| Denunciante Popular
| Respuesta: La Izquierda colombiana, ¿qué? Algunas lecturas que complementan las reflexiones anteriores:
Saramago y su crítica a la izquierda. En memoria
August 4th, 2010 by Mario Rodriguez 21 Comments
Autor: Jairo Alarcón Rodas
En octubre del 2008, José Saramago hizo una dura crítica a la izquierda del mundo. El escritor portugués, con su agudo estilo, señaló la inoperancia de los sectores de izquierda. Tras la caída de la Unión Soviética y el derrumbe del muro de Berlín, la izquierda inició su letargo y acomodamiento. En la actualidad y ante la crisis del capitalismo nos dice el connotado escritor: La izquierda ni piensa, ni actúa, ni arriesga “una pizca” y queda patente su cobardía en su impavidez ante una “burla cancerígena” como la de las hipotecas en los Estados Unidos. La izquierda se ha acomodado, se mantiene en silencio ante los últimos acontecimientos, no se escucha su voz, no hay acciones ni planteamientos. Por el contrario, continúa con anacrónicos discursos, petrificando la dialéctica de la historia.
Y es que no por estar, teóricamente, del lado de los oprimidos, reivindicando sus derechos incluso peleando por estos, hace que sus militantes sean mejores personas. La historia ha mostrado que al interior, de la izquierda, como en cualquier movimiento político, se han cometido excesos, vicios, perversidades. Las atrocidades cometidas por el régimen de José Stalin en la otrora Unión Soviética, las perversidades del Khemer Rouge en Cambodia, los excesos Nicolas Ceausescu en Rumania son prueba de ello. ¿Será tan tenue el límite que separa la razón de la sin razón? O ¿quizás será que las circunstancias muestran las verdaderas intenciones de las personas y desde luego lo que son?
La militancia en la izquierda no arropa a sus miembros de probidad, existe una diferencia entre lo que es el discurso y el accionar. Muchos militantes de izquierda han vivido una existencia de vicios e inequidad. La verdadera militancia se debe reflejar en actitudes tanto en la esfera pública como en la privada. Valores como la solidaridad, el respeto a la dignidad, humana, honestidad y autenticidad no se adquieren por el simple hecho de una militancia política o por vociferar consignas humanitarias y revolucionarias. Más allá de una militancia política que divide maniqueamente a los habitantes de este planeta, en malos y buenos, emerge la calidad humana que se forja con esfuerzo y se demuestra con hechos.
Frente a frente los enemigos terminan por parecerse y parafraseando a Federico Nietzche: en la lucha contra las bestias, hay que tener cuidado de no convertirse en una de ellas. No es que el poder corrompa, más bien es que, no se está preparado para ejercerlo. El cambio para una sociedad más justa tiene que pasar por la consolidación de un nuevo ser humano, con valores íntegros y sabiduría. Buscamos una sociedad justa donde prevalezca la armonía. Pero ello, no se debe alcanzar a partir de cualquier medio, a toda costa. El sentido ético de búsqueda nos obliga a atender medios y fines ya que eso le dará más confianza, firmeza y autenticidad a los resultados.
Las desigualdades continúan, la miseria persiste y con ello, la ignorancia hace presa de gran parte del mundo. Vivimos en sociedades cada vez más deshumanizadas, donde el respeto a la vida se hace cada vez más inexistente. Donde la esperanza de un mundo mejor se ve personificada a través de los mensajes de los dirigentes de iglesias. La izquierda está silenciada, no tiene propuestas y no las tiene porque no se ha transformado, no ha revisado sus pensamientos. El mundo ha cambiado y aunque persisten las contradicciones antagónicas, ya no es el mismo, es parte de su dialéctica. Y así como éste lo ha hecho, el pensamiento tiene que hacerlo. A una dialéctica de la naturaleza le corresponde una dialéctica del pensamiento, viejas palabras de Engels que siguen teniendo vigencia. Repensar la izquierda, actualizarse, revisar los errores cometidos y poner énfasis en los aspectos humanos tendría que ser el camino. No es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos. Brindar respuestas inteligentes, actuar con autenticidad y transparencia será la actitud que deberán emprender todos aquellos que se llamen de izquierda. La izquierda no ha muerto, simplemente no cuenta con auténticos militantes.
Y como diría Saramago: Para quien se está muriendo de hambre la realidad no es huidiza, es algo que está allí. Se puede filosofar mucho acerca de la realidad, de si lo que vemos es lo que es y todo eso, pero hay que reflexionar sobre los hechos que tienen que ver con la situación del mundo. El compromiso es claro y la izquierda está obligada a contribuir a hacerlo realidad.
(http://ciidgt.org/boletin/index.php/...da-en-memoria/ )
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A propósito de Argentina pero válido en nuestro caso:
La izquierda dogmática confunde independencia con aislamiento sectario y se entusiasman discutiendo entre ellos los respectivos catecismos. Y nosotros mismos, lo que ha dado en llamarse “izquierda independiente”, tampoco fuimos hasta ahora capaces de responder adecuada y efectivamente a la encerrona. Pudimos mantener autonomía política sin caer en una oposición dogmática ni en brazos de la derecha. Pero no basta con haber mantenido alguna fuerza en el movimiento social, sindical o estudiantil, porque de lo que se trata es de formular propuestas superadoras con incidencia masiva. No debemos aferramos a recetas que fueron relativamente eficaces en el pasado, cuando estamos enfrentando a un adversario que evidenció una enorme capacidad para capitalizar en su propio beneficio esfuerzos, luchas y banderas que no puede luego sostener consecuentemente. Debemos batallar por una superación del modelo neodesarrollista desde la izquierda en vez de limitarnos a marcar diferencias con tales o cuales políticas de la derecha patronal tradicional y del gobierno. Para colocarnos en condiciones de construir y ofrecer una alternativa social y política, deberemos reforzar y mejorar nuestros respectivos trabajos de base, superar las tendencias al localismo, el aislamiento y las presiones corporativistas o economicistas. También debemos combatir la autocomplacencia sectaria que cultiva la diferenciación y disputa entre los que somos parecidos, en vez de celebrar la cercanía como posibilidad de articulación y mayor aproximación. Creo que todas nuestras organizaciones están haciéndolo o tratando de hacerlo. Pero no alcanza: no podremos desafiar y superar nuestra relativa insignificancia, sin proyectarnos audazmente en el plano político, disputando no solo en los espacios ganados por nuestras agrupaciones territoriales, sindicales y estudiantiles, sino interpelando abiertamente al pueblo y tratando de articular alianzas de la izquierda independiente que nos permitan tener presencia en lo electoral. Aportar al crecimiento e influencia masiva de un proyecto popular, anticapitalista, con vocación de poder debe ser el centro de nuestras preocupaciones.
Como hijos o tributarios de la rebelión del 2001, con su masivo y justificado rechazo a la vieja política, tuvimos una relación ambigua con lo político que es tiempo ya de clarificar. Se trata ahora de asumir, con todas sus consecuencias, que la lucha contra las injusticias del capital, los malos gobiernos de turno y el Estado, es necesariamente también una confrontación política que, para ser efectiva, debe realizarse con medios políticos y disputando poder. El orden del capital es indisociable del Estado como estructura política de mando, que asegura su reproducción y evita que las contradicciones y antagonismos lo hagan estallar. Pero el Estado no es una cosa ni se reduce a un aparto de Gobierno. No es un artefacto externo a la sociedad. El Estado es una forma de relación social o, mejor dicho, un proceso relacional, dinámico, que se teje en interacciones recíprocas de los seres humanos, que se realiza en el conflicto y en cuya configuración participan también las clases subalternas. Una forma anclada, por un lado, en la política entendida como actividad que relaciona a los hombres en tanto copartícipes de la vida pública. Una forma contenida, asimismo, en la dialéctica de la dominación hegemónica, que supone al mismo tiempo un proceso de negación y de reconocimiento del dominado. Todo Estado se pretende soberano y casi omnipotente, pero es en realidad un proceso inestable. En su existencia y modo de manifestación, la forma-Estado expresa el permanente intento de unificar la sociedad, detener el conflicto, institucionalizar y domesticar la política, pero la estatización de la vida social está siempre atravesada por el conflicto y desafiada por la política autónoma de las clases subalternas, aunque ésta sea fragmentaria e intermitente.
( http://www.lahaine.org/index.php?p=65754 )
Sobre LA CONSTRUCCIÒN DE PODER POPULAR
Para terminar, quiero recordar, porque nunca está demás hacerlo, que la construcción del poder popular incluye prever y prepararse para el momento en que deba afrontarse un momento de ruptura radical con el Estado capitalista y asumir la incierta conformación de un Estado radicalmente diverso (como en algún momento escribiera Lenin, aunque luego no pudo hacerlo). Pero digo también que ninguna “ley” histórica o “principio” teórico impone creer que todo cambio revolucionario queda supeditado a ese momento. Y mucho menos autoriza a pontificar que recién entonces podrían abordarse las cuestiones de la transición… Por el contrario, la Historia y la vida misma muestran que es posible y necesario desafiar desde ahora el orden del capital y poner en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social. El “Socialismo del siglo XXI” debe asumir que la revolución no consiste sólo en la expropiación del gran capital. Debe ser también una ruptura radical e irreversible con la división social jerárquica del trabajo, así como una redefinición completa del paradigma productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital. Debemos producir y consumir de otro modo, producir y consumir otras cosas. Terminar con la explotación del hombre pero también con la explotación de la naturaleza. Construir otras relaciones sociales en ruptura con la alienación y los fetiches del capital. Son cuestiones que parecieron secundarias a los revolucionarios del siglo pasado pero constituyen para nosotros desafíos insoslayables y urgentes. Los diversos frentes de lucha por la soberanía popular se proyectan como un combate por la libertad de escoger y construir nuestro futuro. Un combate que debemos asumir desde la convicción y la superioridad política y moral que nos da la conciencia de que lo que está en juego no es sólo la suerte de nuestros hermanos explotados y oprimidos, sino la supervivencia misma de la humanidad
(http://www.lahaine.org/index.php?p=65754 ) |