades, reputaciones dudosas y crónica rosa. Los primeros arquetipos de celebridades globales fueron Aquiles y Helena.
Cuenta la leyenda que Aquiles afrontó una decisión radical sobre la fama. Pudo elegir una existencia larga y oscura, como heredero del trono de su padre, reinando en paz, rodeado de sus hijos y nietos, sin dejar eco en la posteridad. Según las profecías, si participaba en la guerra de Troya, sus hazañas perdurarían en los cantos heroicos, pero moriría en el esplendor de la juventud. Aquiles quiso sacrificarlo todo por los fulgores del renombre. Escogió una muerte gloriosa y la tuvo. Terminada la guerra, Odiseo visitó fugazmente el mundo de los muertos, donde reencontró a su antiguo compañero de armas: “No debe apenarte estar muerto, porque allá arriba los hombres honran tu memoria”. Pero Aquiles, repentinamente enamorado de la vida, contesta: “Preferiría ser labrador en tierra ajena antes que reinar sobre todos los muertos. ¡Ay, si pudiera volver bajo el sol!“. Desde las sombras, el legendario Aquiles envidia las vidas corrientes, anónimas y apacibles.
Bien sabían los poetas épicos del pasado que a nosotros, su audiencia, nos encanta el chismorreo, pero todavía más moralizar sobre los melodramas humanos y divinos. En la mitología griega los inmortales son muy entretenidos: caprichosos, frívolos y pendencieros. Un grupo de deidades con comportamientos bufonescos decide los destinos humanos. Cuenta la leyenda que un certamen de belleza entre concursantes corruptas desencadenó la guerra de Troya. Tetis y Peleo, futuros padres de Aquiles, celebraron en el Olimpo la boda más esperada de la era pagana. Pero, ay, olvidaron invitar a Eris, diosa de la *******ia, que tomó venganza arrojando en medio del baile una manzana de oro “para la más bella”. Hera, Atenea y Afrodita la reclamaron. Las tres querían ser la primera reina de la belleza documentada, así que exhibieron sus encantos ante el príncipe troyano Paris, único jurado. A escondidas, ofrecieron regalos a cambio de su voto —el soborno, divino tesoro—. Hera le prometió que dominaría Asia y Europa; Atenea, sabiduría infinita; Afrodita, el amor de Helena, esposa del rey de Esparta, la mujer mortal más hermosa del mundo. Paris, que tenía claras sus prioridades, eligió seducir a la más bella. De aquel juego sucio en las cloacas de miss Olimpo nació el amorío que, según la tradición, desató la masacre entre griegos y troyanos.
Si hacemos caso a Guy Debord en La sociedad del espectáculo, los realities, el pavoneo en bodas tumultuosas, los chanchullos por todo lo alto y los líderes pueriles han ido a más con el paso de los milenios. Como escribió en su célebre ensayo, el espectáculo ha devenido en estructura profunda de nuestro mundo. Es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna. El autorretrato del poder, que prefiere la copia al original y se guía por la representación antes que por la realidad. El monólogo autoelogioso que el orden actual mantiene acerca de sí mismo. Su falaz paraíso.
La Roma clásica dominó el arte de los espectáculos de masas con fines políticos. Es difícil igualar sus trepidantes carreras hípicas, sus luchas de gladiadores y naumaquias. El poeta satírico Juvenal acuñó la expresión “pan y circo” para denunciar ese cinismo imperial que ofrecía alimentos gratuitos y juegos grandiosos al pueblo, y así lo mantenía entretenido y apaciguado. La parte del pan se refería al reparto mensual de una ración de cereales entre las familias pobres: en tiempos de Augusto, casi un cuarto de la población de la capital se benefició de esta medida. Hoy, gobernantes nostálgicos de viejos imperios dispensan ración cotidiana de circo, pero nos dejan sin pan. El público mira hipnotizado la farsa del poder mientras magnates —y mangantes—encarecen los precios con sus aventuras bélicas, recortan la sanidad pública, eliminan programas de alimentos y traman rebajas en bajas laborales y pensiones. Jerarcas adictos al espectáculo invitan a sus seguidores a invertir en criptodivisas, negocios familiares y otras estafas piramidales; y, mientras ellos multiplican sus fortunas, incautos desplumados aplauden a rabiar la sagacidad de sus amados líderes. Según Oscar Wilde, dadme lo superfluo, que lo necesario es una vulgaridad. Como súbditos, no tenemos precio: la ciudadanía romana, al menos, sabía lo que valía el pan.
En El rugido de nuestro tiempo, Carlos Granés interpreta que hemos invertido los términos: la política debería ser aburrida y el arte provocador. Los líderes macarras transgresores se disfrutan más en una serie que en una legislatura. Las ficciones podrían saciar nuestro apetito de despropósitos. En el pasado, tras las escenificaciones fascinantes, la realidad siempre fue más banal. Nadie atacó la amurallada Troya por una mujer, sino por un estrecho. No fue un conflicto pasional, sino comercial. La ciudad estaba situada estratégicamente en la entrada de los Dardanelos. Controlar ese acceso permitía a sus gobernantes dominar las rutas de navegación hacia el mar Negro y cobrar lucrativos peajes. En la partitura de la historia, el bajo continuo siempre evoca codicia.
Eurípides denunció en una de sus tragedias los motivos inventados para justificar la guerra. La propia Helena confiesa que jamás estuvo allí: “No fui a tierra troyana, un fantasma era”. Y le replican: “¿Qué dices? ¿Por una nube entonces sufrimos tanto?“. Siglos después, otro griego, Georges Seferis, dedicó un poema a los hechos bélicos alternativos: ”Diez años nos degollamos por Helena. Los ríos se hinchaban con el barro, con la sangre". En los versos finales se pregunta si la humanidad volverá a creer el viejo engaño, si después de los siglos escucharemos de nuevo a mensajeros llegados para contar “que tanto dolor, tanta vida se fueron al abismo por una túnica vacía, por una Helena”. En la leyenda troyana hasta las celebridades son tramoya: Aquiles se arrepiente y Helena fue tan solo un vacío, un bulo. Eurípides y Seferis sabían que las pasiones bélicas se enardecen con cuentos. Antiguamente, aedos y trovadores daban voz a esas ficciones, pero hoy los juglares se sientan en el trono. La historia y la mitología enseñan: cuídate de las guerras donde triunfan el espectáculo y los especuladores.