El nuevo gobierno ofreció una nueva amnistía a finales de 1958. Teófilo Rojas, Chispas, que había estado muy activo en actividades bandoleras desde 1954, se retiró desde mayo de 1958 hacia el sur del Tolima junto a Jesús María Oviedo, General Mariachi.
Desde allá escribió y manifestó su empeño de retornar a la vida campesina. Fue amnistiado, pero como sucedió en aquel entonces y luego en numerosas ocasiones, el espíritu vengativo de los políticos adversarios y de la población manipulada se levantó contra los excombatientes. Así pasó con los casos de Roberto González Prieto, Pedro Brincos; Fabio Isaza, El Mico, y Teófilo Rojas, Chispas.
La prensa de la derecha atacaba al gobierno y lo acusaba de estar financiando a través de la Oficina de Rehabilitación a los bandoleros, que antaño habían sacrificado a tantos campesinos. Los tres bandoleros volvieron a tomar las armas hasta la muerte.
Las provocaciones no se hicieron esperar y la amnistía en línea general fue un fracaso, porque el plazo de junio de 1959 para acogerse a ella no fue sino un período de incubación para la última fase de la terrible violencia.
Jair Giraldo y Efraín González, dos jóvenes exmilitares de filiación conservadora y retirados de la tropa por la caída de Rojas Pinilla, conformaron una terrible cuadrilla. Unida a los grupos de Melquisedec Melco Camacho, de Polancho, del exsargento Oliverio Moya, de Arturo Quirós, de José Benjumea, El Pescado, y los hermanos Vargas de Aures, conformaron una extensa red de violencia hacia el campesinado liberal en las zonas del Quindío y norte del Valle. Los hacendados liberales, al ver perjudicados sus intereses volvieron a llamar a Chispas, que había retornado a la guerra.
Desde 1959 hasta 1962, las bandas liberales se multiplicaron. Las cuadrillas que comandaba Chispas operaban en el Tolima, Quindío y Valle del Cauca. El Quindío se llenó de sangre con las bandas liberales de El Mosco, Chispas, La Gata, Joselito, entre otros. En el norte del Valle hicieron lo mismo Celedonio Vargas, Conrado Salazar Zarpazo, Carlos Espitia El Mosco, Cenizas, Puente Roto, Gasolina y Paticortico.
El sostenimiento económico por parte de los hacendados al comienzo, luego por las cuotas de protección y posteriormente por la fuerza, hicieron que el espacio político de los bandoleros de ambos partidos se redujera. El gobierno de Valencia, iniciado en agosto de 1962, se propuso exterminar el bandolerismo.
Teófilo Rojas murió el 22 de enero de 1963. Melco Camacho murió a manos del Ejército el 21 de marzo de 1963. Arcadio Ruiz, Cenizas, fue muerto el 19 de mayo de 1963. William Ángel Aranguren, Desquite, el 17 de marzo de 1964; Jacinto Cruz Usma, Sangrenegra, el 27 de abril de 1964, y Efraín González fue muerto en junio de 1965 en el sur de Bogotá, enfrentado a más de un centenar de miembros del Ejército al mando de José Joaquín Matallana.
Como el bandolerismo no era la causa de los males sino el resultado de los conflictos no resueltos, la tragedia colombiana continuó hasta llegar al presente. Dos grandes bastiones del conflicto colombiano emergieron: por un lado, los sectores marginados por la violencia y el bandidismo de los centenares de cuadrilleros sin orientación ideológica terminaron inmersos en la delincuencia común como atracadores de bancos, secuestradores, piratas terrestres, y en las mafias de las esmeraldas y del contrabando.
Una segunda corriente, conformada por algunos combatientes liberales de los años cincuenta unidos a jóvenes estudiantes inspirados en la Revolución Cubana y el triunfo del maoísmo, dieron origen a los grupos armados del Moec, Epl y Eln. Otros combatientes liberales y comunistas perseguidos desde 1950 en el sur del Tolima y lanzados al ostracismo por la intolerancia de algunos políticos como Álvaro Gómez Hurtado, quien en 1961 azuzó en el Congreso con exterminar a las “repúblicas independientes de Marquetalia, El Pato y Guayabero”, darían origen a las Farc en 1964 tras la toma de Marquetalia.
Nos queda por aprender la lección: los conflictos no resueltos a tiempo, prolongan la tragedia con más costos económicos, de vidas y de crisis social.
*Autor de ‘El bandolerismo en el Valle del Cauca 1946-1966’, ganador del premio Jorge Isaacs 2011.
Fuente El Espectador