Denunciante Dorado
| Las Mil y Una Noches De 'Pacho' Maturana
Calificación: de
5,00 | En entrevista con la Revista Bocas, el 'pensador del fútbol' habla de su vida futbolística.
Se crió con los cuentos de Las mil y una noches. Se enterneció con los poemas de Benedetti. Jugó altivamente al fútbol y lució seis veces la tricolor. Como estratega, cambió para siempre el destino de la pelota en Colombia y, de paso, el modo de vivir y de sentir de nuestros futbolistas, les enseñó a vestirse e incluso les sugirió no salir con mujeres feas y –por nada del mundo– ir a un prostíbulo. Es 'Pacho' Maturana, el maestro espiritual de un movimiento artístico sencillamente inolvidable: la selección Colombia de todos los tiempos.
Dice que no habla en Colombia porque cada vez que lo hace lo malinterpretan. Y sí.
Dice que afuera lo valoran más. Y puede ser.
Dice que ya no le gusta ningún equipo. Que a todos les falta algo. Y tal vez tiene razón.
Dice que no sabe por qué lo llamaron El Filósofo. Pero lo fue. Y lo es.
Francisco 'Pacho' Maturana es un pensador del fútbol que, mientras elaboró frases históricas (algunas delirantes, otras poderosas), cambió radicalmente el rumbo de la pelota en Colombia. Un curioso estratega nacido en las entrañas del pueblo infortunado –en Quibdó, Chocó–, que a la edad de cuatro años se convirtió en antioqueño cuando su familia se trasladó a Liborina, una aldea atrapada en las montañas, donde se arrulló con los cuentos de Las mil y una noches y con las historias de los dioses de la mitología griega.
De pie. El maestro decidió hablar. ¿De dónde salió su fama de filósofo? ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
Cuando mi papá llegaba por la noche, agotado, todo era un cúmulo de cultura. Había premio especial para el hijo que respondiera las preguntas de la mitología griega. ¿Qué hizo Ulises? ¿Cuál fue la bruja que encantó con los cantos de sirena? ¿Cómo se llamaba el perro tal…? El que ganaba, se llevaba unos pesos en efectivo. Luego, el viejo nos leía los cuentos de Las mil y una noches y todo era fantasía.Ahí se sembró todo. Después vinieron otras lecturas: Mario Benedetti y Eduardo Galeano. ¿A qué edad llegó a Medellín?
A los ocho años. Y llegó a Los Alcázares, un barrio futbolero por excelencia…
Un barrio determinante en mi vida. Todo era fútbol. Recuerdo que me sentaba a ver caminar a Óscar López (leyenda del fútbol antioqueño). Luego me decían: “ese que va allá es Mallita”. Y después pasaba don Bernardo “Cunda” Valencia y uno, como niño, pues se babeaba. ¿Quién fue su ídolo?
Julio “el Chonto” Gaviria. Yo lo esperaba en la puerta de su casa y le llevaba el maletín hasta entrar al estadio. ¿Cómo se hizo hincha de Atlético Nacional?
Yo tendría nueve o diez años, por allá en el año 59 o 60. Mi papá me llevó a un clásico y ni modos de decir que estábamos en preferencia. No, estábamos en “Korea”, la tribuna donde te apagaban el cigarrillo en la nuca. Cuando salió Nacional, se sintieron los aplausos. Y cuando salió Medellín, tronó la pólvora y, para qué digo mentiras, pero a uno de niño, le da miedo y terminé inclinándome más por el verde. ¿La idea de un hijo futbolista hacía sentido en su casa?
No. Mis papás tenían bien clarito que había que estudiar. En ese tiempo decir que un hijo iba a ser jugador de fútbol, era decir “desheredenme”. De hecho, si mi mamá se daba cuenta que yo estaba jugando con los zapatos que le habían costado tanto esfuerzo a mi papá, había serios problemas. Un día, incluso, dejé los zapatos en la portería, para no gastarlos. Esa tarde jugué descalzo y se los robaron. Recuerdo que me quedé ahí hasta que anocheció, pensando qué iba a decir. Cuando llegué a mi casa me castigaron, me pegaron y me dijeron que ya no volvía a jugar más. Entonces me tocó el fútbol a escondidas. ¿Cuándo empezó a jugar en serio?
Como a los 13 años. En el Liceo Antioqueño, donde estudiaba, apareció un señor Julio Ulises Terra, que me echó el ojo, y me dijo que era el técnico de las divisiones inferiores de Nacional.Yo jugaba en un equipo que se llamaba Sulfácidos y Repuestos y, un día cualquiera, vi en el periódico que mi equipo se convertía en las divisiones inferiores de Nacional y así fui pasando de categoría en categoría. ¿Es cierto que fue porrista de Nacional?
Sí. Éramos como 40 muchachos que, la verdad sea dicha, nos daban la entrada al estadio, a preferencia, para ir a cantar porras: “Viro, viro, viro, ra, ra, ra, qué ritmo Nacional”. Y todos vestidos de blanco y verde. ¿Qué tan cierto es que usted no quería ser futbolista sino, decididamente, un odontólogo?
Yo jugaba bien al fútbol, pero quería terminar mi carrera de odontólogo por sobre todas las cosas. En el año 72, después de haber estudiado, estaba esperando a que me adjudicaran el año rural. Tenía 23 años y todavía no había debutado en primera. Y debutó en 1973 y salió campeón del fútbol colombiano…
Eso fue un sueño. Nacional llevaba años, casi dos décadas, sin ser campeón y yo era el menor de una banda hermosa: Raúl Ramón Navarro, “el Alemán” Moncada, “Comanche” Salgado, Teófilo y Víctor Campaz, Abel Álvarez y Hugo Horacio Lóndero, entre otros. Jamás me imaginé salir campeón. Es que yo quería terminar mi carrera y la verdad quería irme a un pueblo a hacer mi rural, hasta que un amigo me dijo: “Dejá de joder y más bien le pedís al Nacional el equipo de odontología y montás aquí el consultorio”. Y así hice; hasta diseñé el mueble, rojo y todo, y monté mi consultorio en un edificio en la avenida oriental. ¿Y atendió a varios de sus compañeros de Nacional?
A Raúl Navarro y a su familia. Y a otros más, claro. Incluso me llevaron a un niño de apellido Fajardo, ¡“el Bendito” Fajardo! Lo descubrí con la boca abierta. Los niños querían que los atendiera “Pacho”, el jugador de Nacional. ¿Por esos años empezó a nacer el “fundamentalismo” paisa?
Esa carreta nos la inculcó Humberto “el Tucho” Ortiz. Él decía que a nuestros abuelos –y ojo que mis abuelos son del Chocó–, les había tocado muy verraco en la montaña, de arrieros. Decía que a los del Valle les había tocado fácil porque todo era planito y que a los de la costa, también, porque cogían el pescado facilito. Entonces nosotros nos hacíamos matar por Antioquia. Esos años de formación con Nacional llegaron a su punto más alto con el técnico Zubeldía, en 1976. Y se vino el tercer título verdolaga…
Osvaldo Zubeldía no fue mi profesor, fue mi compañero. Además, en su época, vino el mejor central que he visto en el mundo: Miguel Ángel “el Zurdo” López. Ese tipo me abrió al mundo: campeón del mundo y de América con Independiente y, fuera de eso, bohemio a muerte. Todos sus contemporáneos dicen que usted vivió con intensidad la noche. Imposible negarlo, ¿no?
Una vez nos llevaron con el Zurdo a un programa de radio por la noche que hacían en el bar Añoranza. Después del show, nos quedamos bebiendo y él empezó a contarme su vida, a explicarme el tango del cual él había sido parte como bandoneonista. Me explicó el significado del lunfardo y me habló de los caballos. Ahí nació mi afición por los caballos. Y desde ahí empezamos a beber en forma, pero igual me decía: “Llegas de primero al entreno y te vas de último y si no, no vuelves a beber conmigo”. Luego vino Zubeldía y ahí fue cuando comenzamos a correr más en la cancha. Así empecé a parar la rumba el miércoles. Había otros que si la seguían toda la semana, de lunes a lunes. Y con Zubeldía también compartió la afición por las carreras de caballos…
Él era amigo de Julio Arrastía y de Gonzalo Amor y de todos esos argentinos que les gustaban los caballos. Así que yo entré en ese mundo y, con Zubeldía, nos íbamos para San Silvestre, para Santa Lucía. El caballo me permitió ascender a un estatus que yo no me podía ni imaginar: me codeaba con los dueños del DIM, los Bedout, los Echavarría, en fin… Incluso nos íbamos el sábado temprano al hipódromo de Bogotá y volvíamos por la noche. ¿Es cierto que una vez casi le mete la mano a Zubeldía?
Sí, en Barranquilla, en el infierno del estadio Romelio Martínez, con el Junior encima. Y yo veía que Zubeldía se paraba en la raya y me gritaba. Y yo no le entendía ni mierda. Solo le oí: “¡Estás cagado!”. Así que, en el intermedio, en el camerino, yo le dije: “¿Cómo así que estoy cagado?”, y el hombre se me vino. Y yo de lo caliente que estaba le iba a meter la mano, pero los muchachos lo agarraron a él y a mí me echaron hielo en la cabeza. Y yo decía: “échenle a ese güevón, también, que está más caliente que yo”. El caso es que me devolví a la cancha a ver si estaba “cagado” y me paré en la mitad del estadio a que me putiaran, a ver cuál era la güevonada. ¿Cuál fue la gran enseñanza de Zubeldía?
Dos cosas: la importancia de la condición física y la profesionalización. ¿Quién sembró en usted la gran revolución táctica?
Son tres: José Ricardo De León, Luis Cubilla y Juan Martín Mujica. Ellos le dieron el verdadero contenido táctico al fútbol de Colombia. Nuestro balompié no tiene semillas en la escuela de Estudiantes, que es Zubeldía. El fútbol colombiano tiene su contexto en Uruguay, porque Cubilla fue el alumno aventajado de De León. ¿Podría decirse que esa excelente generación, subcampeona de América en 1975, se perdió por la poca profesionalización?
No estoy seguro. Lo que sí sé es que Zape, Henry Caicedo, Eduardo Retat, Osvaldo Calero, Willington Ortiz, Diego Umaña, Jairo Arboleda, “Pocillo” López, “Pecoso” Castro o Ernesto Díaz, todos ellos serían titulares hoy en Colombia, pero muy poquitos de los de hoy serían titulares en esa época. Después de Nacional usted pasó a Bucaramanga y terminó en el Tolima. ¿Por qué salió de su casa que era Nacional?
Yo vivía con mi mamá y estaba cansado de entrar en puntillas y oír: “Pacho me vas a matar, no me has dejado dormir”. Así que a los 29 años decidí cambiar de ciudad para empezar a vivir sólo. Esa es la razón. Además, coincidió con que, en Bucaramanga, me plantearon la posibilidad del año rural en un pueblito que se llama Tona, que nunca lo conocí, porque oficié como odontólogo del pueblo pero comisionado en Bucaramanga. Antes de ir al estadio pasaba por un centro de salud, cogía una profilaxis y así hice mi rural. Lo que finalmente quería. Y luego se despidió del fútbol en un gran Deportes Tolima…
Gallego, Maturana, Carrillo, “el Nene” Quiñones, Jaime Múnera, Víctor Hugo del Río, Isaza, Iguarán, Zapuca, Janio Cabezas, un equipazo... Apenas duré seis meses. Luego volví a Medellín a hacer mi carrera odontólogo. Y atendí una clínica infantil. En 1983 llegó a Medellín Luis Cubilla y así comenzó a forjarse su destino como gran técnico…
Él también fue mi paciente y allá, en el consultorio, me dijo: “Volvé al fútbol, te necesito”. Yo le dije que había colgado los guayos. “Entonces por qué no me ayudas en el equipo; vos tenés ascendencia. Además te estás engordando. Necesitás el fútbol”. Así que agarré el equipo de los pelados de 16 años: ahí estaban René
Higuita, Edison Álvarez, Carlos Álvarez, entre otros… ¿Cubilla lo hizo estudiar?
Me dio su libro de táctica, el de Zubeldía, el de Bilardo, el de Menotti. Todas las escuelas y matices. Me citaba en su casa, sacaba libros, tomábamos whisky y me hacía aprender, todas las noches, una táctica diferente. Y usted claramente se fue por la escuela del goce...
Sí. La escuela del disfrute con la trampita para recuperar el balón; porque el que no tiene el balón, sufre; y el que lo tiene, goza. Así empecé a ganar todo con esos pelados. Luego Cubilla se va y se queda Aníbal el Maño Ruiz, que era el mismo cuento. Y la misma historia, pasar por la casa de él, hablar de fútbol y tomar whisky: decía que siempre hay que tener un amarillo debajo de la cama. Hasta que un día, en mi consultorio, me llama Wbeimar Muñoz y me dice que me está buscando un señor de Manizales. El tipo en efecto me llama y me propone entrenar al Once Caldas. James Mina, Ricardo Pérez, Alexis García, “el Pocillo” López (de 10) y Rubén Darío Hernández, entre otros. Ese Once Caldas de 1986 era una banda que tocaba sabroso…
Mi idea fue la libertad. Lo único que hice fue ponerlos a todos en el sitio apropiado. Ese Caldas fue un grito de libertad. “¡Vamos a jugar, qué h.p.!, perder o ganar es una posibilidad, pero vamos a intentarlo”. Y en el 87 lo llamaron al Nacional. El salto a la fama. ¿Con qué idea arrancó?
Con dejar a Condorito a un lado. Les di poesía. Vamos a leer a Mario Benedetti, les dije. ¿Y quién le hizo caso?
Alexis García, que es un tipo leído y culto. Luego les dije: “Vamos a mejorar el trato y vamos a andar bien vestidos”, porque cuando estás achilado, juegas achilado. Luego les dije: “¿Cuál es el tema de estar por allá donde las putas o en hoteles chimbos?”. Y no era de prohibir. Les insistí: “Si ustedes van a un sitio malo, todo el que los ve, los va a aventar. Pero si ustedes van al Inter, o a la discoteca del Inter, nadie los va a ‘sapear’”. Y les inculqué: “Si vas a salir con una hembra, hermano, que sea una buena hembra”. ¿Esa fue una gran idea para el fútbol colombiano?
Para mí sí. Cuando fuimos a jugar contra el Milán yo les señalé: “Mirá la novia de Maldini, es presentadora de t.v.; mirá la novia de Gullit, es otra presentadora tesa de la televisión”. Fue darle estatus al futbolista. En 1987, sorpresivamente, fue nombrado técnico de la selección Colombia. ¿Cómo llegó ese momento?
León Londoño y Arturo Bustamante decidieron imitar el proceso de Holanda que tenía ocho jugadores del Ajax. Ellos dijeron, si allá lo están haciendo, por qué no lo podemos hacer acá. En 1987 y 1988 comenzó la polarización del fútbol en Colombia. Maturanistas y antimaturanistas. ¿Cuál es la génesis de todo eso?
Nacional tenía a Leonel Álvarez y Millonarios tenía a Eduardo Pimentel. Ese fue el comienzo de todo, porque al ídolo de Bogotá no lo llevé a la selección en el 87. Y no porque fuera X o Y, sino porque me pareció un ejercicio natural y de simplicidad llevar a uno igual de bueno que entrenaba todos los días con la base de la selección. Una vez el maestro Tabares dijo: “La única selección que puede entrenar todos los días en el mundo es Colombia, porque su base es Nacional”. ¿Todo parece indicar que siempre le molestó que lo acusaran de “rosquero”?
Sí, porque, por ejemplo, sacrifiqué a un excelente jugador como Alexis García para llevar al Mundial a Redín que era el obvio complemento del Pibe. Y luego aparece Rincón. Entonces no había rosca de ninguna índole. ¿Es cierto que usted escogió Bogotá para la final de la Libertadores de 1989, solo para sacarse la espina de las críticas de la capital?
En cierta manera. La prensa de Bogotá nos dio muy duro y yo les dije a los muchachos: “Allá nos van a tener que aplaudir, allá nos van a ver dar la vuelta olímpica”. ¿Qué fue lo que más le impactó de clasificar a un Mundial?
Recordar que 28 años atrás yo estaba en primero de bachillerato, en el Liceo, oyendo en la radio el partido de Colombia contra Rusia. Yo me aprendí el cuarto gol del empate que narró Jaime Tobón de la Roche. Todos los niños bajamos de Robledo gritando de la dicha. Me impactó verme como parte de esa historia. ¿La Selección del 90 fue su equipo más bello?
La gente habla del equipo del 94, pero a mí, personalmente, me gusta más el del 90. Eran más tácticos, más disciplinados, menos creídos. El del 94 tenía más individualidades, pero el del 90 era más colectivo. ¿Es cierto que antes del Mundial usted llamó a varios técnicos campeones del mundo, a ver qué tenía que hacer?
Sí. Les pregunté a Menotti, a Bilardo y a Beckenbauer: “¿Qué tengo que hacer?” Beckenbauer me dijo: “Con ustedes no va a pasar nada. Tienen un buen equipo, pero no tienen historia”. Y yo le dije: “Pero cómo que no tenemos historia, si llevamos como 17 partidos sin perder”. Y me enseñó una cosa que valoro mucho: “Historia es aquella cosa que hace que en el momento complicado usted no dé el ciento por ciento, sino el 120, y esa historia no se consigue jugando, se consigue viendo”. Y me explicó: “Usted va a Brasil y cualquiera tuvo un hermano o un primo o un vecino que jugó un Mundial. Dígame, su figura, Iguarán, ¿a quién vio jugar en un Mundial? ¿Y Rincón?, ¿y Valderrama?”. Y así es. Aquí hay jugadores de la Sub-17 que no saben quién es Asprilla. ¿Y Colombia no dio el ciento por ciento?
Cuando ya estábamos afuera de Italia 90, yo le pregunté al Pibe: “decime ¿en qué porcentaje estuviste vos acá?” Y me dijo: “Por ahí en el 50”. Y así con otros que me contestaron: “En el 40 % o en el 30 %”. Nadie pasó del 50 %. Era coherente que me dijeran que no teníamos historia.  |