EL SECRETO MEJOR GUARDADO ES EL QUE UNO SE LLEVA CONSIGO AL INFIERNO; LA ÚNICA FORMA DE QUE LAS PALABRAS NO SE VUELVAN CONTRA TI, MAL ENTENDIDAS Y MALINTENCIONADAS.
Y ALLÍ ESTABA, TEMBLANDO COMO EL NIÑO QUE OYE LOS PASOS DE SU PADRE EN LA ESCALERA, SOBRE LOS PELDAÑOS DE MADERA ACARTONADA, UNO TRAS OTRO, SUBIENDO CON PRECAUCIÓN MIENTRAS SE DESPOJA DE LA CORREA DE CUERO Y TROPIEZA EN EL RELLANO CON EL MACETERO DE PIE QUE CONTIENE UN SUCIO TIESTO DE PLÁSTICO. PERO ESTA VEZ NO ERA SU PADRE, POR DESGRACIA. ¡OJALÁ Y HUBIESE SIDO ÉL! PORQUE DESPUÉS DE SACUDIRLE CON EL CUERO CÁLIDO, O CON LA HEBILLA FRÍA, EN LA ESPALDA, VOLVÍAN DE NUEVO, JUNTO CON EL AGRIDULCE SABOR A LÁGRIMAS, EL SILENCIO Y LA TRANQUILIDAD. Y SABÍA QUE HASTA EL DÍA SIGUIENTE TODO HABÍA TERMINADO.
NO ERA SU PADRE, NO. ERA UNA NIÑA PÁLIDA. UNA NIÑA VESTIDA DE BLANCO QUE TENDÍA SU MANO CON LA MIRADA EXTRAVIADA. LA NIÑA DEL VESTIDO BLANCO.
NO HABÍA SIDO UN SUEÑO. SUS DOLOROSOS GEMIDOS LE DESPERTARON LA NOCHE ANTERIOR. SU IMAGEN, CÁNDIDA Y ESPELUZNANTE A UN MISMO TIEMPO, LE PARALIZÓ. ELLA ESTUVO DURANTE UN MOMENTO FRENTE A SU CAMA —UN INTERMINABLE MOMENTO— TENDIENDO LA MANO, COMO DANDO O RECLAMANDO ALGO QUE ÉL NO LOGRABA COMPRENDER. AL CABO LA RECOGIÓ, DIO MEDIA VUELTA Y SALIÓ DEL DORMITORIO. ENTONCES UNA RÁFAGA DE AIRE HELADO, O LO QUE FUESE, LE RECORRIÓ TODO EL CUERPO, DESDE LAS PIERNAS HASTA LA NUCA. Y NO PUDO MÁS QUE TEMBLAR DE HORROR.