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Estamos contentos, quién no habría de estarlo, de que los dos dementes que se habían insultado con los peores calificativos, hayan decidido hacer las paces porque entre bomberos no se pisan las mangueras, y quede claro, que no lo hacen por el bien de sus pueblos sino de ellos mismos, el uno, el grandote, como todo bravucón, satisfecho de que el otro le haya rendido pleitesía, y el de acá, de que por fin puede dormir tranquilo y de que hora no le queda más que portarse bien para que dentro suyo cunda la esperanza de que el matón mayor lo saque de la lista de los peores del planeta, le devuelva la visa y pueda de nuevo perderse en sus delirios de hormiga queriendo ser elefante.
Cita:
Ring
Ricardo Silva Romero
De nuevo: el comediante W. C. Fields, un payaso rotundo que alcanzó a ser una estrella del cine mudo, pero después logró burlarse de la farsa humana en maravillas habladas como A mí no me engaña nadie (1939) o El pelele no tiene suerte (1941), dio alguna vez –en medio del desastre mundial de su tiempo– con aquella famosísima “solución a la guerra” que tendrían que compartir las constituciones de los dos hemisferios: “Reunir a los políticos en un estadio para que se suban a un ring a combatir entre ellos con medias repletas de estiércol”. Por supuesto, también podrían hablarse por teléfono, como lo hizo el señor Petro con el señor Trump, en vez de amenazarse e insultarse en el nombre de un par de países que están demasiado viejos para creerles que ese amor de narcisistas es amor por sus pueblos.
Si no se les ocurrió antes –separados por las barbaridades que el uno ha dicho del otro desde que Petro, que entonces no hablaba de jaguares sino de aurelianos, prohibió el aterrizaje de dos aviones gringos que traían deportados colombianos–, fue sólo para que durante un año largo fuéramos testigos del desprecio de cualquiera de los dos por el derecho internacional, por las soberanías ajenas, por la separación de poderes, por la libertad de expresión, por la democracia. Hubieran podido hablarse, ¡ring!, el agitador setentero con el perdonavidas ochentero, en vez de jugar a esa diplomacia tan resignada a la guerra, pero no hubiéramos visto la trasnochada propaganda de régimen nacionalista, ni el momento en el que el candidato presidencial que votó “sí” y votó “no” a los acuerdos de paz publicó su patético “Make Colombia Antiguerrillera Again”.
Puede ser claro que a ninguno de estos presidentes le ha importado mucho que los venezolanos hayan sufrido ese reguero de presos políticos, torturas, exilios y censuras.
Si hubieran hablado, en vez de llamar a la rebelión del ejército yanqui o de susurrar “he better watch his ass” o de decir que Trump tiene “cerebro senil” o de concluir que Petro “is a very bad guy”, nos habríamos ahorrado el simulacro de ideologías en pugna. Una conversación “por cobrar”, entre esos dos teléfonos fijos del siglo pasado, bastó para que fuéramos de quemar la bandera norteamericana –como davides perdidos en el sueño bíblico e histórico de enfrentar a Goliat– a lanzar vivas en la manoseada Plaza de Bolívar: “Fue un gran honor hablar con el presidente de Colombia”, declaró el presidente de Estados Unidos con esa rara habilidad para decir lo contrario al día siguiente, y, sea por lo que sea, es una gran noticia, y es mejor así, y ojalá se lidien pronto en la Casa Blanca.
Porque así, sin trincheras, ni paranoias ni ambigüedades sobre aquel tirano bigotudo que les desea un “happy new year” a sus primeros jueces, puede ser claro que a ninguno de estos presidentes le ha importado mucho que los venezolanos hayan sufrido ese reguero de presos políticos, torturas, exilios, censuras y robos de elecciones, y así, notificados una vez más de que la política tiene mucho de farsa y hay que sufrir de codependencia para seguir esperando el día en que un líder narcisista acate normas o asuma responsabilidades, podemos escuchar a la defensora del Pueblo poniéndonos en claro la catástrofe de la EPS que se tomó el Gobierno, el miedo de esas 170 familias que tratan de escapar de la guerra en el Catatumbo y la orfandad de aquellas 400 personas que tuvieron que dejar la pesadilla en el Cauca.
Hace dos noches, que no me podía dormir porque quedarse despierto me parecía lo más prudente, me puse a ver un terco e incierto documental sobre extraterrestres que se llama La era de la divulgación, pero solo lo digo porque a la mitad pensé que quieren contactarnos para que demos por perdidos a los líderes narcisistas, bajemos de ese ring falaz, sirvamos y notemos que este mundo no se viene abajo porque millones de almas lo sostienen.