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Antiguo 15-11-2012 , 16:36:47   #36
! Master !
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Predeterminado Respuesta: El Coronel no tiene quien le escriba (Léelo acá no lo descargues)

El coronel se dio cuenta de que también el médico estaba pendiente de su respuesta. Apretó los dientes.
—Nada, compadre —murmuró—. Que vengo a vendérselo.
Don Sabas acabó de ponerse las botas.
—Muy bien, compadre —dijo sin emoción—. Es la cosa más sensata que se le podía ocurrir.
—Ya yo estoy muy viejo para estos enredos —se justificó el coronel frente a la expresión impenetrable del médico—. Si tuviera veinte años menos sería diferente.
—Usted siempre tendrá veinte años menos —replicó el médico.
El coronel recuperó el aliento. Esperó a que don Sabas dijera algo más, pero no lo hizo. Se puso una chaqueta de cuero con cerradura de cremallera y se preparó para salir del dormitorio.
—Si quiere hablamos la semana entrante, compadre —dijo el coronel.
—Eso le iba a decir —dijo don Sabas—. Tengo un cliente que quizá le dé cuatrocientos pesos. Pero tenemos que esperar hasta el jueves.
—¿Cuánto? —preguntó el médico.
—Cuatrocientos pesos.
—Había oído decir que valía mucho más —dijo el médico.
—Usted me había hablado de novecientos pesos —dijo el coronel, amparado en la perplejidad del doctor—. Es el mejor gallo de todo el Departamento.
Don Sabas respondió al médico.
“En otro tiempo cualquiera hubiera dado mil”, explicó. “Pero ahora nadie se atreve a soltar un buen gallo. Siempre hay el riesgo de salir muerto a tiros de la gallera”. Se volvió hacia el coronel con una desolación aplicada:
—Eso fue lo que quise decirle, compadre.
El coronel aprobó con la cabeza.
—Bueno —dijo.
Los siguió por el corredor., El médico quedó en la sala requerido por la mujer de don Sabas que le pidió un remedio “para esas cosas que de pronto le dan a uno y que no se sabe qué es”. El coronel lo esperó en la oficina. Don Sabas abrió la caja fuerte, se metió dinero en todos los bolsillos y extendió cuatro billetes al coronel.
—Ahí tiene sesenta pesos, compadre —dijo—. Cuando se venda el gallo arreglaremos cuentas.
El coronel acompañó al médico a través de los bazares del puerto que empezaban a revivir con el fresco de la tarde. Una barcaza cargada de caña de azúcar descendía por el hilo de la corriente. El coronel encontró en el médico un hermetismo insólito.
—¿Y usted cómo está, doctor?

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